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Música

De un posible Bob Marley a los 70 años

Traducción de Natalia Becerra

El pasado 6 de febrero, Robert Nesta Marley habría cumplido 70 años. A pesar de haber sido un líder político y un músico revolucionario, hoy su nombre es para las mayorías sinónimo de inofensiva música playera y de gigantescos tabacos de marihuana. ¿Es posible reivindicar el legado del rey del reggae?

 

© Maurice Hibberd | Getty Images

 

“Yo realmente no digo nada malo de nadie, porque tengo un corazón generoso”, me dijo una vez Bob Marley. “Hacerlo es una señal de que uno es ignorante e indisciplinado. Yo prefiero analizar la situación y entenderla, y decir qué está bien y qué está mal”.

Siempre seguro al tomar una postura, Bob Marley no temía cantar con autoridad moral. Cuando alrededor del mundo tienen lugar eventos que hacen eco de las luchas en las que participó y sobre las que cantó, con frecuencia me pregunto: ¿qué habría pensado Bob de todo esto si estuviera vivo para celebrar su septuagésimo cumpleaños?, ¿qué canciones habría escrito? Salvo que, en la mayoría de los casos, ya las escribió.

 

Cuando las muertes de hombres negros a manos de la policía en Estados Unidos causan marchas y protestas multirraciales, ahí están “No Woman, No Cry” y “Johnny Was a Good Man”; cuando la brutalidad disfrazada de extremismo religioso causa terror, Bob canta en “We and Dem”: “...no sé cómo nosotros y ellos vamos a resolverlo”. A medida que el Ártico se derrite y los lagos de África se secan, todos deseamos la “mística natural que sopla en el aire” y aceptamos que el sistema que los rastafaris llaman “Babilonia” –capitalismo rapaz o un régimen represivo– es en efecto “un vampiro, chupando la sangre de quienes sufren”.

Sin embargo, en la actualidad Bob Marley es una figura tan remota para los jóvenes amantes de la música como Lead Belly lo era para mí, un personaje atractivo pero distante.

Enseño un curso en la Universidad de Nueva York llamado Marley y la Música Poscolonial, y cuando uno da una clase sobre gente que conoce, pasan cosas raras. ¿Un ejemplo? Ver en Saturday Night Live una broma sobre mi clase. “Y en un cruel giro del destino”, dijo Seth Meyers, “la clase de Bob Marley en la Universidad de Nueva York solo se ofrece a las 8 de la mañana”. Lo curioso fue que no entendí el chiste. (Tampoco mis estudiantes, quienes me escribieron quejumbrosos: “¿En realidad empezamos tan temprano?”). El chiste se basaba en la idea de que Marley era más recordado por la marihuana que por su música, e insinuaba que sus fans debían ser, por definición, holgazanes. Pero no solo mis estudiantes estaban entre los mejores, el Bob Marley que yo conocí era bastante diferente. Para él la ganja era un estímulo, una herramienta en una ética de trabajo que era impecable, incesante e incluso implacable. En el grupo, la broma sobre Bob era “primero en el bus, último en irse del estudio”. Era parte de su liderazgo. Pero no es así como lo percibe la mayoría de la gente, especialmente en Estados Unidos.

El editor musical de una popular página web norteamericana me contó recientemente que los programadores de una estación de radio universitaria en el Medio Oeste se burlaron de él por querer poner una canción de Marley. Al parecer era una muestra de excentricidad. El músico se ha convertido en un símbolo de unas vacaciones perdidas en el humo del cannabis.

Y las pocas veces que lo pasan por la radio, siempre son las canciones suaves, no las furiosas, las que la gente escucha –y que han sido compiladas en álbumes como Legend–. Cuando mi clase estudió Exodus y su secuenciación, con las canciones de confrontación a un lado y las alegres al otro, los estudiantes se dieron cuenta de que, mientras que muchos conocían la música optimista y animada, ninguno había escuchado las canciones de protesta, y eso podía aplicarse a todo el catálogo de Bob. Aún recuerdo su sonrisa irónica y su tono de protesta mientras decía: “¿Cuánto tiempo más debo cantar la misma canción?”, cuando lo criticaron por hacer después de Exodus el suave y dulce álbum Kaya.

“¡Si tuviera más gente detrás de mí, solo sería más militante!”, insistía. Y sin embargo, Bob no quería ser visto apenas como un soldado porque “a veces tienes que pensar en una mujer y cantar algo como ‘Turn Your Lights Down Low’ ”. Bob nunca podría haber anticipado que un día el luchador se convertiría, en el imaginario popular, en un símbolo de fiesta y de sentirse bien. Pero como decía Bob sobre su música: “Lo que me gusta de ella es la forma en que progresa”.

 

A menudo me preguntan si Bob Marley de verdad quería decir todo lo que hablaba sobre la justicia. Sí lo hacía. No era infalible, pero trataba de estar a la altura de sus ideales y era sincero. Una vez me dijo: “La verdad es la verdad, ¿sabes? A veces tienes que sacrificarte. Quiero decir que no siempre vas a poder esconderte, tienes que decir la verdad. Si alguien quiere lastimarte por la verdad, entonces al menos la habrás dicho”.

Algunas de estas conversaciones con Bob ocurrieron en 1976, en un momento crucial de su vida. El año anterior yo había sido su relacionista pública en Island Records por siete meses y había sido parte del equipo que logró que entrara en el Reino Unido con “No Woman, No Cry”. Después de eso empecé a escribir sobre él con frecuencia, tanto en las giras como en casa. En una ocasión, Bob me invitó a quedarme en su amplia mansión colonial en Hope Road, Kingston, que era toda una comuna con un reparto siempre cambiante.

Las conversaciones que tuvimos durante esos días, algunas de las cuales fueron grabadas, estaban cargadas de subtexto, eran inmediatas en una manera que apenas habría podido comprender. Una vez dijo: “Jamaica es un lugar curioso, mon. La gente te quiere tanto que te quiere matar”. Yo lo tomé como una exageración. En el estudio se veía ansioso mientras grababa una de sus canciones más alegres, “Sonríe Jamaica”. Me dijo: “Los jamaiquinos tienen que sonreír. La gente está muy molesta”. Tarde en la noche tocaba una guitarra en el jardín de Hope Road y componía la letra que aparecería en “Guiltiness”; cantaba sobre peces grandes que siempre trataban de comerse a los pequeños. Depredadores despiadados y egoístas que, predijo Bob, “harían lo que fuera para materializar todos sus deseos”.

Efectivamente, el día después de que volví de Hope Road a Londres, cuatro hombres con intenciones políticas entraron a la casa, le dispararon a Bob, a su esposa Rita y a su mánager Don Taylor, y escaparon. Bob y los Wailers tuvieron que exiliarse por un año y medio.

 Mientras investigaba para The Book of Exodus, mi libro sobre Bob, la esposa de uno de los dons –los líderes de las pandillas–, uno que se había convertido en rasta pacifista, reveló que su esposo había descubierto el plan para matar a Bob y lo llamó para advertirle. Así, incluso cuando Bob estaba insinuando la presencia de fuerzas malintencionadas, sabía que el complot en su contra estaba listo. Él sabía que el ataque estaba en camino, incluso antes de que las pistolas sonaran. Tan solo dos días después, se presentó en Smile Jamaica, el concierto diseñado para animar y unir a la gente antes de las elecciones generales de diciembre de 1976. Elecciones que se llevaron a cabo en medio de fuertes rivalidades –entre las pandillas y los dos principales partidos políticos–, y en las que tanto los dons como los políticos veían a Bob como una figura que querían tener de su lado. En el escenario, el 5 de diciembre, Bob todavía estaba vendado y tenía en su brazo una bala que lo acompañaría hasta su muerte; retirarla habría puesto en riesgo su habilidad para tocar la guitarra. Él entendía perfectamente el precio que se puede pagar por tomar una posición política, e igual siguió adelante. Eso es tener coraje.

Bob tenía una visión pragmática del mundo, algunos incluso dirían que cínica. Cuando los disturbios del Carnaval de Notting Hill arrasaron mi antigua calle, Landbroke Grove, yo estaba en Kingston hablando con él. Le conté sin aliento de los planes para prohibir el carnaval y lo presioné para saber su opinión. Su reflexiva respuesta puede aplicarse a los grandes conflictos de la actualidad: “Bueno, en realidad no podemos resolver esos problemas porque quienes los empezaron saben por qué lo hicieron. Deben tener algún plan, porque la gente tal vez se está poniendo revolucionaria o tal vez ya sabe demasiado. Algo está pasando”. Él nunca perdía de vista lo que realmente significaba ser jamaiquino: “Es un hecho que venimos de las costas de África como esclavos. Es un hecho. Toda la plata y el poder que la gente tiene es solo otra forma de mantenernos en la esclavitud. Y cuando hablas de esa forma”, continuó con desdén, “la gente dice que hablas de política. Pueden hablar de lo que sea, pero, como yo lo veo, la cosa es así: desobedece y muere. Obedece y muere también, porque obedecerlos es otra forma de morir”.

¿Un músico que puso su vida en juego por sus creencias, expresadas en canciones que un niño podría tararear? Hoy, la historia puede parecer pintoresca. En un momento en el que los músicos ya no protestan como lo hacían antes, ¿qué significado tiene el mensaje de Bob Marley?

 

Bob Marley en su casa, en Kingston

 

A lo largo de su vida, Bob fue un artista-empresario que buscó tener el control de su producción musical. Luego de haber sido robado por varios productores en el comienzo de su carrera, estaba preparado, al final de su vida, para llegar a un acuerdo con una multinacional y financiar su casa discográfica Tuff Gong. Habría sido un colectivo para los muchos artistas jamaiquinos que estimaba. Pero su legado musical ahora está en manos de otra generación. El marketing de Marley después de su muerte ha sido un éxito rotundo, y sus bienes son de los más lucrativos que haya tenido músico alguno.

Por varios años, después de morir sin haber dejado un testamento, su imagen de one love fue ridiculizada en una serie de demandas; algunas entre facciones de la familia Marley, otras con los Wailers. (Revelación: serví como testigo de los Wailers en uno de esos casos.) Fue bien conocido que, en medio del caos causado por la ausencia de un testamento, a Rita, su viuda, la malaconsejaron sus abogados: falsificó la firma de Bob y fue removida de su rol de albacea. Aparentemente, firmar por él era un hábito conyugal, y Bob a menudo les decía a sus amigos: “Rita sabe firmar mi nombre mejor que yo”. De ahí surgieron los problemas. Entre los resultados de las demandas hay un interesante dilema para la banda que definió el espíritu de la unidad rasta. Actualmente están en gira dos bandas llamadas los Wailers: una con el guitarrista Al Anderson, y la otra con el icónico bajista Aston “Family Man” Barrett, quien cayó en la quiebra con todos los litigios.

Mientras tanto, el imperio pos-Bob Marley sigue creciendo con rapidez. Se extiende desde audífonos hasta ropa, cruceros reggae y más allá.

En una canción, Marley predijo que ninguna de sus semillas iba a “sentarse en la acera a rogar por pan”, y no lo han hecho. Él entrenó a sus hijos en la música y varios se han convertido en artistas exitosos. Ninguno de sus once hijos experimentó las restricciones sociales ni el rechazo familiar que Bob vivió; tampoco los conflictos que lo formaron como el artista militante y empático que fue. Él dejó el colegio en su adolescencia y fue autodidacta, ellos fueron a los colegios de élite. La hija mayor de Bob, Cedella, una reconocida diseñadora de modas, creó el uniforme del equipo olímpico jamaiquino, escribe libros infantiles y produce el musical Marley. Ziggy y Rohan Marley están siguiendo los pasos de su padre y lanzaron una línea de alimentos orgánicos. Los Marley también son musicalmente productivos. Con los grandes representantes del dancehall como Buju Banton y Vybz Kartel en la cárcel, y la fatiga de la audiencia con una dieta de pistolas e inactividad, los hermanos Marley (encabezados por Damian, Stephen y Ziggy) son vistos como líderes del progresivo renacimiento del reggae jamaiquino, el roots revival. En colaboraciones como Distant Relatives, con el artista de hip-hop Nas, Damian está cumpliendo el sueño de su padre de unir la diáspora caribe-americana.

Ahora la familia está lanzando la marca de ganja Marley Natural. Esta marca ha recibido tanto elogios como críticas, pero es oportuna. De repente, la ganja se está convirtiendo en un producto legal. La empresa de marihuana de los Marley va a generar empleos en un sector que muchos esperan que transforme la economía jamaiquina e, incluso, ayude a romper su excesiva dependencia del turismo. Si todo va bien, podría ayudar con el efecto de filtración que Bob defendió, basándose en la creencia de que los ricos tienen el deber de hacer algo con su dinero. Con una voz que rezumaba sarcasmo, criticaba a los hombres que “tienen millones de dólares en el banco y ni siquiera abren una fábrica para que la gente pueda trabajar o aprender un oficio. Simplemente quieren quedarse con la plata, y la plata es como agua en el mar”.

Críticos de Marley Natural, como Dotun Adebayo, piensan que identificar tan a fondo la marihuana con Bob trivializa su mensaje. Es irónico que su gran solaz y fuente de inspiración, la hierba sagrada que él respetaba como un sacramento rastafari, se haya vuelto parte de la imagen simplista que la gente tiene de él. Su legado como activista está en riesgo de desaparecer por culpa de una parte de su estilo de vida.

Los valores y perspectivas que Bob tenía en torno a cómo vivir eran claros. “Te aseguras de hacer el bien”, me dijo. “Aunque es difícil hacer el bien a todo el mundo, lo haces lo mejor que puedes. Entonces Dios te lo pagará, porque así es que te pagan. Puedes obtener un pago material de la gente, pero el pago espiritual viene de Dios”.

Y ese es el vacío en el legado de Marley, la falta de un proyecto educativo o cultural en su nombre que sea puramente altruista. Varios de los Marley ya tienen proyectos con un enfoque social; el más reconocido es la Fundación Rita Marley en Ghana, que apoya a una escuela local así como la salud femenina. Pero muchas de las personas que aman lo que Bob Marley representa sueñan con ver en Jamaica un plan filantrópico que manifieste el altruismo ejemplificado por Bob. Él era conocido por entregar plata a las personas que lo necesitaban, y se estima que mantuvo a miles de jamaiquinos. Además del sacrificio, la caridad es parte de lo que hizo de él una leyenda.

 

Tal vez la preocupación es que todo lo que la familia Marley pueda hacer no sea considerado suficiente; que no se pueda complacer a todo el mundo y aquellos que se sientan rechazados puedan resultar problemáticos. Esta preocupación puede ser real. Tal vez las fuerzas que están organizadas contra las iniciativas culturales de pacificación son realmente prohibitivas, a pesar de la riqueza de la familia. O tal vez es un sueño difícil que vale la pena seguir. Ciertamente, una iniciativa como esta emocionaría a la comunidad Marley a nivel global y cumpliría el mandato que Bob manifestó en 1976: “La gente tiene que compartir”.

Una de las pocas veces que vi a Bob Marley enfadado fue cuando habló de su infancia en Trench Town. “Cuando vivía en el gueto, todos los días tenía que saltar una verja, y la policía siempre intentaba atraparte, ¿me entiendes? No por una semana, por años. Años, hasta que intentábamos liberarnos. Porque, o eres una muy mala persona y te matan, o das el primer paso y le muestras a la gente una mejora. No tiene que ser algo material, puede ser libertad en la forma de pensar”.

Marley transformó su difícil juventud en una filosofía de supervivencia basada en la espiritualidad y en el conocimiento de la naturaleza humana, y la expresó a través de la música. Porque, como me dijo, “crecemos en situaciones difíciles, pero esa es la vida. A veces te toca duro, a veces fácil. A veces solo hay problemas, ¿sabes?, problemas todos los días. Los jóvenes crecen con preguntas como qué es la vida, cuál es mi futuro. Porque todos estamos buscando algo”. Bob Marley encontró una respuesta en la cultura rasta. En el septuagésimo aniversario de su nacimiento en la Jamaica colonial, millones de personas siguen encontrando ánimo, apoyo y esperanza en él.

 

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Vivien Goldman

Es profesora adjunta de punk y reggae en la Universidad de Nueva York (NYU)

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