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El Malpensante

Cine

El dilema de Hamlet

Hace pocos días se estrenó en las salas de cine Carta a una sombra, el documental basado en  El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. ¿Nos encontramos ante un simple apéndice de la obra original o la película tiene vuelo propio?

 Héctor Abad Gómez (1921-1987), en el afiche promocional de Carta a una sombra

I. 

No me sorprendería que muchos espectadores fueran a ver –o dejaran de ver– Carta a una sombra por exactamente la misma razón: porque es una adaptación de El olvido que seremos, la célebre memoria en familia de Héctor Abad Faciolince. Tanto a unos como a otros convendría advertirles que si bien el documental –o “la película”, como le gusta decir a sus directores– sigue la línea argumental del libro, no es ni por asomo una obra subsidiaria, una especie de traslado a la pantalla de lo que inicialmente fuera palabra escrita.

Y no lo es por dos razones. La primera es seguramente una obviedad para quienes han leído el libro y saben que está lejos de ser una biografía en el sentido convencional del término. En El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince nos cuenta la vida de su padre, Héctor Abad Gómez, y mezcla esa historia en minúscula, doméstica, de entrecasa, con la historia en mayúsculas, que en este caso viene a ser el convulsionado periplo de Colombia en la segunda mitad del siglo XX. Y aunque de vez en cuando acude a documentos, a materiales de archivo, su principal fuente es la memoria familiar: lo que recuerdan su madre, sus hermanas, los amigos de su padre y él mismo respecto a esos acontecimientos. En Carta a una sombra, sin desdeñar los testimonios familiares, el procedimiento es el inverso: no hay prácticamente un solo pasaje del documental que no esté respaldado por una fotografía, un fragmento de noticiero, un recorte de periódico o una entrevista, es decir, los materiales que constituyen la piedra miliar de la historia en mayúsculas.

 Me resulta difícil saber si en otras familias colombianas existen tantos y tan peculiares documentos sobre uno de sus miembros como los hay en la familia Abad Faciolince. No hablo, claro está, de las infaltables fotografías, de los pasaportes, de las cédulas o de la correspondencia, que son tan comunes en cualquier núcleo humano. Estoy pensando más bien en cosas como “las cartas habladas” que el doctor Abad Gómez le enviaba a su familia desde Estados Unidos, Indonesia o Singapur y que nos dan una impresi&...

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Mario Jursich Durán

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