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Literatura

De expedición literaria por el río Magdalena

Durante el siglo XIX, una rica producción literaria tuvo como protagonista al río Magdalena. ¿Qué se encuentra en esos libros? ¿Qué nos dicen sobre su momento histórico y literario? Un ambicioso proyecto editorial intenta rescatar y dar un nuevo aliente a esas piezas olvidadas.

 

 

Corre 1860. Una desparpajada campesina que viene huyendo de un patrón abusivo se cuela en la balsa en la que un joven de la alta sociedad bogotana viaja desde Purificación hasta Girardot. El señorito Andrés accede a regañadientes a llevarla, preocupado por el perjuicio que podría causarle la impertinencia de esa hermosa cinturera del Guamo. “Esas mujeres son peligrosas”, ya le había advertido su tío. A lo largo de ese viaje por el río, Tránsito le cuenta su vida y los caminos de ambos quedan trágicamente enlazados para siempre.

Esta fascinante historia de amor es el eje de Tránsito, una novela escrita a finales del siglo xix por el intelectual y político Luis Segundo de Silvestre, que fue reeditada recientemente por primera vez desde su publicación, hace 122 años.

Con este libro –más La maldición de Manuel María Madiedo– soltó amarras la Biblioteca del Río, una colección lanzada por un editor y su esposa académica para explorar la narrativa colombiana en torno al Magdalena y el rol que ha cumplido su cauce en la historia de Colombia.

 

LAS VOCES DEL MAGDALENA

 


 

Más que un simple escenario, en Tránsito y La maldición el río Magdalena es un personaje con vida propia que marca el destino de quienes se mueven por él.

Se trata del río que constituyó la principal vía de comunicación en Colombia durante todo el siglo xix y buena parte del xx. Aquel que fue explorado por la Comisión Corográfica de Agustín Codazzi. El mismo que protagonizaría las novelas El general en su laberinto y El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez, los poemas de Candelario Obeso, los paisajes abstractos de Guillermo Wiedemann, las atarrayas fotografiadas por Leo Matiz y las cumbias de José Barros y Totó la Momposina. Y aquel que el presidente Juan Manuel Santos prometió, hace tres años ahora, volver otra vez navegable, para reversar el olvido que dejó congelados en el tiempo a pueblos como Mompox y El Banco.

“Un día me quedé pensando en que hay libros muy hermosos de ríos emblemáticos como el Támesis, el Nilo o el Mississippi. De improviso me planteé la pregunta, ¿y el Magdalena qué tiene?”, cuenta Ricardo Alonso, quien lidera Diente de León, una editorial independiente.

Así que él y su esposa Carmen Elisa Acosta, una profesora de literatura de la Universidad Nacional y especialista en el siglo xix, le dieron forma a un proyecto editorial que explora las diferentes “literaturas” –en plural– que han surgido en torno al Magdalena, desde la Independencia hasta hoy. Gracias a dos estímulos del Ministerio de Cultura publicaron los dos primeros volúmenes de una biblioteca que esperan tendrá unos 15 títulos. Ya van tres, si se les suma Y otras canoas bajan el río, del banqueño Rafael Caneva, y en la próxima Feria del Libro lanzarán un cuarto volumen: Pescadores del Magdalena, del huilense Jairo Buitrago.

“El trabajo editorial sobre el siglo xix en Colombia ha sido muy limitado y escaso. Se han hecho algunas ediciones facsimilares, pero sin ningún criterio editorial que las sustente”, dice Alonso, quien también rescató hace un año el diario parisino que llevó el médico bogotano Bernardo Espinosa durante los años 1880.

Con criterio, Alonso se refiere al esfuerzo de un año que les tomó esbozar el listado preliminar de más de cincuenta novelas sobre el río, desde el siglo xix hasta épocas actuales. Luego se dedicaron a recuperar los dos primeros textos, tomándoles fotos y transcribiendo los fascículos alojados en la Biblioteca Nacional. Decidieron no cambiarles ningún modismo ni tocarles un solo signo de puntuación, sino apenas actualizar la ortografía de palabras como “muy” y “marjen”, para preservar el espíritu original y, sobre todo, para no perder el fuerte tono oral de ambos relatos. Y preparar, junto con varios académicos también amigos del siglo xix, los estudios críticos que acompañaron las ediciones, una de 500 y la otra de 800 ejemplares.

El resultado son dos pequeñas joyas de tapa dura, adornadas con obras de arte contemporáneas de los textos y con la misma mirada ribereña: en una son los bogas –pintados en acuarela– del viajero inglés Edward Walhouse Mark, y en otra los pescadores de piel rojiza de Alipio Jaramillo, el pintor manizalita formado entre los muralistas mexicanos.

La pasión de los dos esposos por los libros viene de hace tres décadas. Ella, una literata de 52 años con doctorado en filología hispánica, lleva dos décadas enseñando en la Nacional. Él, un economista de 59 años, fue librero durante mucho tiempo, primero en la Nueva Época de la avenida Jiménez y luego en su propia tienda en la Nacional, bautizada Nelson Fariña, como el protagonista del cuento garciamarquiano “Muerte constante más allá del amor”. Después de liderar el proyecto de Colcultura para abrir librerías regionales en los años noventa, se puso el mameluco de editor y ahora arrancaron con un proyecto conjunto de largo aliento, el que soñaban hace tiempo.

“La cantidad de novelas que se escribieron en el siglo xix es como para morirse. ¿Por qué no se conocen? Las representaciones del río forman parte de la cartografía cultural del país”, dice Acosta, quien se topó con el texto de Madiedo mientras hurgaba entre los periódicos de la época buscando novelas por entregas.

Tan difícil es a veces ese trabajo, que la reedición de La maldición –a punto de salir pues dos colegios bogotanos la incluyeron en su plan de lectura– incluirá un pequeño fragmento nuevo, descubierto por un estudiante suyo al bucear entre las páginas de El Mosaico en la hemeroteca.

¿Pero por qué leer estas novelas hoy? “En ese recorrido desde 1850 hasta obras más recientes –de hace un par de años– en las que el río sigue siendo protagonista, se puede hacer una lectura de la literatura colombiana. Pero también una de la historia de Colombia, de constantes como la violencia, los conflictos sociales o los problemas de la geografía”, añade Alonso.

Ahora, poco después de que se firmara el contrato para volver una realidad la rehabilitación fluvial del río, el proyecto de recoger sus voces literarias cobra mayor vigencia. Para él, la existencia de “una política pública renovada y dirigida a recuperar el Magdalena es una oportunidad de rescatar su literatura”.

 

 

DE BOGAS, BALSAS Y NAUFRAGIOS

 

Menos suerte aún que la historia de Tránsito había tenido La maldición, que fue publicada en trece entregas en las páginas de El Mosaico, la revista literaria que reunió a la más importante generación de intelectuales del siglo xix colombiano, como Felipe Pérez, José María Vergara, José María Samper y su esposa Soledad Acosta. Hasta que el matrimonio de Alonso y Acosta la rescató, esta novela –la primera del país en tener al Magdalena como escenario activo– jamás había sido editada como libro desde su aparición en 1859.

Su protagonista es Carlos, un joven aristócrata que se instala en Mompox debido al impacto que le causa regresar al país tras un exilio de veinte años y enterarse de que sus padres habían fallecido hacía tiempo. El taciturno personaje dedica sus días a navegar por el río en compañía de un viejo pescador que le habla del “arroyo del otro mundo”, un lugar selvático habitado por monstruos como el Mohán. Carlos, siempre desdeñoso de las supersticiones populares, emprende el viaje hasta el lugar, para encontrarse con una tragedia que le resultará conocida.

Muchas de la novelas del siglo xix, incluyendo estas dos, se han venido leyendo como “cuadros de costumbres” cuyo único valor es describir los magníficos paisajes y las tradiciones populares del país.

Sin embargo, ambos libros –como la mayoría de su época– constituyen espacios donde se jugaban la vida las ideas y los proyectos políticos de una joven nación, independizada apenas un par de décadas antes y en pleno proceso de definirse. ¿Qué tipo de país se quería?, ¿centralista o federalista?, ¿con o sin esclavos?, ¿con libertad religiosa o sin ella?, ¿qué rol para la mujer?, ¿y para las masas campesinas?

La literatura era, junto con los periódicos, la tribuna perfecta para explorar historias que dieran cuerpo y voz a esas ideas políticas. En María de Jorge Isaacs, en Manuela de Eugenio Díaz, y en toda la narrativa de mediados del siglo, cada autor proponía su visión para la sociedad colombiana. Desde la escritura consolidaban un discurso político, en una época en que casi todos los intelectuales participaban activamente en la vida pública. Isaacs fue congresista por el Cauca y cónsul en Chile. Silvestre fue en su juventud el secretario privado del presidente conservador Mariano Ospina Rodríguez. El enigmático Madiedo, que no era ni liberal ni conservador, promovía una suerte de catolicismo con acento social que lo convirtió en una figura única en la política nacional.

Dos siglos después, ambas novelas se revelan muy conscientes de los problemas de su época. Tránsito es conservadora y va en la línea del pensamiento de la Regeneración, pero es al mismo tiempo una obra transgresora, protagonizada por una mujer que desafía las convenciones sociales de la época. Nada más lejano de la pasiva, silenciosa y pálida María.

“Es uno de los personajes femeninos más complejos que he visto en nuestro siglo xix. En ella se puede ver el maltrato a las mujeres y cómo el poder se negocia en el cuerpo de ellas”, dice Carolina Alzate, la investigadora de la Universidad de los Andes que también se ha dedicado a esa narrativa de fundación nacional en el país y que escribió el estudio crítico que acompaña a la novela.

Pero además del proyecto político que proponen, las dos son novelas de una complejidad y un lirismo que desafían la idea generalizada de que el costumbrismo era un género dócil y monótono.

 

REDESCUBRIENDO EL XIX

 

El siglo xix ha venido reviviendo, poco a poco, en los últimos años. Varias editoriales, sobre todo universitarias e independientes, han publicado cuidadosas reediciones de obras que estaban fuera de circulación o que habían sido olvidadas por completo.

Soledad Acosta de Samper ha sido quizás la más afortunada. Los trabajos de investigación sobre esta prolífica escritora bogotana han traído nuevos lectores a seis de sus libros y, de esta manera, han permitido que pasara de ser vista como una figura excéntrica a ocupar un lugar propio en el canon literario nacional. Con lo que, si en Cuba se enorgullecen de tener a Gertrudis Gómez de Avellaneda y en República Dominicana a Salomé Ureña de Henríquez, Colombia ya tiene también su primera gran escritora del xix. A tal punto que en 2013 el Ministerio de Cultura decretó oficialmente, con ocasión del centenario de su muerte, el Año de Soledad.

Casi todas son obras rescatadas de las páginas de publicaciones periódicas de la época, como El Mosaico o la transgresora Biblioteca de Señoritas liderada por Acosta, que reposan en los anaqueles de bibliotecas como la Luis Ángel Arango.

Primero vio la luz –hace exactamente una década– Novelas y cuadros de la vida suramericana, una colección de tres novelas breves y cinco relatos sobre mujeres, que Acosta publicó por primera (y única vez) en 1869. Le siguió, en 2007, José Antonio Galán, una novela histórica sobre el líder comunero, que Acosta publicó en un periódico bajo el seudónimo masculino de Aldebarán. Ese mismo año salió Una holandesa en América, la historia de una inmigrante que llega por accidente a Colombia y toma las riendas de los negocios familiares, que no había sido publicada desde una segunda edición en 1888. Hace dos años salió Laura, otra novela feminista de Acosta sobre un amor frustrado, y hace quince días completó la serie una antología de sus novelas históricas por entregas en el periódico La Mujer.

También vio la luz el Diario íntimo de Acosta, cuyo manuscrito apareció en 2004 entre unos tablones de la biblioteca de la hacienda colonial de Yerbabuena, del Instituto Caro y Cuervo, en Chía. Allí, entre helechos y pensamientos disecados y dibujos a mano alzada, se encontraba el largamente perdido testimonio en primera persona de una mujer escritora en una época en que ellas ni siquiera eran consideradas ciudadanas.

Con la excepción del diario, todas estas obras fueron publicadas por editoriales universitarias: cuatro de ellas por la Universidad de los Andes –dos en conjunto con el Caro y Cuervo– y otra más por la Industrial de Santander.

“Cuando uno estudia la literatura colombiana se da cuenta de que el olvido es permanente. En relación con otras historias de las literaturas nacionales, tenemos un canon muy restrictivo. No tenemos un horizonte lector amplio y la cantidad de obras que desaparecen, por ejemplo a nivel regional, es enorme”, dice Carmen Elisa Acosta.

Más allá de Soledad Acosta, han vuelto a ver la luz otras obras claves como Historia de un alma, las memorias de su esposo, el intelectual y político liberal José María Samper. También Gonzalo de Oyón, el poema épico e inconcluso de Julio Arboleda sobre un olvidado conquistador español. O las antologías poéticas de José Eusebio Caro, Gregorio Gutiérrez González y Diego Fallon. Y aún quedan muchos otros tesoros sin reeditar, como las novelas históricas de Felipe Pérez sobre los incas.

“Yo creo que el siglo xix podría tener muchos lectores. Pensamos que nadie lo lee o que a nadie le interesa, pero todos los que han leído Tránsito y La maldición se han sorprendido. Cuando uno publica este tipo de obras, como las de Soledad Acosta, está buscando transformar nuestro pasado literario. Estamos diciendo ‘no es lo que todos pensábamos que era, sino que además hay esto’ ”, añade la académica.

“Incluso María necesitaba ser rescatada. El hecho de que una novela se publique, se reedite y que existan 150 ediciones no quiere decir que sea leída, ni que sea bien leída”, apunta Carolina Alzate, quien ha editado cinco de los libros de Soledad Acosta. “Es importante que se reactive su lectura, que deje de ser una novela para llorar y aprender cómo quiere una ‘niña de bien’. Que Rafael Pombo deje de ser solo el escritor de Rin Rin renacuajo, para que se le reconozca como un gran poeta y se lean sus diarios. Hay que leer estos textos de otras maneras porque son más complejos de lo que la Regeneración quiso hacer pensar”.

Este interés renovado por el siglo xix no se limita a la literatura, sino a todas las artes.

Pablo Navas, el rector de la Universidad de los Andes, recorrió una decena de museos gringos buscando los paisajes pintados en 1853 por el estadounidense Frederic Edwin Church durante su travesía por Colombia y luego los publicó con Villegas Editores. El año pasado, rector y editor repitieron equipo para compilar –en tres tomos de lujo– los 52 folletines de viajes por el país que publicaron viajeros como el novelista inglés Anthony Trollope en el semanario francés Le Tour du Monde, acompañados por grabados de bogas, riscos y manglares.

La pintora Beatriz González se sumergió durante varios años en el Archivo Nacional y curó una exposición en el Banco de la República sobre la historia de la caricatura en nuestro país, que les dio un lugar preponderante –al lado de Ricardo Rendón y Héctor Osuna– a los dibujos satíricos de genios decimonónicos como José Manuel Groot y Alberto Urdaneta.

Otra reconocida artista contemporánea, María Elvira Escallón, pasó dos años en bibliotecas de Estados Unidos rastreando los daguerrotipos y artículos de prensa que detallan las peripecias de un aventurero gringo y ladrón de cuello blanco que intentó llevarse el famoso aerolito –hoy en el Museo Nacional– que decoraba la plaza central de Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá.

El musicólogo y director de orquesta Rondy Torres desempolvó Ester, de José María Ponce de León, la primera ópera que se compuso en Colombia, y volvió a poner en escena la tragedia bíblica en tres actos con la orquesta de la Universidad Juan N. Corpas.

Aunque hubo intentos anteriores por investigar y recopilar las artes y letras del siglo xix, como la monumental Crónica grande del Río de la Magdalena, que hizo el Fondo de Cultura Cafetero en los años setenta (y que ya había encontrado un fragmento de la novela de Madiedo sobre las supersticiones de los bogas), o los magníficos ensayos del historiador oxoniense Malcolm Deas, en particular Del poder y la gramática, o la serie de crónicas de viajeros que publicó Colcultura en los ochenta, hay un nuevo ímpetu desde la academia y los gestores independientes.

“Con el Bicentenario se han venido explorando muchos temas y rutas de trabajo novedosos”, dice Verónica Uribe, una historiadora del arte que ha estudiado la iconografía de los pintores viajeros en el xix y según la cual el trabajo que se está haciendo es cada vez más interdisciplinario. “Se han estudiado las obras de artistas individuales, en particular de viajeros extranjeros como Auguste Le Moyne y Henry Price, que seguían la construcción estética del paisaje de Humboldt, pero la iconografía del río Magdalena es uno de muchos trabajos que todavía están por hacer”.

La Biblioteca del Río es uno de los proyectos que puede ayudar a ampliar el panorama de redescubrimiento, tanto sobre el río como del siglo xix colombiano. Y aunque las dos novelas publicadas en pequeños tirajes ya se agotaron, sus editores sueñan con que puedan atracar en las bibliotecas públicas de cada uno de los setenta puertos sobre la ribera del Magdalena.

Quizás así nos demos cuenta de que, tras más de dos siglos dándoles vueltas a las mismas discusiones, una de nuestras grandes tragedias nacionales es que seguimos viviendo de espaldas al río que atraviesa todo el país. Aquel que para Silvestre “parecía un lago de playas doradas, palmeras y bosquecillos [donde] la balsa andaba lentamente dando vueltas a merced de las aguas”.

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