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El Malpensante

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Guerrero y esteta del tablero

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Óscar Castro, el amigo con quien tuve el privilegio de compartir algunos momentos, era un ser extraordinario, como un personaje salido de uno de los libros de fábulas o de la buena literatura que siempre llevaba consigo como único equipaje. Amaba la vida, las cosas simples y bellas de la vida, y paradójicamente también la muerte. Para él, Eros y Tánatos eran caras de la misma moneda. Por eso asumía todos los riesgos sin temor. Nunca le conocí la mirada del miedo. Jugaba con el miedo de sus rivales en el tablero, que era el único terreno en el que se batía en duelo sin reservas. Como buen ariano, era un guerrero y también un esteta. Luchaba en sus partidas, no tanto por vencer al rival, como por encontrar la belleza que se escondía en el laberinto de los 64 escaques donde las piezas de dos colores se trababan en una danza ancestral.

 Para Óscar, la armonía era el objetivo final de todas sus elucubraciones. Cuando adivinaba que una de sus figuras andaba extraviada en el tablero, trabajaba intensamente en buscar la coordinación. “El orden es el principio de la armonía”, solía repetir, y le atribuía ese pensamiento a Mao. En ese sentido era igual a uno de sus primeros maestros, Boris de Greiff, cuando contaba que esa frase que daba comienzo a la revista Alfil Dama no era precisamente un proverbio chino, como se publicaba allí para despistar a las intonsas gentes, sino que provenía en realidad del Librito rojo... aquella sentencia de que la primera obligación del hombre es enseñar al que no sabe.

 De él aprendí muchas cosas. Aprendí, por ejemplo, que no luchamos contra el rival sino contra nuestras propias debilidades. Su atención estuvo siempre cautivada por cosas menos prosaicas y un poco más sublimes que la vida práctica. Le interesaba comprender las leyes cósmicas que rigen la armonía del universo. Entender en qué consiste la amistad entre los hombres, el amor entre las personas que habitan este singular universo, como recitaba uno de sus escritores favoritos en “Otro poema de los dones”.

Castro amaba todo lo que estuviera vivo. Se bañaba bajo las lluvias tormentosas de la madrugada y se abrazaba a los árboles. Conversaba con ellos como lo hacía Swedenborg con los ángeles en las calles de Londres, según relata Borges. Cuando algo o alguien chocaba con la armonía de las cosas o de las relaciones entre las personas, se enfermaba y caía en la más profunda depresión. Entonces dormía durante d&ia...

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(Cali, 1956). Es maestro y entrenador de la Federación Internacional de Ajedrez y estudiante de filosofía en la Tecnológica de Pereira.

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