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A la sombra de la caña

Fotografías de Juanita Escobar

A lo largo de tres generaciones, una familia de origen nariñense ha enfrentado adversidades hasta alcanzar una humilde forma de prosperidad. Esta historia tan colombiana es escrita por los Rosero en medio de los exuberantes cañaduzales del Valle del Cauca.

 

Diego Rosero, en su casa de Palmira

 

 

Hace cincuenta años, los campesinos huían del empobrecido departamento de Nariño, al suroeste de Colombia. No había carreteras y la región se mantenía virtualmente incomunicada: era más fácil viajar a Ecuador que desplazarse durante días por caminos tortuosos hasta las ciudades vecinas. Cuando Humboldt recorrió las zonas más altas de esa tierra aislada, las bautizó como “el Tíbet de América”. Sin embargo, allí la paz era escasa. La violencia política acechaba en Nariño, las primeras guerrillas germinaban en el campo, la tierra apenas daba para comer. Y la población, rural casi toda, sin expectativas, migró hacia el norte con esperanzas.

El tío Edgar Caicedo, junto a su hermana Ligia, la madre de Diego


En el Valle del Cauca, muy cerca de allí, la situación era otra. Las enormes extensiones de suelo plano cultivable, bañadas por el río Cauca, producían en abundancia caña, plátano, arroz, cacao, maíz, algodón y fríjoles. Las fábricas de alimentos, la industria química, la del plástico y la producción de fármacos generaban miles de empleos, y en el centro del desarrollo regional latía el corazón poderoso del azúcar: los ingenios cumplían ya cien años de explotación febril iniciados a mediados del siglo XIX, cuando Manuelita, el pionero entre ellos, instaló sus primeras máquinas modernas en Palmira, la capital agrícola del país. Los nuevos complejos agroindustriales iniciaron entonces su demanda de oficios diversos: necesitaban con urgencia caldereros, carpinteros, conductores. Y sobre todo corteros, hombres recios armados de machetes que le arrebataran la caña a la tierra fértil.

Durante aquellos años, dicen, los trabajadores locales no estuvieron a la altura del compromiso. Sus capataces en los cultivos veían en ellos solo indisciplina y pereza: la gente de Cali, la capital del Valle, siempre fue alegre y fiestera. Hoy es la única ciudad de Colombia que tiene un “rumbódromo”, pues muchos de sus hombres prefieren la rumba salsera a cualquier otra actividad. Pero había una causa más, que nadie menciona: en una región próspera, con oficios bien pagados, pocos estaban dispuestos a partirse la espalda en el monte agreste. Ante este escenario, los jefes decidieron importar mano de obra desde las regiones vecinas. Así llegaron en masa los hombres de Nariño, que venían dispuestos para la labor y traían fama de laboriosos, disciplinados y austeros.

–Mi papá fue el primero de la familia que vino. Después llamó a mis tíos, y vinieron tres. Los compañeros de él cuentan que era muy bueno cortando caña. De los mejores.

Diego Rosero, el que ahora recuerda a su padre como un titán esforzado, es el tercer hijo de Luis Alfonso, un campesino de Nariño que llegó al Valle del Cauca en una de aquellas colonizaciones. Diego está sentado en la sala de su casa en Palmira, en el barrio Zamorano, una colonia de obreros nariñenses fundada en 1964. La casa de dos pisos tiene el frente pintado de blanco, y un portón eléctrico que es todo un lujo en el vecindario. En la sala hay tres sofás de tela oscura, un televisor de pantalla plana y un equipo de sonido con dos parlantes de un metro de altura. Hay una biblia abierta sobre un atril. Los espacios son amplios y ventilados, la cerámica del piso brilla con la misma blancura que domina todas las paredes. Frotando siempre sus manos, Diego habla en voz baja rodeado de silencio.

–Nosotros somos siete hermanos. Cuando éramos pelaos vivíamos en una casa que le prestó a mi papá el ingenio Manuelita. Él trabajó primero cortando caña, pero después ascendió a operador de la oruga, una máquina que arregla el terreno antes de sembrar. Un día llovió, y como el suelo estaba mojado, le dijeron que no había trabajo. Mi papá cogió la bicicleta y se devolvió pa’ la casa, pero no alcanzó a llegar. Le dispararon. Él siguió pedaleando, pero no alcanzó a llegar. Unos amigos lo encontraron tirado en la vía y lo llevaron al hospital en una ambulancia del ingenio. Allá llegó muerto.

Diego habla a regañadientes, aparta la mirada. Permanece en la silla solo por educación. Tenía diez años en el momento del homicidio, pero dice –más bien susurra– que aprendió mucho de su padre, que el viejo los quería, que llevaba “cositas” a la casa a medida que progresaba. De él no heredaron fortuna, pero Diego conoció temprano, a través de ese hombre, la relación que une esfuerzo y recompensa.

–Él estaba empezando a crecer, a salir adelante. Su meta era darnos más comodidades. En esos tiempos, me acuerdo, estaba en su apogeo Kid Pambelé, el boxeador. Mi papá nos llevó a mi hermano mayor y a mí a ver una pelea en una casa de la hacienda, retirada de donde estábamos. Esa casa era de un mayordomo; él recibía más plata y tenía un televisor grande. Ahí se le metió a mi papá en la cabeza que tenía que comprar un televisor. A los pocos días llegó con uno, pero más pequeño. Después compramos nevera, estufa… Íbamos pa’ adelante, consiguiendo cosas. Pero desgraciadamente pasó lo que pasó.

 

La muerte de Luis Alfonso frustró la primera gran apuesta del clan Rosero en la nueva tierra: lo que pudo ser, no fue. El vínculo con el ingenio Manuelita se rompió, y la viuda tuvo que abandonar pronto la casa prestada junto a sus hijos. Mientras conseguía un nuevo techo, la familia pasaba los días entre la casa de la abuela materna y la del tío Édgar.

Édgar Caicedo –alto y campechano, aún vital a sus setenta años– vive también en el barrio Zamorano. Su casa es amplia y en los años recientes ha vivido distintas remodelaciones: en los muebles hay mezclas de varios estilos y tiempos, desde el clásico en madera pulida hasta el moderno con brillo de metal y telas de colores intensos. En el parqueadero hay una camioneta y un Peugeot nuevo.

El tío es el arquetipo del patriarca; alrededor de su figura protectora gravitan hermanos, primos y sobrinos que acuden a él con frecuencia en busca de ayuda y consejo. Tiene tres hijos adultos, y cualquier método de crianza, según él, debe cultivar tres virtudes esenciales: valores, disciplina y trabajo. Como Édgar ayudó a criar a Diego y a sus hermanos, también ellos tuvieron responsabilidades desde el principio.

–Me ayudaban a cargar el carro, a lavarlo, a brillarlo. Ellos siempre tenían algo pa’ hacer. Eso de andar por la calle sin oficio… no.

Este hombre parece un tipo indulgente; ríe con frecuencia y habla suavemente, pero en sus gestos e ideas severas palpita la autoridad. Mientras él recuerda los tiempos duros con sus manos robustas entrelazadas, Diego está sentado detrás, en silencio, aprobando con su cabeza las verdades que el viejo suelta como piedras sin fisuras. En un momento de la charla, callada y sigilosa, la esposa de Édgar se acerca al sobrino y acaricia su pelo sin decir nada. Diego levanta la cabeza y la mira enternecido.

Édgar llegó también desde Nariño dispuesto a cortar toda la caña que hiciera falta. Aborrecía la dureza de las jornadas a pleno sol y resentía la demanda física del trabajo, pero solo tenía quinto de primaria: no había mejores oportunidades y necesitaba el dinero. Así que trabajó y ahorró hasta juntar “una platica”; después renunció y compró un carro de carga asociado con un tío. Pero el negocio no funcionó y Édgar debió tragarse el orgullo y volver al monte a seguir cortando caña. Lo hizo sin quejarse, resignado en apariencia, pero algo en él había cambiado. El fracaso fue una suerte de epifanía: afuera, pudo ver, existía otra forma de vida; solo había que prepararse y salir a buscarla.

En las pocas pausas que le permitía la zafra, Édgar examinaba a sus compañeros, la mayoría maduros, algunos ancianos; todos pobres por igual. Y mirándolos entendió que su lugar estaba lejos de allí. Para miles de migrantes cortar caña era un salvavidas. Para Édgar, solo un refugio donde esperar a que amainara la tormenta.

Los campesinos de China que cultivan arroz con el agua hasta las rodillas repiten desde hace siglos un mantra riguroso: “Trescientos sesenta días al año levántate antes del amanecer, y la prosperidad de tu familia llegarás a ver”. Édgar Caicedo no conoce este mandamiento, pero supo aplicarlo en los cañaverales del Valle del Cauca.

–Hubo un momento en que me puse una meta: “Voy a trabajar un año completo, parejito, sin descansar”. Vea, había días que pagaban y los corteros se iban a su casa mamaos. Yo no. Yo cogía mi plata, me devolvía y seguía trabajando. Y gastaba nada más en lo necesario: comida y listo.

Existe la herencia cultural: una fuerza resistente que perdura en las familias y en las comunidades, y permite el paso de los valores a través de muchas generaciones. Diego vio en su padre el esfuerzo y la recompensa, y más tarde aprendió de su tío, su otro padre, el valor cuantioso de la disciplina y del ahorro sostenidos.

 

Para ayudar a su madre y a los hermanos que venían detrás, en la adolescencia Diego consiguió su primer empleo como recepcionista en una línea de taxis. Salía de allí al final de la tarde y acudía por las noches a clases de bachillerato. Cuando se graduó, pagó el servicio militar durante un año en la Costa Atlántica: como podía escoger, escogió Barranquilla, y allá se fue a conocer el mar. Volvió a Palmira a los veintidós, en 1990, una época de corrientes revueltas: Colombia libraba una guerra contra los carteles del narcotráfico, y en todo el país se vivía la zozobra de ese duelo jurado. Diego llegó a su tierra como llegaron antes su padre y su tío: sin nada detrás, ansioso en la búsqueda de nuevas oportunidades. Enseguida fue a pedir trabajo en Manuelita, que ofrecía las mejores condiciones laborales en toda la zona del Valle.

Por su experiencia militar, en el ingenio le dieron un puesto de vigilante, y se dedicó a patrullar en turnos de día y de noche, junto a siete hombres más, las vastas instalaciones de la empresa. A veces caminaba entre las oficinas, a veces por los galpones y las áreas donde la caña verde, poco a poco, se iba convirtiendo en azúcar. Diego se aburría en las horas muertas de esas rondas y, mientras el trapiche continuaba su imparable molienda, él reflexionaba igual que Édgar durante los recesos de la zafra. Daba vueltas a muchas ideas, buscaba opciones, otras formas de acceder a la prosperidad que su familia perseguía desde la generación anterior. Diego, como Édgar, decidió que su futuro tenía que estar más arriba, fuera de allí. Pero debió esperar ocho años hasta que le dieron la oportunidad tras el timón de un carrotanque.

Desde que entró a Manuelita, Diego veía cómo la caña viajaba de un lugar a otro movida en mulas de carga. Y fue en aquel vaivén que la ambición encontró su forma.

–Yo veía las mulas y decía: “Tengo que manejar una”.

Desde el año 2006, Diego se desempeña como conductor de tractomulas. El trabajo es monótono. Él dice que todo el tiempo se hace lo mismo y que así cualquiera “se robotiza”, pero por debajo de su empleo están las espaldas dobladas de los corteros y por encima los ejecutivos, un mundo distante y distinto para un bachiller como él. Diego es un hombre de método, por eso no le ha costado acostumbrarse a la rutina.

–Cuando trabajo de día me despierto a las cuatro; ya mi esposa se ha levantado antecito pa’ hacerme el desayuno y el almuerzo. Me baño y espero el bus de la empresa que me recoge aquí cerca, y llego al ingenio a veinte pa’ las seis. Todos los días hacemos tres o cuatro viajes por turno, sea de día o de noche. Eso no para.

Es curioso cómo heredamos misiones que nos exceden. Diego ha construido en el ingenio Manuelita la carrera que su padre habría querido completar. Nunca se supo quién lo mató ni por qué, pero una de las teorías que maneja la familia está basada en la envidia: alguien, tal vez un cortero menos afortunado, decidió sacarlo del camino.

¿Qué forma toma el trauma en el corazón de un huérfano? En el caso de Diego parece ser la precaución extrema: algo parecido al miedo. Diego teme que la historia de su padre se repita, y está muy consciente de la fragilidad que rodea cualquier logro. Por eso cuida su apuesta de forma obsesiva, con mucho celo, y cuanto más sube, cuanto más se acerca a la cima, mayor parece ser su miedo a caer; y mayor es su ansia por dejar todo en orden, por garantizarle a su familia una vida confortable para cuando él no esté. En los días que pasamos juntos, la muerte de Luis Alfonso surge como una evocación amarga en la mente de Diego, cada vez que le pido entrevistar a sus compañeros de trabajo.

–Mejor no –dirá–. Yo me llevo bien con ellos, somos buenos compañeros. Pero no quiero que vaya a haber envidia: que vayan a pensar que uno está sobresaliendo.

En el ingenio, aunque parezca uno más, aunque su esfuerzo deliberado por pasar desapercibido funcione, la verdad es que él despuntó hace años. Diego Rosero, el artista del disimulo, el chico callado detrás del volante, es mucho más que un simple conductor asalariado.

 

Los hombres de Nariño controlan hoy en Colombia buena parte del transporte de carga y de pasajeros, y han consolidado su dominio asociándose entre ellos, en familia. Suelen comprar sus carros a crédito, en cuotas que pagan durante dos, tres o cinco años. Cuando consiguen el primer carro, trabajan y ahorran hasta comprar el segundo, y luego un tercero. La mayoría tiene hoy flotas de cinco o seis unidades que generan puestos de trabajo para hermanos, primos y sobrinos.

Los nariñenses miman sus carros como si fueran animales nobles, como las mulas y los bueyes que ayudaron a sus ancestros en el arado del campo. Muchos de ellos demuestran una ética laboral inflexible, y administran los dividendos de sus viajes con el rigor que cualquiera aplicaría para defender una conquista que ha sido elusiva. En el Valle del Cauca el auge de la economía agroindustrial los ha beneficiado: el azúcar y muchas otras mercancías se mueven en tractomulas rumbo a otros países a través del puerto de Buenaventura, el más grande de Colombia.

Esta fue la oportunidad que descubrió Édgar Caicedo. Cuando logró reunir su platica, soltó el machete y abandonó la caña para siempre. Terminaba la década de los setenta. Édgar compró su segunda camioneta, esta vez sin socios; la adaptó y empezó a trabajar como conductor “pirata”: llevaba secretarias, dependientes de tiendas, albañiles y campesinos entre Cali y los pueblos de la región. En poco más de treinta años, comprando a crédito, vendiendo y volviendo a comprar, Édgar completó su flota de cinco busetas, y lo colmaron las ganas de comprarse una tractomula.

Diego, por su lado, trabajó los primeros ocho años en el ingenio y ahorró cada peso de su salario, previendo el salto que daría en el momento adecuado. En 1998, con la ayuda del tío, compró a crédito su primera buseta; la pagó cumplidamente en tres años y entró por fin, como tantos nariñenses y sus hijos, al gremio de los transportadores. Esta sociedad entre tío y sobrino comenzó a cambiar cuando quedaron claras las diferencias de estilo y de carácter. Édgar es independiente y tozudo, un radical, libre, un tipo resuelto y afanoso que nunca quiso trabajar bajo las órdenes de ningún jefe, y que ahora es un empresario orgulloso de tener a otros a su cargo. Diego, en cambio, empezó a apostarle a su nuevo negocio sin renunciar jamás a la seguridad del sueldo fijo que le da el ingenio. Él prefiere crecer a un ritmo moderado. Su plan cuando entró a Manuelita era trabajar durante diez años, ahorrar un capital, y luego, quizá, seguir la ruta del tío. Pero se quedó.

–Uno con hijos tiene obligaciones –dice Diego, firmemente instalado en el hogar que construyó–. Uno tiene que medir las cosas y tratar de darles lo que uno no tuvo. Yo sigo trabajando ahí porque me ayuda a asegurar el futuro de mis hijos. Si me pasa algo, a ellos les queda una pensión. A mí la empresa me da estabilidad. Las busetas dan más plata, pero depender de eso es muy riesgoso. Trabajar en algo propio es más riesgoso, siempre.

Hace dos años ocurrió un accidente: una buseta de Diego, que viajaba de noche bajo la lluvia, perdió el control y se salió de la carretera. Entre los pasajeros heridos, la mayoría levemente, hubo un muchacho que quedó tetrapléjico. El seguro de la buseta cubrió una parte de los gastos médicos, pero Diego tuvo que pagar el resto de la deuda, una millonada equivalente a las ganancias de una buseta durante todo un año.

Hoy, Diego tiene cuatro conductores con sus cuatro ayudantes. Y los pasajeros, los que han empujado su ascenso, son los mismos campesinos emigrados, los corteros de caña y los cultivadores de frutas que componen tantas familias similares a la suya.

 

–No tuve tiempo de soñar. Yo trabajé siempre.

Sentado en el sofá de la sala, Diego responde seco, cortante. La casa está vacía y él enciende las luces cuando empieza a caer la noche. Basta mirar

su perfil para descubrir lo evidente: no resume el

prototipo del hombre ambicioso. Peina su pelo castaño y liso hacia un lado como lo haría un colegial. A veces se deja crecer un bigote fino, una pelusa escasa parecida al vello de un adolescente. Suele vestirse de jeans, camiseta y zapatos deportivos de color blanco. Y nunca gasta su dinero en marcas reconocidas: le basta cualquier prenda barata; solo le importa que la ropa sea nueva.

Diego es la mesura. Como un gato quisquilloso, mide varias veces cada paso. A sus conductores, que deben visitarlo con frecuencia, les tiene prohibido llegar a su casa en las busetas o con dinero en efectivo. Su

estilo apocado, discreto a ultranza, no es una estrategia reciente: desde el principio, mucho antes de recibir los salarios que le permitieron invertir y crecer, Diego ya practicaba una forma de ahorro muy parecida al voto de pobreza.

–Si quería comprarme una gaseosa y tenía la plata, la guardaba. Nunca me hizo ilusión gastar en zapatos de marca. Claro, me gustaban y me parecían bonitos, pero no me dejé sugestionar por el consumo. Yo siempre fui así: ahorrador. Me cohibí de muchas cosas por ahorrar. Era duro ver a los amigos de uno estrenando, con cosas que uno quería tener. Pero hay prioridades.

El verbo más común en su charla es “cohibir”. Podría comprar un costoso teléfono inteligente, un carro nuevo o una casa en cualquier barrio de clase media alta en Palmira, pero prefiere el mismo celular barato, una moto de baja cilindrada, y seguir en su casa cómoda y de fachada anodina en Zamorano, la colonia popular de toda su vida. La misma que recibió hace cincuenta años a sus paisanos desterrados.

 

 

Susana, con su hija Isabela

 

Juan Carlos Marín y su novia, una pareja de cuarentones vestidos como para un paseo de domingo, están sentados uno junto al otro en la pequeña sala de su casa, en el centro de Palmira. La casa es angosta, tiene el piso de cemento pulido y un cielorraso que oculta el techo de tejas antiguas. Dos bicicletas reposan contra una pared manchada de humedad.

Marín es amigo de Diego desde los días del bachillerato nocturno, y se refiere a él con un diminutivo porque siempre fue el más joven, el más flaco y disminuido del grupo.

–Dieguito fue siempre un tipo inteligente, buen estudiante. Pero es un tipo promedio, que nunca sobresale en nada. Mejor dicho: no se le nota.

Como suele ocurrir después del colegio, los amigos de Diego se alejaron durante varios años, hasta que un día Marín decidió que era tiempo de reencontrarse. Supuso que Diego habría hecho nuevas amistades y no tendría interés en esa gente del pasado. Pero lo llamó y se encontró con el mismo chico de siempre. Diego le dijo que tenía reservada una botella de whisky que le habían regalado siete años atrás.

–Imagínese: ¡siete años guardando esa botella! A mí me dura una semana.

Marín dice que su amigo solo se destaca cuando organiza una reunión:

–Nosotros hacemos una vaca y todos ponemos plata. Él no. Cuando invita, invita a todo: pone comida y trago. Pero no lo hace de forma petulante. Con nosotros es que se despeluca, se toma su trago y la pasa bien.

De nuevo: ¿qué forma toma el trauma en el corazón de un huérfano? Juan Carlos Marín tiene su propia teoría.

–La muerte del padre disciplinó a Diego como cabeza de hogar. Desde muy joven usté hablaba con una persona muy madura, muy centrada, que tenía que disponer muy bien de su dinero. Que tenía que progresar.

 

A fines de los noventa, cada vez que Diego iba o volvía del trabajo, se cruzaba en Zamorano con una chica morena, bajita, que caminaba por la calle con un ritmo animoso. Él la seguía con la mirada hasta que la perdía de vista. Si le preguntan qué lo atrajo, no elogiará el rostro ni las piernas, tampoco los ojos o la voz de su mujer. Seguro se fijó, pero no lo dice.

–Yo a ella le vi que era una persona muy seria, muy responsable. Eso fue lo que me llamó. Empezamos a conversar, a salir. Y ahí nos fuimos comprendiendo.

Susana, otra hija de campesinos llegados de Nariño, es tímida como su esposo y le incomoda cualquier tipo de figuración. Ella prefiere que hable Diego, que sea él quien cuente esta historia; dice que su testimonio es innecesario, que es la misma cosa: que incluso las opiniones son producto de un equipo. Un viernes por la tarde, después de coordinar el almuerzo y dejar la cocina en orden, Susana sentó a sus dos hijos en la mesa del comedor, les dedicó un par de horas y los dejó cuando tuvieron los deberes hechos. Después se sentó en el mismo sofá que antes había ocupado su marido.

–A mí siempre me gustaron los números: me gustaba sacar cuentas. Yo quería estudiar algo como de administración, contaduría, algo así. Pero no se pudo. Yo estudié hasta bachillerato, y lo terminé de noche, igual que Diego.

Después del cortejo y con el noviazgo consolidado, Diego le propuso a Susana que se fueran a vivir juntos. Como de costumbre, él tenía un dinero ahorrado.

–Con eso compramos a la plata una cama, una nevera y un juego de comedor.

Se casaron un año después en una boda sencilla en la Iglesia Cristo Resucitado de Zamorano, y se fueron de paseo con familia y amigos a una hacienda que Manuelita les prestaba a sus trabajadores: había un río, había piscina, un bohío y una parrilla para los asados. El tío Édgar puso a la orden dos busetas para trasladar a los invitados.

 

Desde la primera inversión, Édgar fue el administrador de las busetas de Diego: se encargó de la inscripción en la cooperativa de transporte más antigua de Cali, reclutó a los conductores y gestionó los cupos en las distintas rutas. Pero después de unos años, cuando el negocio empezó a crecer y la tarea se volvió excesiva, Édgar se vio abrumado con la carga de sus busetas y las del sobrino, y Diego entendió que debía ocuparse de sus asuntos. Pero el tiempo no le alcanzaba: seguía siendo un empleado con horario fijo en Manuelita. Y fue entonces cuando Susana se ofreció.

Al principio ella administró las busetas sin alejarse demasiado del tío Édgar: lo llamaba todos los días para hacerle preguntas y pedirle soluciones que solo él conocía, pero luego de un tiempo ella tomó el negocio en sus manos. Junto a la mesa del comedor, alrededor de la computadora en la que trabaja a diario, Susana tiene una montaña permanente de planillas que registran el número de viajes, los turnos, la cantidad de pasajeros que abordan cada carro: el dinero que entra y sale. Inicialmente Diego temía dejarla encargada de las busetas –era una mujer en un gremio de hombres, y no conocía el negocio–, pero ella se dedicó a aprender. Hoy los conductores le rinden cuentas a una mujer que no levanta la voz.

–Si usté tiene algo tiene que estar allí, encima –dice Susana–. Yo anoto todo: cuánto duran los frenos, cuánto dura una batería. Yo sé cuánto duran los repuestos que más se gastan. Todo eso, si usté no lo controla, es plata que se va. Yo estoy pendiente de todo. Todo.

Diego sigue trabajando de noche y de día como conductor de mulas en el ingenio Manuelita, donde recibe, después de veintidós años de labores, un salario mensual de mil quinientos dólares. Ahorra íntegro ese dinero, y su familia vive de los ingresos que generan las cuatro busetas y una van de turismo: entre todas producen seis veces el salario del ingenio. En su faceta de empresario, Diego ha invertido casi un cuarto de millón de dólares que ha recibido en cinco préstamos de Corficolombiana, un banco que otorga créditos productivos. Ya los pagó todos y es el dueño legítimo de su patrimonio.

Con su esposa, Diego tiene una sociedad que progresa acompasada: mientras él trabaja, ella atiende a los niños y administra las busetas. Una vez a la semana él tiene su día de descanso. Puede ser un lunes, un miércoles o cualquier otro día, pero Susana y sus hijos lo convierten siempre en domingo, y todos parten juntos al cine, al río o a comer helados. Cuando llegan las vacaciones, una vez al año, Diego reúne a sus empleados con sus familias y se marchan todos rumbo al mar en alguna de las busetas. Diego sabe que los empleados trabajan mejor cuando están satisfechos, y el trato justo robustece la confianza mutua.

Diego y Susana han superado por mucho sus propias expectativas sobre el futuro al que aspiraban. Son la segunda generación de aquellos campesinos emigrados de Nariño y han dado un salto tremendo respecto a los logros de sus padres, los pobres de manos callosas venidos del sur. Pero Susana, cautelosa como su marido, piensa en el tío Édgar, piensa en el progreso de toda la familia, hace un balance, se resta mérito y dice que ellos dos, como equipo, al fin y al cabo no son la gran cosa.

–Apenas una ramita del árbol.

 El sol calienta con fuerza sobre las calles del barrio Zamorano. Hoy es sábado, son las dos de la tarde y nadie se atreve a caminar por las aceras. Los vecinos duermen la siesta.

Una camioneta blanca estaciona frente a la casa de Diego y de ella baja un hombre alto, moreno, de barriga amplia.

–Buenas tardes.

Diego está de espaldas, agachado detrás de su van. Revisa el estado del gato y la llanta de repuesto: Susana viajará mañana con los niños para visitar a una tía enferma en Nariño. Diego se levanta apenas escucha la voz y limpia sus manos con un trapo.

–Buenas, arquitecto. ¿Cómo me le va?

Enseguida lo invita a pasar.

Los dos hombres se sientan en la sala mientras Susana camina hasta el dormitorio y regresa con un documento envuelto en plástico. Diego desdobla las hojas sobre el piso y extiende el plano de una casa. Hace varios meses Diego y Susana discutieron los detalles de esta obra, el nuevo hogar de la familia. Cada cual enumeró sus deseos, y juntos los anotaron en un papel. Alcoba grande con baño privado, dijo él. Cocina amplia para trabajar cómoda, dijo ella. Y ahora, en este día cálido, los dos miran el plano con el arquitecto y repasan las líneas del boceto. Hablan de materiales y de costos: de paredes, ladrillos y ventanas. Hablan de cómo serán los baños y la terraza junto al patio.

El arquitecto está listo para empezar las labores, pero Diego no tiene aún el dinero para completar la construcción. Serán tres pisos en un lote de cuatrocientos metros cuadrados, y el presupuesto excede sus ahorros.

–Vamos a hacer primero la parte de abajo, el primer piso –decide–. Ahí vamos a vivir provisionalmente. Después ahorro dos o tres años y junto el resto de la plata.

Diego dice que trabajará diez años más en el ingenio, pero su mujer piensa que es demasiado tiempo en ese oficio duro, que él debe quedarse cinco años a lo sumo y luego salir para ayudarla con las busetas. Pase lo que pase, la obra se construirá. En el tercer piso habrá dos apartamentos para los niños.

La hija mayor de los Rosero está apenas en tercero de primaria, el mismo grado que alcanzó a completar el malogrado abuelo Luis Alfonso. Todavía es temprano, pero Diego ya fantasea con verla graduada en medicina. Susana interviene y dice que la niña estudiará lo que ella quiera. Seguramente ambos se conformarán con cualquier otro título universitario, pero el de medicina encierra muchos símbolos para Diego: sería el desquite del huérfano cuyo padre murió en una ambulancia que no llegó a tiempo; sería la victoria del conocimiento sobre la ignorancia.

Si esto ocurre, si el plan de Diego Rosero se cumple, la migración y la muerte, el trabajo y el ahorro, la inversión y sus riesgos habrán valido la pena. Y la tercera generación de los huidos de Nariño habrá coronado al fin una larga proeza familiar.

 

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Su reportaje sobre el "comegente" de Táchira ganó en 2006 el premio Random House Mondadori.

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