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El Malpensante

Entrevistas

El escapista

Una entrevista con Luis Miguel Rivas

El lanzamiento de su segundo libro de cuentos es el pretexto para acercarse a las raíces literarias, a las noches bohemias y a las múltiples vidas vividas por Luis Miguel Rivas, un narrador con una voz intimista, vital e intensamente paisa.   

© Fotografía de Julio Marín

 

Dos veces vi a Luis Miguel Rivas leer sus relatos en público: el cabello revuelto que se le iba a la cara, un tic nervioso como un cable que le jalaba la cabeza hacia un lado, las piernas en un vaivén rápido de desespero, y la risa, la risa de quienes lo oían. La primera vez, en la Casa Museo Otraparte, estuvo leyendo un texto en el que contaba cómo fue que terminó vendiendo elongadores de pene por teléfono. Mientras leía, el público reía, sobre todo un hombre casi calvo y canoso, de unos sesenta años, que se doblaba hasta las rodillas en medio de las carcajadas.

© Fotografía de Julio Marín

 

Rivas había llegado a Medellín luego de cinco años de un autoexilio en Argentina, para presentar en la Fiesta del Libro 2014 Tareas no hechas (Fondo Editorial Eafit, 2014), libro que reúne relatos, cuentos, crónicas, publicados en su blog de El Espectador, en Universo Centro y en El Malpensante. Llegó y fue una sorpresa doble: se encontró con que era cierto que Los amigos míos se viven muriendo (Fondo Editorial Eafit, 2007) se había agotado hacía años y que había mucha gente buscando sin suerte algún ejemplar; la otra sorpresa fue para los que estaban acá, que se dieron cuenta de que Rivas en realidad existía y que no era solo una cuenta de Twitter, el escritor de un libro imposible, de un libro –como dijeron algunos con sorna– de cuentos y corto, muy corto; de apenas un poco más de sesenta páginas.

Este año, Luis Miguel Rivas regresó a Colombia para el lanzamiento de su segundo libro de cuentos, ¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno? (Seix Barral, 2015), en la Filbo. Allí, junto a Andrés Burgos, volvió a leer unos cuantos relatos, porque no le gustan las preguntas en ese tipo de presentaciones. La conversación terminó con el anuncio de una novela que se publicará en 2016. Será el primer libro de Rivas en este género de largo aliento, un cambio de metraje para los lectores que ya conocen sus cuentos: concisos, cotidianos, llenos de la menuda de los días, detrás de lo cual parece ocultarse el infierno.

Esta entrevista transcurrió episódicamente en encuentros acordados durantes sus visitas a Medellín en el último año. Rivas fue generoso con su tiempo y sus respuestas, revelando su relación apasionada con la literatura, sin poses de intelectual ni de lector consumado. La única dificultad que tuvimos fue cuando necesité verlo por la noche o muy temprano en la mañana; en varias ocasiones tuvimos que aplazar la conversación ante su respuesta: “No, qué pena, no podemos seguir hablando porque ahorita me emborracho”.

 

—D. R. M.

 

Luis Miguel, vos empezaste tu carrera como escritor haciendo libretos y guiones...

Yo siempre he sido muy mirador de cine y a la vez escritor. Al principio lo audiovisual era como una cosa imposible, lejana, pero cuando arranqué a estudiar comunicación en la Bolivariana vi que se podían contar historias. Entonces en la universidad me pusieron el sello de libretista. Cuando empecé a trabajar en la televisión regional, hacía eso, escribía guiones, y ya después empecé a ser asistente de dirección. Así empezó mi inquietud por hacer mis propios proyectos. Luego, en 1999, hice un cortometraje en video, Bumerán.

Todo eso lo hice sin mucha técnica; más tarde conocí a un maestro de cine, un exiliado chileno llamado Dunav Kuzmanich, y con él nos metimos en la cosa con fundamentos técnicos más claros. Yo creo que por eso me dicen que mis escritos son muy visuales y muy de acciones, tiene que ver con ese oficio de estar escribiendo para que al leerlo sea visto.

 

En un relato de Tareas no hechas decís que cuando trabajabas en el medio audiovisual te daban mucho tedio los pedidos de los clientes. ¿Cómo era esa relación con el trabajo en televisión?

Cuando escribía guiones institucionales, siempre me jodió la conciencia por estar haciendo algo que no le servía a nadie, que solo servía para ganarme una plata y que no me apasionaba, porque yo percibía que en todo el proceso no hay pasión: un guion institucional es algo que uno escribe sin ganas, van y lo graban con pereza, lo editan con desidia, los espectadores lo ven somnolientos, solo le interesa al gerente, que es el que paga, y a la empresa productora. Es la elaboración de un objeto, como hacer chorizos.

Yo no soy perezoso, soy más bien desmotivado, pero cuando algo me apasiona, lo hago. Empiezo a escribir un cuento y me agarra, estoy ahí días, me paro a comer y vuelvo, nunca me quedo pensando que estoy trabajando mucho. Tal vez solo funciono con la pasión.

 

¿Y cómo llegás a los cuentos?, ¿los escribías paralelo a los guiones?

En estos días, viendo unas agendas viejas, descubrí que desde los diecisiete o dieciocho había un deseo de dedicarme a escribir. En esas libretas encontré un diario y también ideas; por ahí en 1990 es que ya llega un cuento concreto. Yo tenía veintiún años cuando escribí ese cuento del Papá Noel que sale en Los amigos míos se viven muriendo. No sé en realidad cuándo empecé, pero desde niño tenía la pulsión por escribir lo que pensaba, lo que sentía, y siempre una tendencia a imaginar un lugar mejor que en el que estoy en el presente.

 

¿Cómo viviste esos años de la infancia? Sos hijo único, ¿cierto?

Soy hijo único de una madre soltera, Mery Granada. Me crié con mi mamá y básicamente muy solo, porque ella trabajaba en fábricas de confecciones y no nos veíamos mucho. Por la soledad, inventaba juegos, armaba campeonatos de fútbol con muñequitos y llevaba las clasificaciones; era el entrenador, el árbitro, el público. En esos munditos me sentía seguro, soberano, me sentía como que no tenía tanta incertidumbre, igual a un narrador en tercera persona...

 

¿Además de esos juegos, había alguna cercanía con otras historias, películas, libros?

Recuerdo que oía radio y veía mucha televisión. Había un programa en el que enseñaban a hacer manualidades y ahí aprendí a hacer un teatrino en el que siempre contaba historias que sucedían entre dos personajes. Además estaban los dibujos animados de los cuentos de los hermanos Grimm.

 

¿Cuándo descubrís que en tus cuentos había la posibilidad de un libro?

Un día me enteré de que Andrés Burgos había publicado un libro. Yo a él lo conocía porque los dos hacíamos cortos y creo que fue por envidia de Andrés que me dio por publicar. Alguien me había dicho que era fácil: “Usted lo imprime, lo argolla y lo lleva a una editorial, y listo”. Hice la tarea, llevé el manuscrito a Eafit y a los días mi mamá me dijo: “Vea, ahí lo llamó un señor don Héctor Efrén”, y yo le dije: “¿Héctor Abad?” (mi mamá nunca da una razón como es…). Entonces lo llamé y Héctor me dijo: “Ve, yo por lo general solo hojeo los libros que nos llegan y luego se los paso a nuestros evaluadores, pero el tuyo lo leí completo. Vamos a publicarlo, te quiero conocer, vení por acá”. Fui y desde el primer momento fue un entusiasta. Eso fue en 2006, el libro se publicó al año siguiente.

Héctor se volvió una especie de protector y padrino del libro. Lo recomendaba a mucha gente y por eso llegó a lugares estratégicos de donde después me llamaban para escribir, y a revistas donde luego me pagaban. Eran cuentos sueltos que un día junté, no había un concepto editorial, aunque ahora veo que sí hay una unidad, que es la voz del autor.

 

¿Las historias de ese libro son producto de tu imaginación o están basadas en hechos reales?

Son más bien sensaciones. Por ejemplo, el cuento que le da título al libro nació un domingo por la tarde en que me dio por pensar en mis amigos. “No, a este lo mataron, a este se lo llevaron, este está desaparecido”. Y me dije: “Ay marica, me estoy quedando sin con quién conversar…”, fue esa sensación. Todo partió de la paranoia de sentirme perseguido, porque eso lo escribí como a mediados de los noventa, cuando el asunto de la mafia y de Pablo Escobar. En esa época ser joven te volvía sospechoso.

Los amigos míos se viven muriendo tiene un tono muy antioqueño, el acento, los términos, las situaciones. ¿No pensaste que eso podría ser un impedimento para lectores fuera de Medellín?

Sí, eso es cierto, y ahora que vivo en Argentina he tratado de testear el libro pidiendo a gente de allá que lo lea. Uno creería que son personas que no entienden ciertos modismos, algunas palabras, algunas metáforas, la referencia a algunos lugares. Pero me he dado cuenta de que ha funcionado, que eso de narrar lo cercano también es contar lo global.

Inicialmente, no decía “voy a escribir de lo local y a imitar la parla de la gente”, solo quería describir esas situaciones, entrar en el lenguaje que me rodeaba. Nunca pensé en la universalidad; si uno es sincero con lo que escruta dentro de sí, ya está hablando de mucha gente, la universalidad la da llegar a ese trasfondo humano.

 

Ahora que hablás de ese “trasfondo humano”, en varios de tus cuentos los hechos pueden parecer un poco jocosos o coloquiales, pero hay algo fuerte que late bajo la superficie. Un dolor, una desesperación, un afecto intenso que está por debajo pero que se asoma. ¿Es algo consciente?

En un cuento las posibilidades dramáticas ya existen. Uno no inventa ninguna historia nueva, la única diferencia real es la atmósfera, la construcción de un universo de acuerdo a un estado de ánimo. Entonces hay temor, tristeza, expectativa. Una atmósfera no dice eso con palabras, pero lo transmite. Es común en algunos cuentos míos la existencia de esa belleza o de esa oscuridad. Es como en la vida real: uno siempre tiene una mezcla de distintos sentimientos.

 

Y qué decís del relato que se llama “La vez que todos fuimos Jairo”…

Esa historia no ocurrió, pero muy tranquilamente puede ocurrir y casi fijo ha ocurrido: un grupo de muchachos con una pelada borracha. La cosa parte de un amigo que estaba enamorado de una compañera, le llevaba muchas ganas, pero él era muy tímido. Un día ella se emborrachó en una casa y él empezó a tocarla, y cuando la tocaba ella se excitaba dormida. Entonces yo me preguntaba en quién estaría pensando la pelada, y me imaginé un Jairo. Ahora, el contexto en el que está narrada tiene las particularidades en las que yo crecí: el machismo, la tosquedad, el hombre orgulloso de cargar las mujeres como medallas. Obviamente, yo quería contar esa historia, pero no pensé en todo esto que ahora digo.

 

¿Vos supiste que ese libro se convirtió en un imposible, que muchos hablaban de él y nadie lo tenía?

Sí, a mí alguien me contó eso en Buenos Aires, me dijo: “No, ese libro es un mito urbano”. Eso me pareció muy bacano, pero no lo creí. Cuando vine acá y mucha gente me dijo lo mismo, me maravillé; aunque ahora la editorial acaba de reimprimirlo.

 

Luego de ese éxito se esperaba otro libro, pero pasaron siete años para Tareas no hechas.

No sé qué pasó. Mi vida ha sido un poco desordenada. Aunque he estado escribiendo, me he enredado en cosas de la vida práctica como para meterme al medio editorial. Además, en Buenos Aires he estado un poco aislado, tanto del mundo literario como de Medellín.

 

Acerca de ese mundo literario, en Tareas no hechas hablás de un grupo cultural de Envigado que se llamó La Nave, ¿qué significó para vos?

Por esa época, como a los treinta años, me sentía un poco raro, extraño, y en La Nave encontré gente con inquietudes parecidas. Uno podía ser uno mismo y no te veían como si fueras “el borracho”. Es como decía un amigo mío que se emborrachó en un pueblo, se quedó dormido y los campesinos comentaban: “Ayúdenlo a parar que él cuando está sobrio es muy inteligente”. Esa fue la experiencia de tener un grupo, la atmósfera de gente soñando, tratando de hacer películas, libros. Por primera vez estuve rodeado de algo parecido a lo que yo hacía y pensaba.

 

En la sede de La Nave había un libro en blanco en el que ibas a escribir…

Los de La Nave éramos varios treintones que íbamos a un lugar de veinteañeras, era la primera vez que yo tenía una gallada para salir. Entonces yo decía que iba a escribir una novela llamada Cuando quisimos a las muchachas. Es ahí cuando Luna, una novia que tenía en ese momento, me regala ese libro en blanco, empastado. Yo todavía escribo ahí, es una cosa que aún se está haciendo.

 

¿Es un cuento o una novela?

Es un relato que empecé y ya voy como en la página 65, no voy ni en la mitad de lo que va a pasar, seguiré escribiendo esa historia, pero no pienso en parámetros. Si por extensión lo llaman novela, allá ellos. Tal vez la razón por la que yo solo he escrito cuentos hasta ahora es por falta de plata, porque la novela requiere un trabajo diario y a largo plazo, es una maratón, y todavía no he dado con esas circunstancias.

 

¿Es esta la novela que acaba de anunciar Planeta en la Filbo?

No, lo de Planeta es un proyecto sobre un sicario pichurrio. Es una mamadera de gallo con la sicaresca paisa. Trata de un chico de barrio que es pusilánime, no tiene las agallas para coger las armas, no tiene empleo, no estudia. Un día llegan unos documentalistas de la upb para retratar la realidad social de la comuna y, como los muchachos del combo no están, este pelado se hace pasar por el patrón. Empieza a decir: “Qué va gonorrea, malparido, yo maté veintiocho”. Los estudiantes se emocionan y le pagan una plata para que los guíe. Esa es la idea general.

 

Como esta, la mayoría de tus historias son muy paisas. ¿Por qué dejás Medellín y te vas para Argentina?

Porque no podía seguir en Medellín, estaba muy aburrido con el que yo era acá.

 

¿Y quién era ese?

Un man que no quiero recordar. Alguien que no me gustaba y que me hacía sentir muy débil. Sigo siendo débil, pero la de antes era una debilidad que me neutralizaba. No era Medellín propiamente, era toda esa atmósfera que me rodeaba.

 

De vos quedó en Medellín una imagen como de genio borracho...

Esa es la imagen que me sacó de Medellín, porque yo no soy así. Lo que pasa es que a uno lo ven borracho cuando está borracho, pero cuando está escribiendo nadie lo ve. Yo me dejé influenciar por ese entorno, esa imagen. Era como el cliché del brillante degenerado, pero no hay tal. Incluso si lo fuera, también sería una manera de asumir la vida y a la vez de escribir. Lo único que importa son los libros, lo que está escrito.

¿Te vas a Buenos Aires con algo fijo?

No, me fui a escribir sin nada, con setecientos dólares, tres mudas de ropa y un librito de Chéjov. Puse un letrero en la pieza que alquilé, con una frase de Saramago: “No busque trabajo, escriba”. Comía arroz con huevo, salía poco, escribía mucho, ahí fue cuando reactivé el blog, eso me dio como un sentido. Cuando no quería escribir o me daba pereza, escribía. Y me empezaron a caer trabajos de Colombia: una cartilla, un curso de narrativa por internet, un cuento por el que no me daban mucha plata. Luego hubo una época en la que tenía que trabajar como fuera, entonces me metí a un call center, más tarde en un puesto de libros. Luego me resultó un trabajo en una telenovela, colombianizando un libreto argentino, cambiando el “boludo” por “güevón”.

 

Por esos años viajaste a Chile a investigar sobre Dunav Kuzmanich, ese profesor que influenció tu forma de escribir…

Sí, incluso en el libro Tareas no hechas hay tres crónicas sobre él, porque cuando murió, varios amigos hicimos una corporación para difundir su obra. Dunav Kuzmanich fue un chileno de origen yugoslavo que hizo cinco largometrajes y estuvo en la serie Don Chinche. Él me influenció muchísimo, decía que había que contar historias que fuera indispensable contar y que no se podía ser indiferente ante la realidad social. Era un tipo políticamente muy comprometido. Fue maestro de cine en la Bolivariana. Aunque yo no fui su alumno, luego nos hicimos amigos. Él tenía una casa en La Floresta a la que le decíamos “la Dunicueva” y allá nos enseñaba pero también hacíamos fiestas. La presencia de Dunav fue como una conciencia ética del oficio de narrar y de vivir.

Yo quise hacerle un documental y viajé a Santiago de Chile, entrevisté a varios de los cineastas de los setenta que eran sus coetáneos. Todo ese material sirvió para que Javier Mejía, otro amigo de la misma generación, hiciera un documental que se llama Duni. También he querido hacer algo sobre su vida, pero no ha salido. Lo que sí tengo es un diario de campo sobre ese viaje.

 

En la Feria del Libro de Guadalajara te presentaron como uno de los “secretos mejor guardados de la escritura latinoamericana”, y solo tenías un libro…

De mí decían: “Es un escritor de un solo librito chiquitico”, y por un momento, cuando escuché esas cosas, me dejé afectar y me apresuré a escribir un libro a la lata, pero no era el momento. Ese no era el camino, todo tiene un ritmo y eso tiene que ver con la persona que escribe. Este es mi ritmo. El libro nunca salió porque era muy malo, porque fue una cosa impuesta, y hay escritores a los que les funciona imponerse plazos, métodos, yo no puedo trabajar así.

Ya no tenés solo “ese libro”. Hace unos días presentaste en la Filbo ¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno? ¿Qué historias pueden encontrar los lectores en este libro?

Están los mismos temas de los otros libros, que son un poco personajes solitarios buscando con quien comunicarse. Sigue estando mi mirada, que no sé qué tiene. Aquí ya no está tanto el personaje de Luis Miguel, como una especie de álter ego. Aquí quise tomar distancia. Hay unos cuentos fantásticos, distópicos, como el de “Los libros”, que es un lugar imaginado, lo mismo “Amor bajo el sol supremo”; son cuentos “más literarios”, por así decirlo. Aunque yo no soy ese tipo de escritor intelectual, como Borges, por ejemplo, aquí hay una irrupción de lo fantástico en lo cotidiano.

Yo no trabajo planeando, así que nunca pienso en temas, simplemente escribo. Ahí está la gente que me ha marcado, como Chéjov, Carver, Felisberto Hernández, que lo leí mucho hace unos meses. Todos los escritores que han tenido el alcohol como temática… como el cuento titulado “El que tiene sed”, de un escritor argentino que se llama Abelardo Castillo.

 

Varios cuentos de ¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno? están signados por el alcohol...

Sí, es verdad, incluso se iba a llamar Alcohol, pero la idea no terminó de convencer. Porque esos textos fueron saliendo así, sin que me lo hubiera propuesto. Salieron así porque era un tema importante en mi vida. Nunca pensé en hacer un libro sobre este tema. Ahí están mis inquietudes, mis conflictos, lo que he vivido.

 

¿A qué se debe el título? Suena mucho más festivo –¿optimista?– que Los amigos míos se viven muriendo…

Este libro tuvo varios nombres, incluso uno de ellos fue Una minúscula lágrima anaranjada, que es el nombre de uno de los cuentos. El editor me propuso pensar en un título fuerte, y de ahí salió este, que es el título del último cuento del libro. Es una frase muy paisa, muy fuerte, muy común. En el cuento es una metáfora de la muerte, como al que lo obligan a irse, en este caso porque lo matan. Eso fue.

 

¿Cómo ha cambiado tu voz desde tu primer libro? ¿Se siguen sintiendo esas voces paisas a pesar de estar lejos de la ciudad?

En estos días leí varios cuentos de ese primer libro y me reconozco, pero como cuando uno se ve en una foto muy vieja y se da cuenta de que tiene una ropa que ya no usa. Una diferencia entre mi primer libro y el nuevo es que me he alejado de esa voz paisa. Lo otro es el narrador.

En ese primer libro hay una narración en primera persona de alguien que ve el mundo desde una especie de ingenuidad punzante, y con un habla muy coloquial, muy de la calle. Yo empecé a escribir de esa manera, pero en el nuevo libro hay cuentos en tercera persona, con un narrador omnisciente, ya sin lenguaje coloquial, que fueron intentos de no parecerme a mí mismo. No fue dificultoso, fue como explorar una parte mía que no tenía muy clara, fue como reconciliarme con esa voz. Yo nunca he peleado con la tercera persona, sino que la primera persona era la única voz que conocía, y era basarme en mi mundo cotidiano. Yo no tengo ningún problema a lo Fernando Vallejo.

 

La mayoría de tus textos también están llenos de humor absurdo. ¿Ese ingrediente continúa presente en estos nuevos relatos?

Es una cosa de carácter. No me acuerdo quién decía que un humorista es como un niño que va silbando por una calle oscura. El humor es una respuesta al miedo, una manera de desarmar lo que te oprime. Empecé viendo y leyendo humor, desde Sábados Felices hasta Les Luthiers, o Daniel Samper Pizano, porque me gusta mucho reírme. Entre mis deidades siempre han estado Mark Twain, Jorge Ibargüengoitia, Oscar Wilde, Luis Tejada.

Ahí sigue estando el humor. Pero, sobre todo, sigue estando el universo de los solitarios, que es lo que más me llama la atención.

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Daniel Rivera Marín

(Aguadas, Caldas, 1986). Periodista freelance, radicado en Medellín. Es autor del libro de crónicas "Volver para qué"

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