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El último de la fila

Hernando Valencia Goelkel

Álbum de la literatura colombiana

AUTOR IN FABULA

Para Margarita Valencia


 

Hernando Valencia Goelkel (1928-2004), el crítico literario colombiano, y Alicia Baraibar (1938-2008), mi mamá, jugaron scrabble semanalmente durante más de treinta años. El encuentro era en la tarde, un día entre semana. Hernando traía jamones, patés, pan, conservas y ocasionalmente una botella, lo que era ampliamente apreciado por la concurrencia familiar. Crecimos mis hermanos y yo con la presencia de uno de los hombres más tímidos que yo haya conocido; invariablemente antes de hablar carraspeaba, hacía unos sonidos guturales y expulsaba en medio de una risa sorda un comentario genial, contenido, lleno de humor y con una certeza imposible de interpelar. Los dos eran viudos y los unía no solo la profunda amistad que tuvo Hernando con mi papá, el poeta Eduardo Cote Lamus, sino las novelas estadounidenses, las ocurrencias de cada cual y los chismes bogotanos. Hernando era parte del paisaje familiar y una vez, al ver mi golpeadísima Underwood a la que se le caían las teclas en las épocas en que fantaseaba con ser escritor, me trajo una máquina de escribir eléctrica. Una joya ruidosa, carísima y azul de Smith Corona. Yo no sabía que era su máquina y fue estrenada inmediatamente para hacerle los trabajos finales de la universidad a un vecino que me pagaba por cuartilla. Me sonó raro que una noche mi mamá me contara emocionada que Hernando le había dicho que yo era igual a él cuando tenía su misma edad, con los mismos sueños y actividades literarias. Ojalá yo hubiera sido como él a sus veintes. Claro, era mentira. Todo era parte de un plan, por lo visto largamente acariciado. Hernando comenzó a venir con más frecuencia a casa y el fin de semana desaparecían en el entonces invencible Zastava blanco de mi mamá hacia Fómeque, Choachí o Villa de Leyva. Hernando no manejaba, cosa que heredó mi hermano Ramón, y tampoco se destacaba mucho en las cosas prácticas. El proceso fue lento y natural, tanto que ni mis hermanos ni yo nos dimos cuenta de que Hernando había traído muda de ropa, bata, piyama, máquina de afeitar y cepillo de dientes a casa. Un domingo por la mañana que estaba lloviendo me quedé mirando desde mi cuarto las gotas de agua que se estrellaban sobre el baldosín de la terraza y entré al cu...

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