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El Malpensante

Iceberg

Fuera del tiesto

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Es difícil entender a ciertos poetas. En su columna de El Tiempo del 30 de enero, denominada con cierto espanto “Las orgías de la inteligencia”, Eduardo Escobar llama a filas a un equipo envidiable: Bach, Beethoven, Mozart y John Lennon, pero en vez de pedirles que nos toquen algo inolvidable, que sumen sus sublimes talentos para poner al gran público otra vez en órbita, el veterano nadaísta les encarga una tarea más o menos ruin: quiere que hablen mal del Hay Festival y del resto de ferias, fiestas y festivales culturales que en este (tercer) mundo son. Catemos algo del dolido licor nihilista: “Quizás asistimos entre jolgorios de escritores al fin de la poesía... Los festivales sirven a los escritores para descansar de su condición de fantasmas detrás de la abstracción del nombre. Convertidos en híbridos entre las estrellas y los payasos deponen un instante el sempiterno canibalismo gremial, y mientras se dejan tocar, sirven a la vanidad de los hombres de letras, tan humana como todas las vanidades de los hombres, pero peor”. O sea, aunque no está del todo claro lo que la lírica diatriba significa, el tono dolido es inconfundible.

La lógica del poeta, insistimos, se nos escapa. O sea, está bien —o está mal pero de todos modos está claro— que se hagan ferias para vender carros, para negociar máquinas de inyección de plásticos, para anunciar lo último en el diseño de muletas, para repatentar el dry martini, pero convocar a un festival como el Hay entraña casi una profanación de lo sagrado. Las mencionadas son, lo suponemos, ferias que cumplen razonablemente con su cometido y que no suscitan la nostalgia tenebrosa de Eduardo, pero cuando a un grupo diligente se le ocurre juntar a los autores literarios con su público, trae a Wole Soyinka y lo pone frente a un público que de otro modo nunca lo hubiera conocido en persona, el poeta columnista decreta la muerte de la poesía por espantosa contaminación con el comercio. ¿Eran mucho mejores los tiempos en que Paul Verlaine tenía que malvivir de lo que le sonsacaba a su esposa o cuando se hacían tirajes de 200 ejemplares? No, sólo que la vieja y falaz exaltación de la miseria y de la soledad como supuesta condición sublime para la creación es maleza dura de extirpar.
 
Escobar salpica su discurso con una crítica a la industria editorial que sería interesante si fuera clara. Aquí también la hemos critica...

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El Malpensante

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