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Conversación sobre el ajedrez

Un par de cartas separadas por dos décadas conforman la correspondencia entre un poeta y un ajedrecista alrededor del juego que los trasnocha. Entre recuerdos familiares, partidas antológicas, anécdotas de grandes maestros y referencias de la literatura y el cine transcurre este intercambio en torno a las piezas y el tablero.

 

© Corbis

 

Apenas 22 años y monedas he tardado en responder una carta que me envió Elkin Obregón, soltero de profesión, lector, caricaturista, cronista del viejo Medellín, tardío lector de Julio Verne, cineasta, traductor del portugués, columnista de ley, poeta, cofundador de la librería Palinuro, “malo, pero poeta”. Lector, siempre lector.

La carta de Obregón, escrita a mano, tiene que ver con el ajedrez, un juego que menciona Cervantes en Don Quijote, con quien ha terminado pareciéndose el anacoreta urbano. He convertido su carta en un pretexto para entablar un diálogo sobre el ajedrez. Dejo resaltados en azul los fragmentos de la carta, mis anotaciones van entre paréntesis:

Medellín, 4 de octubre de 1993

Ilustre Óscar: (Maestro Elkin: cartas escritas a mano no llegan todos los días. Si llegan, como la tuya, luciendo el traje a cuadros blancos y negros del ajedrez, hay que guardarlas en urna triclave. La conservo desde hace 22 años entre las páginas de una enciclopedia sobre ajedrez. El correo electrónico enterró las cartas manuscritas. Habrías servido para monje benedictino, esos seres castos de profesión, copistas que jugaban ajedrez en sus ocios teológicos. Tu letra es clara como un relámpago y legible como la Verdana doce puntos que suelo utilizar. Los carteros de hoy solo entregan prosaicas cuentas de servicios, áridos extractos bancarios, notificaciones de un juzgado que nos busca por pisotear incisos, o de las autoridades que nos persiguen por violar normas de tránsito. Nada que huela a poesía, ternura, amistad, nostalgias, volvió a llegar. Vivimos el bostezo de los buzones. En casa, gracias a una hermana coleccionista de olvidos, conservamos las cartas dibujadas que mi padre le escribía a su frágil Dulcinea, María Genoveva, nuestra fallecida madre –93 años tenía–. Eran cartas en tinta negra, como los trajes con los que se casaron en Montebello una fría madrugada de 1942. Lástima no conservar el encabador con que el novio se despedía de su amada con metáforas como esta: “Y sin más recibe en la humilde queja de un suspiro mi doliente corazón”. También conservo l...

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Óscar Domínguez

(Montebello, Antioquia, 1945). Actualmente es columnista de "El Tiempo".

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