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El Malpensante

Educación

Decir adiós a la guerra: empecemos por la universidades

El pasado 21 de julio, el director del CES de la Universidad Nacional dictó una conferencia cuyo texto publicamos aquí. Vale la pena reiterar que la invitación del profesor Tognato es crucial no solo para los centros académicos mismos, sino para el futuro del país. Bienvenidos a debatirla.

Ilustración de Neil Webb

 

Durante los últimos tres meses el proceso de paz ha atravesado una etapa particularmente difícil. El escalamiento de los ataques por parte de la guerrilla en contra de objetivos militares y civiles ha contribuido a golpear duramente el respaldo que amplios segmentos de la sociedad colombiana les habían dado previamente a las negociaciones de paz en La Habana. El 5 de marzo la encuesta de Gallup registraba que el 69% de los colombianos respaldaban el proceso de paz. Dos semanas después del ataque de las Farc que el 15 de abril dejó diez soldados muertos en el Cauca, el respaldo bajó al 52%. Finalmente, después de repetidos ataques a la infraestructura petrolera que han tenido como resultado múltiples desastres ambientales e importantes impactos sociales sobre las poblaciones afectadas, este 1o de julio Gallup encontró que el 62% de los colombianos ya no cree que las negociaciones concluirán con la firma de un acuerdo de paz entre las partes. Quienes consideran que una Colombia en paz aún merece una oportunidad, no obstante los problemas, frustraciones y desilusiones que el proceso de paz ha producido recientemente, no pueden permanecer indiferentes ante la crisis que este atraviesa. Es hora de que cada quien contribuya, desde su esfera institucional de pertenencia, a esa visión de una Colombia en paz, identificando caminos concretos para realizarla.

Ahora bien, las universidades tienen forma de hacerlo, cultivando en la esfera pública prácticas capaces de propiciar la resolución pacífica de las diferencias y la colaboración entre ciudadanos. Sin embargo, es importante entender que las universidades no podrán contribuir por esa vía a que la sociedad colombiana diga adiós a la guerra si no demuestran que ellas mismas son capaces de hacerlo primero. A continuación explicaré el porqué de ello y las implicaciones que resultan para las universidades colombianas en general y para las universidades públicas en particular, sobre todo para la sede Bogotá de la Universidad Nacional de Colombia.

Es necesario superar las prácticas de estigmatización que alimentan la guerra, y cultivar un entendimiento complejo de la sociedad y de sus diferencias.

Empezaría con la siguiente consideración: décadas de guerra en Colombia han llevado a prácticas de estigmatización del otro que impiden la resolución pacífica de las diferencias, así como dificultan entender que la realidad del país no puede pintarse en blanco y negro; al contrario, presenta múltiples tonalidades de gris que la hacen irremediablemente compleja. Por efecto de dichas prácticas de estigmatización, por ejemplo, los defensores de los derechos humanos han sido etiquetados como simpatizantes de la guerrilla por una parte de la sociedad colombiana. Por el otro lado, quienes han reclamado la importancia del monopolio de la violencia, la autoridad de la ley y el valor de la seguridad han sido repetidamente encasillados por otro segmento de la ciudadanía como liberticidas, derechistas o, peor, simpatizantes de los grupos paramilitares.

El reciente debate público sobre el arresto de unos estudiantes de la Universidad Nacional en relación con unos atentados terroristas en Bogotá pone en evidencia otra de las tantas etiquetas que circulan en la esfera pública colombiana y que, en este caso particular, establecen una correspondencia estrecha entre los estudiantes y profesores de la Universidad Nacional y la guerrilla. Sin embargo, la realidad tras la etiqueta es mucho más compleja de lo que esta sugiere. Veamos unos datos. En una encuesta aplicada en octubre de 2014 por la sede Bogotá de la Universidad Nacional y Corpovisionarios, el 91% de los estudiantes y el 81% de los docentes contestaron que no quisieran tener paramilitares reinsertados como vecinos de casa, mientras que el 83% de los estudiantes y el 73% de los docentes contestaron que no quisieran tener guerrilleros reinsertados como vecinos. En contraste, el 39% de los estudiantes y el 28% de los docentes declararon que no quisieran tener policías o soldados como vecinos. Estos datos contradicen claramente aquellas etiquetas que establecen de manera sumaria una ecuación entre la Universidad Nacional y la guerrilla.

Algo similar pasa en relación con la actitud de estudiantes y profesores con respecto a los grafitis que aparecen en las paredes de los edificios de la Ciudad Universitaria en Bogotá, los cuales casi siempre exhiben mensajes de apoyo a la guerrilla, a sus grupos de respaldo y a sus plataformas políticas. En la misma encuesta del pasado octubre el 56% de los estudiantes declaró que quisiera tener las paredes del campus sin grafitis. Es importante resaltar, sin embargo, que el hecho de que el 44% restante no se declare en contra de los grafitis no necesariamente sugiere que este respalde a la guerrilla o sus programas. Veamos por qué. En octubre de 2012 unos encapuchados quemaron el carro de un alumno. Como reacción, unos estudiantes de matemáticas decidieron pintar la universidad de blanco. Cuando les cayeron las críticas por parte de algunos que señalaban su acción como una forma de censura que terminaba coaccionando la libre expresión en el campus, ellos decidieron crear un grupo llamado la Liga del Rayón que desembocó en la creación del superhéroe el Señor Rayón. Es un joven que empezó a hacer su aparición en el campus en calzoncillos y con una máscara de gas para intervenir los grafitis de manera fuertemente iconoclasta. El eslogan del Señor Rayón era: “La universidad no es como la pintan”. Por eso empezó a modificar los grafitis en clave satírica. Por ejemplo, al grafiti “Camilo vive”, el Señor Rayón le añadió “en arriendo”, sugiriendo implícitamente que la Universidad Nacional no les pertenece a los grupos autores de aquel grafiti. En otra ocasión, el Señor Rayón le añadió al mensaje “Juventudes Camilistas 8 años” las palabras “sin graduarnos”, ironizando así con respecto a aquellos estudiantes que anteponen su activismo a su labor académica. Prácticamente, todos los grupos rebeldes que controlan el uso de las paredes de la Ciudad Blanca terminaron siendo el centro del fervor iconoclasta del Señor Rayón: las Farc, el M-19, los encapuchados, el Movimiento Bolivariano, Hugo Chávez y hasta las imágenes más sagradas del Che Guevara o de Camilo Torres. Finalmente, las amenazas llevaron al cierre de esa experiencia, restableciendo así la hegemonía visual de los pronunciamientos pro guerrilla sobre las paredes de la Ciudad Universitaria.

Sin embargo, donde las intimidaciones, las presiones y las amenazas por parte de los violentos no operan, como por ejemplo en los baños de la universidad, los grafitis son muchos más plurales y muestran una Universidad Nacional que no se resigna a estar permanentemente identificada con la insurgencia. En conclusión, estos elementos sugieren algo importante. El hecho de que el 44% de los estudiantes acepte los grafitis en la universidad no necesariamente implica que ellos comparten las posturas de la insurgencia. Nuevamente, las estigmatizaciones negativas de la Universidad Nacional que circulan en la esfera pública y que la señalan como cómplice de la violencia no logran reflejar la realidad plural de su comunidad. Ahora bien, al comienzo de mi intervención he sugerido que las universidades pueden contribuir a la consolidación de la paz ayudando a sustituir las prácticas de etiquetamiento del otro (estigmatización) en la esfera pública colombiana por prácticas alternativas de reconocimiento de la complejidad, que por el contrario pueden propiciar una composición pacífica de las diferencias y la colaboración entre actores con intereses e identidades diferentes.

Es importante reconocer que hay dos tipos de etiquetas que operan en todos los procesos de estigmatización. Unas, las negativas, son más visibles y he hablado ya de ellas. Otras, por el contrario, son positivas y operan de manera mucho más sutil. Las unas y las otras constituyen las dos caras de todos los procesos de estigmatización. Veamos un ejemplo concreto con respecto a la Universidad Nacional. En septiembre de 2010, Angela Davis, profesora de la Universidad de California en Santa Cruz, vino a Bogotá invitada por la Escuela de Género de la Universidad Nacional y dio una conferencia en el solemne Auditorio León de Greiff, una sala de conciertos que puede reunir hasta 1.500 personas. Al comenzar la conferencia un grupo de encapuchados irrumpió en el auditorio y con gritos y consignas interrumpió el evento. Algunos de ellos se subieron a la tarima y dieron una arenga que buscaba establecer una conexión entre su causa y la de Angela Davis. De hecho, la profesora Davis fue expulsada en 1969 de la Universidad de California por su pertenencia al partido comunista de Estados Unidos. Sucesivamente, estuvo relacionada con el movimiento de las Panteras Negras, fue acusada de asesinato y secuestro en 1972, estuvo presa y finalmente en 1973, después de una larga campaña internacional llevada a cabo por centenares de comités de respaldo tanto en los Estados Unidos como en el exterior, fue absuelta. Cuando los encapuchados hicieron su ingreso, el auditorio estaba lleno. Mientras corrían hacia la tarima, una parte significativa del público, estudiantes y profesores, empezó a gritarles que se fueran. Me acuerdo aún de una estudiante de antropología de la Universidad Nacional que parada sobre su silla gritaba a todo pulmón: “¡Afuera! ¡Afuera! ¡Afuera!”. Esa estudiante terminó estudiando antropología con una beca doctoral en la Universidad de California en Berkeley, lo cual hace difícil etiquetarla como una conservadora empedernida. Ahora bien, a pocas sillas de distancia de esa estudiante había otros que aplaudían a los encapuchados. Entre ellos había tres estudiantes de antropología de algunas de las universidades privadas líderes en el país. Gritaban entusiastas su apoyo a los encapuchados. Para esos tres estudiantes ir a la Ciudad Universitaria de la Nacional valió la pena seguramente, porque cumplió con la promesa inherente en aquella etiqueta que en la esfera pública colombiana representa a la Universidad Nacional como cuna del pensamiento y de la práctica revolucionaria en el país. Lo interesante de este caso es que tanto la estigmatización negativa de la Universidad Nacional como foco de la insurgencia como su exotización en cuanto cuna de la revolución participan en un mismo proceso de etiquetamiento social que logra curiosamente soldar en un mismo bloque tanto a conservadores como a radicales. Juntos logran algo bastante singular: es decir, borrar aquella realidad plural que articula la vida social e intelectual de la Universidad Nacional.

La estigmatización y la exotización del otro le hacen el juego a la segregación social y obstaculizan el surgimiento de una sociedad abierta y móvil.

 Hasta este momento he sugerido que resistir a la estigmatización es importante porque la estigmatización del otro impide una resolución pacífica de los conflictos y una colaboración entre actores con intereses e identidades diferentes. Hay otra razón, sin embargo, por la cual la estigmatización negativa y la exotización positiva del otro minan la consolidación de la paz. Mi argumento es que contribuyen a la reproducción de ciertas dinámicas de segregación social que hasta ahora han nutrido el conflicto. Regresaré al caso de los tres estudiantes de antropología de la universidad privada mencionado antes. Después de vivir, aunque fuera de manera pasajera y mediada, la experiencia de la rebeldía y de la revolución gracias a la aparición en escena de los encapuchados, esos estudiantes probablemente regresaron a su universidad rica y pacífica; y el hecho de que no haya flujos de estudiantes desde las universidades privadas más prestigiosas de Bogotá a la Universidad Nacional nos hace pensar que una vez regresaron a su universidad de origen los estudiantes se quedaron ahí. En ese lugar, protegidos por un cordón de agentes de seguridad y de perros rottweiler, sus estudios han podido continuar sin el contrapunteo de los gases lacrimógenos, sin explosiones, sin paradas militares de insurgentes armados afuera de las bibliotecas, y sin interrupciones de sus clases por parte de encapuchados. Sus vivencias de la rebeldía y de la revolución en su visita a la Universidad Nacional, en consecuencia, se asemejan a un mero acto de consumo, muy similar al de los visitantes de los parques temáticos de diversión. Además, en el caso del evento de Angela Davis, les salió gratis. Ahora bien, la representación de las universidades públicas como incubadoras de rebeldes y guerrilleros, tanto en el marco de procesos de estigmatización negativa como de procesos de exotización, ha llevado progresivamente a las élites colombianas a fugarse de la educación superior pública, conduciendo al actual proceso de segregación social en la educación superior colombiana. La fuga de las élites no se limita a las más conservadoras. El vicerrector de una de las universidades privadas más prestigiosas del país admitía que la intelligentsia radical de la Universidad Nacional tiene sus hijos en dicha universidad privada. En consecuencia, al no tener presencia ni una participación directa en la educación pública superior, a las élites les han faltado las razones, y quizás a veces el entendimiento fino de la realidad institucional de las universidades públicas, para sostener la educación superior pública en el país. La actual situación de desfinanciación estructural de las universidades públicas de investigación es, posiblemente, una de las consecuencias de esto.

 

Las universidades tienen un papel especial en propiciar la superación de la estigmatización y el reconocimiento de la complejidad.

Para contrarrestar los efectos negativos que la estigmatización del otro y la segregación social pueden tener sobre la consolidación de la paz, es necesario que las universidades intervengan en la esfera pública estableciendo nuevas prácticas de reconocimiento de la complejidad, nutriendo a través de ellas los procesos de deliberación pública, impulsando la imaginación política, tejiendo nuevos lazos de confianza y de diálogo entre ciudadanos y contribuyendo a reparar el tejido de la sociedad que la guerra ha erosionado tan gravemente.

La articulación por parte de la academia de comisiones de la verdad, por ejemplo, constituye un paso en esa dirección. Sin embargo, es importante que las universidades no eludan otros pasos previos. Más precisamente, quiero sugerir que para cumplir con su función histórica en la etapa posterior a los acuerdos las universidades tendrán que llevar a cabo un ejercicio reflexivo de verdad sobre su papel en la guerra durante las décadas pasadas. Solo mediante dicho ejercicio, y demostrando que ellas mismas efectivamente han dicho adiós a la guerra, podrán tener la autoridad para orientar al resto de la sociedad en esa dirección. Paz y reconciliación en Colombia exigen un tránsito a través de un ejercicio de verdad y eso aplica también a las mismas universidades. Veamos qué implica esto en concreto.

 

Es urgente un ejercicio reflexivo por parte de las universidades sobre su papel en la guerra.

En primer lugar, un ejercicio reflexivo de verdad por parte de las universidades requiere, paralelamente, el reconocimiento de los procesos sociales de estigmatización que se han dado en el país, como también el reconocimiento de que las universidades, y mucho más aún las universidades públicas, han sido escenarios de la guerra. El conflicto armado no se ha llevado a cabo solamente en el campo, sino que también ha llegado a los centros urbanos y se ha instalado en las ciudades universitarias. Estas a su vez se han transformado en refugio para los grupos violentos, en campos de entrenamiento para sus actividades clandestinas, en escuelas de propaganda, en fábricas de explosivos y en terrenos para el ejercicio y el perfeccionamiento de múltiples prácticas de intimidación o de presión en contra de quienes se han atrevido a distanciarse demasiado pública o explícitamente de aquellas prácticas. La transformación de las ciudades universitarias en escenarios de la guerra le ha permitido a una minoría violenta lograr el control territorial de los campus frente a una mayoría disconforme; y la ocupación de esos territorios por parte de los violentos, a su vez, se ha acompañado de la articulación de redes de apoyo por parte de actores –estudiantes, profesores, administrativos, y a veces hasta las directivas– que a través de su cooperación activa, su tolerancia frente a los actos violentos, sus silencios, sus omisiones o simplemente beneficiando de manera directa o indirecta la presencia de los violentos han hecho viable dicha ocupación.

Sin un debate abierto sobre este fenómeno, y sin un conocimiento más claro de lo que ha sido este poco explorado conjunto de relaciones y de cómo ha operado en el país, las universidades colombianas, y en particular las universidades públicas, difícilmente tendrán suficiente credibilidad para orientar la nueva etapa posterior a los acuerdos y para contribuir a la consolidación de la paz en el país. ¿Cómo pueden las universidades fomentar ejercicios de verdad en la sociedad si las comunidades académicas no juegan con las cartas sobre la mesa y no dicen la verdad sobre su papel en la guerra? ¿Cómo puede el público colombiano creerles a los académicos sin saber si, cómo y hasta qué punto han participado, beneficiado, tolerado o convivido con los violentos que se han instalado en sus recintos? De la misma manera, ¿cómo puede creerle el público a un médico que publica un test clínico favorable a ciertos medicamentos sin que el médico haya revelado previamente sus eventuales relaciones contractuales, de beneficio o de cercanía con las farmacéuticas que producen dichos medicamentos?

 

 Decir adiós a la guerra en las universidades implica el cese de la guerra en las ciudades universitarias.

En conclusión, para que las universidades del país, en particular las universidades públicas, y seguramente la Universidad Nacional entre ellas –sobre todo su sede Bogotá–, puedan cumplir un papel importante en la etapa posacuerdos, tienen que decir adiós a la guerra. Eso implica varias cosas: el cese de la violencia y de la intimidación en los campus universitarios por parte de los grupos violentos; un debate abierto y público sobre quiénes se han beneficiado directa o indirectamente de ese dispositivo de la violencia; un trabajo científico sostenido sobre la estructura y la operación del complejo de relaciones entre miembros de los diferentes estamentos de las comunidades universitarias y los violentos, y una reflexión sistemática sobre las implicaciones que el tránsito a la paz tendría sobre la estructura y funcionamiento de ese complejo de relaciones; finalmente, un reconocimiento voluntario, por parte de los miembros de las comunidades universitarias que participan en el esfuerzo de consolidación de la paz en Colombia, del papel que puedan haber tenido en la guerra.

Antanas Mockus recientemente dio un primer paso en esa dirección, al admitir que hasta la mitad de los años ochenta simpatizó y colaboró con las Farc, recibiendo de ellas un entrenamiento para falsificar cédulas y a la vez dando hospedaje a sus miembros así como a los del M-19. Su revelación, sin embargo, permanece dramáticamente aislada en el escenario público colombiano.

Dicho esto, es importante insistir sobre el siguiente punto. Durante todo el conflicto armado las guerrillas no han sido los únicos grupos violentos que han ocupado las ciudades universitarias. Particularmente en ciertos contextos territoriales de Colombia, los paramilitares han buscado y a veces han logrado el mismo control territorial que las guerrillas han alcanzado en otros. Tanto en uno como en otro caso, no queda claro hasta qué punto el Estado haya logrado proteger a los miembros de las comunidades universitarias que se han resistido a alinearse con los violentos –sean estos de izquierda o de derecha–. Quizás una superación de la estigmatización de la izquierda por parte de ciertos aparatos estatales, y un mejor entendimiento de las diferencias entre izquierdas democráticas e izquierdas antidemocráticas, le hubieran permitido al Estado proteger a sus ciudadanos de los violentos de todo tipo y de todas las orientaciones políticas en las universidades.

En conclusión, en países cuya esfera pública es más abierta, en los cuales el pluralismo es una práctica más real, en los cuales la sociedad civil no le teme a debatir, y donde las universidades ejercen su autonomía no solamente en las palabras y en sus estatutos, sino también en su cotidianidad, se han dado debates apasionados, sin descuentos ni censuras, sobre las relaciones entre la academia y la guerra. Si Colombia quiere avanzar en el camino hacia la paz, necesita hacer lo mismo. Para que Colombia pueda decir adiós a la guerra, sus universidades tienen que dar el ejemplo y decir ellas mismas adiós a la guerra. No puede haber paz y reconciliación sin verdad. Y esto vale también para las comunidades universitarias.

 

 

 

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Carlo Tognato

(Turin, Italia, 1971). Es director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional, y Faculty Fellow del Centro de Sociología Cultural de la Universidad de Yale. Su último libro es "Cultural Agents Reloaded: The Legacy of Antanas Mockus", publicado este año por Harvard University Press.

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