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El Malpensante

Ficción

La casa de Irene

Un cuento de Cristian Hernández Jiménez

Ilustración de Nader Sharaf

 

Hoy hace un año enterramos a Irene. Aún no está claro qué fue lo que salió mal con el avión y no sé si importa que llegue a saberse. Sonia me llamó el lunes para decirme que me esperaban a cenar el sábado. Hoy es sábado y manejo camino de su casa, de la casa de Irene. La cita es a las ocho y el reloj del tablero del carro marca las siete y cincuenta. Si la autopista está despejada, diez minutos van a ser tiempo más que suficiente. No tengo más remedio que ser puntual si se trata de cumplir una cita a mi suegra. Supongo que Sonia sigue siendo mi suegra a pesar de las circunstancias.

Tomo la autopista y pienso en la última vez que hablé con Irene. Había terminado el máster en Barcelona luego de dos años y pese a la distancia nuestra relación estaba intacta. Era el momento de su regreso definitivo a Colombia y ambos sentíamos una mezcla exasperante de alegría y ansiedad. De alguna forma nos parecía inverosímil la posibilidad de vernos luego de un año eterno –fui a visitarla el verano anterior a su frustrado regreso– y en efecto lo era. No llegamos a vernos. Antes de que saliera hacia el aeropuerto El Prat tuvimos un encuentro por Skype. Hablamos mientras terminaba de hacer las maletas. Fue una conversación distraída por el afán del viaje. Nos despedimos. Le dije que la amaba. Me dijo que nos veíamos en unas horas. Sigo esperando. Han sido las diez horas más largas de mi vida.

A pesar de la llovizna que se pega al parabrisas, acelero. Los pocos carros que transitan por la autopista van despacio y los adelanto con facilidad. Quiero que esta noche se acabe pronto.

Estaciono frente a la casa de Irene y apago el carro. Con los antebrazos apoyados sobre el volante me quedo escuchando el sonido de la lluvia que golpea el techo, el parabrisas, el capó, todo. Encendería un cigarrillo pero sería imposible quitarme el olor antes de entrar. La casa mantiene su blanco casi aséptico. El barniz de la puerta de madera brilla y el jardín frontal parece un pequeño edén incluso en medio del aguacero y de la noche.

Recuerdo que cuando estaba en el colegio venía caminando cada tarde. Irene me recibía, la cabeza recostada en el marco de la puerta, vestida con el uniforme del colegio. Falda escocesa y saco de punto. Me ha...

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Cristian Hernández Jiménez

(Bogotá, 1987). Cursa la maestría en creación literaria de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y trabaja en una novela.

Agosto 2015
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