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Ficción

Las doce leyes del éxito

Un cuento de Luis Noriega

 

1. El azar es el idioma de las circunstancias


Era evidente que se trataba de una equivocación. El nombre y los apellidos eran los míos, pero el sobre había llegado a mi buzón gracias a los milagros del código postal, porque la dirección que figuraba en él correspondía a un número que no existía en la calle. El error quedaba rubricado por el hecho incuestionable de que yo no había comprado ningún billete para viajar a Bogotá, Colombia, el viernes de la semana siguiente. Con todo, ahí estaba el billete, prometiéndome un viaje que no era para mí.

Pensé en llamar a la compañía aérea para aclarar el malentendido. Pero luego, con el teléfono en la mano, imaginé que iba a pasarme la mañana hablando con máquinas que me indicarían que debía presionar 1 si quería hablar con otra máquina, 2 si quería volver a hablar con la máquina que había estado hablando antes y 3 si quería sentarme a oír dosis inmisericordes de música ambiental mientras esperaba una voz humana. Colgué sin haber marcado, diciéndome que el cretino que se equivocó al dar su dirección y cuyo nombre por casualidad coincidía con el mío ya se las apañaría cuando se diera cuenta del error.

No obstante, no tiré el billete a la papelera, y este permaneció en mi escritorio para recordarme que en algún lugar de Madrid había un tío con mi nombre y mis apellidos que a juzgar por lo único que sabía de él tenía una vida bastante más interesante que la mía, pues su futuro inmediato era un vuelo trasatlántico a un destino exótico en lugar de cuatro paredes y un desempleo que, no se cansaban de repetir los telediarios, prometía ser largo.

En el bar, Ferney me aclaró que Bogotá no era en absoluto un destino exótico. Si lo decía él que era colombiano, tenía que creerle. Pero eso, concluí de regreso a mi piso, no hacía menos interesante la vida del otro Jaime Roca o más interesante la mía.

 

2. Escucha la voz de la experiencia


Desde que yo estaba en el paro, Ferney había dejado de ser un sudamericano parlanchín para convertirse en lo más parecido a una mano caritativa. Me sentaba en la barra y él me ponía una caña que no iba a cobrarme con la condición, advertía, de que dejara la “quejadera”. Era una mano, no una oreja.

Además, para cualquier historia que yo pudiera contarle, él tenía una anécdota mejor o peor que demostraba que los “iberacas” no teníamos ni idea de nada.

Y así fue cuando le conté lo del billete.

–¿Y por qué no se va?

–Porque no soy el Jaime Roca del billete.

–Eso no lo sabemos.

–¿Cómo que no? Lo sé yo: no he comprado ningún billete para Colombia.

–Yo lo usaría.

–No podrías. El dueño del billete aparecería y haría que te bajaran del avión.

–¿Y si no aparece, ah?, ¿qué pasa si el man no aparece?

Era una posibilidad, concedía, una posibilidad muy, muy remota.

Pero incluso para cuestiones de correspondencia equivocada Ferney tenía una anécdota superior a mi inmovilidad.

–A mí una vez me llegó un cheque que no era para mí –dijo.

–¿Y qué hiciste?

–Lo cobré.

–¿Cómo?

–Fui al banco.

–¿Y te lo pagaron?

–Me costó trabajo, pero sí. Setenta y dos euritos. Nunca se pierde nada con probar.

  

3. Analiza tus opciones y elige la aventura

 

Probar me pareció una alternativa menos extravagante cuando mis compañeros de piso decidieron cambiarme por una argentina que tenía mejores tetas que yo y, sobre todo, un trabajo con el que pagar el alquiler.

Al día siguiente cobré el paro, vacié mi cuenta de ahorros (un eufemismo), le pregunté a Ferney cuánto podían durarme novecientos euros en Bogotá (depende, dijo, aunque a él, en particular, podían durarle un “jurgo”) y a las dos de la tarde me planté en la terminal 1 de Barajas con una mochila y el billete.

Calculé que mis opciones eran dos: llegar temprano para hacer el check-in antes que nadie, o esperar hasta último momento. La cuestión era decidir dónde quería comprobar si el auténtico Jaime Roca se presentaba: en el mostrador (opción dos: “El ordenador me dice que usted ya tiene la tarjeta de embarque”) o a través de los altavoces del aeropuerto (opción uno: “Señor Jaime Roca, por favor, acérquese a las oficinas de la Guardia Civil”). Decidí que prefería parecer un idiota despistado en el mostrador que tener que dar explicaciones a la Guardia Civil.

Por suerte, no tuve que hacerme el idiota, aunque poco faltó. Después de entregar el pasaporte, la mujer de la compañía aérea llamó a un supervisor para mostrarle mis documentos e intercambiar monosílabos que invitaban a salir corriendo. Luego, como por arte de magia, todo fueron sonrisas.

–Había un error con el número del pasaporte. Que tenga un feliz vuelo.

 

 4. Rodéate de quien te quiere bien

 

La emoción de estar en una ciudad desconocida en la que todo sería descubrimiento se desvaneció apenas llegué al Aeropuerto Eldorado (sic), donde quedó demostrado que mis esfuerzos por actuar con naturalidad, “como un nativo”, solo servían para revelar mi condición de forastero. Ferney me había advertido que en su país la primera impresión era fundamental: “Si los taxistas se dan cuenta de que es un turista, paila”. Una paila, me informó el diccionario, era una vasija de metal grande, una especie de sartén. En manos de un taxista, me explicó mi colombiano de cabecera, cualquier objeto contundente podía transformarse en un arma.

Después de haber permitido que dos maleteros me sacaran diez euros para evitar que se pelearan por llevarme la mochila que yo mismo cargaba sin problemas, me vi en manos de un grupo de individuos que me tiraban de los brazos y pretendían hacerse con la mochila que con tanto esfuerzo había logrado quitarles a los maleteros. ¿A dónde quería que me llevaran? Una pista: no valía decir que no quería que me llevaran a ningún lado.

El explorador lanzado a la aventura en Barajas se había convertido en el turista indefenso rumbo a la paila del taxista que más tirara.

Estaba considerando la posibilidad de ofrecerles otro billete de diez euros con tal de que me dejaran en paz, cuando vi mi salvación en forma de comité de bienvenida. En un costado un grupo variopinto sostenía un cartel en el que con claridad se leía: “Maestro Jaime Roca”.

Sin conseguir librarme aún de los taxistas, me acerqué al grupo extendiendo la mano para saludar al primero que se me pusiera en el camino. En últimas, pensé, podía presentarme como el hijo y heredero espiritual del maestro Jaime Roca, quienquiera que fuera.

Mi mano extendida se topó con los brazos abiertos de par en par del jefe del comité de bienvenida.

–¡Maestro! ¡Qué alegría conocerlo! –dijo. Y los taxistas desaparecieron.

  

5. Conócete a ti mismo


Después de los abrazos, las presentaciones y las obligatorias preguntas sobre el vuelo, mi salvador, el “doctor” Fabio Valencia, despidió al resto del comité y me condujo hasta su coche para llevarme “al hotel”. Lo tenían todo preparado, me dijo una vez me tuvo sentado en el asiento del pasajero extendiéndome una octavilla en la que se anunciaba el seminario que el célebre maestro Jaime Roca dictaría durante el fin de semana.

“Las doce leyes del éxito”, leí con incredulidad: la última vez que me había visto al espejo no parecía en absoluto una persona que dominara las leyes del éxito, mucho menos alguien que supiera que eran doce y no once o trece.

–¡Qué alivio, maestro! Esta mañana nos llamaron de Ediciones Acuario para decir que era posible que no viajara. ¡Imagínese: cancelar el evento!

¿Un billete de avión que nunca había llegado a su destinatario, quizá?

–En Cartagena se van a poner contentísimos –continuó–. La directora de la célula de Bolívar, la doctora Margot, es amiga personal mía, y le garantizo que está tan emocionada como nosotros por su visita.

El doctor Valencia siguió hablando mientras navegaba por una avenida plagada de taxis y autobuses en la que eran patentes los destrozos de la guerra civil en que vivía inmerso el país. De inmediato comprendí que Ferney exageraba al decir que en la capital la gente vivía ajena al conflicto: ninguna capital, por más alegre y sudaca que fuera, podía vivir tranquila después del bombardeo despiadado al que había sido sometida la principal ruta de escape de la población civil. Puentes reducidos a escombros. Cráteres por todas partes. Las labores de reconstrucción avanzaban a lado y lado de la vía, pero saltaba a la vista que la ciudad apenas empezaba a recuperarse de la tragedia.

Por razones comprensibles, el doctor Valencia obvió por completo la destrucción que veíamos a nuestro alrededor para transmitirme que el espectáculo que tenía ante los ojos era lo más normal del mundo, pero al advertir mi estupefacción de recién llegado, terminó asintiendo con resignación.

–Los Nule –dijo encogiéndose de hombros.

Aunque de esa banda en particular no tenía noticias, asentí igualmente. Según Ferney, su país aportaba un sinnúmero de siglas a la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea. Toda una desgracia.

Salvo esa mención dolorosa, el discurso del doctor Valencia mezcló con simpatía la información turística (“No conocía Bogotá, ¿no, maestro? Ahora vamos hacia el centro. Eso del fondo son los cerros. A la izquierda tiene la Universidad Nacional. Desafortunadamente no nos prestaron el auditorio que habíamos pedido. El movimiento todavía no ha logrado vencer el cientificismo de la academia”) y las cuestiones logísticas (“La conferencia de mañana es en la tarde para que pueda descansar. El restaurante del hotel es excelente, pero a mi señora y a mí nos honraría que accediera a almorzar en nuestra casa. ¿Le gusta la comida típica?”).

Yo prácticamente no abrí la boca y me limité a asentir a todo. Me sentía seguro dentro del vehículo y no quería decir nada que pudiera ponerme fuera de él. No al menos hasta cambiar su seguridad por la seguridad del hotel. Y el doctor Valencia supo interpretar mi silencio como una prueba adicional de mi cansancio.

–Aunque, si me permite decírselo, maestro, es usted muchísimo más joven de lo que había imaginado.

Antes de despedirnos, el doctor Valencia me presentó un ejemplar de mi famoso bestseller. Quería, entendí, una dedicatoria.

–Me da vergüenza con usted, maestro, porque es la edición pirata. Pero es que aquí la otra está agotada hace años.

Con la excusa de que quería examinar qué tan cuidada era la edición “pirata” conseguí que me dejara el librito.

Y en lugar de dormir como deseaba mi anfitrión, dediqué lo que quedaba de la tarde a leer el refrito de tópicos, sabiduría popular, fórmulas bienintencionadas y simples falacias que constituían la ópera magna del maestro Jaime Roca, según me enteré, un reconocido psiquiatra y pensador madrileño que había asesorado (en secreto) las carreras de, entre otros, José María Aznar, Luís Figo, César Rincón y Antonio Banderas.

 

 6. Es imposible llenar la billetera sin llenar antes el estómago


Aunque me sentía bastante capaz de suplantar a quienquiera que hubiera escrito semejante monumento a la credulidad de los lectores, consideré que estaba lejos de poder fingir ser alguien que había asesorado la carrera de mi ilustre compatriota, don José María Aznar, un personaje tan querido en mi barrio que Ferney podía llamarlo con cariño “Porky” en honor a su hocico porcino sin que un solo cliente protestara.

Aprovecharía agradecido la generosidad de mi anfitrión, el doctor Fabio Valencia, durmiendo en el cómodo hotel cuatro estrellas que había tenido la amabilidad de escoger para mi homónimo, y a la mañana siguiente me iría a uno más acorde con mi presupuesto.

Cinco segundos de reflexión me permitieron concluir que cenar por cuenta del doctor no haría más agraviante mi huida, así que bajé al restaurante decidido a probar las excelencias de la comida “típica”.

A pesar del nombre indígena del hotel, la carta estaba escrita en una extraña mezcla de inglés (roast beef, steak tartare), francés (filet mignon, fondue) y mandarín (chunchullo, changua). Como no había un menú degustación, seguí las recomendaciones gastronómicas de Ferney y pedí de primero un “ajiaco” y de segundo una “bandeja paisa”. Sopa y seco, les llaman.

Cada plato por separado me pareció una auténtica delicia, si bien el segundo parecía tan poco saludable que bien podía pasar por una deconstrucción y demolición de la dieta mediterránea; los efectos de la combinación, sin embargo, fueron explosivos. Temiendo haber sufrido algún tipo de intoxicación alimentaria y convencido por experiencias similares de que los hipocondríacos también se enferman, llamé a la recepción para solicitar asistencia médica. Enviaron a un botones.

Tras cerciorarse de que pedir “asistencia médica” no era una forma sofisticada de ordenar “perico” (farlopa), el buen hombre me diagnosticó “churrias” y se fue. Diez minutos después, regresó con una pastilla para detener la diarrea y una “aromática” (infusión) para curar el “churrias”. Haber identificado el patógeno no contribuyó a tranquilizarme, los virus tropicales son por definición los peores, pero el hombre me aseguró que no tenía de qué preocuparme. Iba a amanecer perfectamente.

Y así fue. O casi.

Por desgracia, toda la experiencia me dejó sin fuerzas para poner en práctica mi plan de fuga y, al día siguiente, cuando el doctor Valencia se presentó en el hotel, su maestro seguía donde lo había dejado.

Ante la inminencia de mi desenmascaramiento, recurrí a mis dolencias con la esperanza de, al menos, ganarme una segunda noche de hotel sin necesidad de fungir como conferencista.

–Doctor –dije–, creo que he contraído el churrias.

–Ay, maestro, haberlo sabido. De inmediato llamo a mi señora para que cancele el mondongo y le prepare un caldito de pollo que es bendito: va a quedar como nuevo.

Tras llamar a su mujer, mi anfitrión me cogió del brazo y bajó el tono de voz.

–Maestro, con la emoción olvidé darle esto ayer –dijo entregándome un nuevo billete de avión, “el pasaje para Cartagena”, según aclaró, y un sobre lleno de dinero–. La otra parte de sus honorarios. No sabía si prefería un cheque, pero como aquí los bancos a veces ponen tanto problema...

–Así está bien. Muchas gracias –dije.

Sin necesidad del caldito de pollo de la señora de Valencia había empezado a sentirme de verdad un hombre nuevo.

 

 7. Piensa lo bueno y se te dará

 Dar la conferencia resultó más fácil una vez resolví dejar de repetir a trompicones un libro que cualquiera de los asistentes dominaba mejor que yo y empecé a improvisar empleando las técnicas de un profesor de la Complutense que, ahora se me ocurría, quizá disimulaba su desconocimiento absoluto de la materia que tenía que dictar (filosofía oriental) con dosis ingentes de buen rollito empacadas en ejercicios de relajación más bien cutres.

Lo importante, dije a mi auditorio, era poner la mente en blanco y luego, sobre ese blanco inmaculado, imperecedero, sobre esa pantalla o lienzo virgen que ahora era nuestra mente, proyectar o pintar, o esculpir incluso, eso bueno que tanto deseábamos y que el poder y la pureza de nuestro deseo contribuirían a materializar.

Para dar ejemplo, yo mismo puse mi mente en blanco y empecé a pintarme la tía más buena que podía construir a partir de lo presente. Lo presente era bastante variado, e iba de lo espeluznante (verbigracia la esposa del doctor Valencia, una mujer bigotuda y bien entrada en años que respondía al enigmático nombre de Astrid) a lo macizo (Ferney ya me había advertido que si llegaba a intimar con las nativas tenía que cuidarme de distinguir las naturales y orgánicas, que eran material comestible, de las quirúrgicamente modificadas, que podían ser coto privado de narcotraficante pedido en extradición). Mi examen del personal me llevó a fijarme en una mujer madura, pero de buen ver, que se había sentado en la última fila del auditorio, alejada de la masa de mis adeptos. La mujer parecía observarme con interés, al punto de que yo mismo empecé a creerme lo de que si pensaba a la buena, la buena me lo daría, algo que sin duda me ayudó a transmitir el mensaje con mayor eficacia.

Dicho y hecho: mientras los discípulos del maestro Jaime Roca me rodeaban a la caza de autógrafos, la mujer se acercó para rescatarme antes de que volviera a caer en las garras del doctor Fabio Valencia.

–Maestro, mucho gusto en conocerlo –dijo–. Soy Íngrid Serrano, ¿me recuerda?

–Sí –dije, aunque no con la velocidad que una pregunta tan directa ameritaba.

–La directora editorial de Ediciones Acuario.

De modo que ahí estaba yo, profeta en tierra extraña, conociendo a la editora de la obra que no había escrito.

Tras aclarar que no había enviado a nadie a recogerme al aeropuerto porque por algún malentendido creía que mi visita había sido cancelada, Íngrid insistió en que estaba muy contenta de haberme conocido “en persona”, “por fin”. De hecho, dijo, le encantaría conocerme mucho más, cenando, quizá.

Acepté de inmediato.

Media hora después estábamos en un acogedor restaurante en el que la estridencia de la música me mantenía a salvo del interrogatorio que Íngrid había iniciado en su coche (al que ella insistía en llamar “carro” como si fuera uno de los pintorescos vehículos de tracción animal que había tenido ocasión de ver circulando por la calzada).

¿Cuál era mi secreto para mantenerme tan joven? ¿Había recibido puntualmente los pagos de mis regalías? ¿Cómo iba mi nuevo libro? ¿Cuál, si podía saberse, sería mi destino después del seminario en Cartagena?

A todo ello yo había respondido con evasivas que mi editora, muy educada, supo interpretar como modestia, reserva o misterio. Lo del misterio era crucial, concedía: el maestro Jaime Roca, me informó, debía su fama en parte al misterio que lo rodeaba. De hecho, mi presencia ahí, que era la primera en celebrar, la sorprendía tanto como a mí. En mi último correo electrónico había sido tan enfático, que la editorial sopesó seriamente devolver la parte de mis honorarios que los organizadores del evento habían adelantado, algo que, sin duda, hubiera sido una pena.

Para no mostrarme menos informado sobre mi vida y obra, le pregunté qué estaba haciendo la editorial para combatir la edición pirata de Las doce leyes del éxito. La edición, me informó, era obra de una imprenta contra la que la editorial ya había interpuesto una demanda. Se estaban aprovechando de los problemas que tenía Ediciones Acuario –que a fin de cuentas era nueva en el país–, con la importación de mis libros, para satisfacer la demanda con un producto editorialmente por debajo de los estándares a los que sin duda estaba acostumbrado. En cualquier caso, no tenía de qué preocuparme: ella siempre velaba por los intereses de sus autores.

El ron y la necesidad de hablarnos prácticamente al oído (la única forma de entender algo de lo que decíamos) crearon un clima de intimidad que yo, desconfiado, interpreté más como efecto de las jugosas regalías que recibía el maestro Roca que de mis dotes de seducción naturales. Una sospecha que se desvaneció cuando, de nuevo en el coche, Íngrid propuso tomarnos una copa (“un whiskicito”) en su casa antes de llevarme al hotel.

Con mi voluntad prisionera en la polla, mi cerebro ahogado en todo el alcohol que había tenido que beber por los dos y mis ojos extraviados en su boca, sus tetas, el comienzo de sus muslos, la mano posada sobre la palanca de cambios, ni siquiera tuve que decir que sí, que yo también quería darle todo lo bueno en lo que había estado pensando (cuando pensaba).

El motor se encendió. Las luces de la ciudad se desvanecieron. Y el fundido a negro de rigor fue absoluto.

  

8. El negro es un color lleno de matices

 

 

 

 9. Obstáculo se escribe con “O” de oportunidad


 Había dos voces. Una decía: “¡Despierte, malparido!”. La otra corregía a la primera: “Hay que decirle gilipollas, lo de malparido no lo entiende”. Ninguna de las dos era la cantarina voz de Íngrid de Colombia. Y estaba tan aturdido que tardé en entender que se referían a mí.

–¡Despierte, gilipollas!

Y el gilipollas despertó.

Al descubrir que estaba atado a una silla, lo primero que pensé fue que me habían secuestrado. Gracias a Ferney, sabía que en Colombia el secuestro era una posibilidad que no había que descartar. Sobre todo siendo extranjero. Él mismo me había dado algunos consejos prácticos para determinar el grado de profesionalidad de mis captores (cuanto más profesionales, más probabilidades de que no pudiera escaparme, pero también más probabilidades de que no me mataran por ineptitud). Lo importante, en cualquier caso, era no perder la calma.

Por desgracia, la poca profesionalidad de los tíos que tenía delante era patente. ¡El par de pringados iban a cara descubierta! ¿Acaso querían que pudiera identificarlos? Esa constatación me hizo recordar que todo giraba alrededor de una suplantación de identidades. Yo había suplantado al maestro Jaime Roca, y ellos, las tetas de Íngrid.

–¿Dónde está Íngrid? ¿Qué habéis hecho con ella? –pregunté sinceramente preocupado por su integridad física.

Los dos individuos intercambiaron miradas de desconcierto.

¿Era posible que fueran tan ineptos como para que me hubieran raptado solo a mí y dejado escapar a Íngrid? Si era así, estaba salvado, me dije. Íngrid no vacilaría en mover cielo y tierra para rescatarme.

Estábamos en una especie de sótano. Había máquinas y montañas de papel y libros. Lo que me hizo concluir que me encontraba en la imprenta clandestina en la que se copiaba Las doce leyes del éxito y que mis captores debían ser los responsables de la edición pirata de mi éxito de ventas. En España lo normal es que si una editorial quiere quedarse con el autor de otra editorial, intente seducirlo ofreciéndole un pastón envuelto en un premio, pero los hombres que tenía delante no parecían estar en condiciones de ofrecer un trato beneficioso y sus métodos estaban muy lejos de ser seductores.

–En este momento mis editores están hablando con la policía –dije con todo el aplomo que mi fino razonamiento me había infundido–. Os tienen identificados.

–¡Este malparido todavía no entiende! –dijo uno de los hombres que tenía delante.

–Gilipollas –dijo el otro, casi entre paréntesis.

Y como el gilipollas no entendía ambos se pusieron a hablar en colombiano. Que estaban metidos en un bollo ni el verriondo, dijo uno. Que no podían dejar que el negocio se les fuera al carajo por un (sic) gonorrea, dijo el otro. Que no eran asesinos (eso lo entendí perfectamente, y de no haber estado atado incluso lo hubiera aplaudido). Que la única solución era darme “chumbimba”. Que la cuestión era quién iba a darme chumbimba. Que tal vez habría que pagarle a alguien para que me diera chumbimba.

Quizá, traté de convencerme, estaban hablando del desayuno.

Un enemigo es un amigo que aún no sabe que te quiere –re-cité.

La sabiduría falaz del maestro Roca al menos consiguió que me prestaran atención.

–Antes de comernos la chumbimba, me gustaría proponeros un arreglo: si me desatáis, retiro la demanda que mis editores tienen contra vosotros y les digo que os autoricen a imprimir el próximo libro del maestro Roca en exclusiva para Latinoamérica.

–¡Yo soy el maestro Roca, idiota! –dijo uno, el que se había quedado callado cuando el otro señaló que no eran asesinos, un gordo bigotudo al que nadie creería poseedor de ninguna ley del éxito.

Y entonces el idiota comprendió: Las doce leyes del éxito solo existía en edición pirata.

El tipo alzó la mano como si fuera a abofetearme, pero el otro le recordó que todavía tenía que dar una conferencia y eso los llevó a discutir si debían dejar o no que volviera a dictar una conferencia en mi vida.

–Ayer no le fue tan mal –dijo mi valedor ante el gordo.

En su apoyo, aduje que un maestro Roca que cumple con su público vendía más libros que uno que aparecía muerto en la cuneta.

 

 

10. Un enemigo es un amigo que aún no sabe que te quiere


 Seguía con mi listado de las ventajas de un maestro vivo sobre un maestro muerto (descubrir nuevas leyes del éxito, escribir secuelas, asistir a firmas de libros), cuando apareció Íngrid.

–¿Ya averiguaron de dónde salió? –dijo.

No se dirigía a mí. Y, peor aún, no la acompañaba la policía.

El tío bigotudo que decía ser el maestro Roca dijo que acababa de despertarme. El otro, que estábamos debatiendo si les convenía o no dejarme terminar el seminario organizado por el doctor Valencia.

Íngrid los miró como lo que eran, un par de incompetentes, y se plantó delante de mí con los brazos cruzados. Su coquetería de la noche anterior había desaparecido, pero sus tetas seguían igual de buenas. Y como no tuvo que dormir atada a una silla, rebosaba lozanía.

–A ver, españolito, de aquí no va a salir hasta que sepamos quién es y qué quiere.

Ahora sí se dirigía a mí.

Aunque Íngrid parecía ser una mujer capaz de apreciar una respuesta franca (soy un desempleado, quiero muchas cosas, pero me conformo con que me soltéis y, de ser posible, que tú y yo nos echemos el polvo que íbamos a echarnos antes de todo este horrible malentendido con tus amigos), calculé que el misterio que rodeaba al maestro Roca era mi carta de salvación.

–Solo soy un autor en busca de su obra –dije.

El gordo, celoso, me corrigió.

–No es más que un sapo. Solo quiere jodernos el negocio –dijo.

–Tal vez lo que quiere es sacar tajada –dijo su colega.

–¿Es eso? –dijo Íngrid–. ¿Quiere sacar tajada?

Con excepción de Íngrid, nadie allí tenía el aspecto de estar sacando mucha “tajada”.

–No –dije decidido–: quiero multiplicar las vuestras.

Falsificar un bestseller inexistente probablemente había sido un paso adelante en el mundo de la piratería, pero legalizar un bestseller pirata podía ser mucho más rentable.

El colega del gordo estaba convencido.

–Si va a dar la conferencia, tenemos que apurarle.

El gordo no.

–Ni mierda. Apenas lo soltemos, se nos vuela.

Íngrid miró las dos versiones del maestro Jaime Roca que tenía a su disposición y debió de pensar que incluso atado a una silla su españolito daba más el pego como asesor de José Mari que el original.

–Ok. Vamos a darte una oportunidad. Pero si intentas algo raro… –dijo.

–¡Chumbimba! –dije.

Habíamos empezado a hablar el mismo idioma.

 

 11. Sé agradecido

 

–Soy un farsante –dije.

El auditorio siguió en silencio, pero Íngrid, en primera fila, y sus secuaces, junto a las puertas de salida, dieron un saltito casi imperceptible. Hasta ese momento la conferencia, modestia aparte, había rozado la perfección e incluso había conseguido que mi “editora” me premiara con una sonrisa no menos sugerente que las que me había dedicado el día anterior (a solas).

–Soy un farsante –insistí– porque antes de ser el maestro Jaime Roca y conocer las leyes del éxito que he intentado transmitirles era alguien muy diferente al que hoy veis aquí. Era un hombre derrotado, un desempleado sin futuro, sin esperanzas y sin rumbo cuyo único consuelo era beber cerveza en el bar, un bar en el que, no os lo vais a creer, mi mejor apoyo era un compatriota vuestro. Así es. Se llamaba Ferney. Sin él, sin su aliento, nunca hubiera salido del agujero en el que me encontraba cuando no lograba ver el camino. Y sin embargo, si estoy aquí junto a todos y cada uno de vosotros es porque, aunque no lo viera, el camino… ¡existía!

Una pausa para el aplauso y reiteración:

–¡El camino existe! –dije–. ¡Siempre existe el camino!

–¡Siempre existe el camino! –repitieron mis fieles lectores.

–Y ahora, al acercarse el momento de la despedida, es hora de repasar ese camino y dar las gracias a quienes me han ayudado a recorrerlo en este país maravilloso. En primer lugar, por supuesto, al doctor Valencia, como organizador de este evento formidable. Un aplauso para él, por favor. Y en segundo lugar, deseo agradecer al inmejorable personal de Ediciones Acuario. Quiero un fuerte aplauso para Íngrid…

Si habían pensado escabullirse era demasiado tarde.

Conseguí que se presentaran ante el público y, sobre todo, que el público viera la camaradería que nos embargaba. El gordo dijo llamarse Ezequiel y se presentó como “gerente creativo”.

–No olvidéis estas caras –dije–. Estas son las personas gracias a las cuales he llegado hasta aquí y son las personas que en los próximos meses os traerán mi nuevo libro: Las doce leyes de la felicidad. Porque, ¿de qué sirve el éxito sin felicidad?

Una pausa para el aplauso y reiteración:

–¿Apostáis por la felicidad? –pregunté.

–¡Apostamos!

–No sé qué intenta hacer –me dijo Íngrid al oído mientras posábamos para una foto–, pero no se saldrá con la suya.

–Yo creo que sí. ¿Vas a acompañarme a Cartagena?

 

12. No existen vacíos sino vasos por llenar


La vista desde el hotel era espectacular. Y aunque durante el día el calor me había parecido agobiante cada vez que ponía los pies fuera del centro de convenciones, en la noche la brisa refrescaba y el Caribe parecía todo lo que prometen las postales. El bar de la terraza era el más surtido que había visto en la vida. Tenía que dar parte a Ferney cuando regresara a Madrid. En estas condiciones, ningún autor tenía excusas para no escribir. Y en mi caso, menos aún, pues mis libros los escribía (o copiaba) un gordo que se había quedado en Bogotá.

–Nos saliste bastante buen conferencista, ¿me vas a decir por fin a qué te dedicabas en España? –preguntó Íngrid.

–Ya lo he dicho: era un farsante.

–¿Otro whisky, caballero?

–Sí.

–¿Sabes? Deberíamos organizar una gira por todo el país.

–Yo, encantado. Ferney me recomendó varios sitios que no debía irme sin visitar. ¿Conoces una ciudad llamada Palmira?

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Luis Noriega

Radicado en España desde hace más de 15 años. En 2013, publicó su último libro 'Donde mueren los payasos'.

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