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El Malpensante

Breviario

El dilema del jurado

Traducción de Juan Carlos Garay

El veredicto de cualquier premio artístico o literario suele estar, por decir lo menos, abierto a controversias. El caso de los certámenes musicales no es la excepción. Desde el incómodo rol como jurado de un concurso de pianistas, el autor trata encontrar la solución más acertada para la enigmática fórmula “que gane el mejor”.

 ©Fotografía de Ullstein Bild • Getty images

 

Acabo de ser jurado de otro concurso de pianistas, esta vez dedicado a la música de Chopin. Se trata de un evento nuevo y no muy famoso todavía, de modo que los participantes, nominados por sus respectivos conservatorios, no eran necesariamente esos furibundos gladiadores del teclado que uno se encuentra en las competencias internacionales más consolidadas. Pero en su mayoría eran pianistas bastante buenos, tocaban a Chopin seriamente, hacían auténtica música.

Durante ocho horas nos sentamos, escuchamos y tomamos apuntes. El Andante spianato pasó cinco veces y la Polonesa-fantasía mostró su esencia de danza deconstruida de seis maneras diferentes. Cada concursante debía tocar uno de los Estudios y luego otra pieza. Yo mismo estaba tan nervioso que era como ver a mi hijo participar en la competencia olímpica de clavados de altura. Tocar bajo ese nivel de escrutinio es como caminar al borde de un precipicio, con vientos fuertes y sin red abajo. Son veinte minutos de peligro delirante.

Los premios no eran insustanciales: un viaje a Polonia, un concierto en un escenario prestigioso y el imprimátur del jurado. Pero al ser un concurso nuevo, la suma de dinero no era demasiado grande. Eso hizo que los jurados pensáramos mucho en la naturaleza del premio. ¿Qué habilidades, qué virtudes queríamos recompensar? ¿Qué tanto nos importaba dejar un legado con nuestra elección? ¿Asumiríamos riesgos? ¿Premiaríamos los logros, o una mezcla de logro y promesa?

Un concierto no es una recompensa sino una oportunidad. Un viaje a Polonia, para un joven pianista, es más que un simple período de vacaciones: es la oportunidad de hacer contactos, conocer músicos y pedagogos, respirar el aire que respiró Chopin. Por eso apareció la gran pregunta: ¿Debíamos premiar la mejor interpretación?, ¿o debíamos, más bien, elegir a aquel pianista que tuviera más oportunidades de desarrollarse al entrar en contacto con la patria de Chopin?

Dicho con simpleza, uno tiene que elegir al mejor. Pero no siempre hay consenso respecto a qué es lo mejor, de modo que uno está todo el tiempo sopesando fortalezas y debilidades. Y en muchos concursos (de hecho, ...

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Es crítico de arte del Washington Post y columnista de Grampohone. En 2013 obtuvo el Pulitzer en la categoría de crítica.

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