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Literatura

Dejar obra y morir tranquilo

Novela de culto e himno adolescente, ¡Que viva la música! ha mantenido su ferocidad y frescura durante casi cuatro décadas. ¿Qué hace que sucesivas generaciones de jóvenes se identifiquen con la “rubia rubísima” y el “Calicalabozo” de Andrés Caicedo? Un intento de respuesta en este prólogo para la edición británica de Penguin.

Ilustración de Álvaro Tapia Hidalgo

 

I.

El día de su tercer intento de suicidio, Andrés Caicedo había soñado que tenía una pistola y le apuntaba al pecho a su hijo, pero su madre lo despertó antes de que pudiera disparar. En la realidad, Caicedo no tenía hijos: tenía veinticinco años, cinco meses y cuatro días, y había comprendido mucho tiempo atrás que no solo no estaba hecho para tener familia, sino que ni siquiera estaba hecho para la vida tal como la había conocido. Era el 4 de marzo de 1977. En el curso del día, Caicedo recibió por correo el primer ejemplar de ¡Que viva la música!, se lo mostró a un amigo que pasó por su casa, dedicó unas horas a buscar a una mujer por varios lugares de Cali y redactó dos cartas. A Patricia Restrepo (la mujer que estuvo buscando, la mujer con la que se había peleado, la mujer de la que estaba enamorado como solo se enamoran los suicidas) le escribió: “No creas que la satisfacción de haber recibido hoy el primer ejemplar de mi novela puede compararse con la absoluta infelicidad que siento por el desprecio que has alcanzado a tenerme”. En tono vagamente pavesiano, añadió: “Creo que no voy a escribir más. No tengo otra cosa que decir además de no me dejes”. A Miguel Marías, crítico de cine español, le contó que en días pasados había leído toda la obra de Witold Gombrowicz, cuatro novelas de Pío Baroja y tres de Virginia Woolf, y que había visto, entre otras películas, Dial M for Murder, Jules et Jim, An American in Paris y Singing in the Rain. Luego escribió: “Ya me llegó el primer ejemplar de mi novela ¡Que viva la música! Con suerte, espero estarte enviando el tuyo en unos ocho días”. No cumplió su promesa. Al poco rato de redactar esas líneas se tomó sesenta pastillas de Seconal, y murió, según los que lo encontraron, recostado sobre su máquina de escribir.

En los treinta y seis años que han pasado desde entonces, la obra y la figura de Andrés Caicedo no han dejado de crecer. ¡Que viva la música!, aquel librito de unas doscientas páginas que recibió antes de matarse, ...

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