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El Malpensante

Artículo

Entre tinta y tinto

En una época en que tanto los cafés como las salas de redacción de la prensa nacional eran lugares vedados para las mujeres, una goda pequeñita y con una lengua mordaz irrumpió en ambos escenarios. ¿Quién era esa mujer a la que sus amigos llamaban “Joya”?

 

© Archivo familiar Rosario del Castillo 

El hecho de que Emilia Pardo Umaña irrumpiera sin permiso ni complejos en los cafés bogotanos vecinos a El Tiempo y El Espectador, que circundaban la avenida Jiménez con carrera séptima en los años treinta y cuarenta, no era transgredir ninguna regla, como algunos piensan, porque no estaba prohibida la entrada a las mujeres en ese exclusivo mundo masculino. Ellas podían entrar pero no querían, con contadas excepciones. La mayoría se mostraba renuente y miraba los cafés con cautela y recelo, sobre todo pasadas las siete de la noche, cuando se convertían en cantinas y tomaderos de trago. Por eso se veían muy pocas faldas, entre muchos hombres con vestido de paño oscuro, corbata, paraguas, gabardina y sombrero, que conversaban, declamaban y se trenzaban en acaloradas discusiones sobre las noticias que sacudían al país y al mundo en ese momento.

Una noche sucedió que Emilia salió exhausta del periódico y se fue caminando hasta el café El Automático. En la puerta la trancó un policía y le dijo: “Aquí no puede entrar. Usted tiene que marcharse... es que ni siquiera hay baño para las señoras...”. “No importa. Yo hago parada”, le ripostó Emilia con humor irreverente, poco adecuado para una dama, y entró oronda con sus menos de metro y medio de estatura. Probablemente peinada con carrera de medio lado y el pelo corto detrás de las orejas adornadas con topos de perla, y vestida de sastre con falda entubada abajo de la rodilla, blusa blanca bordada a mano, medias de seda color piel y zapatos de tacón carreta, como la vi siempre en casa de mi abuela, donde para mí era simplemente tía Emilia.

Chiquitica pero tan segura y decidida, ocurrente y ruidosa, que su arrolladora personalidad, su chispeante mirada inquisidora, su conversación amena y brillante a todo volumen y sus estruendosas carcajadas fueron acogidas en los cafés como las de un colega más.

Emilia frecuentaba el Café del Rhin, donde cada cliente tenía su pocillo numerado, como me contó alguna vez Álvaro Castaño Castillo, fundador de la emisora hjck, en donde ella escribió libretos, parodias y cuñas. Asistía a las tertulias políticas y poéticas del Windsor. Saboreaba el ambiente taurino y la exquisita paella con sifón helado del restaurante Félix. Jugaba bridge en el Hotel Granada e iba a tenidas en un barcito con su amigo Lucas, quien la llamaba “Joya”, y con esa languidez propia de los Caballero, paciente y burlón, le corregía entre risas su mala ortografía.

El Automático era un café literario, pero físicamente no pasaba de ser una barra, con mesas y sillas regadas en una atmósfera bohemia, nublada por el humo del tabaco e impregnada por el penetrante olor a la manteca de cerdo con que freían las empanaditas para acompañar los cafés amargos y oscuros, las cervezas rubias o negras, y los tragos de whisky, ron, brandy o aguardiente.

Según recuerda la poeta y catedrática Maruja Vieira:

Contertulia indispensable en El Automático era la inolvidable Emilia Pardo Umaña. Hablaba, gesticulaba, decía groserías y se codeaba de tú a tú con los hombres. Ella no cumplía ninguna de las condiciones recomendadas por Teresa de la Parra, quien sostenía que ser bellas y callar era la conducta apropiada de las mujeres cuando estaban en medio de hombres. Tal vez por eso tenía tanto éxito entre los escritores, pintores y políticos. A todas luces, ellos la consideraban uno de sus pares.

Ajena a cualquier comportamiento impuesto, Emilia no se ajustaba a ninguna norma. Simplemente encontraba en los cafés el espacio ideal para no solo robarse el limón de los demás contertulios, sino dar rienda suelta a lo que llamaba “mis vicios amados”: el tinto, el cigarrillo, el trago y el periodismo. 

*** 

Emilia no era dulce, no era suave ni muy femenina. Directa y frentera, hablaba duro y, como era costumbre en su casa de nueve hermanos, tenía el hábito, que siempre cae mal, de decir sin anestesia lo que pensaba. De un lado a otro de la mesa del comedor se lanzaban saetas verbales que pisaban callos, pero ninguno se ponía bravo. Las sobremesas pasaban entre tinto, agua aromática y una permanente alegadera con argumentos y carcajadas. Apasionada y dominante, Emilia defendía sus ideas y remataba con descabelladas ocurrencias que desarmaban cualquier posible pelea. Graciosa, imaginativa y fantasiosa, no le importaba contradecirse. Rencorosa pero comprensiva, manirrota y profundamente humana, poseía esa especie de ternura dura que también tenía el pintor Alejandro Obregón.

Terca y rebelde desde que una comadrona la trajo al mundo el 9 de diciembre de 1907 en la cama de su mamá, María Umaña Camacho, a Emilia le entraban por un oído y le salían por el otro las palabras que ella vivía repitiéndole: “¡Mija, no sé por qué usted se ganaría todos los premios en el colegio! Sumercé no obedece ni por casualidad, ni por distracción, y no he visto persona más distraída. Basta con mandarle algo para que haga todo lo contrario. Siempre ha desobedecido como por instinto. Eso le gusta a Luis, su papá, y a mi papá, su abuelo Raimundo Umaña Santamaría. A nadie más”.

Pero lo que definitivamente crispó a su papá, Luis Pardo Carrizosa, fue que después de graduarse de enfermera en el Centro de Acción Social Infantil y de trabajar en el Hospital San José, en 1934, entrara como reportera a El Espectador, e iracundo vociferó en un tono poco común en él: “¡Esto es inaudito! La redacción de un periódico no es el ambiente adecuado para una niña bien, y además, va a trabajar en un periódico liberal... Tras de que no lloró cuando leyó la María... ¡Qué podía esperarse con semejante antecedente!”.

Sin inmutarse, Emilia, la desobediente, la que fumaba Pielroja con largas pitilleras, la que tomaba cognac en una tiendita del barrio Palermo, la que se codeaba con los hombres entre linotipos y rotativas, resolvió comprarse un vetusto Ford, convirtiéndose en una de las pocas mujeres de la época que manejaba automóvil, y a mil.

Para completar, se sumergió en esa vocación por las letras que ya se vislumbraba cuando aprendió a leer en un mes, y a leer de corrido antes de cumplir los cinco años. De adolescente llenaba libretas y libretas con oraciones a la Máter, a mon Dieu, al Sacré Coeur, al Santo Rey, e intercalaba entre sus páginas poemas y poemas, pensamientos en francés, recortes de frases célebres y hasta secretos para fortalecer las pestañas. Finamente se consagró como una periodista visceral, clienta asidua de cafés donde se rebullía el caldo de cultivo para sus columnas y para el famoso consultorio sentimental de “la doctora Ki-Ki”, experta en mal de amores. Sus apetecidos consejos, como: “Nunca deben corregirse sino los defectos pequeños, los grandes jamás. Son la única base sólida de una personalidad”, dejaban súpitas a sus numerosas lectoras.

Emilia atribuyó esta inusitada columna de consejos del corazón a un misterioso personaje ficticio que encarnó durante diez años, y describió así: “La doctora Ki-Ki trabaja en una aislada y silenciosa biblioteca, no sale jamás de ella, clavada como se halla en un sillín, víctima de la gota y de la neura, naturales consecuencias de haber amado mucho”.

En cambio, Emilia era andariega, pues muchas noches salía del periódico con un puñado de colegas de El Espectador y se iba para la casa de su mamá, una matrona católica, conservadora y simpatiquísima, irreverente y refinada pianista, conocida como “la Motosa Umaña”, que se enorgullecía de haber educado a punta de clases de piano a su batallón de hijos, entre ellos a los mellizos Santiago y Juan, que eran insoportables, mientras su marido hacía negocios en Pereira.

En su casa se llevaron a cabo muchas reuniones de trabajo, como me contó alguna vez José Salgar:

Era una casa hermosísima en el barrio San Victorino, llena de antigüedades. Nos servían tinto y un té muy chocolatero con colacioncitas, pero al que quisiera whisky o un cognac se le daba. Nos sentábamos alrededor de la mesa del comedor y trabajábamos en la reforma de El Espectador, porque un grupo de periodistas encabezados por don Gabriel Cano queríamos que saliera del campo puramente criollo. Para comparar nuestro periódico con los que hacían en otras partes del mundo, Emilia consiguió unos ejemplares del France Soir, un periódico que nos encantaba por su armada, e improvisaba clases de periodismo analizando su forma y contenido, ya que hablaba perfectamente el francés, como buena ex alumna del Sacré Coeur. Además llevaba algunos números del New York Times para que los desglosara Jorge Cárdenas Núñez, uno de esos antiguos cachacos bogotanos, un clubman, experto en inglés. También fue notoria la contribución de Eduardo Zalamea Borda, gran lector en ambos idiomas. Me acuerdo de una reunión en especial, en la que salieron muchas de las ideas que transformaron la tipografía de El Espectador, que hicieron agrandar la titulación y aprovechar más las fotografías. Mucho de la modernización del periódico salió de esas tertulias en casa de doña María, porque Alberto Galindo sacaba toda la garra de esas reuniones, absorbía las ideas, y al día siguiente las quería aplicar todas.

La misma camaradería y devoción por el trabajo que vibraba en las tertulias en casa de Emilia, y se exaltaba en el interior de los cafés, palpitaba en los periódicos, donde reinaba la mística y el amor por la profesión.

Según José Salgar,

El rincón más emotivo y agradable de El Espectador era el corralito donde estaba Emilia porque ella atraía figuras importantísimas, como Jorge Cárdenas, o Darío Bautista, el más gritón de la redacción, tan explosivo que decía horrores y a Emilia le encantaba picarlo para que perdiera los estribos. El líder político Jorge Eliécer Gaitán llegaba y se le sentaba a Emilia enfrente a comentarle cosas. Todos los personajes de actualidad de ese momento pasaban por su oficina. A don Luis Cano le encantaba conversar con ella. La visitaban intelectuales de mucho brillo como Abelardo Forero Benavides, Enrique Caballero Escobar, Jorge Padilla… Por las mañanas, alrededor de las once, había siempre una pausa en el trabajo para alternar con unos contertulios extraordinarios. Doña Luz Isaza de Cano patrocinaba un poco esas reuniones mandando traer tintos y empanadas para todos. Los grandes personajes que se presentaban muy seriamente en El Espectador para hablar con don Luis Cano, sobre cosas trascendentales para arreglar el país, luego se iban a desarreglarlo donde Emilia.

Para muchos, ella era un enigma porque, como lo demostró a lo largo de su vida, más que fiel a la casa editorial en donde trabajaba, fuera El Espectador, El Siglo, El Tiempo, El Mercurio, El Intermedio, su verdadero amor era el periodismo y lo que realmente le importaba era tener un medio para expresarse. Por eso no la tentaron otras ofertas de trabajo, como la dirección de la Imprenta Nacional, que declinó en 1937.

Desde 1939, cuando pasó de la página social a la editorial de El Espectador, se consagró como pionera del “columnismo” en Colombia, al conquistar un espacio hasta entonces vedado a las mujeres. Y con el tiempo demostró que podía escribir sobre cualquier tema, desde la dama que perdió su vesícula biliar, el mundo del juego, las hermanitas de los pobres o los latinajos, pasando por los académicos de la lengua, el tranvía de mulas, las injusticias, las herencias, hasta “los orígenes de la industria cafetera”, investigación ponderada por el jesuita antioqueño Enrique Pérez Arbeláez, apodado “el padre de la ecología en Colombia”, en la cual Emilia contaba cómo don Nicolás Sáenz desarrolló en su finca Liberia, en Viotá, el primer gran cafetal que inició la exportación nacional con treinta sacos de café.

En 1945 participó en la creación del Círculo de Periodistas de Bogotá, cpb, según José Salgar, “una iniciativa que salió de charlas de reporteros en los cafés de la carrera séptima”. Después de muchas reuniones eligieron por votación la junta directiva, Emilia como única mujer entre once hombres, en calidad de vocal.

Consagrada ya como una periodista toreada en muchas plazas, ese mismo año se lanzó a conseguir una chiva y en compañía de sus hermanos Camilo (“K-milo”) y Santiago prácticamente raptaron al famoso torero madrileño Juan Belmonte apenas se bajó del avión que lo trajo a Bogotá, y lo montaron en un carro rumbo al Hotel Granada. Por el camino, Emilia logró la primera entrevista que el matador concedió apenas pisó tierra colombiana, en exclusiva para El Siglo. Pero dos años después se retiró de este periódico, por motivos que narra Antonio Cacua Prada en su Historia del periodismo colombiano:

El doctor Laureano Gómez no era de tan mal genio como muchos lo creían y se lo imaginaban. Antes al contrario, le agradaban las tertulias y hacerles chanzas a sus más estimados amigos. Precisamente en la caseta de redacción de Emilia Pardo Umaña, una de las primeras diaristas de carrera, quien era columnista de El Siglo, le agradaba tertuliar. De vez en cuando apuraba un vaso de Bavaria de la provisión que nunca le faltaba a doña Emilia y se fumaba un Pielroja.

La última noche de esas charlas tuvo lugar el 7 de agosto de 1946 por la noche. El doctor Gómez pasó a la cabina de Emilia y, al comentar sobre el gabinete designado por el presidente Ospina Pérez, ella le dijo que no le gustaba nada y se expresó contra los nuevos ministros. El doctor Gómez no asintió sobre las críticas y esto originó la renuncia inmediata de Emilia.

©  Archivo familiar Rosario del Castillo 

Dejó El Siglo, entró a trabajar en El Tiempo, y viajó como corresponsal por Europa, escribiendo sobre toros y crónicas de viajes. En España pasó mucho tiempo en compañía del escritor Eduardo Caballero Calderón y su familia. En París la conoció Georges Gómez y Cáceres, el experto en museología, historia del arte y patrimonio cultural francés, quien recuerda una anécdota que le contó su amiga Emma Reyes, pintora y autora de Memoria por correspondencia, sobre su estadía con Emilia:

Aunque esta historia parece salida de una imaginación sin límites, Emma aseguraba haberla experimentado en carne propia.

Resulta que Emma estaba viviendo en Buenos Aires y se ganó una beca para venir a París. Un amigo le aconsejó que era buen negocio cambiar por francos los dólares que le habían dado para la beca. Emma los cambió, los empacó entre dos maletas y zarpó feliz en uno de los primeros barcos que salía de América Latina rumbo a Europa, pues acababa de terminar la Segunda Guerra Mundial. Durante la travesía conoció al médico de la tripulación, Jean Perromat, quien años después sería su esposo, y a un “judío misterioso y un poco espía”, que se enamoró platónicamente de ella.

Al llegar, en la aduana la detuvo la policía, pues eran francos falsos que los nazis habían emitido durante la ocupación. En la cárcel, sin hablar francés y sin conocer a nadie para certificar que no era contrabandista, después de muchos interrogatorios la dejaron libre. Ella siempre pensó que había sido gracias a la intervención del judío misterioso, a quien bautizó “mi ángel guardián”, sobre todo cuando al salir de la cárcel con sus maletas vacías, porque le habían decomisado todo el dinero, repentinamente él apareció y se ofreció a ayudarle, prestándole un apartamento que nunca utilizaba en Montmartre, barrio de los artistas y de la vida bohemia parisina. Pero le puso como condición que no le diera a nadie la dirección y que por ningún motivo entrara a un cuarto que estaba cerrado con llave.

Por esos días, Emma se enteró de que una colombiana muy distinguida se había partido una pierna y estaba sola en el hospital de la Salpêtrière. Le llevó rosas y unas naranjas, y así Emma y Emilia se hicieron amigas y juntas compartieron el apartamento.

Una noche, picada por la curiosidad, Emilia convenció a Emma de forzar la chapa prohibida y entrar al cuarto misterioso. A la luz de una vela, entre telarañas, cuadros, vestidos, cortinas y un penetrante olor a formol, vieron al fondo una cama cubierta con velos y encima un pequeño bulto, que resultó ser el cuerpo de una mujer momificada. Después se enteraron de que era la esposa del “ángel guardián”, quien nunca se había resignado a perderla.

 Este tétrico hallazgo probablemente inspiró a Emilia para escribir una novela de misterio basada en crímenes sucedidos en la vida real, que fue presentada así en El Espectador, el 1º de mayo de 1951:

Tal como estaba anunciado, ayer apareció –en magnífica edición de Kelly, con portada de Enrique Gómez Campuzano– la novela policíaca titulada Un muerto en la legación, de Emilia Pardo Umaña (Emilia), la admirable cronista bogotana. Toda una novela policíaca, desde la presentación: 116 páginas, carátula amarilla, texto a dos columnas y un epílogo que saca de dudas a los incautos o lerdos. Además, dizque se va a vender a solo $2 el ejemplar… Este libro lleva todas las de ser el “hit” del año.

La novela tuvo buena acogida entre el público y agrias críticas de los maestros del detectivismo literario, “por la enredada confección de la intriga”.

Muchos la alababan y reconocían sus dotes de periodista y escritora, pero también tuvo demandas por calumnia, que nunca prosperaron, como a raíz de una crónica que escribió sobre la seguridad en la capital, que terminó diciendo: “Bogotá es la ciudad más ladrona del mundo... En la que roban por igual ladrones y detectives”. Y estos pegaron el grito en el cielo, pero no pasó nada.

Por otra parte, sus detractores la atacaban por ser una veleta política: primero Emilia había sido tan recontragoda, que durante el frustrado golpe del 10 de julio del 44, en el que fue detenido el presidente López Pumarejo, la sorprendieron en su Ford repartiendo propaganda subversiva por las calles de Bogotá. Acusada de conspiradora, se asiló en la Embajada del Ecuador, donde coincidió con su jefe y mentor Laureano Gómez, y juntos viajaron a Quito como exiliados políticos, pero a los tres meses volvió al país para enfrentar el juicio por conspiración y fue absuelta por falta de pruebas. Tiempo después se enemistó con Laureano, declarándose liberal irrestricta con esta confesión: “Yo solo era goda por herencia, pero soy liberal de pensamiento y sensibilidad”. Y al final de su vida terminó siendo una librepensadora tan contradictoria que, a pesar de considerarse una mujer de avanzada, nunca apoyó la lucha por el voto femenino que encabezaban contemporáneas como Esmeralda Arboleda.

Celosa de su privacidad, solo entrañables amigos como Lucas Caballero Calderón, el famoso “Klim”; Gonzalo Rueda Caro, hijo de su querido maestro don Tomás Rueda Vargas, “el señor de la Sabana”, o Elvirita Calderón de Holguín, su compañera de bridge, conocían sus debilidades: desde niña sufría de epilepsia, era devota de la Virgen del Carmen, cubría desde exposiciones de perros finos y de gozques hasta bailes en el Gun Club, pero detestaba la vida social; devoraba las novelas de misterio de Agatha Christie, y le apasionaban la fiesta brava y algunos toreros, como me confesó con picardía José Salgar:

Emilia se pegó una enamorada tremenda de un torero que se llamaba Cagancho, apodado “el Gitano de los Ojos Verdes”, nieto de un cantaor flamenco e hijo de un herrero. Una leyenda por su estilo de toreo, que impulsó a Emilia a fundar la Liga Caganchista. En ese tiempo, el brillo del periodismo lo daba la bohemia y Emilia se movía en ese ambiente como pez en el agua. Era una bohemia extraordinaria, quizás influenciada por su hermano mayor, K-milo, autor de las Haciendas de la Sabana, Tiempos viejos, libros de toros y notas periodísticas. 

Quizá las amistades cultivadas en noches de café nunca conocieron las intimidades que Emilia insinuó en el “Reportaje a la mamá”, que apareció en las Lecturas Dominicales de El Tiempo, en diciembre de 1954. “Ahora el mundo es demasiado complejo, tenemos cosas que son nuestras, sabemos íntimos secretos propios que los demás ignoran y que, si los supieran, no los comprenderían. Tenemos una personalidad más o menos definida pero nuestra, ruda, que se nos impone”.

Consciente de “ese mal carácter que Dios en su bondad me dio”, en una columna publicada también en 1954 sobre sus andanzas por Mosquera, población cundinamarquesa donde vivió catorce apacibles y fríos meses, contó cómo le dio una cachetada al alcalde por haber mandado apedrear una casa llena de niños, simplemente por ser de familias liberales. En represalia, el alcalde la acusó ante el gobernador Hernando Carrizosa Pardo, pariente de Emilia por punta y punta, quien, después de enseñarle a dar cachetadas bien dadas, destituyó al alcalde y lo trasladó.

Durante la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, silenciada por los continuos hostigamientos y censuras, Emilia pasó unos meses inolvidables en los Llanos Orientales, cruzó mil veces el río Guaitiquía y milagrosamente sobrevivió a la cercanía de culebras y tigres, y a las feroces tempestades, como se lo confesó años más tarde a su sobrino, el médico anestesiólogo Juan Roberto Cain Pardo, hijo de Helena, la menor de sus hermanos.

A finales de 1955 empezó a publicar en El Mercurio una serie titulada “Memorias de un mal periodista”, donde compartió con los lectores retazos de su vida, empezando por su infancia en El Charquito, una de las haciendas de su abuelo en el Tequendama. Ella esperaba ver estos artículos empastados algún día bajo el título La Sanguijuela, como se llamaba el diario de lucha que aparecía clandestinamente en 1865, bajo la dirección de su abuelo Raimundo Umaña. Pero el libro nunca llegó a publicarse.

Sueño que se quedó entre el tintero, como la chispa, el calor y la camaradería de los viejos cafés que comenzaron a declinar cuando asesinaron a quemarropa al caudillo del pueblo Jorge Eliécer Gaitán y explotó el Bogotazo que le dio un vuelco a la capital, el 9 de abril de 1948, trece años antes de que muriera Emilia, el 18 de diciembre de 1961.

Recuerdo el boleo que se armó en mi casa cuando llamó el portero del edificio Cudecom, en la calle 17 con carrera décima, donde ella vivía, y le avisó a mi mamá: “Señora Cecilia, la señorita Emilia hace tres días que no sale de su apartamento y le golpeamos y le golpeamos pero no abre”. Mandaron tumbar la puerta y mi tío Manuel acompañado de su hijo, mi primo, Juan Manuel Pardo Pombo, la encontró muerta, acostada en su cama con un Pielroja a medio consumir en su pitillera.

Para la posteridad, a los 29 años Emilia dejó escrita en El Espectador esta autonecrología como su epitafio:

Detesto los apóstoles de cualquier idea, los parientes, todo ser en general que se haga digno de una necrología y los pobres de espíritu aunque de ellos sea el reino de los cielos.

Entre las cualidades morales ambiciono la máxima capacidad de pereza, y los movimientos lentos y sugestivos de las manos. Y por la utilidad indiscutible que proporcionan, admiro la mentira y la vanidad. Entre mis cualidades aprecio más que ninguna una excesiva nerviosidad que me permite guardar armónica relación con mis conciudadanos, que no pecan de cuerdos en su mayoría.

Además, soy un “hueso”, como podrá comprobarse poco después de mi muerte o simplemente observando la calavera que he dejado sobre mi mesa con el autógrafo de Alberto Arango.

Todo lo que he afirmado y seguiré afirmando desde estas columnas no lo sé con seguridad; y mis originales ideas las he ido formando con alas de cucaracha o sea con trozos de ideas ajenas.

Soy un violín prestado, según afirma Germán Ortega, pero explotado a conciencia, y nada más, de modo que a no calumniarme, ¿eh? Hasta mañana o hasta la eternidad, lectores.

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Rosario Del Castillo. "Camándula"

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