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Ficción

El hijo muerto del Doctor Shamosh

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© Ilustración de Nader Sharaf


Lo que más me gustaba de los domingos era la visita del doctor Shamosh, porque mi padre aseguraba que en su maleta negra llevaba los restos de su hijo, quien había muerto durante la Segunda Guerra Mundial.

Él llegaba, después del mediodía, para jugar con mi padre a las cartas, en la calle, bajo un árbol de mango que nos bendecía con una sombra ancha. Yo me quedaba cerca y miraba con curiosidad su maleta de piel de serpiente, sujeta por sus dedos largos y cadavéricos. Vestía siempre con pantalones de lino blanco; camisas de manga larga del mismo color, con su apellido bordado sobre un bolsillo en el lado del corazón; zapatos negros lustrados y un sombrero de fieltro donde exhibía la pluma de un gallinazo como un trofeo. Llegaba sonriendo y hablando un español descalabrado, acompañado de gestos con las manos para dejarnos saber lo que estaba diciendo. Mi madre corría a servirle jugo, y mi padre sacaba la mesa y extendía las cartas. Yo me ponía mi ropa de domingo y, aunque mamá decía que éramos creyentes, mientras duraba la visita fingíamos que no lo éramos para no insultar la inteligencia de nuestro invitado o para no quedar como estúpidos, por creer en algo que no podíamos ver, ni tocar, ni sentir, y cuya prueba de existencia a veces parecía bastante dudosa.

Shamosh era judío y profesaba la ciencia como religión. Estuvo en el campo de exterminio de Treblinka hasta 1943, y salió con el cadáver de su hijo en aquella maleta negra, después de que muriera de hambre. El niño había nacido dentro del campo y había vivido escondido por mucho tiempo. Sin embargo, no había tenido tanta suerte como otros que lograron sobrevivir al Holocausto. Mi padre solía repetirlo, cuando el doctor Shamosh se marchaba, sentado en el sofá, con las piernas estiradas y mientras bebía su café en señal de victoria.
La visita del doctor con su hijo muerto equivalía, a los ojos de mi padre, a la visita de un rey destronado, pero rey al fin.

Papá trabó amistad con él en la oficina de correos, donde trabajaba despachando mercancía y donde llegaba Shamosh cada semana para enviar una carta a Alemania. No estaba casado y vivía en el barrio San Fernando en una casa de dos plantas que tenía las paredes de granito, los techos de barro y un enorme zaguán, donde descansaba la escultura de un poeta. Su familia había muerto en el Holocausto y él era la última gota de un río que terminó secándose.

Mis padres se esforzaban por satisfacer los caprichos del doctor: un día antes, es decir el sábado, lavábamos los pisos con una fragancia de limón comprada por mamá en el mercado. Mi padre decía que aquel olor transportaba al doctor Shamosh a su infancia, la época más dulce de su vida; bajábamos todos los crucifijos y escondíamos la Virgen de Guadalupe, que permanecía durante la semana en un altar pequeño en una esquina de la sala, y en su lugar colocábamos un retrato de Ernest Hemingway. El mantel de la mesa debía ser blanco impoluto, por lo que papá compraba uno nuevo cada semana para asegurarse de que no tuviese ningún rastro de suciedad: era un gasto que nos permitíamos con mucha dificultad, pero según papá valía la pena.

Mientras jugaban a las cartas, papá intentaba impresionar al doctor con citas que sacaba de los libros que leía y que iba memorizando para repetir como un loro. A veces, en la semana, lo veíamos en el comedor diciendo en voz alta las frases aprendidas. En las mañanas, antes de salir a trabajar, se quedaba un rato frente al espejo tratando de pronunciar palabras en alemán que sacaba de un viejo diccionario que había pertenecido al abuelo y, después en el comedor, cuando desayunaba, se ponía a hablar de aquel domingo en que celebró el cumpleaños del doctor. Aquel día jugaron de la manera habitual con la diferencia de que el jugo que servía mi madre iba aderezado con una botella de whisky. Papá había escuchado la historia de Shamosh como si fuese un cura en un confesionario, arropado por el silencio del que presencia un horror desde lejos, y al final de la noche, cuando no quedaban más que los ladridos de algunos perros y los ojos de mamá en la ventana, el doctor lo abrazó. Papá decía:

–Cada vez que cierro los ojos se me viene la misma imagen a la cabeza: el abrazo del doctor, su mano sosteniendo la maleta mientras su brazo me rodea, y su voz que me dice, bien cerquita, que yo le recuerdo a su padre y que cuando se muera me va a dejar su propiedad más valiosa.

Papá estaba convencido de que el doctor le dejaría su casa al morir.

Un domingo el doctor no llegó a la casa

y mi padre dijo que había muerto. Nadie se lo contó, pero él estaba convencido de que Shamosh no hubiese faltado a su cita sagrada por simple capricho y sin una excusa. Se quitó el pantalón de lino y la camisa de manga corta que usaba para recibir al doctor, y se vistió con un traje negro de luto. Besó a mi madre en la mejilla y salió para el barrio San Fernando, con las lágrimas cayendo de sus ojos.

Regresó varias horas después, sumido en un silencio que pronosticaba lo peor. Entró, se sentó y nos miró un par de segundos, como si no nos conociera. Cuando mi madre fue a la cocina a preparar una valeriana, él volteó el rostro hacia donde yo estaba, pero no se fijó en mi pelo rojizo enredado en mis orejas, ni en mis pecas o en mis ojos verdosos. Papá no estaba afuera sino adentro, tratando de descifrar un misterio del que, al parecer, no tenía todas las piezas. Mamá trajo la valeriana y se acomodó junto a él para interrogarlo. Papá abría la boca, pero cuando llegaba el momento de soltar los pensamientos, salía un suspiro y no alcanzaba a decir nada. Luego de beber la taza de valeriana, dijo:

–No había nadie.

Había llegado a la casa del doctor Shamosh y golpeado la puerta una y otra vez, pero nadie contestó. Nadie abrió la puerta. Yo suspiré aliviado; eso era preferible a haberlo hallado muerto. Mi padre dijo que seguramente el doctor Shamosh no había llegado a su cita aquel domingo porque había preferido jugar a las cartas con otra persona; con esa frase se fue al cuarto, se quitó la ropa y se tiró en la cama hasta la mañana.

Durante varias semanas papá estuvo regresando tarde del trabajo. Según mamá, estaba investigando con quién jugaba a las cartas el doctor Shamosh desde ese domingo en que no llegó a nuestra casa. La tragedia se había instalado de tal manera en nuestras vidas, que mi madre olvidó regresar los crucifijos y la Virgen a su lugar. Papá, aunque juzgaba traidores a sus compañeros de trabajo, no lograba demostrar su culpabilidad. En las noches lo veíamos junto al comedor trazando mapas de la ciudad, apuntando cosas en una pequeña libreta que mantenía en el bolsillo derecho de su pantalón, siempre a la mano; discutiendo en el aire y, a veces, cuando era muy tarde, llorando con la cabeza apoyada en la madera y los brazos alrededor. A mamá la llamaron de la oficina de correos y le dijeron que papá había enloquecido: perseguía a sus compañeros de trabajo al terminar la jornada y los interrogaba con violencia; muchos días no se presentaba a trabajar y lo veían sentado en el zaguán de la casa del doctor. Estaba convencido de que Shamosh lo había abandonado para no cumplir su promesa.

Lo inevitable sucedió: papá fue despedido y en vez de buscar otro trabajo, continuó con su investigación. Visitó el consulado alemán, la morgue, algunos hospitales cercanos a la casa del doctor, la policía y, cuando ya no creyó posible encontrar a Shamosh, se encerró en su cuarto y se dedicó a escribir en su libreta o a trazar líneas en sus mapas. Mamá y yo intentábamos convencerlo de abandonar aquella obsesión que nos había conducido a la ruina, pero cada una de nuestras palabras, en vez de mermar su locura, aumentaba sus deseos de saber dónde estaba el doctor.

Mamá consiguió trabajo en una farmacia, donde además de vender medicamentos, aplicaba inyecciones y hacía buen uso de su fama de sobandera. Quitaba todo tipo de dolores con las manos –sus dedos eran milagrosos– y había quienes preferían solicitar sus servicios a pasar tres o cuatro horas en la sala de espera de un hospital. La visitaba toda la ciudad, incluso el doctor Misael, un amigo de infancia de papá que era psiquiatra y que en cada visita trataba de convencerla de que papá tenía que ser internado con urgencia. Era un hombre barrigón que se había quedado calvo y que usaba unas gafas redondas con cristales tan gruesos, que parecía siempre en el fondo del océano, con los ojos a punto de estallar. Trataba de enamorar a mi madre aprovechándose de la crisis de papá. Le decía que papá ya no podía distinguir la realidad de su fantasía y que a la larga sería una carga para nosotros. Repetía esas palabras en cada una de sus visitas y mamá habría caído en aquel juego, si no se hubiera presentado un abogado en casa para informar a mi padre de que el doctor Shamosh había muerto y que en su testamento le había dejado su propiedad más preciada, que no era la casa –pues esta no le pertenecía–, sino la maleta con los restos de su hijo.

La noticia cambió el ánimo de todos, especialmente el de papá, quien abandonó la habitación y regresó a la vida cotidiana. Recuperó su trabajo en la oficina de correos y a pesar de no haber heredado la casa, le reconfortó saber que el doctor no lo había traicionado. La maleta iba acompañada de una carta escrita por el doctor en sus últimas horas de vida, donde se detallaban las circunstancias de su desaparición y sus últimas vo-
luntades.

Dos días antes de aquel domingo en que no apareció por casa, cayó enfermo del corazón. Fue trasladado a un hospital del norte de la ciudad y, luego de varios exámenes, fue enviado a la capital para un tratamiento médico imposible de realizar en Cali. El resto no estaba escrito, pero lo contó el abogado: Shamosh murió tras dos semanas de incapacidad –en las que pasó la mayoría del tiempo inconsciente– y luego de unas horas de lucidez que usó para redactar la carta que el abogado le entregó a mi padre y otra enviada a Alemania, dicen que a un amigo de infancia. Su deseo era que papá conservara la maleta o, si lo prefería, que la sepultara, pero que en ningún momento la abriera, pues el recuerdo de su hijo debía permanecer intacto.

La maleta no era lo deseado con tanto anhelo, pero era mejor que nada. Mi padre la guardó en la alacena, donde también descansaban una cristalería jamás utilizada, el cuadro de Ernest Hemingway –regresado a su lugar por mamá– y algunos libros de mi abuelo que papá guardaba con celo, y después de dejarme en claro el castigo que recibiría si me atrevía a abrir la maleta, pegó un letrero de “no tocar”, escrito en letras mayúsculas, sobre el cristal.

Sus palabras aumentaron mi deseo de ver al hijo del doctor. Los primeros días, llegaba del colegio, me quitaba el uniforme, servía el almuerzo que mamá había preparado antes de salir a trabajar, y me sentaba cerca de la alacena. Almorzaba, mientras acariciaba el cristal con los ojos, y permanecía en el mismo sitio hasta las cinco, hora en que mamá llegaba del trabajo.

En las noches me dormía pensando en la maleta y algunas veces me soñaba abriéndola y viendo el hijo del doctor: era un niño diminuto, casi como un enano, con la piel suave, resplandeciente; en su cuerpo no había rastro de la muerte, ni siquiera del hambre que había padecido. Sus ojos eran azules, como el cielo en una mañana sin nubes, y en su mirada podía sentirse un reproche. Lo único acabado era la ropa; usaba una camisa de rayas grises llena de agujeros y un pantalón verde deshilachado. Su presencia estaba rodeada por un aura celestial; no tenía cabello y, luego de mirarlo un rato, acariciaba su cabeza. Ahí me despertaba.

Pensé que si mi padre había sido elegido para guardar la maleta, quizá yo había sido elegido para conocer su interior. Fue esto lo que terminó por convencerme y una tarde abrí la alacena, acaricié el cuero de serpiente, la manija, los bordes en forma de luna menguante y el broche de oro que brillaba en el centro como un sol. Luego lo giré, subí la solapa –que cayó como una lengua seca– y abrí la maleta.

Metí la mano derecha y pasé los dedos por las esquinas y me los llevé a la nariz con la esperanza de sentir el olor de la muerte, pero solo sentí un olor a madera mojada que se mezclaba con el aroma del limón. Después la cerré con desconcierto, porque en su interior no había nada. No me atreví a decirles a mis padres de mi hallazgo por miedo a ser castigado.

Luego de varias semanas, mamá, quien no se sentía cómoda con un muerto en casa, le dijo a papá que lo mejor era enterrar la maleta, para que el hijo muerto del doctor Shamosh volviese a la tierra y continuase su ciclo. Papá aceptó y se decidió a enterrarla bajo el árbol de mango, en el mismo lugar donde él y el doctor jugaban a las cartas.

El domingo en que se llevó a cabo la ceremonia, casi todos nuestros vecinos estaban enterados de la historia del doctor Shamosh y rodearon a mi padre mientras cavaba un hueco lo suficientemente hondo como para que nadie jamás intentase llevarse la maleta. La gente llegaba, saludaba a mi padre y se acomodaba a mirarlo. Misael, que no podía faltar, trató de convencerlo de abrir la maleta:

–Yo de usted la abro –le dijo–, no vaya a ser que entierre algo de valor, como joyas de oro o un reloj, y con la situación económica como está...

Cuando el hueco estuvo listo ya todo el mundo murmuraba lo mismo que el psiquiatra, y mi padre, animado por la multitud, decidió abrir la maleta.

Mi madre se ubicó a su lado y miró cómo papá, en un movimiento lento, giraba el broche y levantaba la solapa, metía su mano tímida, temblando, en el interior, la movía en varias direcciones, la sacaba, cerraba la maleta y decía en voz alta que no había más que un pantalón despedazado, huesos y el polvo mortecino de un cadáver descompuesto.

Papá luego puso la maleta en el hueco y empezó a tirar paladas de tierra. Mi madre se encerró en casa. La multitud comenzó a dispersarse. Yo me quedé con papá, que sonreía para disimular la rabia. 

 

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Javier Zamudio

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