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Poesía

Una palabra sobre la muerte de mi madre

.

Astros y ríos y olas del mar te reclaman a ti, que te fuiste a destiempo.

Píndaro, Trenos, 136

Una noche en la más profunda de las calmas, más sosegada que de costumbre, cual si en medio de ella un nuevo sol estuviese pariendo la silenciosa luna, fue el anuncio de que con el amanecer llegaría el ocaso definitivo. Durante esa noche, que quedó muda al contemplar a una mujer tan aguerrida luchando por su vida, no cerró Isaurita sus ojos un solo segundo, ni aun con el corazón casi saliéndosele del pecho y los pulmones a punto de dar un estallido; durante esa noche se olvidó por completo del sueño, esperando que el sol le trajera la merecida luz de su última mañana; durante esa noche, en esa última escena de su prolongada lucha contra la muerte, resumió de principio a fin toda su vida: una vida que, a pesar de la magnífica altura que alcanzó, nunca se resignó a admitir un final de una sola caída. Desde luego que no podía ser una sala de reanimación, ni una de observación, ni una de cuidado intensivo, la espectadora adecuada para presenciar su último suspiro: tenía que ser el sol, la antorcha por excelencia del universo, el testigo privilegiado del momento de su deceso; era Él, por supuesto, el único con derecho a firmar su certificado de defunción, el único autorizado para darle a su amor y a su alegría su despedida definitiva, el único a quien Isaurita podía confiarle el cuidado de su familia, el único ser vivo digno de privarnos para siempre de la luz de nuestras vidas. O, tanto mejor, fue aquel sol matutino el que madrugó a recibir de ella su última bendición, pues tan pronto descubrió en su mirada tanto fuego y seriedad como solo su corazón podía condensar, apenas contempló cuán débil, y casi renegando, salía de su cuerpo el rumor de su último aliento, y una vez entendió que durante toda la noche anterior había permanecido aguardando su aparición para no privarse de una sola gota del primero y más suave de sus rayos; tan pronto, en fin, supo que su hija preferida no volvería a saludarlo, de inmediato se escondió, sumergió su luz y fue a derramar sus lágrimas recluido en las tinieblas, pues esta tierra, privada para siempre de su caminante más perseverante, se había ya tornado para Él demasi...

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