Google+ El Malpensante

© Ilustración de Joan X. Vázquez

Algún día tendremos que juntarnos los mestizos y los negros puertorriqueños a sacar la cara por nuestras narices. Algún día tendremos que decir basta a los modelos impuestos por los adoradores de la llamada hermosura occidental, la llamada hermosura eterna, la llamada hermosura sin mezclar. Algún día tendremos que apartar de nuestro horizonte los prejuicios raciales y mandarlos con su música a otra parte. Algún día tendremos que reverenciar la nariz criolla, descrita con burla y mala intención por los adoradores de las susodichas hermosuras. Como si esa no fuera, al fin y al cabo, la nariz general de aquí y el punto de encuentro del sinfín de tribus coautoras de nuestro mapa genético colectivo: dingas, mandingas, congos, hotentotes, carabalíes, cuantas por acá fueran sometidas a explotación, flagelo y exterminio.

Pero, mientras transcurre la espera esperanzada de ese día, procede tomar unas medidas que anulen o atajen el oprobio de considerar la nariz mayoritaria de aquí como una feísima, o el de someterse al bisturí del cirujano facial lo más pronto posible y cueste lo que cueste. Así también se anula y ataja el sentimiento de inadecuación que carcome el intelecto de tantos mestizos y tantos negros, quienes se saben juzgados por la voluminosidad de la nariz y no por la voluminosidad de la inteligencia, la sensibilidad, la fineza espiritual.

Un sentimiento muchas veces inducido en el mismo hogar, disfrazado de cariño siniestro o de broma nefasta. Un sentimiento que puede amargar la niñez y la juventud y convertirse en lastimadura grave durante la adultez. Un sentimiento a combatirse antes de que disminuyan la claridad y la energía necesarias para aprender a satisfacerse en el propio pellejo. Pues en dicha satisfacción radica el preámbulo a la vida útil: uno es lo que es al margen del gusto o el disgusto que cause a los demás. Negarse a ser uno lleva a vivir en ascuas, a autoimponerse un clandestinaje desdichado, hasta a malquererse y traicionarse.

Las aludidas claridad, energía y concentración son necesarias, además, para enfrentar a los prejuiciosos sin perder la gracia, el paso y el ritmo. El prejuicio equivale, siempre, a un retrato chapucero y de trazo pésimo, hecho con los colores primarios de la ignorancia. El prejuicio equivale, siempre, a distanciarse de la civilización e internarse en la barbarie. De ahí que convengan, igualmente, la denuncia y la puesta en jaque de los modelos opresivos de hermosura. Unos modelos blancófilos a veces, blancoides otras y negrófobos las más.

Lo sé, con la boca es un mamey desentenderse de los prejuiciosos. Sin contar con que en los países donde se practicó la esclavitud, Puerto Rico por ejemplo, el prejuicio racial parece el producto de una tara hereditaria, transmisible de variadas maneras. A veces de manera zafia: “Tiene nariz para ella y diez más”. A veces de manera sutil: “Si se cerrara un poquito las ventanas nasales hasta medio graciosa se vería”. A veces al son del ten con ten o culipandeo, dos signos definidores de la historia patria: “No tiene la nariz demasiado católica, pero yo lo sigo respetando, si bien de lejitos”.

Aun sabiendo que primero entra un camello por el ojo de una aguja antes que retractarse un prejuicioso de su miseria, algún día deberemos juntarnos los mestizos y los negros puertorriqueños a sacar la cara por nuestras narices. Ojalá que, a partir de entonces, ninguna de nuestras reinas de belleza acepte que le trasteen las fosas nasales, cosa de corregírselas. Ojalá que, a partir de entonces, actor boricua alguno, ilusionado con abrirse paso en Hollywood o Broadway, se avenga a que le occidentalicen el tabique de la nariz. Ojalá que, a partir de entonces, la nariz criolla no se vea obligada a reducirse a carne de quirófano, cosa de poder revalidarse ante las hermosuras totalitarias.

“Prefiero que me odien por lo que soy, a que me amen por lo que no soy”. Las palabras anteriores las firma André Gide, autor francés de una prosa libre de espasmo, como lo constata quien lee sus novelas, entre ellas dos favoritas mías, La Sinfonía Pastoral y Los monederos falsos. Dichas palabras transparentes, de una sinceridad que alecciona, acaban por sintetizar el valor y la honradez a enarbolarse en cualquier marginalidad. Sea la marginalidad sexual, la marginalidad étnica, la marginalidad religiosa, la marginalidad racial.

 

 

Página 1 de 1

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Luis Rafael Sánchez

Diciembre 2015
Edición No.170

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Los hombres me explican cosas


Por Rebecca Solnit


Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

Huesos y pelo


Por Pilar Quintana


Publicado en la edición

No. 194



Un cuento  [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores