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El Malpensante

Entrevistas

Las vidas de Rafael Baena

Por: Óscar Daniel Campo y Leornardo Gil Gómez

El pasado 14 de diciembre Rafael Baena falleció en Bogotá tras una dura enfermedad. Tenía 59 años y se encontraba en un momento prolífico de una carrera literaria que apenas comenzaba. ¿Qué caminos recorrió antes de llegar a la literatura?, ¿qué elementos componían su particular mirada de la historia de Colombia? Este texto nos acerca a las múltiples facetas del autor sincelejano a través de su propia voz.

 

 

 

© Ilustración de Juan Pablo Gaviria

Con 51 años, en 2007, Rafael Baena publicó Tanta sangre vista, su primera novela. A ese libro le siguieron ¡Vuelvan caras, carajo! (2009), Samaria Films xxx (2010) y La bala vendida (2011). Para el momento de esta entrevista, estaba a punto de publicarse Siempre fue ahora o nunca (2014), y ya estaban en el tintero Ciertas personas de cuatro patas (2014) y la que sería su última novela, La guerra perdida del indio Lorenzo (2015).

Era febrero de 2014. Baena había sido invitado a la Universidad Nacional para dar una conferencia inaugural en un curso sobre literatura colombiana contemporánea. Acordamos reunirnos para discutir los detalles del evento. Nos recibió en la sala de su casa, en Chapinero. Se sentó en una poltrona, rodeado de discos de los Rolling Stones y fotografías, entre las cuales destacaba una de sus antepasados durante la Guerra de los Mil Días. Este texto resume esas dos largas sesiones de conversación en las que su narración fluida y descomplicada, con un dejo de acento costeño, era interrumpida ocasionalmente por una respiración agitada.

Hasta su desaparición el 14 de diciembre de 2015, Rafael Baena vivió varias vidas: la de periodista de guerra, la de redactor, la de editor deportivo, la de fotógrafo. La última fue la de escritor. En cierta medida sus novelas fueron una búsqueda intensa de explicaciones sobre el mundo y la violencia, escritas en una carrera contra el tiempo. El origen de la guerra en Colombia era una de sus obsesiones.

Varias veces insistió en que como escritor de literatura era un buen periodista. Quizá a ello se debe que los narradores de sus libros investigan, hacen reportería y desmienten constantemente que estén interesados en la ficción literaria. No tomarse en serio era una manera de poner distancia. Esa misma sencillez, gracias a la cual el autor cede el protagonismo a los hechos, puede sentirse en la voz del escritor colombiano a lo largo de esta conversación que atraviesa su versátil trayectoria.

De niño iba y venía todo el tiempo entre Barranquilla y Bogotá porque mi familia es mitad costeña y mitad cachaca. Llegué a la capital con un año de edad y estudié aquí hasta tercero elemental. Mi familia se mudó a Barranquilla, allá terminé el colegio, y cuando me gradué volví a Bogotá para estudiar derecho. Tanta sangre vista, mi primera novela, transcurre en un país inventado cuya capital se llama San Pedro del Cerro y se parece a Bogotá. Ricardo, el adolescente que viaja del campo –donde se ha criado– a la capital, tiene una experiencia más bien odiosa de lo que ve. Ese personaje en general y su viaje en particular están basados en la vida de un pariente mío que era del campo, venía a Bogotá muy de vez en cuando y todo le parecía fatal, un basurero, a pesar de que llegaba a la casa de su familia, donde vivía con comodidades.

A mí en cambio la capital siempre me fascinó. Primero, porque cuando me fui de niño sentí que me habían quitado algo, y claro, eran mis abuelas y cierto arraigo que tenía. Cuando a un niño lo cambian de tajo a un sitio donde no conoce a nadie, se siente de alguna forma huérfano. Siempre quería regresar a Bogotá y volvía en las vacaciones cada vez que era posible. Después, ya adolescente, sentí que no podía seguir estudiando en Barranquilla por el clima. Los libros de texto no compaginaban con el calor. Cien años de soledad y Carpentier sí funcionaban perfectos, yo podía leerlos vestido con pantaloneta y tirado sobre el piso de baldosa, ¡pero un libro de texto o de teoría sobre cualquier cosa, no! Sin mencionar las matemáticas. Mi colegio, el Cervantes, era muy exigente y estudiábamos en grupo por las noches porque de día éramos como lagartos al sol. Nos tocaba así porque a las tres de la tarde nadie entiende cálculo integral. Por eso es que me da rabia cuando dicen que los costeños somos flojos. Y yo reto al más pintao para que haga cualquier vaina a esa hora, desde resolver una derivada hasta leer algo un poco exigente con ese calor tan verraco; o simplemente que vaya a almorzar a su casa y luego regrese a marcar tarjeta en el trabajo... antes las cosas marchan. Ser campesino en el altiplano es durísimo, pero en tierra caliente es tres veces más duro. El dicho “está pegando el sol” es literal, es un lapo que lo tira a uno contra el suelo, la palmada de Dios.

Entonces me vine a Bogotá a empezar derecho y deserté muy rápido, básicamente porque me pareció ciencia ficción. Luego, a mediados de los años setenta, estudié economía, historia y geografía, en Bogotá y en Barranquilla, hasta que decidí diseñar mi propio pénsum académico sabiendo que lo que quería era ser periodista. Por ejemplo, iba a clases en la Nacional como asistente, de pato. Sin embargo, llegó un punto en el que necesitaba la tarjeta profesional. Había una ley que obligaba a ser graduado en comunicación social para ser periodista, una cosa antidemocrática, como muchas leyes de este país. Y me tocaba hacer esa carrera.

Fotografía versus redacción

Mi primer trabajo, fue en antena, en 1979. Ofrecí mis servicios como fotógrafo y me pusieron a escribir un artículo sobre Elizabeth Taylor. Yo me agarré a ese texto como a un clavo caliente, porque era mi entrada a los medios, no la que yo esperaba, pero era la entrada; y bien mirado era divertido investigar sobre Elizabeth Taylor, escribir sobre esa señora que me caía gordísima pero que era un ícono, la Angelina Jolie de la generación de mis papás. Además, no me pareció tan grave porque sabía que la cámara fotográfica seguiría allí y que iba a tener la oportunidad de usarla. Tiempo después, cuando el m-19 se tomó la Embajada dominicana, corrí para allá. Digamos que fue el primer tema “serio” que cubrí, pero como repite cada tanto Antonio Caballero, en este país no hay nada serio. Ahí empecé a ganarme la vida y no solo trabajé en Antenasino en la revista Gente, homónima de la que funciona hoy aquí en Colombia; y después en una llamada Hit Musical donde cubría rock.

Descubrí entonces que si eres fotógrafo tienes que encajar en un patrón. Y si eres redactor lo mismo. Los fotógrafos me decían que yo les estaba quitando una plaza, cerrando la puerta para que uno de sus amigos, o el primo, qué se yo, llegara a la revista. Y los redactores creían que los fotógrafos eran gente cuyo único talento era hacer clic en el momento justo y que en la cabeza no tenían nada distinto a mierda de gallina. Curiosísimo. Yo me le medí igual a las dos líneas de trabajo, pero de haberlo sabido antes el susto me habría paralizado. Ya para el 82 no me dejaba de nadie y me encantaba joder a los redactores que se sentían más o menos García Márquez en la época de La Jirafa. Hablaban de Proust y Joyce y tal, y yo pensaba que eran una mano de ignorantes igual que yo, chinos, pelaos tratando de leer lo que nunca íbamos a alcanzar a terminar. Me encantaba poner en evidencia que todos éramos unos ignorantes.

De cualquier modo me sentía cómodo en una profesión tan bonita, ya sabemos lo que han dicho de ella, aunque es muy diferente el periodismo a la industria de la información. En esta época la prevalencia de un concepto sobre el otro es más terrible y yo fui en cierta medida un privilegiado, porque si hoy un pelao quiere empezar a trabajar como periodista es probable que la industria de la información se lo mastique y luego lo escupa. Lo que quiero decir es que muchas veces se escribe con la sensación de la urgencia del cierre, que es un hecho y está bien que exista porque despoja al periodismo de toda pretensión literaria, pero el punto es que la premura lo convierte a uno en un irresponsable. Nunca pude decir “voy a hacer esta crónica con tiempo”, siempre quedaban cabos sueltos. Muchas veces esa irresponsabilidad no es connatural a quien la ejerce sino que obedece a la misma dinámica loca de los medios.

En Cromos trabajé con Toño Morales y éramos tal vez los que más escribíamos, hasta el punto de necesitar seudónimos para disimular. Me acuerdo de un par: Samuel Pala y Sandra Cavalcanti. Nosotros éramos máquinas de producir papel impreso. Eran tiempos más apacibles pero de todas maneras empezábamos un lunes a las diez de la mañana para entregar el viernes a las diez de la noche páginas llenas de material fresco, escritas la mitad por nosotros y la otra mitad por colaboradores, por periodistas “sénior” y esas cosas. Pero de resto, los pies de fotos de sociales: “¿Qué estará pensando el doctor no sé qué?”, “El coctel ofrecido por perencejo resultó un éxito...”, todas esas huevonadas nos tocaban a nosotros, las cosas de moda y farándula eran de nuestro resorte, sin que eso significara descuidar los temas “serios”.

© Ilustración de Santiago Gaviria

Trabajo mercenario

En el 85 dejé de ser redactor porque fui a trabajar a otra revista, primero como jefe de redacción y luego como encargado cuando el director se fue sin mayores explicaciones. A la hora de la verdad no nos querían pagar y amenazamos con quemar el sitio. Esa es una cosa que no se debería contar, aunque no me da ni cinco de vergüenza. Todo se complicó cuando le diagnosticaron cáncer a la mujer de un diseñador y él estaba sin plata; todos nos sentimos entrampados en aquel lugar. Yo creía tener una responsabilidad con personas que había sonsacado de otros empleos, aunque a mí también me habían engañado. Entonces llamé a la oficina del dueño y le di veinte minutos de plazo para pagarnos. Lo hizo con un solo cheque para todos y la revista nunca más volvió a salir. Se llamaba Al Día.

Después de esa experiencia quedé hastiado de los medios, así que me volví fotógrafo freelance. Decidí ser apenas un tomamonas y hacía fotos para agencias, un trabajo mercenario buenísimo porque ni siquiera tenía tratos con alguna empresa sino directamente con colegas, los enviados especiales de esas agencias. Había mucho tráfico de periodistas extranjeros, ellos llegaban y me decían: “Migga yo voy pagga Medellín peggo necesito viaggag al Cauca pogque quieggo algo con el Ricaggdo Fgranco. ¿Crgees que es possibol?”. Yo les respondía que sí, ellos me daban plata, rollos de película y yo iba y clic, clic, clic; llegaba, recibía el dinero, entregaba los rollos y listo. Nunca hice seguimiento al destino de las fotos, porque en ese momento no sentía que tuviesen un valor documental, y tampoco era que me pillara, en medio del fuego cruzado, como Capa, el momento en que alguien recibía un balazo en la cabeza.

Ese trabajo a destajo lo hice durante dos años, hasta que, en el 87, Heriberto Fiorillo me dijo que necesitaba un fotógrafo para organizar la sección de deportes de Noticias Uno, que apenas estaba por salir al aire. El presentador de deportes era Hernán Peláez. Heriberto me dijo: “Quiero un man que maneje el tema visual y que también escriba para que le haga la segunda a Hernán”. De una me volví editor deportivo y, junto con Álvaro García, nos lanzamos al experimento de hacer crónicas de deportes, de minuto y medio, que es lo que podía durar una crónica en televisión. Algunas funcionaban. Luego me fui al Noticiero de las Siete como editor general. Salí de ahí después del apagón de Gaviria y de las guerras de Pablo Escobar, las explosiones, el atentado al Centro 93... todo eso yo lo tenía que montar sentado en una sala de edición a la que cada periodista llegaba con su caset de horror. La prioridad era fijada por el número de muertos y había tardes en que era tal la avalancha de iniquidad que había que preguntar a los periodistas quién tenía más tragedia grabada para darle paso a la cabina de audio. Yo me sentía como un cirujano en un hospital de guerra.

Después de eso cogí la cámara otra vez y me fui a Cambio 16, donde estuve cuatro años y medio. Llegué en 1994 como fotógrafo y salí como editor general porque, lo de siempre: “Rafa, como tú también escribes, vete para Armenia y haz esto o aquello”. Cuando fui jefe regañaba a los redactores que iban sin fotógrafo y traté de dignificar la profesión, pero esta no se dejó. Entonces pasé a trabajar en El Espectador como editor, luego dos años en Cromos otra vez como fotógrafo, y bueno, en Credencial ocho años, como desde el 2004. Para ese momento yo ya había empezado a hacer literatura, sin compartirlo con nadie.

Culiprontismo patriota

Para decirlo en una sola frase, yo no podría ser novelista sin haber sido periodista. Y sí, ese tiempo en que parecía que literariamente no pasaba nada en realidad estaba pasando mucho, porque a lo largo de varias décadas estuve acumulando material y herramientas.

En concreto, empecé a escribir literatura porque mis hijos preguntaban sobre lo que estaba pasando en este país y yo no encontraba palabras para explicarles. Me pareció que de pronto una manera de hacerlo era escribir una novela y ese fue el germen de Tanta sangre vista. Quería una historia que cumpliera varias condiciones: contar lo que pasaba, pero anacrónicamente para evitar suspicacias; y que fuera divertida, que enganchara, porque iba dirigida a jóvenes y se supone que los jóvenes no leen.

Y después de Tanta sangre vista me quedó material, encontré muchos caminos por los que meterme en la historia de las violencias de este país. Sin embargo tenía que investigar más para darle forma a ese material. Samaria Films xxx fue un divertimento para seguir escribiendo en el día a día, mientras investigaba el tema del arma de caballería durante la Independencia, en lo que decidí concentrarme. Pero era jodidísimo porque eso no está documentado. Hay mucho de las batallas y tal, pero del arma de caballería, de los llaneros, de cómo eran, casi nada. Entonces hubo que ir a bibliotecas, acudir a internet, a los amigos historiadores, que tampoco sabían nada al respecto. Ni siquiera un general retirado, que posa de historiador, tenía idea.

Pero me lancé a escribir sobre Rondón y sus lanceros en ¡Vuelvan caras, carajo!, que salió primero que Samaria, aunque fue terminada después. Sucedió que Samaria estaba comprometida con Pre-Textos, pues Manuel Borrás me había dicho que le fascinaban el título, los personajes, lo desenvuelta que era. Me pareció del putas porque en Alfaguara ya la tenían pero no daban señales de si iban o no a publicar. Era 2009 y al terminar la novela de la caballería de Rondón caí en cuenta de que ya empezaba la bulla del Bicentenario y dije: “¡Ay jueputa!, si la entrego ya va a salir justo en 2010”, y yo me imaginaba que entonces iba a producirse una avalancha de estudios, novelas y libros al respecto. Porque así somos aquí, el culiprontismo de ser patriotas el 20 de julio. Entonces hablé con Manuel Borrás y la novela de Rondón salió el mismo año en que fue terminada mientras que la aparición de Samaria Films xxx coincidió con el Bicentenario, lo cual me pareció más apropiado.

Supe después que Manuel Borrás decidió aceptar mi propuesta de publicar ¡Vuelvan caras, carajo! tras consultar con Darío Jaramillo Agudelo. Le preguntó si la había leído y si le había gustado, y él afortunadamente contestó que claro. Con Darío tenemos una relación desde cuando fue mi profesor de economía en la universidad y nos hicimos amigos. ¿Cómo no iba a hacerme amigo de un profesor que en clase citaba a Jonathan Swift y hablaba de Ray Bradbury y Kurt Vonnegut? “Este sí es un ser civilizado”, pensaba yo. Todavía hoy nos vemos cada tres o seis meses, con mayor o menor frecuencia.

Darío fue clave también para la publicación de Tanta sangre vista. Como les conté, la hice para mis hijos, la imprimí y se las entregué a ellos. Luego mi amigo Luis Fernando Charry, que coordinaba una colección para Villegas Editores, me preguntó si tenía algo que pudiera ver. Se la envié, decidió publicarla y me dijo que para los textos de solapa buscara a un escritor de prestigio que escribiera un párrafo corto sobre el libro. El único escritor de prestigio en el que confiaba era Darío, le pregunté muy diplomáticamente: “¿Qué pasa cuando alguien escribe una novela? ¿Qué debe hacer con ella?”. Y empezó: “¡Agh! ¡Todo el mundo escribe novelas! A una señora se le van los hijos de la casa... y escribe una novela; un tipo se jubila de Ecopetrol... y escribe una novela. ¡Qué proliferación de novelistas!”.

Después de eso, como es apenas comprensible, callé durante un mes hasta que me tocó decirle que yo también había escrito una novela y necesitaba que la leyera. Me respondió que se la dejara en la portería y luego me contaba. Eso fue como un jueves. El lunes me llamó y me dijo: “Nos vemos en Fulanitos para almorzar”. Llegó a la mesa donde yo lo esperaba aterrorizado y, en el acto de sentarse, soltó: “Me encantó”. “Jueputa, Darío –le dije–, ¡qué susto me pegaste!”. “De eso se trataba, de eso se trataba”, dijo con sonrisa conspirativa. Después lo de Villegas no funcionaría y finalmente la novela terminó en Alfaguara porque Darío se la presentó a Pilar Reyes.

La foto del bisabuelo

La portada de tanta sangre vista es una foto que yo propuse, copia de la que está colgada en la sala de mi casa. Es anónima y fue tomada en Santander durante la Batalla de Palonegro. En ella aparecen el mayor Hermógenes Ordóñez, mi bisabuelo, que no era militar sino un odontólogo de clase media; el general Barbosa y otros generales y capitanes de extracción campesina. Yo la encontré en la Hacienda Baza, una finca comprada por mi tatarabuelo en Boyacá durante la presidencia del general Mosquera, que decretó la desamortización de los bienes de manos muertas, expropió las haciendas de las comunidades religiosas y se las vendió a sus amigos y copartidarios. Mi tatarabuelo, no sé si era amigo o copartidario, pero el caso es que tenía la plata para comprar ese latifundio en inmediaciones de Tibaná, Jenesano y Turmequé.

En esa hacienda, que todavía existe y pertenece a una tía mía, estaba esa foto que a mí me fascinó desde muy joven porque atrás dice: “Guerrillas liberales. Santander, 1900”. ¡Y que esos sean los antepasados de uno! ¡Carajo, todos esos vergajos eran guerrilleros! Un día, la humedad –Baza fue construida por los dominicos en 1638– empezó a comérsela. Antes de que se arruinara del todo la saqué del marco y la reproduje con una Hasselblad, en negativo de 6x6. Obviamente esa gente estuvo en mi cabeza cuando escribí Tanta sangre vista. Era lógico que al menos se me ocurriera proponerla como portada.

En esa y en las siguientes novelas hay mucha batalla y mucho suceso histórico, pero en el fondo no son más que permanentes discusiones entre cómo es el mundo y cómo debería ser. Pero para que no se me enladrillen intento el método de los novelistas negros, Chandler y Hammett entre ellos, que no le meten a uno reflexiones interiores sino que la psicología de los personajes surge de la manera en que actúan. No son gente argumentativa sino gente de acción. Ojalá yo cumpliera bien ese canon, pues es una forma en que se pueden poner ideas en una novela sin aburrir. Esa fue la primera lección que recibí del periodismo: hacer de cuenta que se está en una sala contándoles a los sobrinos y atraparlos con la narración, no dejar que se distraigan o volteen a ver el televisor. Siempre he tratado de mantenerme fiel a ese principio.

Por eso también cierta insistencia en la oralidad y el tono coloquial, una mezcla que debe hacerse con cuidado porque al pasarse de la raya el texto se vuelve un gran lugar común. Pero a mí me gusta facilitarle a la gente las cosas, bajar la literatura del pedestal. La medida del límite no es otra que el oído, y la literatura también es música, como han dicho muchos. A mí me pasa que a veces escribo un refrán, recuerdo que era de mi mamá o de mi abuela, o que se lo oí a mi papá, pero de pronto releyendo descubro de dónde lo saqué, o si lo leí en algún libro. Lo siguiente es ver su autenticidad, si coincide con la época, si es un refrán de los tiempos que intento narrar. Me obsesiona, aparte del significado de las palabras, la edad que tienen, su origen en el tiempo.

Por ejemplo, Tanta sangre vista tenía otro título, pero por no poder precisar el origen de un término, quedó este. El título original era Caballería chusmera. Hablé con historiadores y expertos, pero nadie podía precisar el origen del término “chusmero”, salvo que fue empleado por la clase dominante, por la represión, en los años treinta y cuarenta para designar despectivamente a los levantiscos, a la indiada: “...esos indios son unos chusmeros”. En eso radicaba la gracia, porque la palabra “caballería” supone una élite y me pareció un chiste inteligente lo de “caballería chusmera”. Aún me lo sigue pareciendo. Es más, mandé a empastar en cuero una edición de la novela con el título original estampado en el lomo en letras doradas, nada más que para sacarme el clavo.

El final de Tanta sangre vista es el monólogo del viejo protagonista, Enrique Arce. Su reflexión me la narró mi padre y pertenece a un general liberal de la Guerra de los Mil Días, que al volver al campamento y ver que su gente tiene alineado contra la pared a un grupo de prisioneros con la intención de fusilarlos les pregunta qué están haciendo. “Los vamos a fusilar”. “¿Y pa’ qué?”. “Es que son conservadores”. “¿Y si nosotros hacemos lo mesmo, ón tá la dijeriencia?”, responde. No era un cuento inventado por mi papá sino que lo confirmé con historiadores, que lo refieren en otras palabras. Pero mi padre debió emplear ese lenguaje porque “el Negro” Ramón Marín, general guerrillero protagonista de la anécdota, muy probablemente hablaba así. Mi papá estuvo muy cerca de su abuelo, y él fue quien a su vez le contó la historia que finalmente llegó a mis oídos.

Ficción para llenar vacíos

Cuando el personaje está poco documentado hay que trabajarlo como si se elaborara un perfil periodístico. Los cánones del perfil indican que lo ideal es no hablar con el personaje: para hacer un perfil del presidente tengo que hablar con la mayor cantidad de fuentes alrededor de él y construir su imagen a partir de las visiones de esas múltiples fuentes. Esto es lo mismo. Cuando el personaje es poco documentado, sale poco en los libros especializados, como ocurre con Juan José Rondón y con otro en el que estoy trabajando ahora para una nueva novela, hay un límite al cual se llega y a partir del cual la historiografía ya no te va a ayudar y entonces llega el momento de la literatura. De todas maneras la historiografía aporta verosimilitud, como ocurrió con el libro sobre Rondón. Por investigación uno sabe que él era un niño cuando Humboldt trataba de encontrar la conexión entre el Orinoco y el Amazonas, el caño Casiquiare; y también por investigación se sabe que Rondón ayudaba a su padre a arrear ganado desde el hato en Guárico hasta el Orinoco, para venderlo y embarcarlo. Entonces era plausible que se hubieran encontrado. Es más, no me extrañaría si aparece un documento que lo comprobara, y yo diría: “¿Sí ve? Se los dije”.

Sigamos con esa novela como ejemplo: después de la Batalla de Boyacá, Rondón llega a Santa Fe, se suscitan hechos políticos de toda clase, Bolívar parte hacia el norte porque su siguiente meta es liberar a Venezuela y lo deja a él encargado de organizar la caballería de la guardia. Ese período no está documentado, solo se sabe que le dejó esa misión y que Rondón aparece luego en los combates de los valles alrededor de Cúcuta, previos a Carabobo. Entonces hay un espacio en blanco y solo sé que Rondón está aquí en Bogotá. ¿Qué hace un oficial encargado de organizar la caballería? ¡Pues conseguir caballos y jinetes para montarlos! Recorre la Sabana de Bogotá, confisca caballos por orden marcial, consigue instructores que enseñen a los jinetes a dar golpes de sable o a cargar con lanzas, cosas de esas. Entonces me invento la escuela de caballería de Rondón y la ubico en La Alameda, que es la actual carrera 13, en alguna finca de por ahí. Pudo haber estado en la séptima o antiguo Camino Real, pero elegí la carrera 13 porque es menos obvia. Y así en varios casos. No es estrictamente cierto pero pudo haberlo sido.

Afortunadamente estamos hablando de novelas, de literatura, y se puede recrear la historia con verosimilitud, sin decir mentiras. Yo no pongo a Rondón yendo a conocer a Fernando vii, a decirle: “¡Rey, venga pa’cá sumercé...!”. Eso sería otra cosa, aunque hay quien lo hace y también es lícito, novelas con sucesos traídos de los cabellos que no les restan legitimidad. Como por ejemplo jugar al “qué hubiera pasado si...”. Qué hubiera pasado si los chibchas, que estaban organizados en una suerte de federación de tribus, deciden plantar cara a los españoles, cuatro tipos que habían llegado después de subir por el valle del Magdalena, agotados y enfermos. Era muy fácil vencerlos y no sé por qué no lo hicieron. ¿Qué habría pasado? ¿Una demora de cincuenta años en la Conquista, un siglo más? ¿Cómo eran las relaciones de poder entre las tribus? Sería válido narrar eso. Yo no lo hago, pero me parecería lícito si alguien lo intentara.

Al principio, en la investigación para preparar una novela me saturaba mucho de documentos, pero con el paso del tiempo he aprendido que hay un punto hasta el cual debe llegar uno, sin dejar de lado la investigación. Entonces hago un mapa mental del tema, luego un marco histórico y después cuento lo que voy a contar; la novela no son los hechos históricos sino los sentimientos de los protagonistas, enmarcados en determinado hecho histórico, individualizar a los personajes en un marco que normalmente es la guerra. Obvio, hay que precisar datos y fechas para no ser desmentido. Por ejemplo, en este momento estoy narrando la historia de un personaje que toma la decisión de insurreccionarse contra el gobierno porque atacan el pueblo en el que vive. Ese hecho, que es tan capital en el libro y en la vida de ese personaje, tiene que ser preciso. Si fue en octubre no puedo decir que fue en diciembre o en agosto, ya que se cruza con otros hechos y empiezo a tener problemas porque se me desbarata todo el andamio.

Confesión de cobardía

Que la historia tampoco es objetiva lo sabe cualquiera que se aproxime al tema, pues en el simple hecho de ordenar unos acontecimientos en papel se les da preeminencia a unas cosas en vez de otras. Borges dice, en una de esas preguntas retóricas que él hace: ¿qué es eso de la investigación?, ¿luego no se trata de literatura? Y es, como todo lo de él, de una lucidez impresionante porque finalmente se trata de literatura. Lo que pasa es que existimos unos cobardes que no somos Borges y no nos atrevemos a inventarnos una realidad, sino que necesitamos un norte, una manija de la cual agarrarnos a la hora de crear, porque somos gallinas. Porque si realmente yo fuera un literato de pies a cabeza, me echaba a volar y a la mierda la investigación y me importa un culo lo que haya pasado, soy solo yo y el papel y ya, eso sería literatura pura. Como el pintor parado frente al lienzo con su paleta, y hágale, voléele escupitajos de pincel con todos los colores. Rothko o Pollock, eso sería arte puro. Siguiendo con el símil de la pintura, yo sería de la raza, de pronto no de los que ponen el caballete para copiar fielmente el paisaje, pero sí de los que toman una fotico y la llevan al estudio para trabajar.

Con Samaria Films xxx, que nació como un ejercicio para mantener el brazo caliente, la cosa fue diferente: mezclé las geografías de Santa Marta, Barranquilla y Cartagena para hacer una sola ciudad. Samaria fue escrita en un tiempo en que se sentía en el ambiente literario un boom de la llamada sicaresca, y es una mezcla de sexo, drogas y violencia. Entonces también fue un ejercicio personal consistente en mezclar los ingredientes que se supone que garantizan el éxito literario para darle al libro una carga de ironía bastante deliberada: los chistes del escritor frustrado, el man con la parola permanente porque cree que se le fue la mano con el viagra cuando en realidad es la esposa que lo envenena con ponzoña de araña...

Intuyo que lo que hago es poner la técnica al servicio de la sencillez, la verosimilitud, la legibilidad y una serie de valores que a mí me parecen importantes. Además creo que vivimos un tiempo en que, como nunca antes, es más imperativo y clave seducir al lector y facilitarle las cosas. Tampoco se trata de escribir para idiotas, pero sí de ayudar a ese lector y de paso ayudarse uno mismo porque la competencia es brava y ni siquiera es contra otros libros. La narrativa contemporánea está en la televisión: Mad Men y Breaking Bad son series que les sorben los sesos a los espectadores porque son buenísimas. ¿Puede haber algo más siglo xxi que esa vaina? Les podrían dar el Nobel a esos guionistas, es una cosa muy bien hecha, es literatura; solo que hacen un storyboard y luego lo filman, pero los guiones, el sustrato, son las buenas historias. De modo que si uno quiere seguir apegado al papel impreso o siquiera a las tabletas de lectura, por lo menos tiene que estar a la altura de la competencia. No se puede correr contra Usain Bolt usando botas de combate, hay que ponerse zapatos livianos y probablemente se pierda la carrera, pero no van a decir que fue porque se corrió con botas Grulla.

De lo que se trata es de que, al ser escrita hoy, una novela por más histórica que sea debe conversar con su época. Por eso debe ser anacrónica en el sentido estricto de no tener tiempo. Está aquí pero también allá. Le rinde culto a Verne y a los Dumas, pero a la vez recuerda a Norman Mailer. Es recorrer el camino a la inversa, explorar el pasado desde aquí, con un desparpajo contemporáneo, como pasa a veces en la obra de Yourcenar. Usar la ficción para inventar la historia, incluyendo la historia reciente.

Libros y otras cosas

Alguna vez participé en uno de esos eventos donde invitan a tres escritores y a un moderador para hablar frente al público. El tema eran las geografías de la literatura, qué nos había influenciado. Había muchos académicos y yo era el único de origen periodístico. Todos hablaban de realismo mágico, lo real maravilloso, Lezama Lima, Quevedo y todos los rollazos de rigor. Reconocí ese día que cuando leí Cien años de soledad fue como si me hubieran metido en una piscina, una especie de clarividencia que me llevó directamente a Carpentier, a Cabrera Infante, al mundo Caribe tan exuberante y hermoso que abría tantas posibilidades a un narrador. Si bien es cierto que soy hijo de eso, también soy hijo de los Rolling Stones y de los tropeles que me tocó vivir, desde el paro nacional del 77 hasta los amigos y conocidos muertos en la guerrilla o presos por narcotráfico. Como reportero vi gente despanzurrada aquí y, en otras partes, cráneos pelados. Siento que soy más producto de los sucesos de mi época que de la misma literatura que he leído. Suena a bestialidad, pero es así. En mis novelas hay una reflexión sobre la guerra desde el dinero y también un paralelo entre el presente y el pasado. Como decirle al lector: vea que lo que está pasando ahora no es tan nuevo.

Mi intención ha sido siempre narrar desde una posición en la que me sienta cómodo. Mis primeros libros eran en cierta medida más artificiosos, el lenguaje en ellos es algo arcaico y tiene unos giros que lo llevan a uno atrás en el tiempo. Aunque en mis novelas pretenda buscar un ritmo cinematográfico, de todas maneras hay algo en su forma que remite a otras épocas. Finalmente, si narro que alguien coge Transmilenio en el Museo del Oro y va para el Portal del Norte, debo hacer una investigación igual de rigurosa a la de una novela histórica; o sea, saber la hora a la que pasa el Transmilenio por determinado punto, y si el personaje voltea a mirar para la derecha, ¿todavía queda Telecom allí? Es el mismo rigor y no pertenece al subgénero de novela histórica, pero la investigación sí se le parece porque hay que ser preciso, aunque seguramente Borges no estaría de acuerdo.

Con la novela que está por salir se van a dar cuenta. Se llama Siempre fue ahora o nunca. El libro abarca desde principios de los cincuenta hasta 2004. El tema sigue siendo el mismo, pero con los matices de la actualidad. Hay un personaje de un general retirado, basado en alguien que conocí, a quien traté de entrevistar pero no me dejó sacarle nada, ni notas, ni audio. Está vivo todavía y fue Ministro de Defensa de Valencia: el general Ruiz Novoa, quien implementó el Plan Lazo, el Plan Colombia de la época. Estaba cumpliendo su deber, ¿no? Era su rollo. Estuvo en Corea. El asunto que me llamó la atención fue que en un homenaje que le hicieron él dijo más o menos lo siguiente: “Bueno, los militares estamos para sostener el statu quo, para eso nos pagan, por eso juramos, somos gente de honor y tenemos que cumplir. Pero los políticos ¿qué están haciendo?, porque francamente señores, este país es una fábrica de guerrilleros. Aquí hay que darle a la gente justicia, techo, comida, educación”. El tipo sabía cómo era la vaina. Superlúcido el cuchito. Probablemente no usó esas palabras, pero lo que quiso decir fue: nosotros seguimos echando plomo lo que quieran, pero con plomo no es. Y perdió el cargo, lo llamaron a calificar servicios. Se retiró y se fue para Fusa a unas granjas avícolas. Es muy respetado en las Fuerzas Armadas. De hecho, hubo una tendencia de la izquierda colombiana que trató de ponerse en contacto con él. Una vaina muy visionaria.

Al igual que Samaria, esta es una novela de rock’n’roll. Yo quería que sonara así. Ya he hablado de la ironía, de cómo todo eso pasa por el lenguaje. La lectura tiene que ser divertida, hacerle guiños al lector, que lea algo y sonría. No que se ría a carcajadas porque no se trata de eso. Hablar de los olores, de los dichos, cosas así. Por eso me ocupo de que mis libros suenen, están en clave de rock. El bambuco y la música andina están muy bien. Me encanta Luis A. Calvo. Y la salsa, y el son ni se diga. Pero yo soy rock’n’roll. A mí los Rolling Stones me mueven la aguja ¡Qué voy a hacer! Tienen golpe. El rock’n’roll es una música que podrá sonar horrible o lo que sea, ¡pero aburrida no es! Y mi interés es que el lector no se me aburra. Ni desconectarme yo. Cuando me pasa, me doy cuenta enseguida. Porque una cosa es que cueste trabajo y dé pereza seguir, y otra es que uno llegue a decir: “Huy, no, hasta aquí, esto está aburridísimo”.

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