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Breviario

Cosecha de sueños de infancia

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© Shin Matsunaga • Graphis

En el libro Ensayos sobre diseño (Infinito, 2001), personalidades de la prestigiosa Agencia Gráfica Internacional (agi) cuentan cómo tejieron su lenguaje gráfico: desde señales de tránsito hasta pósters han contribuido a su cultura visual. Entre estas voces esenciales para el diseño se encuentra la del japonés Shin Matsunaga, creador de la identidad corporativa para Issey Miyake y responsable de rediseñar el empaque de los cigarillos franceses Gitanes. Matsunaga fundó su propia agencia en 1971, y en 1989 obtuvo el Premio Honorario de Póster de Varsovia por su pieza para Scottie: un conjunto de simples líneas que representaban una moderna flor. En 52 años de trabajo e innumerables campañas, ha obtenido múltiples reconocimientos, entre los que se destacan el Premio de Diseño Yusaku Kamekura y el Gran Premio de la Asociación de Diseño Publicitario de Japón. Actualmente sus obras se exhiben en 74 museos del mundo. Su manera de entender los objetos está guiada por lo que él llama “la filosofía de los tres metros”: al momento de diseñar debes estar a esa distancia para captar la esencia del objeto, como lo estaría cualquier espectador. Este breve ensayo vincula su infancia, en un álgido momento de la historia, con el descubrimiento de sus primeros referentes estéticos.

A finales de 1989 hice una muestra personal en Nueva York y fui entrevistado por varias personas. Una de las entrevistas me la hizo un joven neoyorquino, quien me preguntó: “¿Por qué hizo esta exhibición?”. Era una pregunta simple, pero por un momento no supe qué contestar. Claro que se había dado una sucesión de hechos que condujeron a la muestra y hubiera bastado enumerarlos. Pero, de alguna manera, sentí que nada de todo eso era la razón real. Después de vacilar buscando una respuesta durante unos instantes, comprendí que tenía algo que ver con el hecho de que yo era parte de la generación que vivió su niñez en Japón cuando las tropas de ocupación aliadas se encontraban allí.

Durante cierto período después de que Japón se rindió en la Segunda Guerra Mundial, hubo escasez de comida y todo tipo de mercadería. Yo tenía seis años cuando la guerra terminó y veía a los soldados de la ocupación con una inocencia aún no corrompida por la educación y la sociedad urbana. No sentía otra cosa que admiración por la superioridad material de los estadounidenses y ese sentimiento lo sigo teniendo profundamente arraigado. Aun después de transformarme en adulto y profesional, esa necesidad de mostrar mis trabajos a los estadounidenses, de mostrarles a esos “hermanos mayores” cuánto había crecido desde aquellos tempranos días de la posguerra, quizá fuera el motivo más fuerte que me llevó a exhibir la muestra en Estados Unidos. No obstante, recién me percaté de esto cuando me hicieron esa pregunta simple. El joven reportero que la hizo comprendió muy bien este típico sentimiento japonés de mi parte. Escuchó tranquilo y con satisfacción, y vi sus ojos ponerse húmedos, lo cual me conmovió aún más.

Al poco tiempo de terminada la guerra, veíamos a los reclutas estadounidenses y lo que más me llamaba la atención eran los paquetes de cigarrillos Lucky Strike, sus jeeps, los envoltorios de la goma de mascar y los chocolates Hershey’s que nos daban generosamente a los niños, así como las coloridas insignias que llevaban en sus uniformes. Como pequeño niño hambriento a quien no le importaba la historia ni las razones por las que se peleaba la guerra, no tenía mucha idea del encono con que los japoneses habían luchado contra los estadounidenses y los británicos durante años, despreciándolos como a horribles fieras. Simplemente me maravillaban esas insignias y símbolos.

Desde que entré en la escuela primaria me encantaron las películas norteamericanas. En parte porque casi no había otra diversión o entretenimiento al alcance de nosotros –los niños en el área de Chikuho de la prefectura de Fukuoka (Kyushu), donde pasé la mayor parte de los días de la escuela primaria y los primeros años de la secundaria–, vi muchas películas norteamericanas. Las películas mostraban un mundo resplandeciente, de ensueño, digno de un planeta diferente. La gráfica de los títulos de muchas de esas películas que vi me impresionaron enormemente, especialmente la de El hombre del brazo de oro, La vuelta al mundo en 80 días y Bonjour tristesse. Más tarde supe que muchos de esos titulares habían sido diseñados por Saul Bass. De modo que crecí prácticamente adorando a Bass, quien todavía hoy es un activo diseñador gráfico en Los Ángeles. Estos fueron algunos de mis primeros encuentros con el diseño. De manera que cuando Bass aceptó ofrecerme sus comentarios en un volumen de una colección de mis trabajos exhibidos en Nueva York, me sentí profundamente emocionado.

Mi experiencia es similar a la de muchos diseñadores japoneses de mi generación. Sin ningún ánimo de menospreciar, a nosotros no nos tenían que decir con tantas palabras qué tipo de diseño tenía garra. Sentíamos su fuerza bruta, como si brotara a través de nuestros poros. Quizá sea esta la razón por la que el tipo de diseños que vi en la juventud sigue afectando mi trabajo.

Las impresiones provocadas en una mente joven son como el agua absorbida por la tierra seca y pueden determinar el curso de una carrera. Estas impresiones y recuerdos de los años arrasados por la pobreza, que fueron la estela de la guerra, quizás sean el mayor capital de mi vida.

 

 

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Shin Matsunaga

(Tokio, 1940). Es miembro de la Alianza Gráfica Internacional (agi) y del Club de Directores de Arte de Tokio.

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