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Notas sobre un encuentro parisino

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En la sala de un viejo caserón de la calle Heredia, en el barrio Villa Ortúzar de Buenos Aires, rodeada de libros autografiados por sus autores, reposa una caja de cartón sobre una mesita de café. Adentro, montones de papeles amarillos, tachados con anotaciones a veces ininteligibles, cuentan memorias de la vida del poeta y escritor uruguayo Enrique Amorim. Tuve la suerte de tener acceso a ese archivo y poder escudriñar esos papeles a mediados de 2012. No era la primera vez que alguien abría esa caja: representantes de la editorial española Alcalá ya se habían puesto en contacto con las nietas del escritor en 2010 para recabar información sobre el poeta de Salto, llevar a cabo un especial para la televisión española y escribir un libro que hiciera justicia a su trabajo. Aquel libro, El amante uruguayo, escrito por Santiago Roncagliolo y editado en 2012, fue solo una forma de reconstruir el supuesto amorío que habrían mantenido Amorim y Federico García Lorca (incluyendo la versión que indica que el cuerpo de García Lorca habría sido enterrado bajo el monumento que Amorim mandó a hacer en Salto). Enrique Saporiti –yerno del escritor y biógrafo involuntario de este– definió ese libro como “una sarta de mentiras basadas en hechos reales”. “¿Vos sabías que Amorim presentó a Picasso y a Chaplin?”, me dijo el mismo Saporiti, amigo de mi familia, cuando apenas comenzaba a interesarme en el periodismo. Me contó sobre la cena en el Ritz, el paseo de madrugada, la charla de ambos a orillas del Sena. Jamás había vuelto a escuchar esa historia; la había olvidado luego de que nadie se interesara en publicarla, quizá debido a la escasa recordación que tiene Amorim en este lado del Río de la Plata. Incluso dudé que fuera cierta, hasta que me sumergí en el microcosmos que guardaba aquella caja de cartón llena de polvo y de mecanoscritos originales del poeta uruguayo. Allí, entre historias de Quiroga y cartas de Borges, estaba el relato original de aquella noche de otoño de 1954. Charles Chaplin había salido de Estados Unidos, exiliado tras la furiosa caza de brujas emprendida por el senador republicano Joseph McCarthy y el jefe del fbi, John Edgar Hoover. Ya en 1947, el Comité de Actividades Antiestadounidenses aseguraba que la vida del actor y director contribuía a “destruir la fibra moral de Estados Unidos”, mientras que para el mentado senador “su comportamiento se aproximaba peligrosamente a la traición”. A fin de ahorrarse una mayor humillación pública, Chaplin renunció a su ciudadanía y decidió quedarse en Europa en 1952. Veinte años más tarde volvería a Estados Unidos para recibir un premio a su trayectoria.

Pablo Picasso –“monstruo de la atracción y la simpatía”, en palabras de Amorim–, como tantos otros republicanos españoles, había buscado refugio en el sur de Francia luego del triunfo fascista en la Guerra Civil Española. Durante el exilio, por medio del poeta francés Paul Éluard, había conocido a Amorim en el primer Congreso de Intelectuales por la Paz, realizado en Varsovia en 1948. “Les dije a Éluard y a Picasso: ‘Si van a recorrer el vacío donde estuvo el gueto, háganlo solos; es lo más tremendo que he visto en mi vida. Bajo las plantas de los pies se siente algo que no podría precisar’ ”. Su amistad con el pintor comenzó con esta frase, a partir de entonces se verían a diario. Amorim, dada su abierta militancia izquierdista –se había afiliado al Partido Comunista de Uruguay en 1947–, era perseguido en Argentina por el gobierno de Juan Domingo Perón y por ello alternaba su vida entre Buenos Aires, Salto y distintas ciudades europeas. Con 54 años, ya había escrito siete novelas, entre las que se destaca La carreta, y se había ganado el reconocimiento de la vanguardia literaria porteña participando activamente del Grupo de Florida, cuyo máximo exponente, Jorge Luis Borges, le dedicó su cuento “Hombre de la esquina rosada”. Al mismo tiempo, su obra poética le merecía elogios de figuras como Alfonsina Storni (en una dedicatoria lo define como “lobezno alado”) y Baldomero Fernández Moreno, quien le aseguró que “todo el sol uruguayo en tus arterias arde”. A partir del interés del cineasta, de la necesidad del pintor y de la filiación política de ambos, Amorim decidió organizar, en estricto secreto, una cena en el hotel Ritz con el fin de reunirlos. En aquella velada, además de los protagonistas, se encontraban el propio Amorim junto a su esposa, Esther Haedo; la cuarta mujer del comediante, Oona O’Neill, y Françoise Gilot, ya por entonces ex compañera del pintor. Luego de aquella noche de 1954, Picasso continuaría su exilio francés hasta el día de su muerte en 1973, mientras que Chaplin fundaría nuevas compañías en Inglaterra para poder seguir filmando. Amorim fallecería en Buenos Aires en 1960, apenas seis años más tarde. Aquel encuentro parisino fue mantenido con total discreción en aquel momento y olvidado durante demasiados años. La nota reproducida a continuación, único recuento de lo ocurrido en la voz de quien lo hizo posible, fue escrita originalmente para Marcha, pero jamás llegó a ser publicada en esa revista de la izquierda uruguaya. Esta pieza, conservada textualmente incluso con incorrecciones de estilo y tipográficas, es apenas uno de los increíbles hallazgos que aún esperan ser descubiertos dentro de esa caja en la sala de un viejo caserón de la calle Heredia.

—P. T. D., Buenos Aires, 2016

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