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El Malpensante

Artículo

Un oficio del siglo XIX

Memorias de un libretista de telenovelas

Tras más de cuarenta años de una relación marcada por desamores y reencuentros con una de las industrias más prolíficas de Latinoamérica, un involutario escribidor de culebrones relata la historia y señala la dimensión política de la telenovela criolla. 

© Fotografia de Huber Starke 

UNO

“A cada hombre le bastan su misterio y un oficio”, dejó dicho G. K. Chesterton en un poema que no creo famoso. Misterio no he tenido nunca, ¡qué le vamos a hacer!, pero desde muy joven mi único oficio fue el de escribidor de culebrones y eso bastó a mi vida durante muchos años.

Mis tratos con la telenovela comienzan en Caracas, mediando los años setenta del siglo pasado, cuando estudiaba en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central. En aquel tiempo remoto frecuentaba ya muy poco la Escuela de Matemáticas pues pasaba casi todo el día encerrado en casa, escribiendo frenéticamente los libretos de un programa radial. Para irnos entendiendo: me había convertido en el nègre de un antiguo decano de aquella facultad, quien producía un espacio de divulgación científica en la emisora estatal. Yo escribía también los guiones de un programa de salsa y latin jazz. Necesitaba aquella plata y en ganarla se me iban los días.

Mi mujer era una joven actriz de teatro que llegaba al fin de mes trabajando como figurante en telenovelas y la única persona en el mundo que sabía de mis tientas secretas con la literatura. Exasperada por nuestros apremios económicos, un día me persuadió de ir a hablar con el libretista de la telenovela en la que ella actuaba por entonces. El libretista me puso al habla con la persona indicada.

“El culebrón es un rubro semielaborado de exportación que no requiere tecnología punta y es poco intensivo en inversión de capital”, me dijo, campanuda, la persona indicada. “Video de baja resolución, 120 episodios de 44 minutos, cada uno narra una historia de baja resolución: eso es lo que hacemos aquí”.

Añadió que no había programas de entrenamiento, que aquel trabajo, sencillamente, se aprendía haciéndolo, y me propuso comenzar como “dialoguista”. Un dialoguista es alguien que escribe escenas sueltas siguiendo el diagrama que cada mañana le entrega el jefe de un equipo de escribidores.

Fui asignado al equipo de dialoguistas de una veterana escribidora a quien le entregaban raros infolios, olvidados libretos de antiguas “radionovelas” cubanas de los años cincuenta. Habían sido pr...

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