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El Malpensante

Coda

Difícil de abarcar

Fragmentos autobiográficos de una gordura

Hay tantas maneras de estar gordo como fórmulas para evitarlo. Cuando dietas, cirugías, pastillas mágicas y políticas públicas fallan en el intento de alcanzar la contextura del raquítico escritor atormentado, solo queda entregarse a la grasa para llenar las aspiraciones literarias. 

© Ilustración de Miguel Otálora

Hola, soy José Pablo Salas y quisiera ser gordo. Pero gordo de veras.

Quisiera poder llenar las cinco letras de la palabra; acomodar mi redondez en las redondeces que la forman y luego sobrepasarlas, desbordarlas de una masa informe de grasa y estrías. Pero es más difícil de lo que parece. Para empezar gordo lleva dos o, el signo más difícil de abarcar, el círculo perfecto que contiene nuestro asco y le da forma. Por si fuera poco, la g y la d también tienen cavidades gástricas, mucho menores, sí, pero no por ello hay que despreciarlas. Solo la r, la estricta y sonora r, hace que la palabra no sea un globo sin aire, fofo y ridículo; una torpe parodia de lo representado.

Quizá ser gordo es imposible.

*

No hay una palabra agradable para indicar lo que hace gordo a un gordo: barriga, timba, tripa, andorga, mondongo.

Dice el comediante Berto Romero que cuando la palabra “correcta” para una almorrana es hemorroide, significa que el español ya se nos rompió de tanto usarlo.

Cuando la palabra panza es lo más cercano a una buena palabra, tampoco podemos aspirar a llegar muy lejos.

Quizá ser gordo es una falla de Saussure.

*

Pero les mentí, sí soy gordo, solo que no todo lo gordo que quisiera. Como todo lo demás que me compone, mi sobrepeso tiende a lo gris, al pantano de la mediocridad, a un equilibrio perfecto y malsano que dista mucho del que promueven los expertos.

Así que la medición oficial de mi altura quedó en 1,74. No precisamente bajo, y a dos centímetros de lo que ya empezamos a considerar cercano al unochenta.

Tengo demasiadas dioptrías para salir a la calle sin lentes, pero no acumulo suficientes para provocar que la gente levante las cejas, me quite las gafas y mueva las manos frente a mis ojos como simios entrenados mientras dicen: “¿Puedes ver lo que estoy haciendo?”.

Mi pelo es negro, pero no demasiado negro. Mi piel es blanca, pero no demasiado blanca. No soy lampiño: cuando se lo permito, en mi cara crece una barba decente y espesa, pero no épica. Definitivamente, no una barba Esquire.

Acomodo en mis 174 centímetros casi cien kilos, y a pesar de e...

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José Pablo Salas

(Ciudad de México, 1991). Es editor de la revista digital Malinche. Ha colaborado en medios como Milenio, SoHo, Picnic entre otros.

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