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Breviario

Vida imaginada de Alejandro Rossi

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“¿Se puede vivir sin maestros?”. Varias veces le hice la pregunta a Roberto Bolaño, quien bautizó como “detectives salvajes” a los poetas cuya obra maestra era la existencia que llevaban. Bolaño se veía a sí mismo como un pionero; admiraba a algunos muertos pero no quería que nadie le diera un consejo. Hacia el final de su vida apreció a Nicanor Parra como un chamán irónico; sin embargo, para entonces ya se había formado a sí mismo y era el principal novelista latinoamericano de mi generación.

Por oponerse a su idea del arte en soledad, a Bolaño le sorprendía mi devoción por los maestros. Voy a hablar de uno imprescindible. Hace 36 años el azar puso en mis manos una raqueta de ping-pong y me llevó al departamento de Juan José Arreola en la calle de Río Nilo. Aunque mi padre había practicado el deporte en el internado de los jesuitas, el verdadero animador de esas tardes era su mejor amigo, Alejandro Rossi. Al fondo del departamento, en un cuarto hinchado por el humo, se jugaba ajedrez en el inquietante silencio que yo asociaba con los conspiradores de Dostoyevski. En la sala-comedor todo era estruendo: Arreola anunciaba sus estrategias como pregonero de feria mientras Alejandro frotaba la pelota contra el cocodrilo de su camiseta Lacoste y preguntaba por el marcador: “¿Cómo va la vaina?”.
 
Jugábamos con suficiente seriedad para participar en los torneos nacionales de tenis de mesa, pero lo mejor eran las pausas en las que Alejandro hablaba con divertidísima mala leche. “La especie humana, misterio perenne, produce el león y la rata”, escribió en su ensayo sobre Ortega y Gasset. En el departamento de Río Nilo el bestiario de las letras era descrito sin desperdicio. Recuerdo la caracterización de un escritor laborioso y desigual: “Es una hormiga satisfecha de sí misma, demasiado llena de miel”. Años después, cuando contemplé una foto de una hormiga mielera, pensé en el escritor que el experto aguijón del cazador fijó en mi mente.
 
Supe que merecía una confianza más allá de su amistad con mi padre cuando permitió que limpiara su coche en compañía de su hijo Lorenzo: “Quédense con el dinero que encuentren”, nos dijo. Había logrado desordenar el interior de su Opel a un nivel de fábula. En el caos de papeles y objetos olvidados aparecieron monedas y algún billete.

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Juan Villoro

Ganó el Premio Herralde en 2004 por su novela 'El testigo'. Su última publicación es el ensayo 'Balón dividido'.

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