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Ficción

La vida que nos merecemos

.

© Palos ilustrados por Electrobudista

Se reían y no podían parar de reírse, reían a toda gana y se seguían riendo mientras apuraban el trago de alcohol que casi se ahogaban y también mientras fumaban la colilla de bazuco y tosían y gargajeaban riéndose del Profe que remedaba la cara de espanto de la señora cuando los vio ahí parados en mitad de la sala con sus costales, sus trapos sucios y las lagañas en la cara sin saber qué hacer, ni ellos ni ella, y apenas tocaron el timbre para pedir periódicos viejos, frascos, botellas, aun cuando fuera una comidita medio pasada y, sin saber cómo, la puerta que se abrió y la señora que dio la espalda y se fue para el cuarto como si estuviera esperando justo en ese momento a alguien y de puro convencida no reparó en quiénes eran, tan meniada iba y tan segura de que era otro y no ellos, y apenas se miraron y se adentraron en la casa, el living amplio y fresco con sus matas de interior lustrosas y mansas y los grandes cuadros y las porcelanas refulgentes en su instantánea quietud y todo tan elegante y caro, y como nadie les dijo que no siguieran ellos siguieron, y de pronto la señora se detuvo y dio media vuelta, así, lentamente, sin afán, con una sonrisa entre cómplice y satisfecha y fue poniendo todo lo lento que se pueda usted imaginar los brazos en jarras sobre la prominente osamenta del sacro y ahí fue cuando la escena se descompuso como un montón de vidrios rotos, como si la cara se hubiese vuelto un coágulo de horror entre los labios pintarrajeados, y cerró el deshabillé de cualquier manera intentando esconder timorata la lencería italiana, abriendo mucho pero mucho los ojos pero sin atreverse a decir esta boca es mía, marmórea, atrapada en su susto y los espantapájaros apenas que la vieron de esta manera tuvieron una parálisis contagiosa y lo siguiente fue que se les ocurrió devolverse y correr pero el instinto dio otra orden y en vez de huir avanzaron muy a tientas, con la cabeza adelantada, olisqueante, par de parias sin saber qué seguiría, que si de pronto un perro feroz y asesino aparecía y los devoraba así fueran roñosos y famélicos o quién quitaba que un hombre con una escopeta los levantara a pepazos, y ya iban llegando donde la vieja y la tomaron en andas sin mayor resistencia, aunque también podía suceder que de pronto se disparara una alarma y tras de la sirena se dejaran venir tombos, tiras y la legión extranjera, y la llevaron para la sala y la mano vinagrosa del Sopas le tapó la boca para que no reaccionara, Siéntese señora, siéntese que nada le va a pasar, acomódese no más y nosotros echamos una miradita que no todos los días uno tiene la oportunidad de conocer una casa tan bonita, y la señora jadeaba y parecía que ya se iba a vomitar y los ojos que tenía reabiertos que bailaban de lo puro desmesurados que si seguía así se le iban a salir y mientras el Sopas la sentaba y la amarraba de la silla de la sala que para eso cuerda nunca le falta a un desechable y como ya se estaba cansando de tenerle la mano apretada contra la boca carminada lo único que atinó fue meterle entre la jeta una media que traía en la chaqueta, mientras el Profe iba directo a la cocina buscando algo de comer que ya eran como las tres y ni desayuno ni almuerzo hubo ese día y el Profe se decía entre feliz y temeroso que era el colmo de las buenas, pues no parecía haber en esa casota nadie más que la señora, seguro que era el día libre de la muchacha y el chofer estaría en el aeropuerto recogiendo al señor y después vendrían los niños del colegio y todos se sentarían felices a contarse cómo estuvo su día mientras mamá preparaba la comida y cómo te fue mi amor y cómo están mis niños, que qué familia tan feliz que ni la de la leche Klim, por eso había que apurarle, a lo que dé y tomar lo que más se pudiera y salir de allí a las volandas antes de que llegaran todos, y uno será pobre y arrancado en esta vida pero no pendejo como para dar papaya, para que lo maten por ahí como vulgar robagallinas o se lo lleven para la blanca a pan y agua, que la vida de la calle será dura pero es más dura la vida en el encierro, cuando de pronto un grito y un barullo lo espantaron, un estropicio indefinible lo aventó contra la sala y ahí sí de verdad nos iban a dar por el culo y quién me mandó a meterme en estas y al volver de la cocina el Profe encontró al Sopas que sin saberse cómo había prendido el equipo de sonido y atronadora la voz de Diomedes Díaz se desgañitaba con un vallenato, por eso, furioso el Profe se le arrimó y el Sopas que se volteó y lo miró feliz como diciendo ¡Eureka!, si el viejo Arquímedes hubiera sido ñero, con una botella de Chivas en la mano y soltando apenas una carcajada desde la negrura de su boca desdentada, No seás animal, le dijo el Profe, ¿querés que todo el mundo se dé cuenta que estamos aquí? Fresco parce, no se ponga así, mándese un chorro, ¿no ve cómo se oye de bacano aquí el Cacique de la Junta? Y el Profe cogió la botella con rabia y se tomó un trago largo. Al final abrió la boca grande y dejó un agggg redondo y rotundo con la cabeza extendida y los ojos apretados paladeando el Jue-pu-ta, el primero siempre pasa en reversa, Sopas, ¿o no? El Profe ladeó la cabeza una y otra vez para atenuar el latigazo, los dos se rieron con ganas y el Sopas le arrebató la botella y bebió. El Profe caminó hasta el equipo y buscó el volumen. Después de varios intentos la música bajó y Diomedes fue apenas una compañía modulada.

Oíste Sopas, ¿vos si te acordás que cuando llegaste a la cocina lo primero que viste fue un frasco con un jugo rojo de lo más bonito y tomabas y tomabas pensando que era un refresco?, y apenas llegué te encontré echando espuma por la boca como si te estuviera dando un ataque y te dije que no fueras bruto que eso era detergente con olor a frutas, como nunca aprendiste a leer, y otra vez se carcajean y vuelven y pasan el alcohol con limonada para que todos beban y así otra ronda, y entonces el Sopas revira y le dice al Profe, duro para que la plenaria ñera pueda seguir manteniendo la carcajada, Y vos sabrás leer y todo pero ¿te acordás que cogiste un queso lleno de hongos por encima y yo que te decía, Cuidado Profe que ese debe estar pasado, y apenas te mandaste de una un trozo comenzaste a escupirlo por todo el piso porque tenía más sabor a pecueca que las medias mías? Vuelven a reír sin contenerse y dicen que ahora sí nos cagamos de la risa y mientras se ríen atalayan de qué lado de la ronda está el pipo, puro alcohol noventa grados con limonada y la pata de bazuco que se pelean al acelere de las yemas quemadas de uñas largas y mugrosas, mientras el Profe y el Sopas levantan de cuando en cuando la cabeza intentando traer recuerdos de aquel día.

En la nevera había un frasco de salchichas Viena y cada salchicha la pasaban con whisky. Abrieron a punta de cuchillo un tarro de salmón finlandés y lo dejaron a la mitad porque no encontraron pan para acompañarlo. Destaparon unos mejillones en escabeche pero les pareció que sabía mejor la cuca de una ñera y los botaron en el acto, la mostaza dijon estaba demasiado picante y, desesperados, se pasaban la mano por la lengua para deshacerse del sabor. Oíste, Sopas, estos ricos sí comen muy maluco. Pero beben muy bueno, reviró el Sopas arrastrando las palabras todavía con la botella de whisky en la mano. La señora seguía en la sala atragantada, no se iba a morir pero se le veía el atafago, tanto que el Profe, con lo desconfiado que era, se compadeció de ella y le sacó el tarugo de media que tenía en la boca y de a poco vino recobrando los colores. Todavía estaba muy asustada para gritar y apenas les dijo con trabajo, No me hagan nada, se los ruego. Yo estoy sola, esperaba a alguien pero no vino. Madrecita, dijo el Profe casi con afecto, no se preocupe, le mandó el brazo encima del hombro, nosotros, se tomó el último trago de la botella y midió las palabras una a una, somos gente bien. Pobres, pero a lo bien. El Sopas buscó en el bar otra botella y como no sabía ni entendía se dejó llevar por la apariencia barroca de un Swing 18 años. Egoísta no era y le cedió a la señora el honor del primer trago. Ella lo dudó y mientras miraba la botella pensaba que si decía que no los desairaba y esta gente era de por sí violenta y caprichosa y si decía que sí, qué asco, pero con ese susto apenas un trago para afinar los nervios, ¿qué hacer? ¿Qué diría el libro de etiqueta de doña Sofía Ospina? Tomó la botella con dignidad y apuró un trago. El Profe abrazó a la señora, la soltó a medias y la atrajo de nuevo hacia sí intentando ser amable. Señora, ¿sabe cómo nos llama la gente de bien? No señor, dígame usted. Desechables. ¿Desechables? Sí señora. ¿Sabe usted qué es un desechable? Es una masa de carne vieja, huesos, sudor y mugre que se tira porque ya no da para más. Como si con el pañal que cagó el bebé botáramos al bebé o si con la toalla de la percanta que menstrúa botáramos a la muchacha o como si al tísico lo echáramos con su sangre y su pañuelo. ¿Desechable yo que vivo bajo un puente que costó más que esta casa, que fue inaugurado por el presidente y bendecido por el señor obispo? Dígame señora: ¿esta casa la inauguró el presidente? La señora dijo que no con la cabeza. ¿Y la bendijo el obispo? La señora dijo que tampoco con la misma cabeza. ¿Sí lo ve?, se levantó el Profe y manoteó mirando al Sopas que celebraba cada frase con un chorro de Swing. Se sentía en un comercial de whisky, como si estuviera en el medio de un grupo de amigos ricos que acaba de jugar una partida de golf y celebra con el mejor whisky del mundo el hoyo en uno del inefable míster Brainbridge. ¿Quiere que le dé la receta de mi almuerzo de ayer?, volteó a preguntar el Profe y siguió sin esperar respuesta, se toman varias hojas de periódico, ni muy frescas porque sudan demasiada tinta, ni muy viejas porque se expone a que la consistencia quede muy pastosa, se pican menuditas y se echan en una olla con agua caliente. Se espera a que se deslíen y se va formando un caldo gris y espeso. Se bate bien y se agrega aceite para que no se ponga grumoso, se le añaden hojitas de cilantro, sal y pimienta al gusto y se sirve. Si se han recogido panes o arepas se acompaña o si no se boga solo. Me queda rico, para qué lo niego. Para que vea señora que usted apenas lee prensa y yo me la devoro, a eso es a lo que yo llamo de verdad ser reciclador. El Sopas prendió un Cohiba que había encontrado en el bar y se metió sentencioso en la charla, Ahí donde usted lo ve el Profe es un mancito bien leído, antes de ser ñero era profesor de la universidad pero se enloqueció de leer cualquier mierda que le cayera a las manos, qué hombre tan desocupado, ¿no?, y de puro garoso y bazuquero vino a dar al parche, pero ahí donde lo ve el hombre es de lo recorrido que conozco. A ver, pregúntele lo que quiera, a ver. Sin esperar, fue hasta el sofá donde habían puesto las cosas y se trajo una carpeta llena de recortes de periódicos y revistas, la abrió y se la mostró a la señora dándole toda la importancia que a sus ojos merecía, Vea, el hombre va recortando de las revistas artículos raros y después se queda leyéndolos y hablando solo o a veces arranca a discutir y a manotear con el periódico. Por eso será que está tan loco. ¿O no, parce? Sisas, dijo el Profe prendiendo un cigarrillo y dando una pitada larga y satisfecha. La señora comenzó a mirar al bar con insistencia y el Profe le dijo, medio molesto porque esperaba por lo menos una palabra de reconocimiento de ella, ¿Qué quiere la señora, ah pues? ¿Me puede soltar las cuerdas?, apenas le respondió la señora, es que me aprietan las muñecas. Las muñecas, qué tierna, dice el Sopas sardónico. Soltáselas, Sopas. ¿Me puede dar un cigarrillo? Sopas, traele un cigarrillo. No, no. ¿Puedo ir por él? Los ñeros se miran medio desconcertados. El Profe, entendiendo el fondo higiénico de la petición dijo con maldad, Sí pero si lo prende con el cigarrillo mío. La señora tomó un cigarrillo y le pidió al Profe el suyo. Él lo puso en su propia boca y ella no tuvo más remedio que acercar el cigarrillo contra el que estaba en la boca de él. El Sopas soltó un grito de victoria, Pero qué belleza, si son como el uno para el otro. ¿Me puedo servir un trago?, preguntó la señora. ¿Y no le gusta este?, dijo el Sopas mostrando el Swing que tenía en la mano. De verdad prefiero el vodka. Huy, volka, ¿oíste Profe? Ese debe ser más fino que este. Yo creo que ese sí me saca ampollas en la boca. ¿Y por qué le gusta ese y no este?, preguntó el Profe. Porque los tragos blancos dan menos guayabo, dijo la señora. Esa no me la sabía yo, tenelo en cuenta Sopas para que de ahora en adelante solo tomemos vodka. La señora bajó los ojos, azorada, y dijo, Está bien, y el Profe, pedagógico, le declaró, Vea señora, le agradezco el dato, pero permítame decirle que yo en cuestión de tragos no soy exclusivista, a mí lo que me gusta es la excepcionalidad.

En esas llega la Chilindrina, indefinible en su edad, en el color de su pelo, enfundada en sacos de lana y una chaqueta de paño con las mangas dobladas. El Diablo celebra la llegada y, sin pararse, le abre los brazos y le hace espacio entre él y el loco Waldisney. Venga para acá perrita, que aquí está su Mejoral ¿Perrita? Su madre, gonorrea. Hacete pues donde querás, retrechera, le dice el Diablo mientras todos corean un huyyy, como queriendo dar coba. Al fin, ella se sienta y codea al Diablo riendo, como quien ha dicho la última palabra. El Sopas se levanta y saca de una caja de cartón un trozo de salchichón ordinario y un pan grande. Lo corta sosteniendo el cuchillo en la palma callosa y sucia. Comienza a repartir pedazos de salchichón encima del pan y, mientras mastica, Perranegra le pregunta al Profe, Bueno loco, decime, ¿al fin de cuentas se tiraron a la vieja o no?

Dígame una cosa señora, ¿y su marido? La señora se había tomado dos tragos de Finlandia uno detrás de otro y prendió otro cigarrillo. Estaba más tranquila y ya ensayaba una sonrisa incómoda. Ese tal por cual me dejó. ¿Pero cómo va a ser? Bueno, se voló con una plata que le tumbó a medio Manizales. Era gerente del Banco de Caldas y cuando el banco comenzó a tener problemas financieros el desgraciado alzó vuelo. La gente prefirió mirar para otro lado y hacerse a la idea de que el dinero se había perdido. La investigación fue exhaustiva pero nunca llevó a nada. Esta sociedad piensa que es mejor perder la plata que arriesgar el linaje y todos tan tranquilos que así se arreglan las cosas entre la gente bien. Ayer, él, mañana pueden ser ellos. Dígame, señora, preguntó el Profe, inusualmente serio, ¿cuál es la gente bien? La señora levanta los brazos y le dice, sépalo y entiéndalo que hay tres preguntas para las que nunca habrá respuesta, la primera es el sentido de la vida, la segunda es si hay vida después de la muerte y la tercera es esa. Los tres rieron, apenas con una risa leve y desencantada y después de un breve silencio el Sopas preguntó, ¿Y los hijos? La hija. Vive en Miami. Se casó con un cubano y dice que por aquí no vuelve ni a deshacer los pasos. ¿Y no tiene sirvienta? Por días. Con la plata que me manda la hija no me da sino para pagar una muchacha por días. O sea que usted vive en este caserón sola. El Profe la escrutó con los ojos fijos de un anatomista lúbrico. No está fea, pensó, un tanto veterana, pero se acordó de que una vez leyó que la mujer de los cuarenta a los cincuenta se parece a Europa, con muchas ruinas pero todavía interesante, y aunque está jamona, reconoció que para él eso no era defecto, al fin de cuentas donde hay carne hay fiesta. Sola no, qué va, respondió la señora, si precisamente estaba esperando unas amigas para jugar a las cartas. ¿Sí? No jodás, le dijo el Profe abriendo bien los ojos. ¿De manera que usted recibe a las amigas en esa facha? Y nosotros que pensábamos que estaba esperando algún mancito, un tinieblo, ¿me entiende? La señora bajó los ojos. Fresca seño que con nosotros no tiene que andarse con secretos. Uno tiene que echarse sus polvitos de vez en cuando. ¿No ve que órgano que no se usa se atrofia?, dijo el Profe ¿Y es que nosotros no le servimos?, preguntó el Sopas, alzando la voz, como si de verdad estuviera en condiciones de ensayar un reclamo. Mirá Sopas, vos no te las vengás a dar de macho aquí que lo tuyo son los muchachitos. Y eso a vos qué te importa, sapo hijueputa. El Sopas se vino contra el Profe blandiendo la botella como listo a descargarla contra su cabeza, pero este, sin inmutarse, le detuvo el brazo en el aire y con la mano libre le manoseó la cabellera. Vea pues cómo se puso de digno este pirobo, fresco güevón que vos sos mi parce, le dijo, mientras lo agarraba cariñoso por el cuello y lo llevaba a un lado susurrándole, ¿Sabés qué papito?, dejemos la cosa así que esta señora no va a dar nada y es mejor seguir la fiesta sin tropel. ¿Me entendés, Sopas? Si te da mucha arrechera mejor andate pa’ un baño y te boliás la paja, que yo aquí te espero. ¿Cierto que la fiesta está buena?, le preguntó el Profe a la señora. ¿Usted no tiene nada para darse en la torre? Porque todos los ricos tienen porquerías de esas por ahí. La señora, que ya se había tomado media botella de vodka fue dócil hasta el bar y de un cofre sacó un porro, lo prendió, dio una pitada larga y temperada y se lo pasó al Profe. Este se lo entregó al Sopas como ofreciendo la pipa de la paz; el Sopas lo cogió entre los dedos índice y pulgar, aspiró hondo y áspero del cigarrillo y aguantó largo hasta que le vino la tos, soltó la bocanada y lo devolvió al Profe que repitió la dosis con ansiedad. Los tres se rieron, claro, la señora a medias y el Profe le volvió a reclamar, Claro que yo esperaba que usted sacara otra cosa, porque esto será para pobres como nosotros, pero un rico debe tener cosas más finas. ¿Usted lo que quiere es perico?, preguntó la señora. Eso, un pase no más. La señora lo miró como arrepentida de haber cedido tanto. Ya le parecía el colmo haber llegado adonde estaba, como para seguir dando terreno. Entonces dijo, como para oírse a sí misma defenderse, ¿Y yo qué soy pues, la boba del síndrome de Estocolmo o qué? Los ñeros se miraron y el Sopas levantó los hombros sin entender. El Profe ensayó una mueca y le dijo, ¿Boba?, usted de boba no tiene nada mijita, a ver pues el perico que ya me estoy emputando. Él mismo fue hasta el bar de donde provino la marihuana y comenzó a tirar al suelo ceniceros, sacacorchos, portavasos y antes de que siguiera el daño la señora le dijo, ahora indefensa, Vea Profe, ahí enseguida del cofrecito hay una cajita de música, busque ahí. ¿Si oístes?, te llamó Profe, eso sí es el principio de una buena amistad. ¿Y yo cómo me llamo? El Sopas. Más duro que no se oye. El Sopas, ¿no me oye? Usted se llama el Sopas y yo me llamo Myriam por si no lo sabían, hijueputas. El Profe se detuvo con la caja de música en el aire, ya abierta, mientras sonaba infantil Para Elisa. La miró un instante y soltó una carcajada, Vea pues, se puso tierna la señora, ya nos ganamos un madrazo, eso se merece un chorro y un pase.

¿Entonces ustedes no fueron capaces de comerse a la vieja? Vea pues, mi Dios le da pan al que no tiene dientes, dice el Diablo. Si a mí me llega a tocar, me tiro a la vieja y la mato, porque esos ricos son muy canallas y después no descansan hasta que no le hagan venganza a uno. Yo sí la mato y me robo lo que más puedo. Esto es todos contra todos. Pues sabés que sí, Diablo, responde el Profe muy serio, yo también pienso lo mismo. El Sopas lo mira, incrédulo. El Profe mira fijo al Diablo y le dice, Ya estábamos muy borrachos y empericados, cuando me voy para el baño y al volver encuentro al Sopas como un zombi mirando la televisión y a la vieja que estaba en el teléfono haciendo una llamada. Yo me le fui y me imaginé que estaba llamando a la policía. Traidora, le dije, ¿a quién llamás? No, solo estaba llamando a la licorera a pedir más trago. Vos sí sos bobita Myriam. ¿Pensás que nací ayer o qué? Mirá ese bar lleno de trago. Pero si se acabó el vodka. Qué vodka ni qué vodka, mis calzones, vos estabas llamando a la policía. Y yo que pensaba que me había conseguido una amiga de la jai. ¿Sabés que les hacemos a los sapos? Los estripamos. Y cogí la misma cuerda del teléfono y la jalé y se la enredé en el cuello y le di tres vueltas y comencé a tirar fuerte hasta que los pies se le levantaron del suelo y se puso lívida la vieja y sacaba la lengua que apenas le bailaba y yo apretaba la cuerda hasta que la lengua se aquietó y entonces se dejó caer contra mí livianita y ahora sí se le salieron los ojos y se puso toda morada y aunque le solté la cuerda no recompuso el color y entonces la acosté en el sofá y todo el cuerpo se le fue poniendo pálido primero y después volvió a amoratarse y hasta ahí llegó la vieja. ¿La mataron?, dicen todos, abriendo bocas y ojos que fulguran entre el chisporroteo de los leños. Pobre vieja, dijo la Chilindrina, la pusieron a chupar gladiolo. El Sopas sigue mirando al Profe y la única manera de llamar a su mirada es estupefacta.

Dígame, señora, ¿después que la dejó su marido no se volvió a casar?, preguntó el Profe. ¿A casar? No. ¿Sabes que, Profe? Como tú dices, te agradezco el dato, pero en mi opinión si conoces un hombre ya los conoces a todos y, francamente mis queridos, y perdón por lo que les toca a ustedes, los hombres son una mierda. Es lo que yo digo, apoyó el Sopas moviendo la cabeza de arriba a abajo. Salí con varios hombres todos del mismo círculo del club de mi marido y como dicen pueblo chico infierno grande, quedé hasta la coronilla de traer y llevar chismes, de que me me trataran como una abandonada y preferí encerrarme aquí. Los ricos sí son muy complicados, dijo el Sopas antes de meterse otro pase. Complicados sí, ¿pero ricos?, quién sabe, volteó a decir la señora. No hay nada más parecido a un pobre que un rico de Manizales. El Profe se reía. Le quedó sonando la frase y la repetía mientras iba al baño. El Sopas descubrió un televisor que había a un lado de la sala y se entretuvo viendo un canal de modas, ¿Si viste que chimba de hembra? Profe, ¿dónde andás? Buscó al Profe con la mirada hasta que la señora le hizo señas de que estaba en el baño. El Sopas bebía tragos de whisky sin apartar los ojos de la pantalla. La señora fue hasta el teléfono. Hablaba con alguien cuando llegó el Profe con la sombra de su risa en el contorno de los labios. Ella ni siquiera lo sintió llegar. Traidora, ¿a quién llamás? La mujer soltó el teléfono y apenas atinó a jugar con los labios y a parpadear seguido en el acelere de la coca. No, yo solo estaba llamando a la licorera a pedir más trago. Vos si sos bobita Myriam, ¿pensás que nací ayer, o qué? Mirá ese bar lleno de trago. Pero si se acabó el vodka. ¿Se acabó el vodka? Mucho cuidado mija. Sopas, ¿vos es que sos bobo o qué? Me descuido y la dejás hacer lo que quiera. ¿Y si estuviera llamando a la policía? ¡Sopas! El Sopas volteó a mirar al par con ojos cuadrados y saltones. No más vodka para nadie, se jarta lo que hay aquí o se beben mis orines. ¿Oíste Myriam? Sí, Profe, lo que digas, cálmate Profe, cálmate. Mejor tomate otro, dijo el Sopas y se acercó con lo que le quedaba del whisky. Los tres tomaron de la misma botella y la señora agarró al Profe del hombro, tranquilo hombre, créeme. El Profe fue hasta el bar y miró las botellas. No había vodka, comprobó, y ya no había mucho que escoger. Entonces tomó una botella de ron, se mandó un trago con un aire de molestia en el entrecejo y se dirigió a la señora, mandón, Poné música. ¿Tenés algo de las Hermanitas Padilla? ¿Te gustan? A mí también, dijo la señora, conciliadora. Fue hasta el equipo de sonido, complaciente, y sacó Lo mejor de las Hermanitas Padilla.

Qué dirán

los de tu casa cuando me vean tomando

pensarán que por tu causa yo me vivo emborrachando

y ándale...

La señora se movía en círculos cantando y le arrebató suavemente la botella al Profe, tomó un trago largo, la mantuvo cerca de su boca como si fuera un micrófono, se sentó en el sofá y sin más anuncios clavó la cabeza contra su pecho. Comenzó a roncar. El Profe fue hacia ella, le quitó sin afanes la botella y se recostó en la puerta que daba al patio. Amaneció. El Sopas cabeceaba en un sillón. Entonces el Profe fue hasta el cuarto y buscó en la cartera de la señora. Encontró cincuenta mil pesos, tomó treinta y despertó al Sopas, procurando no hacer ruido, Vámonos Sopitas que está amaneciendo. El Sopas se levantó tambaleante e indefenso. Al llegar a la puerta el Profe se detuvo y miró lo que había quedado atrás. Se devolvió hasta el cuarto y trajo una cobija que puso encima de la señora. La miró dormir un rato, dulcificada, y fue por su parcero que tambaleaba sobre el marco de la puerta. Lo cargó y salieron.

Se acabó la historia, se acabó el alcohol alhucemado, la limonada, el bazuco y el fuego que reúne. Los ñeros se han ido y debajo del puente solo quedan el Profe y el Sopas. Profe, Profe, llama el Sopas en un susurro, ¿será que en estos días podemos volver a visitar a la señora? Seguro Sopitas, vamos a volver a visitar a Myriam. Profe, ¿me vas a enseñar a leer? Dormite marica que mañana hay que levantarse a buscar el desayuno.«

 

 

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