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El Malpensante

Ficción

La vida que nos merecemos

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© Palos ilustrados por Electrobudista

Se reían y no podían parar de reírse, reían a toda gana y se seguían riendo mientras apuraban el trago de alcohol que casi se ahogaban y también mientras fumaban la colilla de bazuco y tosían y gargajeaban riéndose del Profe que remedaba la cara de espanto de la señora cuando los vio ahí parados en mitad de la sala con sus costales, sus trapos sucios y las lagañas en la cara sin saber qué hacer, ni ellos ni ella, y apenas tocaron el timbre para pedir periódicos viejos, frascos, botellas, aun cuando fuera una comidita medio pasada y, sin saber cómo, la puerta que se abrió y la señora que dio la espalda y se fue para el cuarto como si estuviera esperando justo en ese momento a alguien y de puro convencida no reparó en quiénes eran, tan meniada iba y tan segura de que era otro y no ellos, y apenas se miraron y se adentraron en la casa, el living amplio y fresco con sus matas de interior lustrosas y mansas y los grandes cuadros y las porcelanas refulgentes en su instantánea quietud y todo tan elegante y caro, y como nadie les dijo que no siguieran ellos siguieron, y de pronto la señora se detuvo y dio media vuelta, así, lentamente, sin afán, con una sonrisa entre cómplice y satisfecha y fue poniendo todo lo lento que se pueda usted imaginar los brazos en jarras sobre la prominente osamenta del sacro y ahí fue cuando la escena se descompuso como un montón de vidrios rotos, como si la cara se hubiese vuelto un coágulo de horror entre los labios pintarrajeados, y cerró el deshabillé de cualquier manera intentando esconder timorata la lencería italiana, abriendo mucho pero mucho los ojos pero sin atreverse a decir esta boca es mía, marmórea, atrapada en su susto y los espantapájaros apenas que la vieron de esta manera tuvieron una parálisis contagiosa y lo siguiente fue que se les ocurrió devolverse y correr pero el instinto dio otra orden y en vez de huir avanzaron muy a tientas, con la cabeza adelantada, olisqueante, par de parias sin saber qué seguiría, que si de pronto un perro feroz y asesino aparecía y los devoraba así fueran roñosos y famélicos o quién quitaba que un hombre con una escopeta los levantara a pepazos, y ya iban llegando donde la vieja y la tomaron en andas sin mayor resistencia, aunque también podía suceder que de pronto s...

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Gustavo López

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