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Ficción

Fuera de juego

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© Ilustración de Diego Portilla

La primera vez que caminé sin rumbo por Barcelona llegué hasta el Camp Nou. No entré. No había partido. Me senté a mirar por fuera el estadio más grande de Europa, la catedral del Barça. Un cartelón decía: “Més que un club”. Para entonces el catalán ya me parecía una lengua arrogante.

Solo volví al Camp Nou en otra ocasión, y fue para encontrarme con el duelo más intenso del fútbol mundial. No me creía del todo estar sentado allá dentro. Aquella noche noté que Cristiano Ronaldo, la estrella del Real Madrid, tenía una protuberancia junto al cuello, un bulto que se le marcaba bajo la camiseta blanca. Pensé que podía ser un tumor benigno.

No había muebles en el apartamento. Frank Marcos decía que ya era bastante duro pagar el alquiler como para ponerse a comprar sillones. Además, en cualquier momento habría que salir corriendo. Al anochecer llegaba el Estatua. Tiraba en una esquina el arco, las flechas, el gorro; luego abría una lata de cerveza y se sentaba en el piso, frente al televisor, sin quitarse la pintura de la cara

–¿Qué vuelta?

–Ahí –contesté.

Le decíamos el Estatua porque hacía de Robin Hood en La Rambla. Se pasaba horas con la cuerda estirada, casi sin pestañear, apuntando la flecha hacia un blanco inexistente.

–Cuando me empeñé en ser actor –me dijo apuntando a la pantalla con la lata de cerveza–, Cuba perdió un gran delantero centro. Te lo puedo asegurar.

En la televisión daban un resumen de la última jornada de la Liga. Los equipos pequeños seguían poniendo de su parte para no desaparecer en la hierba del terreno, tragados por un tedio infinito que también era una forma de dignidad.

–Al mediodía tocaron a la puerta –informé–. No abrí.

–Estás paranoico, bróder. Debe haber sido la casera.

Un día Frank Marcos se apareció con unos libros bajo el brazo y anunció que el túnel estaba terminado. Ya podían empezar la operación.

–Al fin –dijo el Estatua frotándose las manos pintadas de blanco, como guantes. Frank Marcos tiró los libros sobre una colchoneta y me dijo:

–Tengo un trabajito para ti.

–Pensé que lo tenían todo cubierto por allá abajo –dije.

–Es aquí. Nosotros vamos a estar moviéndonos, y necesitamos un guardia. Será solo por unos días, no tienes de qué preocuparte –abrió la puerta de un cuartico donde se acumulaban trastos–. A que no adivinas a quién vamos a secuestrar y esconder ahí dentro.

El Estatua sonrió. Frank Marcos se puso en la cabeza un pasamontañas negro.

 

Lo conocí en Centro Habana, donde ambos frecuentábamos los talleres literarios. (Allí conocí a varios de los implicados en la operación de La Central.) Éramos jóvenes, éramos buenos. Nos sentábamos a leer poemas y cuentos en saloncitos mal iluminados mientras afuera, en la calle, se amontonaban las ruinas. Íbamos de parque en parque y de tertulia en tertulia, a escuchar, comentar, discutir. Entonces algo pasó. Nos descompusimos. Algunos tocamos fondo. Él se convirtió en una especie de terrorista. Recuerdo una ocasión en que el asesor literario le preguntó su criterio sobre lo que alguien acababa de leer en el taller.

–Yo no diría que es malo –dijo Frank Marcos–, porque decir que es malo equivale a suponer que algún texto que nosotros escribamos puede ser bueno. Y todo lo que nosotros podemos escribir, todo lo que nosotros vamos a escribir en nuestras miserables vidas, en caso de que sigamos escribiendo, ya es malo por definición.

Cristiano Ronaldo tenía los ojos abiertos, pero no miraba a ninguna parte. Le colgaba la mandíbula. Parecía cataléptico. Sin embargo, se veía extrañamente natural. El Estatua y otro encapuchado lo arrastraron hasta el cuarto. El otro encapuchado, un gordiflón que vestía una camiseta vieja del Barça, dijo:

–Me quedo con esto –y le sacó a Cristiano Ronaldo la camiseta número siete del Real Madrid (¿con camiseta y todo?, me preguntaba yo, ¿pero de dónde lo traen?, ¿cuánta gente está en este juego?). Y el bulto quedó a la vista.

Era una deformidad oscura que emergía entre el cuello y el hombro y proyectaba un delgado relieve sobre la espalda hasta el omoplato, como una cola de reptil. Tenía dos prolongaciones cortas que sugerían bracitos. Solo le faltaba la boca para semejar un bicho asqueroso.

Cristiano Ronaldo seguía inconsciente, pero en su bulto se abrieron dos ojos. El bicho chilló.

El túnel comunicaba un sótano oscuro del Raval con el subsuelo de la librería La Central. Bastaba mover unas piedras del enlosado para subir a la planta baja, por la sección de poesía. Una vez dentro se repartían por todas las secciones, llenaban las cajas de libros. Abajo, en el túnel, las cajas llenas pasaban de mano en mano, mientras en dirección opuesta seguían subiendo cajas vacías a la librería. Luego, en el sótano, el cargamento salía de las cajas y los libros iniciaban múltiples recorridos dentro de pequeños paquetes que se distribuían (de mano en mano, en otro trasiego subterráneo) por toda Barcelona y de allí hasta Madrid: una red de enlaces se ocupaba de que los libros robados, centenares de libros, miles de libros, encontraran poco a poco un espacio en las mochilas, los bolsos, los maletines, los equipajes de quienes en algún momento viajarían a Cuba. El dinero también se movía, pero no tanto. No era cuestión de dinero, que por otra parte apenas teníamos, sino de organización, de contactos. Y de estrategia: la operación de succionado (a Frank Marcos, el estratega, le gustaba esa palabra) de La Central, a la que también nos referíamos como La Descentralización, debía permanecer low profile. La policía y la prensa españolas tenían que concentrar su atención en un asunto mucho más terrible e infinitamente más jugoso. Un asunto tan hipermediático que a nadie se le ocurría pensar en desapariciones de libros. La desaparición de Cristiano Ronaldo, por ejemplo.

 

Abrí la puerta. El bicho había dejado de chillar. Jadeaba y me miraba fijo con sus pupilas grises. Descubrí que tenía unos dientecitos bien puntiagudos y una lengua filamentosa. Entonces empezó a hablar. No era (hay que decirlo) la voz de Cristiano, cuya boca permanecía tan desmayada como el resto de su cuerpo, con excepción de aquel bulto o tumor parlante. No era una voz humana. Conservaba, eso sí, el acento portugués, pero era un acento que subía de las cloacas, de las cañerías más antiguas y profundas de Madeira, tal vez desde el fondo mismo del Atlántico. Era como un tufo que se te metía por los oídos y no por la nariz. De pronto el bicho me pareció una masa de mierda viva, una especie de mojón ancestral incrustado en el cuerpo de cr7. Un mojón que hablaba como un demonio:

–¿Qué estoy haciendo aquíííííííííí? –me preguntó–. ¿Quiénes son ustedessssssssss?

¿Qué sentido tiene escribir en Cuba?, me preguntaba, se preguntaba a sí mismo el joven Frank Marcos. “Antes era diferente, mira esto”, decía mostrándome un volumen de poemas de Heberto Padilla, una de esas ediciones antiguas que seguían circulando por los talleres literarios, uno de los libros más célebres de las letras cubanas. El libro del caso Padilla en 1968 había caído por fin, más de tres décadas después, en manos de Frank Marcos. (Quién lo hubiera pensado.) Los poemas no le interesaron, por supuesto. Lo que le interesó fue el prólogo, la declaración de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba donde se rechazaba el contenido ideológico del poemario.

–¿Te imaginas un libro que tenga frases como estas en la solapa o en la contraportada? –decía Frank Marcos–. ¿No sería un libro espectacular?

Y entonces retocábamos fragmentos de aquel prólogo antiguo y los pegábamos mentalmente, como cintas promocionales, en aquellos libros con los que soñábamos a diario, libros nuevos, frescos, envueltos en celofán capitalista, libros de Anagrama y Alfaguara y Mondadori en los que de pronto se leería:

“El autor de esta novela ejerce su criticismo desde un distanciamiento que no es el compromiso activo que caracteriza a los revolucionarios”.

O:

“En estos cuentos se realiza una defensa del individualismo frente a las necesidades de una sociedad que construye el futuro, y significan una resistencia del hombre a convertirse en combustible social”.

O:

“Al final de estas páginas, la conciencia revolucionaria del lector sabrá captar qué mensaje se oculta entre tantas sugerencias, rodeos, ambigüedades e insinuaciones”.

Yo le llevaba comida y agua. Pero Cristiano, sujeto con cadenas, no salía de aquel estado ausente, como de muerte cerebral. Lo que le inyectaron (si algo le inyectaron) no alcanzó sin embargo al bicho, que era quien comía y bebía en su lugar.

–Libérameeeeeeeeee. Libérameeeeeeeeee.

Hablaba con la boca inflada, masticando ruidosamente, salpicando el piso con goticas de saliva verdosa.

–Déjame iiiiiiiiiir. Te daré lo que tú quierassssssssss.

–Quiero que te calles –le dije.

–Soy asquerosamente ricoooooooooo. Soy cochinamente millonaaaaaaaaaario. Dime cuánto quieres cabrón hijo de la gran putaaaaaaaaaa.

Cerré la puerta, pensativo. Todo lo que alguna vez había querido tener estaba pasando por delante de mis ojos.

–Hay algo que ya no tenemos, algo que se perdió en la literatura cubana –decía Frank Marcos mirando a ninguna parte, al pasado, a un horizonte utópico que se desvanecía–. Perdimos el diversionismo ideológico, ¿te das cuenta? Lo fuimos perdiendo por el camino. Qué tiempos aquellos, cuando el Partido Comunista era comunista de verdad. Hoy en día se hace cada vez más difícil escribir con problemas ideológicos; dentro de poco ya ni siquiera será posible. Muchos lo celebrarán como una victoria, pero en el fondo será una derrota. Nuestra derrota. Porque si nos quedamos sin problemas ideológicos, si un día no podemos molestar a nadie con desvíos ideológicos, ¿valdrá la pena escribir? No. Claro que no. Es mejor asumirlo desde ahora, en lugar de ponernos a redactar un mierda detrás de otra, completamente perdidos, cagando mojones literarios. Mejor dejar de escribir y dedicarnos a leer. Únicamente a leer. Punto final. Game over. Ahora bien, ¿qué cojones vamos a leer? ¿Dónde están los libros? Las librerías de La Habana, ¿son librerías o son museos de pobreza y folclor al estilo National Geographic? Este país es la periferia de la periferia... Este país es un maldito desierto bibliográfico...

–Si no quieres dinero envidioso miserable tercermundista entonces quéééééééééé.

Las pequeñas garras del bicho no paraban de moverse. Lo mismo que la lengua.

–Te daré un cocheeeeeeeeee. Te daré un Ferraaaaaaaaaari. Un Ferrari chocado a una velocidad que tú ni te imaginassssssssss. Un Ferrari nuevecito rojo reluciente una chatarra descapotable llena de abolladuras y astillas de viiiiidrioooooooooo. Ni en tus mejores pesadillas vas a conducir un coche mejor que esssssssssse.

–No sé qué estás tratando de...

–Te daré una chicaaaaaaaaaa. Te daré una jodida belleeeeeeeeeeza. Una supermodelo rusa desnuda bajo su abrigo de piiiiieeeeel. Para que te la lleves rápido a la cama y veas en su piel blanquísima los golpes los moretones los surcos los latigazos y te hundas en sus ojos de esmeralda sedientos de saaaaaaaaaangre.

Lo miré fijamente. No podía estar hablando más en serio.

–Rápiiiiidoooooooo. Lleguemos a un arreglo ahoraaaaaaaaaa. Antes de que regresen tus amigos tus cómplices esos harapientos perdedores infeliceeeeesssss.

Llegaban de madrugada al apartamento (Frank Marcos a veces ni siquiera llegaba). Solo una vez el Estatua se apareció más temprano. Era la noche del gran duelo: el Real Madrid contra el Barça. El clásico. No se lo podía perder.

–¿Cómo está la cosa, bróder?

–Todo tranquilo –le dije.

Por aquellos días no estaba usando su disfraz de Robin Hood marmóreo, pero cuando se sentó frente al televisor empezó a pintarse la cara con pintura blanca.

–Esto es por él, por Cristiano. Esta noche estoy con los merengues.

Aquella noche era doblemente especial. El Camp Nou era un hervidero de sentimientos. Carteles y fotografías del ídolo portugués llenaban amplias secciones de las gradas. A vuelo de cámara se leía: cr7 tú eres el mejor, cr7 vuelve con nosotros, y otros mensajes por el estilo en manos de los hinchas del Madrid.

Salieron los jugadores y los árbitros al terreno. El rostro del desaparecido salió en la pantalla del estadio mientras el audio emitía un comunicado de la Federación Española de Fútbol: “No se sabe qué ha sido de él, aún se ignora su paradero, pero Cristiano Ronaldo está en nuestros corazones”. Rotunda seriedad en el palco de los presidentes de ambos clubes, rotunda seriedad en los semblantes de los técnicos y los jugadores de ambos equipos. Hasta el Estatua, normalmente una piedra, parecía conmovido por el espectáculo. Incluso yo, que recién había hablado con el bicho, estaba conmovido.

Por fin sonó el pitazo y el balón comenzó a rodar. Empezaba el clásico de la Liga. Empezaba un partido que sería visto por millones de personas en todo el mundo.

–¿Es verdad que tú estuviste ahí? –me preguntó el Estatua señalando la pantalla–. ¿En el Camp Nou, con esta gente jugando?

–El año pasado, sí.

–Pinga. ¿Y cómo era?

–Era... no sé. Era como estar en el centro.

–En el centro del campo –dijo el Estatua.

–No. En el centro de muchas cosas.

A los pocos minutos ocurrió la primera falta. Un mediocampista del Madrid le propinó un empujón a Lionel Messi, el astro argentino, el Mejor Jugador Del Mundo Sin Duda Alguna. (Pero lo mejor de Lionel, pensé, es su brillante laconismo. Hay una lección ahí, tiene que haberla: el Messias de los barcelonistas es un jugador de pocas palabras en castellano y ninguna en catalán.) Messi cayó al suelo y se levantó rápidamente. El árbitro dejó seguir.

Necesitaba que el demonio dejara de hablar. Que no articulara más palabras.

–Apuesto a que te gustaría tener las mejoresssss marcasssss del mundo las marcasssss másssss exclusivasssss ¿eh? Todas esas marcasssss y logosssss como gusanitosssss acariciando tu sarnoso cuerpo y despuésssss metiéndosete por el culo ¿eh eh eh? ¿Verdad que sííííí?

–Cristiano... –le dije.

–¿Qué esssssperas qué qué qué estásssss esperando pordiosero apestosoooooooooo?

–Ronaldo... ¿estás ahí? –trataba de mirar a los ojos vacíos de cr7 y no al bicho.

–Si no me sueltas ya verás, estúpido gilipollaaaaasssss.

¿Pero cómo podía soltarlo, cómo se iba a ir? Aunque quitara las cadenas y dejara la puerta abierta. ¿No se daba cuenta de que estaba unido a un cuerpo en coma?

–Nooooooo sabesssssss de lo que soy capazzzzzzz. Nooooo tienes ni puta ideeeeeeeeeea.

–Esta noche es el clásico, ¿te acuerdas, Cristiano? La Liga, el fútbol…

–Descargaré mi poderossssssssssa raaaaaaabia sobre vosotrosssssssssss.

Imaginé a cr7 corriendo por un terreno de juego con el torso desnudo y con esa cosa deforme y musculada encima de él, atizándolo, cabalgándolo, soltando chillidos entre uno y otro sorbo a una botella de Powerade que quién sabe la mierda que podría contener.

–Maldiiiiito perrrrrrrrrro malnacidooooo. ¿Acaso no entiendesssss quién sssssoy?

–Ronaldo, ¿estás ahí dentro, en alguna parte? ¿Puedes escucharme?

Los minutos que siguieron están en la memoria de todos, en la memoria colectiva del fútbol, en nuestras páginas más traumáticas. Ni los mejores cronistas se atrevieron a organizar con palabras aquel enfrentamiento. Yo me limitaré a recordar una serie de imágenes.

Vi a Khedira, el alemán, y a Sánchez, el chileno maravilla, enredándose en insultos y bofetadas después de una caída. El árbitro y otros jugadores acu­dieron a separarlos y en el tumulto se originaron más bofetadas, empujones e insultos. El voltaje del partido no hacía más que subir.

Vi el botín de Pepe clavándose en el tobillo de Pedro. Un “hachazo”, como suelen decir los narradores. Al delantero canario lo sacaron en camilla. Aunque pusieras el televisor en mute, en la repetición era posible escuchar el sonido de los huesos partiéndose en cámara lenta.

Vi cómo las patadas se desentendían del balón: ahora iban dirigidas a los contrincantes. El silbato del árbitro no paraba de sonar, pero cada vez se le hacía menos caso. Eran solo silbatazos. Preocupado, el Estatua murmuró:

–Messi... Coño, van matar a Messi...

Vi a Dani Alves propinando ataques aéreos con ambas piernas, danza salvaje que uno de los narradores, con un hilo de voz, identificó como capoeira o kung-fu brasileño. Poco después la narración oficial del partido enmudecería por completo.

Vi al estelar Iker Casillas muy lejos de su arco, saltando en mitad de la cancha para atrapar no el balón sino la cabeza de Gerard Piqué, el novio catalán de Shakira (a quien las cámaras mostraron presa de histeria en el palco vip, una loba desmelenada). Entre los guantes del portero del Madrid, la cabeza terminó estrellándose contra el suelo.

Vi a Messi corriendo de un lado a otro. Messi, pequeño de por sí, en medio de la confusión se había hecho más pequeño todavía, se había encogido más o menos hasta la tercera parte de sus proporciones originales. Con una velocidad increíble pasaba entre las piernas de los demás jugadores.

Vi a Xabi Alonso blandiendo una navaja. El árbitro le mostró la tarjeta roja: expulsión por conducta antideportiva. El donostiarra le gritó algo al árbitro (seguramente “mira lo que hago con tu expulsión”), le arrebató la tarjeta roja y se la empujó por la boca junto con el silbato.

Vi a Kaká con la camiseta desgarrada, desorientado. Vi a Iniesta, el héroe del Mundial de Sudáfrica, tendido en el césped con las manos apretadas sobre el abdomen. El rostro de Iniesta era la palidez misma. Sus manos estaban empapadas de sangre.

El tamaño de Messi se había reducido aún más. Los del Madrid intentaban pisarlo. Messi esquivaba magistralmente los botines Adidas y los disímiles objetos que, lanzados desde las gradas, habían empezado a caer como proyectiles en el terreno.

Vi a Mourinho, el entrenador del Madrid, gritando en el borde de la cancha. Movía los brazos como un loco rabioso, dando indicaciones que nadie podía entender ni escuchar. Lo vi señalar a alguien o señalar a todos con una mano; con la otra agarraba la culata de una pistola que llevaba en la cintura.

Vi cómo entraban corriendo a la cancha los jugadores suplentes y los miembros del cuerpo técnico de ambos equipos. En medio de la turbamulta en que se había convertido el partido, las cámaras localizaron por fin al mítico Guardiola. El entrenador del Barça miraba al cielo.

Vi al diminuto Messi, de dos o tres pulgadas de estatura (a ese ritmo, pensé, terminará desapareciendo en la hierba), saltando por encima de los cuerpos caídos y los charcos de sangre merengue y blaugrana.

–Ahí está Messi –le grité al Estatua–. ¡Míralo ahí!, ¿lo viste?

Pero el Estatua no me oyó. La pantalla estaba llena de ruidos: una sierra eléctrica, sirenas, explosivos.

Vi rodar las cabezas cortadas de Sergio Ramos y Carles Puyol. Vi brazos, piernas, pieles arrancadas a jirones. Vi a Éric Abidal con un hígado entre las manos. Vi órganos colgantes y órganos desperdigados.

Vi a los espectadores saltando al terreno, un alud enloquecido que descendió por las gradas del Camp Nou. Y entre todos los cuerpos que chocaban, entre todas las cosas que volaron por los aires había, al parecer, un bolso enorme que al abrirse derramó un montón de libros.

Vi caer esos libros al césped. Cayeron, todos juntos, sobre Messi. Como rocas. Como escombros.

–¡Lo aplastaron! –gritó el Estatua–. ¡Aplastaron a Messi!

Vi, examiné al detalle el montón de libros que cubría al astro. Una cámara se acercó. De pronto los libros ocuparon toda la pantalla. No tuve ninguna duda de que provenían de La Central. No tuve ninguna duda de que Messi, como nosotros, estaba liquidado.

Vi cómo la imagen se quedaba fija por primera vez en todo el partido: prolongado close-up a aquellos libros nuevos, aquellos libros robados, algunos luciendo su bandita roja promocional. Unos segundos en vivo que duraron una eternidad.

Vi, entonces, un ligero corrimiento en el montón de libros, como si algo se moviera debajo. Messi. Reapareció Messi. Tenía el tamaño de un insecto. Escapó de entre los libros dando un salto de pulga. Era indetenible. El Estatua emitió un soplido. Sonó mi celular. Escuché la voz de Frank Marcos.

Vi las imágenes que empezaron a transmitir desde afuera del estadio.

–¿Los vieron?, ¿los vieron? –me estaba preguntando Frank Marcos.

–Los vimos –contesté.

–Los vio todo el mundo –dijo él.

En la Plaza de Catalunya se enfrentaban dos multitudes con todo tipo de armas letales. La Avenida Diagonal era un paseo de cadáveres, hogueras, destrozos. Vi a la policía y las fuerzas antidisturbios en acción.

–Tienen que salir ahora mismo –me dijo Frank Marcos.

Pero no eran disturbios, no eran manifestaciones. Era una guerra.

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Jorge Enrique Lague

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