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Ficción

El espía inglés

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© Ilustración de Paola Escobar

El joven rubio está parado en la Plaza de Santo Domingo. Con su vestido caqui, botas altas y sombrero de corcho se ve un tanto fuera de lugar en esta Cartagena de Indias de los años de la Primera Guerra Mundial. Es extranjero, inglés para ser más exactos, y ahora camina distraídamente por la vieja y ruinosa ciudad, dándose golpes de fusta sobre las botas, tic aprendido seguramente en su estadía en la India o en Sudán. Al llegar al Portal de los Dulces se compra un caballito de papaya y unas cocadas de ajonjolí, y en el rostro se le marca la satisfacción al saborear el dulce criollo.

¿Qué más cosas hace este inglés, al parecer muy despistado, que a las pocas semanas renueva su vestuario y cambia su atuendo de explorador por el vestido de lino blanco y el sombrero panamá, al igual que los caballeros prestantes del lugar?

Poco a poco se ha vuelto una figura familiar. Se sabe que está ligado en cierta forma al Consulado británico; que da clases a domicilio a las niñas de la alta sociedad cartagenera y que con frecuencia, con otro extranjero, un anglo-hindú, hace algunas mediciones topográficas de los manglares cercanos a Bocagrande.

Aunque parco y austero de día, este joven de bigote recortado y cabellos de un dorado intenso también conoce la vida nocturna, la pequeña nota bohemia de la ciudad. No hay otra explicación para que algunas morochas lo saluden con cierta picardía en la mirada, cuando él, vestido en forma impecable y tratando de adoptar un aire circunspecto, acompaña a algunas de sus alumnas al Instituto de Bellas Artes.

Un día desaparece. Se dice que ha tomado un barco de regreso. A sus amigos de póker en el Bodegón del Tuerto no deja de intrigarles el hecho de que se hubiera embarcado en Puerto Colombia y no en el puerto local. Pero donde hay una total conmoción por su ausencia es en el Rincón Guapo, sitio galante donde las muchachas se disputaban el honor de acariciar la blonda cabellera del joven Alfred, como lo llamaban familiarmente.

***

Nunca más se supo de él. Solo años después corrió el rumor de que la labor del joven inglés era la del espionaje; más aún, sus operaciones estaban adscritas al Servicio de Inteligencia Naval Británico. Alguien trató de relacionarlo con Alfred E. W. Mason, el autor de Las cuatro plumas y quien en sus memorias confesó haber estado en el servicio secreto de su majestad como agente en el Caribe. Sin embargo, esto último fue refutado por el historiador Donaldo Ramón Molinares, quien comparó las fotografías del escritor en la Enciclopedia Británica –que presentaba a un señor fornido de cabellera negra y largos mostachos– con las fotografías del Libro de oro, el álbum editado por Generoso Jaspe en el cuarto centenario de fundación de la ciudad. En él aparecía una foto que mostraba a un joven alto, delgado y con una frondosa cabellera dorada en un sarao del Club Cartagena.

Pero lo que desvela al historiador Molinares es qué encontró de interés en Cartagena para los expedientes de la inteligencia inglesa. Mirando las murallas y el atardecer cartagenero recuerda los versos de un poeta local: “En mi soleada pereza, mucho si un can se solaza. Nadie grita, nada pasa”.

***

“¿Cómo se le va a decir a la gente lo que hace un espía? Eso por definición es secreto”, contestó, desde St. Anthony’s College, Eduardo Balseiro Guzmán –un aventajado alumno en el curso titulado “El uso de la mandioca en los fuertes españoles en el Caribe”– cuando recibió la carta de don Donaldo. Este le pedía que revisara en la Public Record Office la documentación sobre nuestro espía inglés.

Una semana después, y en una segunda carta, Balseiro fue menos cortante. Esta vez le describió la atmósfera pintoresca y “dickensiana” que encontró en su visita a los vetustos edificios de Chancery Lane y Portugal Street. Le relató minuciosamente el diálogo, un tanto absurdo, con el encargado del archivo y cómo después de hojear doscientos volúmenes se encontró un fólder suelto con páginas amarillentas y titulado a mano: “Our man in Cartagena”.

El expediente contenía, además de un mal resumen de la historia de la ciudad, unos informes sobre el estado del tiempo: “En Cartagena se ve el sol como un enemigo”. Más adelante, al comentar la ruinosa situación del cementerio, añadía: “Sería inútil derramar una lágrima porque se evaporaría antes de llegar al suelo”. En medio de otras páginas, en las que lamentaba el fracaso del almirante Edward Vernon en el siglo xviii, por el cual Cartagena no era ahora posesión inglesa (y no sin antes haber hecho observaciones estratégicas sobre la forma como el almirante debió planear la batalla), pasaba a contar que por el calor, desde las doce del día hasta las cinco de la tarde solo se atrevían a salir a la calle los pocos franceses residentes, por lo que habían sido apodados por los lugareños como “las salamandras”.

El remitente se atrevía a conjeturar, al final de la carta, que a lo mejor sí era espía, pero en vacaciones, y que por eso se dedicó a mandar informes inútiles que le permitieron disfrutar dos años del trópico y de las morochas.

Para don Donaldo la respuesta fue desilusionante. Quedaría sin escribir en su monumental historia de la ciudad el apartado “Historias ocultas”, en el que pensaba contar cosas curiosas, de pronto salaces, y dar un respiro a los largos capítulos sobre arzobispos inquisidores y políticos rapaces que abundaban en su libro.

Cualquier tarde, sentado en el Rincón Guapo conversando con algunas de las chicas del lugar, vio cómo de las ruinas de El Príncipe, un tradicional sitio galante de principios de siglo, dos negros fornidos sacaban un arcón. Su intuición le dijo que allí podría encontrar algo. Después de un largo regateo con los nuevos dueños del mueble, quienes, detectando su interés, a cada paso encarecían su botín, pudo –y no sin mediar la ayuda de una de las chicas que impidió pagara un precio sideral– hacerse a su tesoro. Allí se encontraban, con la característica tinta violeta con que escribía el rubio Alfred, unos papeles escritos en inglés y rotulados en la parte superior con un “Top Secret” muy atrayente.

Su presentimiento se estaba tornando realidad. El inglés era un espía, porque, ¿qué sentido tenía que describiera el mal estado de los barcos alemanes fondeados en la bahía y retenidos por el gobierno neutral de entonces? Las anécdotas acerca de cómo se había suicidado uno de los hermanos por el tedio y cómo los barcos estaban llenos de jaulas de canarios revelaban un ojo muy avizor. Además estaba la extraña historia del viaje en un barco fluvial al mando de un joven capitán teutón hacia las minas de platino del Chocó. En un momento dado, y ante la insubordinación de los fogoneros, él, pistola en mano, ayudó al alemán a controlar la rebelión. La guerra estaba lejos, y allí ambos eran la civilización frente a la barbarie.

Durante varios días don Donaldo estuvo exultante; ya tenía pillado al inglés de sus desvelos. Ahora quería más, quería la red. Para eso decidió frecuentar con más asiduidad y gastar más en el Rincón Guapo.

 Sus visitas dieron resultado. La abuela de una de las chicas, una mujer de muchas carnes e historias todavía más abundantes, dijo haber conocido al dorado Alfred.

–Todas queríamos un hijo mono –confesó–, pero a pesar de nuestro empeño, la única que lo tuvo fue Sigifreda. El niño salió rubio y con los mismos rasgos del joven inglés–. Cuando ella cayó enferma –prosiguió– rogué a san Judas Tadeo, el santo de los imposibles, que se muriera para yo quedarme con el niño y tener así un monito. El santo me hizo el milagro.

El viejo Donaldo se perturbó, pues la mujer seguía en una cascada incontenible de infidencias, ¿no había oído sobre las hermanas gemelas embarazadas por el inglés y que pretendieron hacer pasar a sus hijos por hermanitos? ¿O de aquella niña de la crème que había terminado en un lupanar de Panamá? ¿O de aquellas dos empleaditas que emigraron con sus familias a la ciudad vecina, donde no se hacían muchas preguntas? Las historias se atropellaban.

No sería él –pensó el viejo Donaldo– quien destaparía esa caja de viejos escándalos y amores destruidos por el joven rubio, a quien en una breve visión vio correr desesperado por el largo muelle hasta subir las escalerillas del clíper. De todos modos, su editor ya no daba más espera, y por eso el historiador, sentado frente a su vieja máquina de escribir, una Remington de museo, empezó: “El joven rubio está parado en la Plaza de Santo Domingo...”.

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Comentarios a esta entrada

Cristian Jimenez

Bien escrito, pero sin fuerza ni esencia.

Cristian Jimenez

Bien escrito, pero sin fuerza ni esencia.

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r Bacca

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