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Ficción

Tetas de Risa

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© Ilustración de Martín Sánchez

Seis meses pasaron desde su desaparición y justo cuando empezaba a olvidarla sonó mi celular. Era Risa, que hablaba de todo y de nada sin parar. Mi corazón arrancó muy rápido, a toda velocidad, las manos me temblaban y sudaban, y la voz se me fue casi por completo.

¿Qué vas a hacer a las seis?, me preguntó, pero mis palabras estaban atrancadas. ¿Estás ahí?, dijo. ¡Jummm!, alcancé a responderle. ¿Me escuchás?, dijo para corroborar que no había colgado. ¡Ajá!, ¡jimmm!, le contesté. Y continuó por un buen rato con la retahíla mientras yo pensaba en las doce cuotas del crédito que aún me faltaban por pagar. Entretanto, recordaba mis maniobras para, mes a mes, abonar a la deuda que tenía por su culpa, los fines de semana encerrado en la casa sin un centavo, las invitaciones rechazadas, los antojos aplazados, las burlas en la oficina por mis zapatos rotos, por la misma ropa, las llamadas del banco y sus amenazas de embargarme... No seás arisco, mi amor, ¿qué vas a hacer a las seis?, insistió Risa. ¡Jammm!, le dije. Estoy solita en casa, me dijo. Le colgué.

Para tranquilizarme respiré profundo y me lavé la cara. Hice un sudoku en el computador. Intenté ignorar la llamada, hacer de cuenta que nunca había pasado. Jugué varias rondas de triqui, de pacman. Pero no, era imposible. Risa me había dicho que estaba solita en la casa y eso era suficiente para descomponerme. ¿Qué vas a hacer a las seis?, recordé sus palabras, y mi mente se ensexó de una y me dieron ganas de devolverle la llamada. ¡Es que a mí el rencor me dura hasta que el enemigo me saluda todo querido! Leí mil veces el número en la pantalla de mi celular y por nada un dedo impulsivo que tengo hunde el botoncito verde de marcar. Cavilé por qué Risa me buscaba después de tanto tiempo, después de abandonarme sin ninguna explicación. Definitivamente, Risa no debió marcharse sin antes dármelas a probar o, aunque sea, tocar, o... ver. Tal vez necesita un favor, utilizarme de nuevo, explotarme, aprovecharse de mi gentileza, de mi bobada..., dijo la parte inteligente de mí. Recordé: Qué vas a hacer a las seis.

Eran las cuatro de la tarde y continué trabajando o fingiendo trabajar mientras pensaba en ella. De un momento a otro se me calentaron más los pensamientos y en mi cubículo le quité la blusa con los dientes y también el sostén y, embobado, me quedé mirándolas: orgullosas, llenas, fuertes, redondas, paradas, perfectas, pulidas, rosadas, rozagantes, excitantes... Viéndolas me dieron ganas de llorar: eran como mis hijas; las gemelas me debían su existencia. Agradecí a la tecnología, a la ciencia, al plástico, al bisturí. Luego de repasarlas me les fui acercando en cámara lenta, despacio, aplazando el placer y, cuando las iba a degustar, la voz del jefe regañando a Álvarez silenció mi imaginación. ¿Cómo está, doctor?, le dije. Me saludó con las cejas y siguió hacia el fondo. En la mente lo alcancé por el pasillo, lo agarré del brazo y le dije que tenía una calamidad doméstica, un problema de fuerza mayor, que si había algún inconveniente en dejarme salir antes, a las cinco, que mañana le compensaba la horita. El celular sonó antes de la respuesta del jefe. Brinqué del susto y la voz se me fue del todo. Era un mensaje de texto ofreciéndome un vallenato por cuatrocientos pesos. Entonces seguí revisando las facturas, sintiendo encima de mí las miradas de los compañeros del trabajo. No había duda: estaba anhelando más la llamada que a Risa en sus meses de ausencia.

Era el momento, y todo dependía de mí. Estaba seguro de que con solo llamarla podría disfrutar en unas horas de ese par que tanta plata me había costado. Después, ¡adiós! ¿Y si me enviciaba? Confundido le di un golpe al escritorio y luego me agarré la cabeza. Además de los compañeros, el jefe volteó a mirar. Sin duda, mi extraño comportamiento justificaría el permiso de salir antes. Estaba arrepentido de haber cortado la llamada, arrepentidísimo, pero si no lo hubiera hecho yo, por mis monosílabos, lo hubiera hecho ella. Sin embargo, estaba convencido de que Risa se merecía todo mi desprecio, aunque fuera por unas horas. Me iba a hacer sentir. Me abandonó y no podía ignorarlo.

Peleando conmigo mismo recordé su linda frase: Estoy solita en casa. De inmediato le quité el sostén con la mente, otra vez, no tenía blusa, y lo tiré lejos, hasta la cabeza del diseñador. En el momento en que la senté encima de las facturas sonó el celular. No las alcancé a ver. Era el mismo número, antes desconocido pero ya memorizado por tanto mirarlo y esperar que apareciera en la pantalla. Dejé que timbrara varias veces. No contesté. Abandoné las facturas, pues, sin querer, estaba equivocándome en millones de pesos y no era justo terminar en la cárcel por culpa de Risa, por embolatar la cabeza en otras cosas. Que sufra con mi indiferencia, por abandonarme, por perderse, por irse sin mostrármelas siquiera. Volvió a sonar. ¿Qué había hecho yo de malo para tener que vivir ese momento? Los hombres tenemos un poco más de tentación en el adn, menos voluntad, más hormonas..., pero me prometí no dejarme vencer. Mensaje de voz.

Sin escucharlo fui al baño y me senté un buen rato en la taza. Aproveché para cavilar. Pensé que lo mejor era cambiar de número, de trabajo, escondérmele debajo de la tierra, sacarla de mi vida. Risa no valía la pena. No era justo que me dejara luego de todo el esfuerzo que hice para darle su gusto, el sueño de verse abundante. No era justo que se hubiera marchado mientras yo, cada mes, puntualmente, pagaba las cuotas. No era justo que tuviera que pagar por algo que no tenía, que no conocía, que no disfrutaba. No era justo, definitivamente, regalar todo mi sueldo para pagar el préstamo mientras otros admiraban con la lengua, con las manos, el trabajo del cirujano. No era justo. Cuando me atrasé en el pago tuve que vender el televisor, el dvd y el ventilador para que no me embargaran. No era justo. Me subí los pantalones, me di palmaditas en la cara y decidí, entonces, tirar las hormonas por el retrete y vaciar como terapia de olvido. Risa no existe, no la pienso, luego no existe, no existe…, repetí hasta el cansancio. No me baño dos veces en el mismo río.

Me senté en mi silla, aparté el celular y mirándolo feo le dije en voz baja que no se le ocurriera sonar porque se metía en problemas conmigo. Le dije, también, que ese mensaje de voz me tenía sin cuidado, que no me importaba, que no tenía curiosidad. Entonces, no me aguanté, agarré el celular y escuché la voz de Risa: No sé qué pasa con la comunicación, se cae, devolveme por favor la llamada. A propósito, ¿tenés cámara?. ¿Cámara? No entendía por qué la pregunta, pero me dio rabia porque la había vendido también para pagar una cuota atrasada. Recordé que tampoco tenía ya libros caros, reloj, cachuchas de las que me gustan ni nada. No era justo que muchas veces tuviera que caminar por ahorrarme unos pesos para cumplir con los pagos, no era justo dejar a mamá sin las pastillas para la memoria, no poder comer en la calle, ir a fincas, a fútbol, a bares... mientras Risa salía con jugadores del Itagüí y cantantes de reguetón en carros lujosos con vidrios negros. No era justo. Risa, después de abandonarme, sacó pecho y se volvió lo máximo: le llovían pretendientes, la invitaban doctores a comer, presentadores de Telemedellín, la sala estaba invadida de flores y de paquetes de galanes... Era lo máximo. Los carros se estrellaban a su lado y los conductores, heridos, agonizantes, cuando se armaba el círculo de curiosos, pedían permiso, que dejaran ver, que se corrieran, que qué es todo eso, que qué montañas, decían, y ella seguía caminando como si nada, moviéndolas. ¿Cámara? No tenía cámara ni nada, solo deudas que estaba terminando de pagar.

Parecés trabado, me dijo el marihuanero que corrige los textos en la oficina. Lo ignoré. Me mordía las uñas, ansioso, me brincaban el desespero, la angustia, el malgenio, el corazón. Sudaba, temblaba, me sobaba la barba que nunca me salió, le hablaba al celular... Así que, sin mi permiso, desobedeciendo la promesa hecha en el baño, uno de los dedos apretó el botoncito verde del celular. Risa contestó.

¿Que si tengo cámara?, le dije, sin saludarla. Sí, Lucas, para que nos veamos a las seis en punto, me dijo con voz sensual. Apuntá mi correo electrónico para que me agregués. ¿Tenés lápiz y papel a la mano? Sí, solo tengo lápiz y papel, nada más, estoy en la miseria absoluta, en la inmunda, y un par de deudas del tamaño de balones de microfútbol, de melones que chupan otros, pensé decirle. Anoté el correo. Cuando en el mensaje de voz había escuchado la palabra “cámara” pensé que Risa se refería a la otra, a la de video, y no a la del computador, que también había vendido.

Quiero verte y que me veás. Tengo que mostrarte algo urgentemente, dijo ahora con voz de porno. Además necesito que me hagás un favor, ¿te le apuntás a hacérmelo? ¿Hacértelo?, pensé. ¡Qué rico!, claro que te lo hago, me dije. Luego le dije que listo, que a las seis, y colgamos. Tenía una hora exactamente para llegar a la casa y no tenía cámara ni plata para comprarla. Cuando logré llorar por mi cuenta fui a la oficina del jefe y le dije que mi abuela estaba enferma, que si me daba permiso y bla bla bla. Él me dijo sí, claro, cómo no, la familia antes que nada, y me preguntó si era la misma abuela que se había muerto el año pasado o la que murió cuando apenas llevaba unos meses de trabajar en la empresa, que cuántas abuelas tenía. Me dio una palmadita en la espalda y me dijo con ironía que luchara por el amor, que es lo último que se pierde. La honradez, lo corregí. Luego fui de cubículo en cubículo pidiendo prestados ochenta mil pesos, ofreciendo favores... Los conseguí y salí feliz. Caminaría hasta el centro, veinte cuadras más o menos, compraría la cámara y si me alcanzaba la plata me subiría en taxi para tener tiempo de bañarme, arreglar la pieza, afeitarme arriba y abajo. Patético. Una deuda más.

Caminando pensé: apenas las tenga raras, deformes, enfermas, tristes… y como yo soy el patrocinador, el financiador, quiere mostrármelas, que tome medidas y desembolse más capital para solucionar el problema. Muy buena razón para aparecerse después de tanto tiempo. También pensé que lo que Risa quería era sexo virtual, primer paso para romper el hielo y volver a mi cama. Pensé: solo quiere que las vea, nada más, dos minutos, y pagarme de esa manera. Pensé: de pronto no quiere nada, solo saludarme, solo eso, verme la cara, decirme hola moviendo la mano y adiós igual.

Me sentía idiota haciendo más cosas por Risa, cayendo de nuevo en su juego, por no tener criterio y acceder a cada petición suya. Estaba haciendo, como siempre, lo que ella quería. Hasta mis debilidades eran más fuertes que yo. Era como si una fuerza extraña me llevara a hacer cosas que me moría por hacer pero que había prometido no hacerlas. Sabía que la cámara sería el inicio de una historia ya vivida: en unos días o meses, otra vez, como hace poco, estaría llamándola día y noche a llorarle, a suplicarle que no me dejara. Estaría en la sala de su casa hablando con su mamá y su abuela, pidiéndoles que la convencieran de que me quisiera; tirando peluches desde la calle para que se metieran por su ventana; pagándoles a poetas poemas para ella; prometiéndole en cartas más plástico para su estética. Estaría gritando, haciendo bocina con las manos, hacia la ventana diciéndole que la amo, y ella haciéndose la desentendida, respondiendo, intentando imitar la voz de su abuela, que Risa no está, que vuelve en un mes, que se fue a cambiar el mundo, que salió con un noviecito, que la madre Teresa y el padre Marianito lo acompañen, mijito... En ese entonces estuve medio vuelto mierda, y ahora iba por lo mismo.

Frené en seco como el Correcaminos y me dije: deje de ser bobo, hermano, no más Risa, vaya para la casa mejor o para el trabajo y sáquele el cuerpo a esa niña interesada, superficial, que no le conviene. ¡Vaya para la casa ya! Me llené de orgullo, de motivos y entonces tomé una decisión: compraría una cámara mejor, porque la que pensaba comprar, quién lo iba a pensar, era veinte mil pesos más barata y mil veces más mala. Apuré el paso.

La última vez que Risa y yo hablamos le dije que era muy injusto que yo estuviera vendiendo todo para que no me embargaran por culpa de ese par mientras otros, creyéndose rusos, se las envergaban. Hasta casi le digo que me las devolviera, pero no dije nada y colgué, se lo merecía, cuando ella colgó. Así Risa no estuviera ya en la línea aproveché y le dije que de qué le servía leer tantos libros si era la mujer más superficial del mundo, que me iba a extrañar, iba a desear mi cuerpo y a rogarme que volviéramos, y yo la despreciaría. Pero eso no pasó. Estaba corriendo en busca de una cámara. Ni siquiera me hice rogar.

Compré la cámara y me fui en taxi para la casa. Me bañé, me afeité, me peiné, hasta me eché loción porque la tecnología ha avanzado muchísimo y uno no sabe. Me puse los calzoncillos destinados para las ocasiones especiales, que tenía archivados hacía siglos y se estaban empolvando. Me vestí para no mostrar las ganas, conecté la cámara, agregué su correo, recé el credo, me encerré en la pieza, prendí el chat y no estaba. Le hice una llamada perdida al celular y al minuto apareció.

 –¿Por qué apareciste? ¿Por qué te perdiste? ¿Por qué me dejaste? ¿Dónde te escondiste? –le escribí en el chat.

–¿Es una canción, Lucas, o un poema? Rima bacano.

 –¿Tu abuela cómo sigue de la próstata? –le pregunté por cordialidad.

–Ella no tiene, pero está mejor. Encendé la cámara.

–¿Qué querés de mí?

–Que encendás la cámara yo te veo –tecleó impaciente.

La encendí y nos vimos. Risa se llevó las manos a la boca en ademán de asombro. Yo no entendía por qué si mi físico seguía siendo el mismo. Quizás le parecí más lindo que antes. Ella estaba en ropa interior, de pie, hermosísima. Mis ojos fueron allí: al par perfecto. Ignoraron su cara, su abdomen, sus piernas, el caminito de su sexo insinuándose en sus calzoncitos. Mi atención, mis ganas, mi curiosidad y mi cerebro no podían estar en otra parte distinta que en su abundancia. Retiró las manos de su boca. No era asombro, era risa.

–¡Sos patético! Quitate ese cachaco, no seás mañé, parecés un mesero de La Estancia. ¡Empelotate!

Entonces me desvestí, me miré en la pantalla y me gustó lo que vi. Y entendí el motivo por el que Risa me buscaba: estaba bueno. Pensé: si uno que es bonito sufre, imaginate los feos.

 –Mirá esto, y hacete lento, escribió.

Bailaba sin música, lentamente. Amenazaba con quitarse el sostén. Dio la espalda y se bajó los diminutos hilos que cubrían lo de abajo. Le obedecí. Me hacía lento. Me excitaba observar esa especie de tabla con abertura, la prolongación de su espalda. ¡Las nalgas son mi debilidad, así estén caídas! Viéndolas pensé que por ahí venía el favor que me pediría. Giró lentamente y me quedé observando esa pequeña línea vertical, abajo del ombligo, por la que cualquier hombre estaría dispuesto a matar; las curvas de la cintura, las rodillas, el abdomen también plano… Solo necesitaba ver mi par, pero Risa jugaba con mi paciencia, con mi curiosidad, con mis ganas, conmigo y amagaba a quitarse la prenda pero no, se reía y me sacaba la lengua. Hacía poses imposibles en el piso. Acercó sus labios a la cámara e hizo como si succionara. Juntamos las bocas, las lenguas. Limpié las babas de la pantalla y le dije, mientras continuaba con mi trabajo manual, que las quería conocer.

–Necesito un favor tuyo, urgente, sos la única persona a la que le tengo tanta confianza como para esto –me escribió, y amagó con mostrarme lo mío–. La fatalidad te puso en mi camino –agregó.

Claro que sí, yo te lo hago, bebé, le dije en medio de la excitación, pero las quiero conocer ya, le repetí. Estaba delirando. Me dije: mi Risa no es oportunista ni interesada. Podrá ser mala novia, desnalgada, engreída, superficial, oportunista e interesada, pero nunca una calientahuevos. Apagó la cámara cinco minutos. Yo dejé de hacerme. Me desesperé. Me enojé mucho. Cuando encendió la cámara vi la imagen de los brasieres en el piso.

 –¿Dónde estás? –le pregunté.

Y apareció como un fantasma y las vi en primer plano. Tres segundos, nada más. Tres segundos. Eran arte. Apagó la cámara de inmediato. Definitivamente valían mi sacrificio, mi sudor, mis melones invertidos, la pobreza por la que estaba pasando, mi iliquidez, mi despecho...

–¿Querés verlas más?

 –Claro, mamacita, no alcancé a ver bien la izquierda y además ya casi termino.

 –Si me hacés el favor te las muestro en vivo y en directo. Serán toditas para vos, como antes. Y guardá las ganas. Es que necesito que...

Le dije que le hacía el favor que fuera, pero que encendiera la cámara que me moría por verlas un ratico más. Risa me dijo que no, que después del favor, que si se lo hacía yo sería el más beneficiado. Me habló de la ley de la gravedad en las mujeres y de inmediato volví a pensar en sus nalgas, si a eso se le podía llamar nalgas, pues en realidad estaban muy caídas. En el momento no pensé en la plata y le dije que sí, que contara conmigo, con el favor, pero que no me dejara iniciado. Risa dijo que no, que no y que no, que después de la vuelta las volvería a ver. Así que terminé por terminar y, como siempre sucede, Risa dejó de importarme. Pensé en quitármele, en decirle que no le haría el favor, que se lo pidiera a los cantantes, presentadores y futbolistas con los que me había engañado. No le dije nada. Me acosté más contento que nunca porque, a pesar de los tres segundos, estaba reconciliándome con la felicidad, que ya vendría abundante. Soñé abrazándolas, mimándolas, hablándoles, ellas me hablaban, me amamantaban, me alimentaban, me alimentaban el ego.

Al otro día, muy temprano, como llevado a la fuerza por mí, me encontré con Risa afuera del banco donde haría el nuevo préstamo. No sabía para qué necesitaba la plata ni le pregunté ni me dijo pero lo sospechaba. Cuando me desperté la soñé sin ropa, a mi lado, voluptuosa por delante y por detrás, como me la merecía. La saludé y, sin embargo, pensando en mi economía, le dije que lo más importante era la belleza interior, que nos devolviéramos y olvidara el antojo, que así y todo la amaba, pero Risa me dijo que la belleza interior era un invento de los feos y de los pobres. Me sonrió, me agarró del brazo y me entró.

Veinticuatro cuotas mensuales, me dijo el funcionario, que le aproveche su estudio en el exterior, añadió, dándome palmaditas en la espalda mientras se las miraba fijamente a Risa. Dos años de sacrificios se me venían encima. Más lo que debía.

Salimos del banco y me sentí feliz porque ella estaba feliz. En el camino me contó que ya tenía programada la cita con el cirujano. Me besó y se puso a saltar como una niñita. Le brincaban y a mí los ojos y el corazón y las ganas. Pronto le brincarían las nalgas.

Cuando me vio concentrado se las cubrió con la chompa, intimidada con mi mirada. Se sonrojó y me hizo jurar que nunca la dejaría. Novios por siempre, le aseguré. ¿Por nada en el mundo?, me preguntó. Por nada. Nos despedimos y en el camino me imaginé lo divertido que sería, luego de la cirugía, tener cuatro manos. Solo tendría que esperar una semana para verla, verlas, verlas.

–Esperé, ansioso, el tiempo de recuperación.

–Quedé lista, mi vida, me escribió por el chat. Ya me recuperé.

–Huyyy, qué alegría, mi vida, poné la cámara yo veo cómo quedaste –le escribí.

Antes me habló de los dolores de espalda por el peso, de sus teléfonos sonando todo el día, de las declaraciones, regalos, propuestas, miradas, de los piropos sucios, de los mil trabajos ofrecidos, de las cadenas y anillos, de los goles y canciones dedicados, de los carros estrellados, de la envidia de todas, de lo que pasa al saltar, correr, coger, jugar basquetbol... y del peso y de la columna y de los dolores de espalda nuevamente. Luego me juró que todo sería como antes y me pidió que le jurara otra vez que novios por siempre.

 Te lo juro, pero encendé la cámara yo te veo, le escribí, impaciente, emocionado. No sabía qué quería mirar primero, si adelante o atrás. Y no te preocupés por esas cosas que todas tienen solución.

 –Ya la tuvieron –escribió, pero no entendí.

Encendió la cámara. Estaba desnuda, de espaldas. Nada de nada por detrás. ¿Y mi plata?, me pregunté. Después giró.

 –¡Sorpresaaaaaaaaaaaaa! –leí sus labios, después las miré.

Me desinflé, como ella. Quedé ido. Mudo. Mirando la planicie recordé nostálgico los tres segundos de gloria. Qué lindo momento. Memorable. Luego recordé las treinta y seis cuotas que se me venían. Risa me vio triste y entonces escribió:

 –Me lo jurás, ¿novios por siempre? «

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