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El Malpensante

Artículo

Cómo amar a un hongo

Traducción del inglés de Helena Calle

Egoístas entre nosotros mismos, parece poco probable que los humanos seamos incluyentes y generosos con otras especies. Las historias excepcionales de un variado grupo de devotos del reino fungi abren la posibilidad de nuevas formas de entender la ecología. ¿Podría ser el aprendizaje y el amor entre especies la manera de sobrevivir en nuestro exhausto planeta?

Andy Moore, veterano de guerra norteamericano y amante de los hongos. © Ilustración de Lorena Correa

La próxima vez que camines a través de un bosque, mira hacia abajo. Una ciudad yace bajo tus pies. Si pudieras, de alguna manera, bajar a la tierra, te encontrarías rodeado por la arquitectura de redes y filamentos de esta ciudad. Los hongos tejen esas redes para interactuar con las raíces de los árboles, formando articulaciones llamadas micorrizas. Las redes de micorrizas no solo conectan hongo y raíz (myces-rhiza), sino que comunican árboles y árboles a través de los filamentos de los hongos, enlazando todo el bosque con líneas directas, enredándolo. Esta ciudad es una escena vívida de acción e interacción.

Es un espacio en el que existen muchas maneras de comer y compartir alimento, y es posible identificar formas de caza en esa ciudad: por ejemplo, algunos hongos atrapan pequeños gusanos –llamados nematodos– para cenar. Pero es solo la manera más cruda de llevar a cabo la digestión. Los hongos micorrizales desvían para su uso los azúcares que aportan energía a los árboles. Algunos de estos azúcares son redistribuidos a través de la red. Otras plantas dependientes, como las micófilas (o amantes de hongos), interceptan la red para hacer brotar pálidos o coloridos tallos de flores (como las pipas indias o las orquídeas raíz de coral). Mientras tanto, como un estómago que funciona al revés, los hongos secretan enzimas en el suelo a su alrededor, digiriendo material orgánico –incluso rocas– y absorbiendo los nutrientes liberados en el proceso. Estos nutrientes estarán disponibles después para los árboles y otras plantas, que los usan en la producción de azúcares para sí mismos (y para la red).

En este proceso también hay una gran cantidad de olores en juego, pues hongos, plantas y animales olfatean no solo los buenos alimentos, sino las buenas alianzas. Y qué olores tan maravillosos, incluso para las narices del reino animal, como la mía. (Algunos hongos, como las trufas, dependen de animales que huelan sus cuerpos reproductivos, para esparcir sus esporas.)

Agáchate y huele el manto del bosque: huele como la ciudad subterránea del reino fungi.

Igual que l...

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Anna Tsing

(1952). Profesora de antropología de la Universidad de California, en Santa Cruz, y de la Universidad de Aarhus, Dinamarca. Ha publicado "Friction: An Ethnography of Global Connection" y "The Mushroom at the End of the World".

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