Google+ El Malpensante

Artículo

Cómo amar a un hongo

Traducción del inglés de Helena Calle

Egoístas entre nosotros mismos, parece poco probable que los humanos seamos incluyentes y generosos con otras especies. Las historias excepcionales de un variado grupo de devotos del reino fungi abren la posibilidad de nuevas formas de entender la ecología. ¿Podría ser el aprendizaje y el amor entre especies la manera de sobrevivir en nuestro exhausto planeta?

Andy Moore, veterano de guerra norteamericano y amante de los hongos. © Ilustración de Lorena Correa

La próxima vez que camines a través de un bosque, mira hacia abajo. Una ciudad yace bajo tus pies. Si pudieras, de alguna manera, bajar a la tierra, te encontrarías rodeado por la arquitectura de redes y filamentos de esta ciudad. Los hongos tejen esas redes para interactuar con las raíces de los árboles, formando articulaciones llamadas micorrizas. Las redes de micorrizas no solo conectan hongo y raíz (myces-rhiza), sino que comunican árboles y árboles a través de los filamentos de los hongos, enlazando todo el bosque con líneas directas, enredándolo. Esta ciudad es una escena vívida de acción e interacción.

Es un espacio en el que existen muchas maneras de comer y compartir alimento, y es posible identificar formas de caza en esa ciudad: por ejemplo, algunos hongos atrapan pequeños gusanos –llamados nematodos– para cenar. Pero es solo la manera más cruda de llevar a cabo la digestión. Los hongos micorrizales desvían para su uso los azúcares que aportan energía a los árboles. Algunos de estos azúcares son redistribuidos a través de la red. Otras plantas dependientes, como las micófilas (o amantes de hongos), interceptan la red para hacer brotar pálidos o coloridos tallos de flores (como las pipas indias o las orquídeas raíz de coral). Mientras tanto, como un estómago que funciona al revés, los hongos secretan enzimas en el suelo a su alrededor, digiriendo material orgánico –incluso rocas– y absorbiendo los nutrientes liberados en el proceso. Estos nutrientes estarán disponibles después para los árboles y otras plantas, que los usan en la producción de azúcares para sí mismos (y para la red).

En este proceso también hay una gran cantidad de olores en juego, pues hongos, plantas y animales olfatean no solo los buenos alimentos, sino las buenas alianzas. Y qué olores tan maravillosos, incluso para las narices del reino animal, como la mía. (Algunos hongos, como las trufas, dependen de animales que huelan sus cuerpos reproductivos, para esparcir sus esporas.)

Agáchate y huele el manto del bosque: huele como la ciudad subterránea del reino fungi.

Igual que las ciudades humanas, esta polis clandestina es un lugar para transacciones cosmopolitas. Desafortunadamente, los humanos en su mayoría han ignorado este vivaz intercambio. Hemos construido nuestras ciudades a través de la destrucción y la simplificación, arrasando los bosques para reemplazarlos con cultivos de comida, viviendo sobre asfalto y concreto. En las plantaciones para el comercio agrícola, privamos a las plantas de la posibilidad de desarrollarse con la ayuda de otros organismos, incluyendo los hongos. Reemplazamos los nutrientes provistos por los hongos con fertilizantes obtenidos a través de la minería y la producción química, con sus respectivos residuos contaminantes. Cultivamos nuestras cosechas de manera aislada en hervideros químicos, volviéndolas tanto o más discapacitadas que un pollo enjaulado, sin pico. Mutilamos y uniformamos los cultivos hasta que olvidan cómo interactuar en los ambientes de otras especies. Una de las muchas extinciones que nuestra idea de desarrollo está en proceso de provocar es la del cosmopolitismo de la ciudad subterránea. Y casi nadie lo nota, porque muy pocos humanos saben siquiera de la existencia de esa ciudad.

Sin embargo, gran parte de esos pocos que notan los hongos los aman con una pasión que quita el aliento. Sibaritas, herboristas y aquellos que quieren una ecología más sana para el mundo a menudo se convierten en devotos del reino fungi. Los cazadores de hongos salvajes alaban su insospechada riqueza, sus colores, sabores y olores, y la promesa de una vida sustentable en el bosque. ¿Cuántas veces estas personas me han contado que evaden sus obligaciones porque han sucumbido a la “fiebre del hongo”, al salvaje entusiasmo de rastrearlos? Incluso quienes comercian con hongos quedan cautivados frente a lo impredecible que puede resultar este producto. Científicos y micólogos se emocionan ante sus secretos de una forma que no ocurre digamos, con los estudiosos de las moscas o de las células MePa. Y mientras algunos devotos fungi se conforman con pertenecer a asociaciones privadas, otros anhelan compartir su pasión con el mundo.

¿Cómo practican los amantes de hongos artes de inclusión que atraigan a otros? En estos tiempos de extinción, cuando el dato más insignificante puede hacer la diferencia entre preservar y descartar cruelmente, tal vez querríamos saber.

 Notarlos

El curador de hongos en el Museo Botánico de la Universidad de Copenhague, Henning Knudsen, me llevó a recorrer la colección del reino fungi del herbario en abril de 2008. Los pasillos lucían pulcros, corrientes. Luego, revisamos las páginas en que conservaban especímenes secos, etiquetados y nombrados en honor de su descubridor. Escondido entre el polvo, el hongo ajado –pero vivo– habla, poniendo su nombre y el de su recolector en la gloriosa historia de la vida en la Tierra.

La taxonomía no es muy popular en estos días; de hecho, sus detractores la consideran una “ruina del placer” causada por la disección y clasificación. Pero manipulando los especímenes en el herbario, es fácil imaginar el placer de bautizarlos. Es nombrando como notamos la diversidad de la vida. Coleccionar es como la pintura, de nuevo, un arte de notar.

El norte de Europa, incluida Gran Bretaña, es la tierra donde nació y se popularizó la botánica, coleccionar y nombrar las plantas. Aun así, notar los hongos no fue fácil, explica el doctor Knudsen, porque los europeos del norte los menosprecian –tal vez les recuerda un pasado pagano–. Fue necesario un rey de Suecia del siglo xix, que era francés, Karl Johan, para que los escandinavos fijaran su atención en los hongos, incluso en el llamado “rey bolete” (también cep o porcini), que aún hoy lleva su nombre. Además, los hongos son difíciles de recoger e identificar, pues sus cuerpos tienden a estar enterrados. Solo sus órganos reproductores –la cabeza o sombrilla– se asoman sobre la tierra, y eso esporádicamente, a veces con intervalos de muchos años.

El doctor Knudsen me contó acerca de Elias Fries (1749-1878), el padre de la micología moderna. Al igual que Linneo, Fries era sueco y amante de las plantas, y extendió la taxonomía linneana al reino fungi. Su trabajo fue posible gracias a la combinación entre una excepcional memoria y una extraordinaria pasión. Reconoció 5.000 especies, recordándolas año tras año en las temporadas sin hongos. Muchos de los especímenes fueron recolectados cerca de su pueblo natal, donde aprendió a amar los hongos. El doctor Knudsen recuerda los escritos del micólogo sobre aquel temprano y duradero romance. Cuando era un niño, Fries encontró un enorme ejemplar de la especie Tricholoma colossus, estaba extasiado: “Amo a mi hermana, amo a mi padre, pero esto es mejor”, cita Knudsen en pocas palabras. Me entrega una copia de las memorias de Fries, que han sido traducidas del latín al inglés. No puedo encontrar el pasaje que el doctor recita, pero una historia igual de apasionante salta de la página:

Aún este día, más de medio siglo después, recuerdo con gratitud la admiración que me invadió cuando, en 1806, fui con mi madre a un bosque consumido por las llamas para recoger fresas y allí tuve la fortuna de encontrar un espécimen inusualmente grande de Hydnum coralloides. Eso fue lo primero que me introdujo en el estudio de los hongos.

Después de eso, empezó a notar hongos en todas partes. De hecho, dedicó su vida a notarlos. A través de su talento para la descripción, Fries atrajo la atención del público. Su entusiasmo fundó la genealogía de la micología sistemática, y el doctor Knudsen, sociólogo de hongos y coeditor de la revista Nordic Macromycetes, es heredero de ella.

Esta genealogía ha reclutado miembros mucho más allá del norte de Europa. Para apreciar el largo alcance de los placeres taxonómicos, uno solo necesita echar un vistazo al extravagante naturalista Minakata Kumagusu (1867-1941), recordado por ofrecer al emperador de Japón una caja de excremento de caballo, cubierto de interesantes especímenes de cieno y moho. Las acuarelas de Minakata conjugan arte y recolección, arrastrándonos hacia una apreciación más atenta. Los colores se arremolinan, el hongo posa: el herbario está vivo.

Notar inspira tanto a artistas como a naturalistas. El compositor estadounidense John Cage (1912-1992) era un cazador de hongos que creía que notar hongos y notar sonidos en la música eran talentos relacionados. En contraste con otros músicos, buscaba una música que forzara los oyentes a apreciar todos los sonidos en su entorno, bien que fueran parte de la composición o fortuitos; notar hongos era una manera de enseñar esta holgada pero precisa manera de prestar atención. En una de sus composiciones, se ejecutaron aleatoriamente anécdotas de un minuto para atraer la atención hacia lo indeterminado (que también es el nombre de la pieza). Muchas de estas historias son sobre las interacciones de la gente con los hongos. Los hongos son impredecibles; ayudan a escuchar. En este fragmento (número 113), Cage es explícito:

 

Música y hongos:

dos palabras contiguas

en muchos diccionarios.

¿Dónde se escribió la Ópera de los tres centavos?

Ahora está

enterrado bajo el pasto a los pies del High Tor.

Una vez la estación cambie

de verano a otoño,

con la lluvia suficiente

o solo el misterioso rocío

que habita la tierra,

los hongos crecen allí,

continuando, estoy seguro, su trabajo de fabricar sonidos.

Y no tenemos oídos para escuchar

la música que las esporas disparan

del basidio forzándonos

a ocuparnos microfónicamente.

 

Fumihiko Yoshimura, fundador de los Matsutake Crusaders © Ilustración de Lorena Correa

Un basidio es parte de los órganos reproductores de un hongo; del basidio, las esporas son “disparadas” en el aire. Un hongo, el “bola de fuego” (Sphaerobolus stellatus), expulsa su masa de esporas con un “pop” –a veces– audible (pero no desde el basidio). Sin embargo, en la mayoría de hongos, el disparo de esporas no puede ser percibido por oídos humanos. En los sonidos que no escuchamos, Cage quiere que encontremos inspiración para la música.

El estilo diseccionado, anecdótico de Indeterminacy es evocativo de otras formas poéticas, como el haikú. Notar hongos –especialmente esas delicias aromáticas que los japoneses llaman matsutake– no ha escapado de ser tema para los poetas de este género. La indeterminación guía de manera similar la mano del artista del haikú, como en este poema de Kyorai Mukai (1651-1704):

Matsutake yo hito

Ni toraruru hana no saki.

 

(Matsutake

Tomado por alguien más

Justo frente a mí.)

 %_siguiente_%

Los matsutake (Tricholoma matsutake y similares) son hongos muy codiciados en Japón. No pueden ser cultivados, lo que lleva a los amantes de los hongos a buscarlos en bosques de pino. Son difíciles de ver y, para el perseguidor de hongos, es frustrante la idea de que alguien más pueda encontrar el que es objeto de su deseo. Miremos con más cuidado.

Expresión y sonido nos introducen a un mundo donde notamos los hongos. Incluso un solo grupo tan valorado, como los matsutake, inspira ricos mundos cosmopolitas de amor por los hongos. Quizás el poema de Kyorai nos incite a considerar aquellas artes de la inclusión que involucran solo a este hongo en particular.

 Conjurando los mundos matsutake: hacia una ciencia democrática

Bajo el mote de Matsiman (los norteamericanos a veces le llaman “matsi” al matsutake), Andy Moore ha dedicado su vida a producir y difundir conocimiento acerca de estos hongos. Moore no es un productor comercial; como se dijo, el matsutake no puede ser cultivado. No es un chef gourmet; ni siquiera le gustan el sabor y el olor del matsutake. No es un científico entrenado, aunque participa en la ciencia orientada por el matsutake. En vez de eso, su meta es hacer accesible el conocimiento. Quiere una ciencia inclusiva, democrática. El matsutake es el objeto a través del cual difunde información y su visión de ciencia al alcance de todos. En su página web –matsiman.com–, Moore postea todo lo que puede encontrar acerca del matsutake y propone espacios de discusión en torno al hongo.

Los matsutake son habitantes micorrizales de los bosques del hemisferio norte, asociados particularmente con plantas coníferas como el pino. Es un grupo de amplio espectro, con población que se extiende por Eurasia, bajando por el Norte de África y a través del Atlántico hasta Canadá, los Estados Unidos y México. En la mayoría de lugares donde crecen estos hongos, no son muy apreciados. Los europeos los llamaron Tricholoma nauseosum, para resaltar la aversión por su olor. (El micólogo estadounidense David Arora los describe como “una provocativa combinación entre chiles picantes y calcetines sucios”.) Pero para los japoneses el olor es “translúcido”. A la parrilla o en sopa, los matsutake son tanto un costoso lujo gourmet como signo de la belleza del otoño.

Hasta la década de los setenta, los bosques japoneses de pino eran una rica fuente de matsutake. Pero estos bosques, ligados a la vida aldeana, comenzaron a reducirse tras la Segunda Guerra Mundial. En el mismo período, la economía japonesa creció y, para 1980, Japón empezó a importar matsutake de otras partes del mundo. Los precios eran altos y los empresarios del hongo se apresuraron a entrar en la competencia. Al principio, los japoneses de la diáspora que habían logrado encontrar hongos en otros países, para su uso personal, guiaban a los importadores. Pero muy pronto todo tipo de personas recolectaban matsutake –sin importar si les gustaba o no–.

Andy Moore era una de estas personas. Originario de Louisiana, encontró su camino entre los bosques de Oregon durante la guerra que Estados Unidos libró en Vietnam. Enlistado como soldado, estaba desilusionado con lo que veía y experimentaba. Se sintió con suerte cuando se le agravó una herida de la infancia, y fue enviado a casa. Por algún tiempo manejó un jeep en una base militar en Estados Unidos, pero un día le notificaron que sería enviado de nuevo al sureste asiático. No estaba dispuesto a ir. Con orgullo recuerda que devolvió el jeep, atravesó las puertas caminando sin permiso oficial, y desertó. Queriendo evitar ser capturado, corrió hacia el bosque. Hizo algo de dinero con varios tipos de trabajos, como cortar leña. Amaba hacerlo, y esto le dio una nueva meta: vivir en el bosque y nunca pagar renta.

A finales de los ochenta, la fiebre matsutake llegó al noroeste del Pacífico de los Estados Unidos. Los bosques se llenaron de recolectores. Los compradores de matsutake armaban carpas al costado de las carreteras para emprender el viaje con los hongos hacia Japón. Este país seguía forrado gracias al boom económico y los precios eran muy buenos; los recolectores esperaban hacerse ricos con “oro blanco”. Moore probó suerte como recolector y lo encontró muy de su gusto.

Moore tenía una situación ideal para recoger –y estudiar– los hongos. Obtuvo un puesto como guardabosques de un extenso terreno privado. Vivía en una pequeña cabaña al fondo de la propiedad; su trabajo le permitía tener tiempo libre y la oportunidad de aprovecharlo. Los matsutake en su terreno estaban ahí sin más, esperando a ser recolectados. Debido a que estos hongos tienen una relación a largo plazo con árboles específicos, la mejor manera de encontrarlos es visitando los mismos árboles todos los años para ver si han crecido hongos. Pero la mayoría de recolectores del noroeste del Pacífico recogen hongos en parques nacionales de entrada libre; vuelven a los mismos árboles pero, a menudo, otros se les han adelantado en la cosecha (¡matsutake, tomado por alguien más justo frente a mí!). La situación de Moore era única: tenía un gran área de bosque para cosechar, y una puerta con candado para impedir la entrada a otros recolectores.

La exclusiva situación despertó su curiosidad por los hongos. Cuando no están “dando fruto”, el área que rodea incluso a los árboles más micorrizados luce vacía y poco prometedora; de repente y sin previo aviso, los hongos se alzan de golpe. ¿Qué factores controlan el brote de los hongos? Moore sabía de varios rumores –contradictorios entre sí– respecto a esta pregunta, pero parecía que no había conocimiento sólido, empírico. Decidió entonces emprender su propio experimento. Como otros recolectores no se entrometían en su paraíso, pudo marcar todas las zonas donde aparecía el matsutake. Así fue posible llevar la cuenta de los lugares exactos donde brotaban, cuántos eran, cuánto pesaban. Estos registros pueden estar relacionados con la lluvia, la temperatura, el precio y otros factores.

Moore no tuvo entrenamiento ni orientación para sus experimentos, solo comenzó a hacerlos. Luego trabajó con los investigadores del Servicio Forestal de los Estados Unidos, en sus proyectos y se convirtió en coautor de varios artículos, pero allí era solo un asistente, sin la potestad para delimitar preguntas o sugerir metodologías. Ya solo, se vio forzado a inventar la ciencia por sus propios medios. Terminología oscura, escalas estandarizadas y sofisticados procedimientos de examinación difícilmente le parecían necesarios. En vez de eso, comenzó por hacerse las preguntas para las cuales los recolectores quieren respuestas: ¿dónde y cuándo aparecen los hongos?

Con algunos estudios preliminares en mano (los hongos respondían a temperatura, no a lluvias), Moore decidió hacer públicos sus resultados. En 1988, abrió su sitio web. No obstante, la página no sería el blog personal de Moore; en vez de eso, facilitaría la producción e intercambio de conocimiento. Todos –sugiere el perfil de la página– pueden investigar, lo único que se necesita es curiosidad. “¿Quién es Matsiman?”, pregunta el sitio web. “Cualquiera que ame recolectar, aprender, entender, proteger, educar a otros y que respete los hongos matsutake y su habitat es un matsiman”.

Para apreciar la extraordinaria naturaleza de este conocimiento público, es importante concederle a Moore su autoproclamada excentricidad. Su puesto como guardabosques ha terminado, pero encontró trabajo como administrador de una zona de camping, lo que le permite vivir todo el año en una casa rodante supervisando terrenos públicos. ¡Para vivir en el bosque y no pagar renta! Mientras tanto se dedica a rescatar gatos callejeros, a fumar y hacer experimentos con hongos. Trata de ganar algo de dinero con mercancías basadas en ellos, como condimentos de hongo ahumado o paquetes de hongos deshidratados para picar. Parece poco probable que sus experimentos generen ingresos considerables, pero mantienen la euforia y el entusiasmo de Moore.

 Conjurando los mundos matsutake: hacia modelos más inclusivos de bienestar

Considere un proyecto diferente de inclusión a partir de los hongos: usar el atractivo del matsutake para ayudarnos a construir formas de vida en las que humanos y no humanos prosperen por igual. El carismático y enérgico activista Fumihiko Yoshimura ha estudiado y trabajado con matsutake durante la mayor parte de su vida. Como científico, el doctor Yoshimura adelanta algo de su trabajo en laboratorios y en áreas forestales. Pero también es el fundador de los Matsutake Crusaders, una iniciativa ciudadana con base en Kioto para revitalizar los bosques matsutake de Japón. Los Crusaders matsutake son voluntarios; su trabajo es esculpir el bosque para devolverle la salud al pino rojo y a su asociado, el matsutake. En Japón, este hongo no es solo una comida deliciosa; es un símbolo que representa un mundo de bienestar ecológico. La consigna de los Crusaders es: “Revitalicemos el bosque para que todos podamos comer sukiyaki”. Se trata de un plato tradicional y popular (un guiso de carne con vegetales que siempre va mejor con matsutake). A veces se come en festejos, o en excursiones al campo en donde los citadinos disfrutan del aire fresco. Comer en compañía, apreciando el mundo de la naturaleza, hace que la gente se renueve tanto como sus bosques. El movimiento del doctor Yoshimura empuja a sus miembros al campo para ofrecer al mundo una renovación.

El doctor Yoshimura se vale de una larga herencia de ciencia matsutake aplicada. Los intentos de promover el matsutake son muy antiguos en Japón. En el siglo xx, este hongo se convirtió en objeto de estudio de la ciencia moderna. Minoru Hamada merece una mención especial por darse cuenta de que la investigación con hongos matsutake puede abarcar la biología básica a la vez que impulsar la producción de un valioso producto económico. El doctor Hamada entrenó a una corte de investigadores matsutake después de la Segunda Guerra Mundial, quienes a su vez entrenaron a muchos de los investigadores actuales. Makoto Ogawa, uno de los estudiantes del doctor Hamada, era particularmente talentoso en la difusión de la investigación científica y convenció al gobierno de enviar investigadores matsutake a cada bosque de cada departamento forestal de cada región del país. El doctor Yoshimura pasó la mayor parte de su carrera en la prefectura de Iwate liderando investigaciones y promoviendo el matsutake.

No es posible promover el matsutake a través del sedentarismo. Mientras los investigadores han logrado hacer crecer micelio con éxito, e incluso micorriza matsutake de pino en laboratorios, nadie ha podido lograr que estos cultivos produzcan una sola sombrilla. En vez de eso, para promover estos hongos la idea es propiciar el tipo de bosque en el que les gusta vivir.

El matsutake en Japón está asociado al pino rojo, Pinus densinflora. Esta es una especie pionera en áreas forestales perturbadas. Por muchos siglos, los aldeanos en Japón han afectado los bosques con modelos de agricultura nómada (también llamada tumba y quema), y con el cultivo selectivo de árboles de hojas anchas. La madera de estos árboles –también llamada madera noble– se usó como leña y carbón de leña. Los pobladores también recogían hierbas, césped y hojas amontonadas como abono ecológico. Una colina despejada, erosionada, con su suelo expuesto, es la situación preferida por el pino rojo.

Todo cambió tras la Segunda Guerra Mundial. La gente de las aldeas empezó a usar combustibles fósiles para cocinar y calentarse, y tractores en vez de bueyes. Nadie se molestó en buscar leña, hacer quemas o recolectar hierbas y pasto. Los jóvenes emigraron hacia las ciudades, dejando las aldeas a cargo de los más ancianos. Los bosques cercanos fueron olvidados. Los árboles frondosos crecieron de nuevo con fuerza vengativa, ocultando a los pinos bajo su sombra. Mientras tanto, los pinos languidecían por una enfermedad esparcida por nematodos. En la espesa sombra del descuidado bosque, los pinos murieron. Sin su anfitrión, los matsutake expiraron. Many, un amante de los hongos, describía las colinas que conoció cuando era niño como “blancas, repletas de hongos”, ahora sin un solo pino.

En los setenta, los citadinos no tenían la suerte de disfrutar los bosques que habían conocido en su juventud, en donde podían captarse breves destellos de flores salvajes que brotaban en primavera o de las libélulas que volaban en verano, donde se admiraban los colores del otoño. Los movimientos ciudadanos crecieron ocupándose del empobrecido medio ambiente del Japón modernizado. A diferencia de los defensores de la naturaleza virgen de Estados Unidos, muchos japoneses se concentraron en las ecologías de lugares afectados a largo plazo por la presencia humana: las orillas de los caminos, las planicies inundadas por los ríos, las redes de irrigación de aldeas y campos de arroz –o de los pueblos dentro de los bosques–.

En esos lugares perturbados, algo que podría llamarse una “relación sostenible” entre humanos y no humanos puede ser demostrado en un microcosmos. La preservación no significaría el desalojo humano de un lugar sino la perturbación dirigida. En el proceso de aprendizaje de antiguos métodos de intervención, los ciudadanos modernos podrían educarse a sí mismos acerca de “cómo estar en la naturaleza”.

Los Crusaders Matsutake del doctor Yoshimura emergieron de esta corriente. El nombre está inspirado en la popularidad de un movimiento de la década de los ochenta, Woodland Maintenance Crusaders, en el cual estudiantes voluntarios cortaban hierbas y malezas que ahogaban al bosque. El grupo del doctor Yoshimura tiene la motivación no solo de “arreglar” el bosque, sino también, posiblemente, de producir hongos deliciosos. Su método consiste en hacer rebrotar los pinos, remover completamente los árboles frondosos, abriendo así la colina a la luz. Cuando los pinos empiezan a brotar nuevamente, las laderas se convierten en bosques iluminados donde se dan las flores silvestres, mientras los conejos y halcones pueden hacer sus madrigueras. Pero nadie puede garantizar que crezcan hongos. Los voluntarios deben hacer el trabajo por amor a la naturaleza.

Todo esto me lleva a un sábado de junio de 2006, cuando mi colega investigador Shiho Satsuka y yo nos unimos a los Crusaders en un día de trabajo en el bosque. El sitio era una empinada colina ahogada por jóvenes y frondosos árboles. Muchos árboles flacos estaban tan pegados entre sí que no se podía pasar la mano –mucho menos caminar– entre ellos. Era oscuro, poco atractivo para los humanos –y para otros no humanos–. La única manera de proceder, explicó el doctor Yoshimura, era limpiando el terreno. Solo el pino rojo permanecería intacto. Cuando el doctor Satsuka y yo llegamos, un grupo de hombres se ocupaban de remover árboles y matorrales. Sorprendentemente (para mí), incluso arrancaban las raíces de los árboles y las tiraban en una gran pila de maleza y tierra. Era un trabajo duro, todo hecho con las manos. Tomaría años limpiar solo esta colina y, a pesar de eso, todos estaban llenos de alegría y entusiasmo.

El doctor Yoshimura nos mostró la colina de al lado, que tras mucho trabajo estaba iluminada, tapizada de pinos verdes. “Probablemente así lucía esta colina en días remotos”, explicó. Ya habían avistado algunos animales y aves; guardaban la esperanza de que crecieran hongos. En la base de la colina había otros proyectos del grupo: un jardín, un horno de carbón de leña, un criadero de escarabajos para los aficionados. Había comida, té y conversación. A la hora del almuerzo, los hombres bajaron sudando. Sus compañeros de equipo trabajaron duro construyendo una extensa línea de acueducto de bambú. Sería el sitio para servir un plato especial veraniego: fideos en sopa (o somen). Hicimos correr agua por el acueducto y la vertimos en los hirvientes fideos al vapor. Nos reunimos en “el acueducto” y comimos los fideos con palitos, mezclándolos con salsas y especias servidas en tazones. Hubo muchas bromas y risas. Conocí terratenientes, amas de casa citadinas, incluso a un antropólogo recién graduado. Alguien recitó un divertido haikú sobre venir de América. Otro mostró con orgullo los ingeniosos “cangrejos” que hizo con sus propias manos. Otro más nos mostró fotos de su propiedad, que esperaba revitalizar usando las técnicas de los Crusaders. Nos entretuvimos un largo rato antes de volver a trabajar. Esta era una revitalización no solo para la colina, sino para los sentidos.

En otoño de 2008, la colina dio su primera tanda de hongos matsutake. Los Crusaders estaban encantados.

 Amar en tiempos de extinción

Las maneras de amar o cuidar que he mencionado son diferentes, incluso contradictorias. A pesar del hecho de que ambas concentran sus esfuerzos en el hongo matsutake, Andy Moore y el doctor Yoshimura podrían encontrar las prácticas del otro un tanto extrañas. Las ciencias exactas, las ciencias sociales y las ecologías naturales en las que participan están relacionadas, pero no de manera constante ni simple. He escrito en otros espacios acerca de la relación oblicua entre la “ecología forestal” observada e interpretada en Oregon y en Kioto. La razón para incluir estos detalles acerca de la ciencia y la ecología en cada región es solo mostrar la fuente de cada intervención creativa. Para Andy Moore, la economía del hongo salvaje –y la oportunidad que brinda para excentricidades– también crea la posibilidad de una ciencia vernácula, esto es, producción de conocimiento en donde la gente del común pueda participar. Para el doctor Yoshimura, el interés ciudadano en curar el medio ambiente ofrece la posibilidad de construir conexiones entre los habitantes humanos y no humanos. Para él, los esfuerzos por volver a esculpir los paisajes del bosque hacen a los voluntarios más felices y saludables a la vez que propician un ambiente hospitalario para múltiples especies.

Cada una de estas intervenciones creativas contrasta tajantemente con la hegemónica práctica orientada a la extinción que podríamos llamar “ciencia agrícola”. La ciencia de las plantaciones nos enseña a trabajar para tener control total de nuestras cosechas. Administradores y expertos, trabajando juntos, deberían ser capaces de manejar la presencia de humanos y no humanos relevantes. Para aquellos que aman los hongos salvajes, tal control no es una meta; la indeterminación, el estado indefinido, es parte de todo el asunto. Cuando los voluntarios se reúnen para proteger bosques perturbados, o los recolectores se preguntan por qué brotan los hongos, las ciencias agrícolas pierden un poco de autoridad.

En las ciencias agrícolas, la técnica y la gerencia trabajan de la mano; los cultivadores nunca son consultados sobre sus cosechas. En las ciencias agrícolas, el bienestar es una fórmula calculada desde arriba de la jerarquía; el daño colateral es esperado y nadie se detiene a preguntar: “¿Bienestar para quiénes?”. En las ciencias agrícolas, expertos y propósitos son separados por un poder intrínseco; el amor no fluctúa entre experto y meta. En comparación, mis historias narran cómo la militancia por los hongos puede liderar proyectos para democratizar la ciencia y el bienestar inclusivo y público. Es la pasión por el hongo –con todos los detalles de su ecología natural y social– lo que hace posibles estos proyectos.

Implícitamente hay una nueva ciencia, de la que este artículo es parte, y su principal característica es el amor entre especies. A diferencia de los estudios tradicionales de la ciencia, su raison d’être no es –esencialmente– la crítica de la ciencia, aunque puede ser crítica. En vez de eso, permite algo nuevo: la inmersión apasionada en las vidas de los no humanos para estudiarlas. Antes, esta inmersión era permitida solo a los científicos naturalistas, y principalmente con la condición de que el amor no se manifestara. La intervención crítica de estos nuevos estudios científicos es que permite un estudio sin liderazgo de la ciencia natural y todas las herramientas de las artes conviven en una conexión apasionada.

En común con la escritura naturalista, se ocupa de comunicar y movilizar al público. También se toma el trabajo de hacer las preguntas incómodas, filosóficas, sociales y científicas, y con el privilegio que otorga la educación superior, se detiene largamente en cada una. Escritores de este nuevo género, incluyéndome, estamos emocionados por la oportunidad de transgredir los límites entre las ciencias naturales y las humanidades. Pero solo tendremos éxito si abrimos nuevos espacios en la imaginación del público, espacios no muy transitados por la pasión o la atención. Para eso, necesitamos sumar los talentos inesperados que otros han traído a esta tarea. Mi historia de los amantes de los hongos y sus proyectos es una pequeña contribución.

 

 

Página 1 de 2

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Anna Tsing

(1952). Profesora de antropología de la Universidad de California, en Santa Cruz, y de la Universidad de Aarhus, Dinamarca. Ha publicado "Friction: An Ethnography of Global Connection" y "The Mushroom at the End of the World".

Mayo 2016
Edición No.174

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Huesos y pelo


Por Pilar Quintana


Publicado en la edición

No. 194



Un cuento  [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

En defensa de la novela, una vez más


Por Salman Rushdie


Publicado en la edición

No. 158



La crisis de la novela ha sido anunciada con visos apocalípticos en distintos momentos de la historia de la literatura. A mediados de los noventa, uno de sus más destacados representante [...]

Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores