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Breviario

El Limón

Unas líneas dedicadas a la iracunda esfera verde, ni fruta ni verdura, atemporal, matemática refrescante, magia para incautos, aderezo de todo lo que hay sobre la mesa y fuera de ella.

©Fotografía de A. Carlos Herrera

Así como el agua es un disolvente universal, el limón es un pasante universal. Si en otros planetas hay limón, de seguro allá en donde sea, lo usan de miles de maneras secretas y sanativas. Lo que es asqueroso e incomible lo pasamos con limón; ostras malolientes, pescados cuyo hedor no se soporta… todos para adentro empujados con limón. El limón a pesar de no tener propiedad lubricante ayuda en el pasaje, permite que la comida haga su pendiente resbaladiza por la tráquea. Las cosas no tienen que ser asquerosas para que las demos al limón. Es el primer ají. He visto a mi hija de ocho años aderezando una empanada con limón como si le hiciera un tratamiento, un ritual de paso para la boca. A los niños que todo les gusta aminorado, les encanta el limón. El limón apoca los gustos, ensanchando la experiencia. Pero no sin efecto; acidificarse la boca es un preámbulo a la picazón.

El limón hace pasable no solo la comida, sino la nada; cuando no hay más que tomar nos dan limonada. En la nevera colgada del fin de mes suelen quedar unos limones. Los vendedores de limón en la calle hablan mal del limón roñoso. Pero al pedir cosas en lugares poco recomendables, todo pareciera quedar envuelto en la capa tranquilizadora de la redención cuando hay limón… tan natural, tan hidratado. No pierde su dignidad como la naranja que arrastra el hedor de su horrenda muerte en los carros de basura. El limón muere a menudo en el desuso de su juventud, en la juventud de su desuso. Hay gente que lo sabe cortar, como las servilletas; sacan unos ocho pedazos de limón de un limón. Como en un juego topológico, no hay dos tajadas iguales. Si uno corta un limón y vuelve a poner juntos los pedazos, dicen que termina con un poco más de un limón.

Pero no solo los matemáticos se han deleitado con él. Las alquimistas contemporáneas lo recomiendan para desmanchar la ropa. La suciedad pasa mejor con limón, le da un aura a las camisas. Las manchas más infectas se sacan con limón: las amas de casa se pasan el secreto en callejones oscuros, por la noche, mientras sus lavadoras revuelcan ropa con unas gotas de limón. El jabón en un intento de engaño ha tratado de meter limón activado entre sus partículas, pero todos sabemos que no es lo mismo. No dudo que algunos han intentado deshacerse de su exceso de melanina con limón y Vanish. El Vanish es la versión humana, artificial del limón. El limón fue pulido por la evolución, nosotros tenemos el Vanish. Pero el segundo no proporciona todo lo que queremos. El limón arde, sus acciones químicas son insospechadas y profundas. Malditas gárgaras con limón y sal, otro misterio de la naturaleza. En la garganta calman, en la herida matan del dolor.

El limón en efecto se ha aliado con otros elementos de la tabla periódica, con el cobre, y con cobre y estaño en el bronce. El limón al tiempo mancha y desmancha. He visto que en algunos restaurantes, como símbolo de frescura, tiran unos limones en una copa gigante. La descomposición del limón no le molesta a nadie; a menudo flotan ingrávidos y putrefactos ganando energía. Nunca se ha herido la sensibilidad de alguien diciéndole que es un limón podrido, como con los indignos huevos. Lo que es muy ácido ni se pudre ni muere jamás y el paradigma de ello es el limón. Otros tratan el limón como un estuche; pie de limón con rayaduras de limón, como si uno conservara la cajita y arrojara el diamante. Al limón no le importa. Hace su cosa, pasa. Encima de la comida, en rayadura no pierde su cualidad de pasante.

Hay quienes ven en él un elíxir que va más allá de estas cosas mundanas. Uno puede derivar de él la invisibilidad, ese sueño… la invisibilidad es posible con el limón. En 1995, McArthur Wheeler entró a dos bancos en Pittsburg a plena luz del día, y sin ningún intento de ocultar su rostro de las cámaras robó en ambos a mano armada. Cuando la misma noche del robo lo capturan y le muestran los videos, con los ojos aguados murmura: “¡Pero si yo me había puesto el jugo!”. Claro que se trataba de limón. Wheeler había actuado bajo la convicción de que el jugo de limón esparcido en la cara hace invisible ante las cámaras. Con la piel quemada y las gotas de cítrico escurriéndole sobre los ojos, confesó que había puesto a prueba su solución de invisibilidad con una Polaroid: jugo en el rostro y snap, desaparecido. Portentoso cítrico que permitió el sueño de la humanidad tan arcano como el de volar.  

Cómo culpar a Wheeler. Claro que hay miles de cosas que ignoramos del limón: por qué se le tira una tajada a una cerveza mexicana, cómo diablos es digno ablandarlo con el pie, por qué se pudre en los árboles y cómo llega a ser mortal… y si esa mezcla que se usa con la sal al tomar un tequila lo vuelve más suave o más bravo, como tomar un toro por las pelotas… sin saber si lo incitamos a la ira o a la tranquilidad ungiéndole las mismas, sí, con un poco de limón.

 

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Roberto Palacio F.

Es filósofo y autor de Sin pene no hay gloria(2008) y de Pecar como Dios manda. Historia sexual de los colombianos (2010)

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