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El Malpensante

Artículo

Al interior de un necrónimo

Traducción del inglés de Daniela Mercado

Un nombre puede definir la vida de una persona, más aún si está ligado a la muerte de otra. Dalí y Van Gogh experimentaron esta imposición: convertirse en un nuevo intento de alguien que no alcanzó a ser. También la autora de este texto lleva prácticamente el mismo nombre de su hermana, muerta mucho antes de que ella naciera. Una letra distinta soporta la misteriosa distancia y la angustiante cercanía que une a las Vanasco.

Solo tu nombre es mi enemigo.

Shakespeare

 

© Ilustración de Daniela Hoyos

 

1

Me nombraron Jeannie por la hija que perdió mi padre.

Todavía recuerdo el día en que supe de ella por primera vez. Tenía ocho años; mi padre estaba en su silla y sostenía una pequeña caja blanca. Mientras mi madre me explicaba que él tenía una hija muerta que se llamaba Jeanne, pronunciado igual que mi nombre, “pero sin la i”, mi padre abrió la caja y apartó la mirada. Adentro había una medalla que Jeanne recibió de una iglesia. “Por ser buena persona”, dijo mi madre. Él no dijo nada. Yo no dije nada. Solo miré fijamente la medalla.

Más tarde ese día, en el sótano, mi madre me contó que Jeanne había muerto en un accidente de tránsito en el Estado de Nueva York cuando tenía dieciséis, muchos años antes de que yo naciera. Dos chicas más iban en el carro. Jeanne se sentó adelante, en medio de las otras. La que conducía trató de sobrepasar un carro, dudó, y cuando trató de volver a su carril perdió el control. Jeanne salió lanzada por el parabrisas y murió inmediatamente.

–Tu padre se echa la culpa –me dijo mi madre–. No puede hablar sobre eso.

–¿Por qué? –pregunté.

–Él le dio permiso para salir esa noche.

Al morir Jeanne, mi padre compró dos lotes funerarios, para ella y para él, uno al lado del otro. Cuando se divorció de su primera esposa, ella reclamó que le cediera su lugar y él aceptó. Poco después de la separación, mi padre tuvo que presentarse de nuevo a la corte. Esta vez por haberle pegado a un indigente en la calle. “¿Por qué mereces estar vivo?”, le dijo mi padre. “Mi hija está muerta y tú ni siquiera trabajas”.

El juez reconoció a mi padre y lo dejó ir.

–¿Conociste a su primera esposa? –le pregunté a mi madre.

–No, se habían divorciado mucho tiempo antes de que lo conociera. To...

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