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El Malpensante

Artículo

Diegón o sobre el juego de la pelota

Un diálogo desconocido de Platón

Encontrados por casualidad hace algunas décadas y aún en proceso de restauración, estos papiros atribuidos a Platón confrontan a Sócrates con un atleta bárbaro de tierras australes. Con la habilidad y soltura de quien dedica su vida a los regates, Diegón, figura máxima del juego de la pelota, sortea la maraña mayéutica en torno a la naturaleza del deporte y la virtud de quienes lo practican.

 

© Ilustración de Juan Gaviria

Sócrates no escribió casi nada y Platón lo escribió casi todo. La ambivalencia semántica de un diminuto objeto directo y de un no menos pequeño adverbio de cantidad muestra plenamente, en toda su desnudez, la conocida cuestión socrática: ¿qué y a quién escribió Platón? Esta es la cuestión de Sócrates. Casi toda. Al menos la de sus seguidores. Porque es cierto que muchos otros, entre ellos Aristófanes y Jenofonte, Antístenes y Aristóteles, en fin, casi todos los que hicieron filosofía en Grecia después de Sócrates, también lo escribieron. Pero la fortuna y la historia han querido que entre ellos hablara más alto el Sócrates de Platón o, para decirlo más literalmente, el Platón de Sócrates.

Los doxógrafos afirman que Platón, antes de los diálogos, había escrito tragedias que después quemó; el por qué no está muy claro. Algunos aducen que en ellas no había dado un papel suficientemente relevante a Sócrates y que, por eso, escribió entonces los diálogos socráticos.

Estos diálogos, llamados por los filólogos “tempranos” o “de juventud”, llevan el nombre de aquellos que se atreven a hablar con Sócrates: Eutifrón, un sacerdote; Laques, un militar; Ion, un poeta; Protágoras, un maestro; Lisis y Cármides, dos jóvenes; Trasímaco, un político; Critón, un amigo; en la Apología, los jueces. Hay otros, claro. Podemos agregar a esta lista el diálogo inédito que aquí estamos presentando en versión castellana: con Diegón, un atleta. Llamarlos por su nombre es la ofrenda de Platón a los caídos, personajes que empiezan en el entusiasmo y terminan en la confusión, que siempre empiezan por saber y terminan por no saber. La tradición temprana interpretó otra cosa. Añadió a estos nombres un subtítulo que pretendía indicar el tema principal de los diálogos. Nada más errado que creer que Sócrates o el otro hablan de eso. El otro sabe pero Sócrates no deja a nadie saber. Platón lo dice a su manera con sus títulos. Sócrates no habla. Todo lo que hace ...

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Walter Omar Kohan

Profesor de filosofía de la educación en la Universidad del Estado de Río de Janeiro.

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