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Breviario

Diario de un comediante hispano en Nueva York

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© Freeimages - Rawku5

 

Siempre me pregunté si Óscar Collazos, escritor famoso, supo alguna vez del otro Oscar Collazos, sin tilde, comediante. Pero lo dudo: no soy tan conocido todavía.

Decidí subirme por primera vez a un escenario en 2001. Esa noche aprendí las tres peores cosas que puedes hacer como comediante: tomarte mucho tiempo presentándote (en un open-mic a nadie le importa quién eres a menos que ya seas famoso), escoger a una persona del público para tu primer chiste (más si esa persona es negra y el tuyo es un chiste racista en medio de un público lleno de negros) y, por último, que se te trabe la lengua. Aquella primera vez cometí los tres errores fatales en menos de un minuto, así que me abuchearon y me bajaron y hasta hoy, tras quince años de estar haciendo comedia, cada vez que piso un escenario regreso a ese momento.

Nací en Cali y a los siete años nos mudamos con mi familia a Estados Unidos. Cuando llegué a este país entré a segundo grado y no hablaba una pizca de inglés. El año siguiente hicieron un concurso para saber quién era el más chistoso de tercer grado y me lo gané. No es que hablara mucho más inglés, pero, bueno. Para cuarto grado ya era el payaso de la clase. Como ven, iba haciendo carrera. En la universidad era animador de eventos y la gente se reía de mí. Podría decir que es cosa del destino.

Cuando estaba en la universidad hice mi práctica en el programa Late Night with Conan O’Brien, que pasaban por la NBC. Conan está bien, yo admiro a todos los que tienen las pelotas de hacer esto, pero tengo dos comediantes favoritos. El primero es Bill Burr, un tipo blanco y pelirrojo de Boston, un degenerado ignorante y muy inteligente que se burla de los quejosos que abundan en este oficio. El otro también es un bostoniano blanco y pelirrojo, pero es más nerd, se llama Louis CK, un tipo divorciado con dos niñas, que odia todo, desde las cosas más cotidianas. Mientras trabajaba en Late Night me di cuenta de cómo era el negocio, rodeado por guionistas; me animé a hacer mi primer open-mic, y ya sabemos cómo resultó eso. Una semana después me encontré en los pasillos de la NBC con D. L. Hughley, un famoso comediante negro, y pensando en el fiasco que había pasado, le pedí algún consejo. Él me miró y me dijo: “No es bueno comenzar con un público negro. Búscate un salón lleno de blancos”. Lo escuché y me fui a un club en Nueva Jersey.

Hughley tenía toda la razón: un público blanco suele ser más fácil, aunque a veces ocurre todo lo contrario y puede ser más importante que tenga algo en común contigo. Durante una época estuve trabajando en cruceros, y una vez me presenté en uno que salía de Canadá hacia Nueva York. Cuando subí al escenario miré con pánico a mi audiencia. Yo era un joven latino de Miami, con la piel un poco oscura; las personas frente a mí eran una enorme y blanca multitud de ancianos canadienses. Busqué a algún latino escondido entre las mesas, cosa que hago en momentos de desesperación, puesto que la risa es contagiosa y sé que si cuento algo sobre mi madre ese tipo se va a tener que reír. Pero nada. Empecé mi show resignado y lo que siguió fueron 45 minutos de un silencio total, sin reproches ni abucheos, pero sobre todo sin risas. Todos esos ancianos eran muy corteses y no hicieron que me bajara, pero ninguno de ellos profirió el menor ruido, ni siquiera una tos. Me miraban callados, fijamente. No sé si es peor que te bajen del escenario en menos de un minuto entre abucheos, o el sonido de tu voz en medio del silencio absoluto.

En Nueva York el mercado de comediantes es muy amplio, así que, para competir, a algunos nos toca hacer shows gratis. Los sitios de stand-up tienen una sala de espera donde nos embuten a todos, el Green Room, un cuarto casi siempre estrecho. El otro día estaba en uno con otros doce tipos. Allí, sí o sí, entras en calor. Uno se foguea con chistes y se pone a echar chismes: a quién le dieron un programa en la televisión, quién tiene su propio podcast, quién está saliendo con la ex novia de tal comediante... Siempre hay mucho trago y a veces marihuana (cuando el Green Room es lo suficientemente hermético para que el humo no les llegue a los espectadores).

Si uno quiere vivir de la comedia tiene que presentarse todas las noches. Pero, si uno quiere vivir, también tiene que ganar plata. Así que hace doce años tengo un trabajo como mesero que me permite hacer dos o tres shows por semana, lo cual no sirve de nada; sería indispensable presentarme a diario para volverme famoso. Si uno quiere trabajar fuera de Nueva York, donde pagan mejor porque hay menos gente metida en esto, tiene que ser bueno. A veces hago shows en otras ciudades, y uno puede ganarse unos 100 dólares por noche, mientras que en Nueva York unos 25 ya es mucho. En esos espectáculos de provincia hay muchos comediantes que se rebuscan vendiendo camisetas y otros artículos con sus chistes después de terminar sus shows. El otro día armé un cd para vender al final del mío. No me pregunten por qué, pero en vez de grabar mis chistes puse a una amiga a entrevistarme. El resultado fue una autobiografía, así que cuando la gente me iba a comprar el disco, tenía que advertirles que lo que iban a oír no era nada chistoso.

Hay días en los que pienso en dejar la comedia. Como esta noche, por ejemplo, luego de pasar cinco horas volando 2.330 kilómetros, tomar dos vuelos desde Nueva York para llegar a Oklahoma, y atravesar la ciudad una vez llegado aquí, para encontrarme con siete personas en el público. En una ocasión, me contrataron para hacer el show principal de un evento de beneficencia en Connecticut. Tres horas de ida y tres de regreso en tren. El día de la presentación, dos compañeros del restaurante se enfermaron, así que me retrasé y perdí el tren que hacía paradas y era más económico; no tenía tiempo para alquilar un auto ni hubiera logrado llegar a tiempo en bus. La única opción era comprar un boleto de tren directo. Me pagaron 75 dólares por esa presentación y el solo pasaje de tren costó 80. Con eso digo todo.

La gran apuesta de este oficio, cuando uno se para en el escenario con el micrófono, es intentar que el público se convierta en cómplice de tus neurosis, y las risas que logres dependen de la humildad. Una vez, durante una presentación, un tipo se reía de mis chistes mirando hacia la barra. Eso me incomodaba, me preguntaba a quién estaba mirando, con quién había hecho una apuesta, o qué pasaba. Así que paré mi rutina emputado y le dije: “Man, estoy aquí arriba, ríete todo lo que quieras, pero mírame a mí”. Y entonces noté un bastón muy particular a su lado. Acababa de insultar a un ciego.

Por lo pronto, y pese a saber que me contradigo, no tengo ningún deseo de dejar de hacer comedia. Creo que es una carrera que no tiene edad de jubilación. Yo mismo espero seguir haciendo esto cuando sea viejo y ya no tenga un micrófono sino un bastón en la mano.

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