Google+ El Malpensante

Entrevistas

Ciudad fragmentada

Entrevista a Silvia Arango

Con frecuencia, los movimientos latinoamericanos en arquitectura se tildan de “eclécticos” por considerarse un eco tardío de corrientes foráneas. En esta entrevista, una teórica de la arquitectura analiza la ciudad latinoamericana con sus propias leyes y peculiaridades, identifica los puntos de encuentro del continente y los caminos por los que se desplaza el urbanismo contemporáneo.

© Ilustración de Lorena Correa 

 

En 1992 fue la primera vez que un trabajo de investigación ganó la Bienal Colombiana de Arquitectura y Urbanismo, en lugar de un edificio o proyecto urbano. La obra, Historia de la arquitectura en Colombia, fue escrita por Silvia Arango, una arquitecta bogotana que ha dedicado la mayor parte de su carrera al estudio de la teoría y la historia de la arquitectura. Lo que sucedió en el 92 fue un triunfo para una labor teórica que venía desprestigiada en el campo.

A lo largo de varias décadas, Arango ha tenido un rol activo como teórica de la arquitectura y estudiosa de las ciudades latinoamericanas. Desde 1997 dicta clases de historia y teoría de la arquitectura en la Universidad Nacional, ha hecho estudios en semiología, y entre sus investigaciones destacan una sobre la evolución del espacio público bogotano en el siglo XX, y otra sobre la relación en la misma ciudad entre formas urbanas y formas simbólicas durante el período de 1880 a 1920. Esto, claro, sin mencionar su obra más controversial.

Diez años después de ganar la Bienal, publicó Ciudad y arquitectura, un proyecto ambicioso donde analiza la modernidad latinoamericana. El libro marcó un hito por ser una crítica perspicaz contra la historiografía tradicional en arquitectura, alejándose de ella y utilizando un método alternativo. Para Arango, el método tradicional, en primer lugar, limita el devenir de la arquitectura a una pura sucesión de estilos, y además reduce cada estilo a una simple consecuencia formal del que lo antecedió. Pese a su influencia, en Latinoamérica la tendencia sigue siendo estudiar la arquitectura desde este enfoque estilístico y, en particular, como una sucesión basada en estilos europeos. En consecuencia, muchos de los movimientos surgidos en el continente han sido relegados al anonimato y reducidos a una manifestación tardía de alguna corriente foránea. Parafraseando a Arango, esa dependencia historiográfica deriva en una interpretación anacrónica de nuestra propia experiencia arquitectónica y tiene consecuencias inmediatas en la forma como se piensa y construye la ciudad.

Como alternativa para aproximarse a la historiografía, Arango acudió al método generacional planteado por Ortega y Gasset, quien señalaba la generación como el concepto más importante para entender la historia: un grupo de personas que tienen relativamente la misma edad y están unidas por lo que él llama “vigencias”, el conjunto de creencias, ideas, valores y costumbres que construyen una forma de interpretar la realidad y de actuar sobre ella.

A diferencia del estilístico, el método generacional subordina los aspectos formales a los procesos sociales. Por eso, mucho más que una investigación arquitectónica o urbana, el propósito del método generacional es entender “una estructura histórica” a través de la arquitectura y la ciudad.

 Hoy en día seguimos estudiando la historia de la arquitectura a través de los estilos y seguimos entendiendo los que se presentan en Latinoamérica como el resultado tardío de movimientos foráneos. Tal sesgo ideológico tiene una manifestación práctica: la forma en que ciertos sectores impulsan el desarrollo y urbanismo de nuestras ciudades. Una perspectiva diferente permite arrojar luz sobre los modelos de ciudad que replicamos actualmente, y señala de forma tentativa hacia dónde deberíamos dirigirnos.

 

 En la época moderna (1885-1975), América Latina tenía una serie de características urbanas y arquitectónicas que la convertían en una unidad histórica: contigüidad geográfica, relativa homogeneidad de lengua y religión y un sentimiento de radicación. ¿Crees que ese vínculo sigue vigente o ahora las unidades urbanas trascienden la cercanía espacial? Por ejemplo, es posible que Bogotá tenga más en común con Ahmedabad que con Buenos Aires...

La globalización es un fenómeno que tiende hacia la homogenización mundial, pero tiene el otro lado de la moneda: la exacerbación de las identidades. Aunque, por un lado, Europa está agrupándose bajo un régimen económico común, por el otro, los franceses nunca han sido más franceses ni los ingleses más ingleses. El fenómeno de la homogenización conlleva la necesidad de diferenciación, y hoy en día existe una preocupación muy fuerte por la identidad y la acentuación de las diferencias. En ese sentido, América Latina tiende a la autoafirmación; creo que eso sigue siendo vigente, por lo menos como constructo ideológico.

 

 ¿Cuáles crees que son los denominadores comunes de las ciudades latinoamericanas en la contemporaneidad?

La urbanización acelerada fue la peculiaridad más importante de las ciudades latinoamericanas en la arquitectura y el urbanismo modernos. El continente tenía un 30% de suelo urbano y un 70% de suelo rural a comienzos del siglo XX, y a finales de siglo era al revés. La mitad de Bogotá fue hecha de manera informal y la otra mitad fue planificada. En São Paulo pasó lo mismo, un porcentaje altísimo fue hecho por autoconstrucción, sin planificación alguna. Lo mismo en Tegucigalpa y Buenos Aires, que se siente la señora europea; claro, está el centro, pero después viene toda la región bonaerense, donde hay porciones enormes de autoconstrucción. Esos bolsones de marginalidad, aunque en realidad hoy en día ya no hay “centros” ni “márgenes”, son característicos, pero no exclusivos de la ciudad latinoamericana, y eso la diferencia de la europea y la norteamericana.

© Ilustración de Lorena Correa 

 

 

 

 ¿Qué significa esa inexistencia de centros y márgenes? 

Hablaba en un sentido figurado, es decir, que culturalmente ya no se depende de un centros. En el siglo XIX, los pintores dependían de París. Había un centro irradiador de cultura y muchos receptores. Hoy en día hay múltiples emisores. Ahora, en términos físicos, la ciudad sí se ha ido desvertebrando. Vivimos en una ciudad de fragmentos. Sin embargo, el centro histórico, aunque no sea el centro geográfico de la ciudad, tiene una carga simbólica y sigue siendo un lugar de encuentro para muchos ciudadanos; en América Latina existe un interés por conservarlos como pasa en Lima, en Quito, y un poco en Colombia.

 ¿De qué manera se está fragmentando la ciudad?

Hoy en día, los índices de crecimiento se están deteniendo. El año pasado São Paulo dejó de crecer, y Bogotá está estancándose, en términos de población, pero sigue extendiéndose, a través de esas porciones de ciudad autoconstruida que recibimos como herencia. Hoy en día, en las metrópolis como Bogotá coexisten elementos superdesarrollados del siglo xxi, aspectos que perduran del siglo xx y otros que parecen sacados del xix. Es una superposición contradictoria, un enfrentamiento en ocasiones muy violento. Eso, por ejemplo, no pasa en muchas ciudades europeas, que pierden miles de habitantes al año. En lo que fue la continuación de la escuela Bauhaus en Weimar, dictan una clase que se llama “desurbanización”. Como las ciudades europeas cada vez son más pequeñas hay zonas donde no se sabe bien qué hacer. Hay edificios de veinte pisos que no se sabe si cortarlos por la mitad, demolerlos y volver ese espacio un parque, o convertir en rural tierra que solía ser urbana. Es decir, se están preguntando cómo desurbanizar. Nosotros no tenemos ese problema y no lo vamos a tener por algún tiempo, porque seguimos hablando de urbanización.

 

 ¿Seguimos hablando de urbanización y de continuar extendiéndonos por tratar de atar la ciudad constituida a esos pedazos informales?

Los pedazos informales eran periferia en 1950, pero hoy en día las zonas autoconstruidas se entienden como parte integral de la ciudad. En los años treinta, las periferias eran Teusaquillo, Chapinero, La Magdalena... barrios de casas aisladas entre jardines, muy distintas a las del centro. Pero ahora son barrios centrales. La periferia actual está en Chía, Cajicá... Allá encuentras la no-ciudad, conjuntos cerrados y autónomos de las clases altas. No hay relación entre ellos y en el futuro muy difícilmente tendrán coherencia. Porque Chapinero y Teusaquillo, por mucho que fueran ciudades aisladas, fueron trazados como urbanizaciones en relación con la ciudad. Y Karl Brunner se encargó luego de entretejer los distintos retazos. Pero es muy difícil que esta periferia hecha de manera hermética se vuelva ciudad. Por otro lado, la tendencia urbana de nuestro tiempo es a encogerse; esta excesiva extensión nuestra tendrá que parar en algún momento, y a los futuros urbanistas les tocará desurbanizar. Hoy en día, hay dos grandes modelos de urbanización en América Latina. Uno que propende hacia la concentración urbana y que dice: “La ciudad no se debe extender más, densifiquemos lo que tenemos”. Este fue el que Petro impulsó en Bogotá pero implementó de forma deficiente, por ejemplo permitiendo la densificación en altura aleatoria en lo que definió como “centro ampliado”. Y el otro, el de Peñalosa, que dice: “Extendámonos. Qué importa. Algún día llevaremos allá los servicios, las carreteras y el alcantarillado”. Él insiste en construir en Madrid, en Mosquera y en Soacha. Es decir, por fuera del distrito. Esa actitud expansionista, te lo digo francamente, me parece suicida. Ese es el modelo de Ciudad de México.

 

 ¿Cuáles son las virtudes del modelo expansionista? ¿Por qué algunos siguen insistiendo en él?

Que produce mucha plata para unos pocos. Siguen con la inercia del siglo XX: comprar tierra rural por hectárea y venderla como tierra urbana por metro cuadrado. Ese es un negocio que se está haciendo en la ciudad latinoamericana desde comienzos del siglo pasado.

 

 Es que mientras algo sea rentable…

Sí, desafortunadamente a veces nada preserva más el patrimonio que la pobreza. Panamá se volvió horrible porque hay mucha plata. Es un extremo grotesco de lo que provoca la abundancia. El desarrollo no tiene que ir en contra de la conservación del patrimonio y la memoria colectiva. Pero actualmente llegamos a un momento en que esa idea de avance ha llegado a su límite, manifestaciones del siglo XX que alcanzaron su máxima expresión y ahora nos muestran su faceta negativa. Los problemas del siglo xxi no se pueden arreglar con soluciones del siglo pasado, y ese, me parece a mí, es el gran error de Peñalosa. Sigue pensando como un urbanista de 1960, cuando ya estamos frente a otros retos. Además, las peculiaridades de la ciudad latinoamericana no se pueden enfrentar ni con los instrumentos de la ciudad europea ni con los de las ciudades asiáticas. En algún lugar de Ciudad y arquitectura suelto una idea que suena terrible, que la gran aspiración latinoamericana es vivir de la renta. Poder dejar de trabajar algún día y vivir de la renta. Y el que no tiene pensión para su vejez compra un apartamento o una casa para arrendarla y vivir de eso. Es un modelo de vida, y una aspiración de vida, que es muy latinoamericana.

 

 Y que al mismo tiempo aumenta la demanda de construcción.

Sí. Y hace que la permanente renovación de la construcción sea deseable. Mantener el patrimonio es luchar contra las expectativas del que quiere tumbar casas que fueron hechas hace sesenta años. Hay una expectativa rentista y una ausencia de conciencia sobre el patrimonio que son muy latinoamericanas. Proteger el patrimonio se considera un atentado contra el progreso.

 

 La religión y la lengua eran muy importantes para mantener la unidad histórica de la ciudad latinoamericana durante la modernidad. ¿Siguen vigentes?

No creo que la religión siga siendo un factor muy importante, pero la lengua sí lo es. No es lo mismo pensar en español que pensar en inglés. Nosotros lo hacemos en español y eso cohesiona enormemente. Por otra parte, no podemos pensar lo que no podemos nombrar. Si uno no puede denominar un fenómeno nuevo, no lo ve. Te pongo el ejemplo de la ciudad informal, que ha empezado a ser intervenida de manera inteligente en los últimos años, como en el caso de los pui (proyectos urbanos integrales) en Medellín. El Metrocable y demás proyectos afines son reformas contemporáneas en el sentido de que reconocen las circunstancias de la ciudad informal, no la tratan de volver otra cosa. Hace sesenta años, hubieran echado un bulldozer para hacer edificios nuevos, porque “así es como hay que vivir”. Hoy en día hay más respetico y dicen: “Bueno, así creció esta ciudad informal. Trabajemos con lo que ya está ahí, mejoremos su espacio público, busquemos un sistema de transporte que se acomode a sus circunstancias. No tiene un trazado regular, pues entonces respetemos el trazado irregular y juguemos con esas reglas”. Eso me parece muy inteligente y realista. Sin embargo, hay una trampa del lenguaje que aún no reconoce ciertos espacios. Por ejemplo, para denominar un espacio informal que está torcido, ¿qué palabras podemos usar? Plaza, plazoleta, calle, callejuela, bulevar, avenida... Es decir, tenemos un conjunto de palabras que se han formado a la luz de una tradición urbana distinta. Entonces para intervenir esa ciudad, para denominar esos nuevos espacios, tenemos que inventar palabras nuevas, porque si no los nombramos no adquieren una existencia intelectual.

 ¿Qué consecuencias particulares ha tenido el español sobre las ciudades contemporáneas?

Es un lugar común decirlo, pero las dos grandes creaciones colectivas son la lengua y la ciudad. Toda palabra nace porque alguien la inventa; sin embargo, su uso puede volverse colectivo o no. “Vigencia”, por ejemplo, es una palabra que inventó Ortega y Gasset y que luego se introdujo al castellano. Lo que la carga de significado en el trascurso del tiempo es el conglomerado social. Pasa lo mismo con la ciudad: está hecha a golpes de arquitectura. Y la arquitectura siempre es hecha por alguien, pero su uso es colectivo. De manera que la lengua y la ciudad se comportan de manera similar en su conducta plural.

Hay aspectos del español que tienen su equivalente en términos urbanos. Te voy a poner un ejemplo: la distinción entre “ser” y “estar” que hay en castellano implica una diferenciación entre la situación específica, que es contingente y pasajera, y el ser, que es esencia inmutable. Con la palabra “estar” damos una gran importancia a los eventos cotidianos y contingentes. La ciudades latinoamericanas, y en general las de las lenguas latinas, no están hechas de esencias, de grandes espacios emblemáticos y simbólicos, sino de una gran cantidad de espacios para esas situaciones del encuentro con el otro. Espacios donde uno está, pero que no necesariamente son.

Si miras las crónicas coloniales te das cuenta de que resaltan la importancia del altozano, que era una zona elevada frente a las plazas. Ahí se reunía “toda la Bogotá que era”. Se cocinaban los chismes políticos, uno se enteraba de los últimos acontecimientos, si había llegado un extranjero, un libro, o cuál era la última novedad de Europa. No estar ahí era aislarse de la vida social de la ciudad. Pero como espacio no era gran cosa, no tenía mucho significado. Y como el altozano, hay muchos otros espacios.

 

 En 1993 Marc Augé, antropólogo francés, escribió Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Ahí plantea que los lugares son los espacios vitales o históricos y los no-lugares los espacios transitorios. Esa es una concepción muy moderna de lugar. ¿Qué noción tenemos de lugar y de no lugar en la ciudad contemporánea?

Salmona decía que la arquitectura convierte un sitio en un lugar. Es decir, preexisten la tierra, las montañas y demás sitios con determinadas características. Pero cuando los intervienes con la arquitectura, empiezan a ser lugares. Es lo mismo que darle a algo o a alguien un nombre, pero en términos espaciales. La arquitectura tiene el poder de dar individualidad y existencia reconocibles a un sito. Entonces, un lugar es un espacio que tiene la capacidad de suscitar memoria, de alojar situaciones vitales, de convertirse en algo que puedes describir. Adquiere existencia para alguien.

 

 Sueles decir que en todo momento histórico hay al menos tres generaciones actuando. ¿Cuáles son en nuestro caso?

Hay una generación vieja, la mía, que hizo arquitectura basada en el lugar, interesada en la relación con la ciudad y con una especial atención en el espacio público y el patrimonio. Un representante claro es Daniel Bermúdez. Hay una generación intermedia que está hoy en el poder. Es preciosista, yuppie, y eficientista, y nos tiene acosados en la universidad con que hay que llenar formatos, tener logros, misión-visión y no sé cuánta vaina. Han uniformado el planeta con esta idea de hacer todo más eficiente, de que las empresas que no son rentables no deben existir. Esta generación está representada por Mazzanti, Daniel Bonilla, González-Pacheco... Y hay otra generación que está empezando a afirmarse, cuyo representante más claro para mí es Simón Hosie. Los que están en el poder intentan figurar como individuos, que sus proyectos se exhiban en todo el mundo, que se sepa que este arquitecto es muy importante y estuvo en el MoMA... En cambio, los de la nueva generación trabajan en colectivos, disuelven la autoría individual, son mucho más transversales; ven la arquitectura no tanto como una actividad artística personal, sino que la relacionan con la sociología, la antropología, el cine... Trabajan de manera más natural entre distintas disciplinas, abordan zonas marginales, y ese es el verdadero desafío del siglo xxi. Son una generación mucho más politizada y las esculturas de la generación anterior les parecen artificiosas. Tienen la idea de sostenibilidad, que cambia la visión de desarrollo que alimentó toda la modernidad. Como sucede normalmente, se sienten más cercanos a la carreta de la arquitectura del lugar y otras ideas de mi generación. Más que distintas tendencias, son tres generaciones que actúan simultáneamente con intereses distintos, no necesariamente contradictorios. Y es que en historia los problemas no se resuelven, se disuelven. A veces, los grupos de varias generaciones, aunque diferentes, a distancia se ven como una unidad. Por ejemplo, durante el iluminismo del siglo XVIII, estaban los reyes ilustrados, los evangélicos y, en general, una serie de fenómenos que desde el siglo XXI se perciben como un todo. Se necesita una distancia histórica.

 

 ¿Qué tienen en común estas tres generaciones?

Ninguna de las tres es moderna. Claro que todavía hay gente que piensa así, como Peñalosa, y eso es normal. Pero para el pensamiento más avanzado, el de las élites intelectuales, la modernidad ya murió. Mira por ejemplo la paradoja de la arqueología que hace poco señaló Carl Langebaek: antes estaban convencidos de que las tumbas que encontraban llenas de ofrendas y collares pertenecían a los ricos del pueblo y que las que no tenían sino una moyita eran las de los más pobres. Y construían todo un cuento alrededor de la estructura social del pueblo. Pero ahora la arqueología forense ha mostrado que varios de los cuerpos en las tumbas más pobres estaban mucho mejor alimentados que algunos de las tumbas más ricas. Mientras unos comían venado, los otros comían maíz venteado y murieron mucho más jóvenes. Esto quiere decir que a lo mejor, para ellos, la tumba no tiene el sentido que los arqueólogos le daban. Es decir, que no hay una correlación entre riqueza y cantidad de objetos en las tumbas. Eso tiene sentido para el capitalismo en el que vivimos hoy en día, pero no podemos trasladar esa lógica a otras culturas. De igual forma, muchas de las certezas que teníamos en la modernidad han variado enormemente, y no solo en arquitectura, pero esta y la ciudad son muy buenos termómetros para medir transiciones sociales a gran escala.

 

 ¿Cómo se ven reflejadas estas transiciones en la arquitectura?

Mira la idea de cultura, por ejemplo. La generación yuppie que está en el poder considera que la cultura es entretenimiento, espectáculo, que todo deber ser rentable, eficiente, bonito. Es una visión del mundo como de cuarto de cirugía. Y entonces la cultura se ha convertido en mantener a la gente entretenida, en producir dividendos. Tiene que ver con el turismo, con que mucha gente asista a los eventos culturales, medir el éxito con números. Y eso requiere espacios. Entonces han creado estas especies de centros culturales que en realidad son centros de espectáculos. Como la pretensión de la ministra de hacer del Teatro Colón un gran centro de las artes sin respetar la forma de La Candelaria; ese centro simbólico no solo tiene un estilo que lo une sino una escala, una paramentación y un ritmo particulares. El Teatro Colón va a romper ritmo y escala, como un ruido que interrumpe bruscamente una melodía que fluye armónica. Pero es para que la gente vaya al centro y para que la cultura sea “visible”. Hasta en el pueblo más chiquito instalan un supuesto centro de cultura, que después no saben cómo llenar. Todo con el pretexto de que “hay que llevar la cultura”.

 

 ¿Y qué significa la cultura para las otras dos generaciones, la tuya y la que comienza a asomarse?

Mi generación tenía una visión más antropológica. Entendíamos la cultura como una serie de rasgos de un pueblo que se expresan en su literatura, en su pintura, en su arquitectura y en sus costumbres; como elemento cohesionador que da coherencia a las distintas manifestaciones y expresiones de un conglomerado. La generación de mi padre, o de mi abuelo, tenía una visión de la cultura más espiritual, relacionada con la integridad y la entereza. La nueva generación tiene una perspectiva sociológica, un respeto por la visión del otro. Estamos en un mundo compuesto por tantas diferencias que la experiencia natural de alguien joven es asistir a muchas maneras de entender el mundo. La palabra “tolerancia” se usa mucho hoy en día y se puede arraigar como creencia. Es decir, para esta generación la cultura es la aceptación de la diversidad.

 

 ¿Estamos en proceso de volvernos a poner en contacto con el mundo inmediato y sensible?

Sí, lo veo en la nueva generación. Hace poco Hosie nos dio una charla en la universidad. Él está trabajando en San José de Saco, y decía: “Es que para entender a San José de Saco hay que entender a Shirley, la reina del corregimiento. Es una señora que tiene características propias”. Es decir, no son “los indios de Colombia” o “los afrodescendientes”. Hay una recuperación de esa dimensión sensible inmediata. Esta nueva era que inicia abomina de la abstracción modernista, que fue llevada hasta sus últimas consecuencias. Todo se abstraía y así se podía estandarizar. Cuando vives en el mundo de las concreciones le haces la casa al señor Juan González, que es un señor gordito, con dos hijos y una esposa gruñona. Pero cuando vives en el mundo de las abstracciones, es el hombre, la humanidad. Y tú puedes hacer una casa y multiplicarla para la humanidad. Lo que se abstrae son los elementos esenciales de las personas, y luego uno diseña para esos elementos. Así es la arquitectura abstracta, el principio del fin de la modernidad, cuando las realidades dejaron de ser tales. Y así son las casitas de Vargas Lleras: “Vivan ahí. ¿Quiénes? Pues la gente”. Vargas Lleras viene de una generación a la que no le interesan sino las cifras.

 

 ¿Las casitas de Vargas Lleras son cenizas de esa modernidad?

Claro, como en Bogotá en 1950, cuando se construyó la Academia de la Lengua, o el palacio presidencial que se rehízo en los setenta, ambos en un estilo neoclásico, como si hubieran sido hechos en 1900. Colombia muestra los últimos gritos de esa escuela. Nosotros somos los epígonos de cosas que ya murieron.

 

 En el libro mencionas una cita de Amancio Williams, arquitecto del movimiento moderno argentino: “La tarea del hombre nuevo es diagnosticar los problemas y luego solucionarlos”. Es decir, tenía una visón negativa de la realidad y una visón positiva de la técnica. ¿Qué actitud tienen las nuevas generaciones frente a la técnica?

La técnica es una manera de facilitar la vida. El problema es cuando deja de ser un medio para hacer la vida más agradable y se convierte en un fin en sí misma. Hoy la juzgamos teniendo en cuenta los problemas éticos. Salmona decía que prefería trabajar con ladrillo porque era intensivo en mano de obra. Y que era preferible trabajar con muchos obreros, que cada uno pusiera su ladrillito, en lugar de hacer un prefabricado que ahorra en mano de obra y hace más rentable la construcción. En arquitectura, a veces las técnicas más avanzadas son las más retrógradas en términos sociales o sostenibles.

Pero una generación no edifica una visión de técnica ni de cultura en contra de las anteriores, sino en vista de sus circunstancias. Entonces, como mi generación enfrentó el tema de la marginalidad resultó con esta visión antropológica. La que está en el poder vive en la era del hiperconsumo y tiene una visión lúdica y de espectáculo. Y la nueva, tan bombardeada de diferencias, tiene esta visión sociológica.

 

Página 1 de 4

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Santiago Vargas Acevedo

Fueparte de nuestro equipo editorial. Actualmente trabaja en la firma Camilo Santamaría Arquitectura y Urbanismo.

Junio 2016
Edición No.175

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Los hombres me explican cosas


Por Rebecca Solnit


Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores