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Ficción

Mengele y el amor

.

Y si prefieres aún te puedo
inyectar lo que tú y yo sabemos,
puedo hacer de tu cuerpo un 
estuche de cristal. 

Klaus & Kinski

 

© Fotomontaje de Marcianita Barona

Arami, el hotel cinco estrellas tiene sus gracias. Si estuvieras aquí te pasearía, sin que el conserje te viera, para mostrártelas... María, que debía bajar piso por piso limpiando las habitaciones, estaba segura de que el ascensor era la mayor de esas gracias. No por nada. A sus 66 años, y a pesar de aparentar bastantes menos, se le hacía pesado empujar el carro atestado de toallas y de artículos de limpieza. Pero no era solo eso, Arami, si pudieras verlo sabrías a qué me refiero sin que te lo dijera... Al principio, cuando recién había comenzado en el hotel, María llamaba el ascensor para bajar y hasta los botones le resultaban elegantes porque eran planos y no de plástico sino de metal. A María le parecían de pobre los botones redondos, como los del edificio donde vivía; nunca faltaba un ocioso que los quemaba y el plástico se iba curtiendo con el tiempo y la suciedad. Si ella pudiera limpiarlos... “Voi potá, te quiero”.

Arami le enseñaba las palabras de su lengua, como si aquel hombre fuera ciego. Gesticulaba, se ponía las grandes y pesadas manos de él sobre los labios: “Voi potá es te quiero”. Él la empujaba hacia la mesa de metal, le amarraba los brazos a los barrotes, le sujeta la cabeza con firmeza debajo de la luz, después acercaba el rostro tanto, tanto, que las pestañas de ambos se chocaban.

María suspiró, pensando en los botones: si ella pudiera limpiarlos... Limpiar era un modo de arrasar la mugre de su existencia. “¡La limpieza cura!”, le decía su hermana Arami, que era idéntica a ella, gemela, salvo porque tenía un ojo verde y el otro celeste, como un gato quesú: “Quesú es malo”. Por eso, quién sabe, María no hallaba nada más perfumado que el olor a lavandina. Todo, hasta la sangre puede borrarse con lavandina, decía, pero no el querer, Arami. Las manchas de las axilas en la ropa, sí; los líquidos de otro cuerpo sobre tu piel, también... Eso lo aprendió de bien chica. Las mujeres pueden volver a oler a nuevo. La memoria puede blanquearse en una ponchera llena de lavazas. Una se mete entera, como la ropa sucia, se refriega y no es más. Lástima que no se pueden hacer gárgaras con lavandina. Una vez trató porque él no la quería, pero terminó en el hospital, con el esófago hecho jirones.  Por eso dejó de cantar. “Muchacha dañina”, fue lo primero que escuchó cuando abrió los ojos. Era la voz de Arami: “¡Dañina!”. Eso fue un poquito después de la fuga de él y de toda esa gente enojada, preguntando, grabando, tomando fotos. Gente venida de Europa. Fue después de la fuga, pero antes de que el niño muriera y de que Arami se perdiera como un animal de monte.

Los botones del ascensor le gustaban, los recorría con la yema de los dedos. ¡Lo liso es bello! El pelo lacio, el olor a recién planchado de la tela, el piso del ascensor... de mármol, tan claro y perfecto, por el que el carrito rodaba más fácil que la camilla en el linóleo del hospital. María también había trabajado en un hospital. Allí los ascensores no eran modernos, no tenían música, ni intercomunicadores para cuando se atascaban, ni tampoco luz. Es decir, no esa luz del hotel cinco estrellas, que le parecía a María de escenario y en donde no se le quedaba en la nariz el olor a metal oxidado de la sangre. El ascensor, por lo demás, era tan amplio que el carrito entraba sin aplastarla, dejándole espacio para mirarse de cuerpo entero en los espejos que la rodeaban. María cerraba los ojos y dejaba que la luz del escenario le bañara el rostro. Tenía tema con los escenarios o más bien con cantar. Bajo la regadera o en el ascensor, agarraba el champú o el mango del plumero como micrófono y comenzaba a hacerlo. Bueno, cantar, lo que se dice cantar, únicamente en el baño. En el ascensor solo movía los labios. Es que alguien podía oírla, ¿no? Y María cuidaba mucho su trabajo. Lo cuidaba del conserje, que le gustaba tanto y que María no sabía cómo mirar. “Voi potá, te quiero”

En su pueblo había un viejo así, rubio, que Arami llamaba “tío Fritz”. La gente decía, después de que huyó, que pinchaba en los ojos, que había hervido niños, que tenía un cementerio tras de su casa. Ella no sabía por qué decían todo eso, solo que sus manos eran pesadas, que era médico, que siempre ponía el mismo disco de música clásica y que sabía dejar en tu cuerpo su semillita perfecta. Arami le susurraba: Rojaijo, que era mucho más que querer, porque él la prefería a ella antes que a María. Sería por los ojos de gato malo, diabólico. “Arami, mi pedacito de cielo”, su acento teutón hasta parecía un bolero. Arami era el nombre que le habían puesto por esos ojos dispares, que él miraba y volvía a mirar obsesivamente...

María todavía era muy guapa. “Potra”, le habían dicho desde que se abrió paso en la pubertad. Una potranca mestiza y de ojos claros. Frente al espejo se contoneaba, afinaba la cintura, erguía la espalda, como si fuera una muchacha. El conserje le había puesto el ojo desde el primer día. Viejo nazi,  picarón. El conserje revisaba las habitaciones de María. El baño: Dirty, dirty... Pero no estaba sucio. Era solo para entrar y mirarla hacer. Nadie iba a enseñarle a María a limpiar. Nadie. Era un insulto, pero se aguantaba porque tenía que cuidar su trabajo. Lo cuidaba, sí, porque no le había sido fácil conseguir aquel empleo, después de tantos años de ilegal. Lo cuidaba, incluso ahora, que ya tenía hechos los papeles y no necesitaba aguantarse nada; se quedaba, ¿igual que Arami?, a pesar de que la enfurecía la forma como el conserje pronunciaba su nombre. Marrriiia, decía, con la egre pasada por agua y con un cierto tonito que no se sabía si era desprecio u otra cosa.

A María la enfadaba eso porque “María” era un nombre artístico, querido. En sus años de cabaret se cambió el “Panambi” de nacimiento por María. Cabaretera, sí, y a mucha honra, aclaraba con su envejecido garbo, no porque le tuviera remilgos a la cama sino por razones artísticas. Qué puta sabe cantar, ¿ah?, decía y es que ella cantaba y había sido, en sus tiempos, tan bella como María Félix. El mismo lunar, las mismas cejas, decía frente al espejo, aproximándose hasta chocar el rostro con su reflejo. El lunar ya no lucía igual con la piel arrugada. María se alejaba y estiraba los pliegues profundos de sus mejillas, con las manos. María como María Félix o como María Magdalena, nunca como la Virgen. Dios me libre, qué peso. La luz del ascensor la transportaba, ella cerraba los ojos y podía verse sin uniforme y con un gran escote, empujándose las pechugas hacia adelante, para que se le notaran bien los latidos del corazón, después de cantar. Para que él notara aquella palpitación y la invitara a la pista de baile.

Pero no, nunca lo hizo. Arami siempre estaba allí primero. Igual que María, era de las más solicitadas en el cabaret, pero a diferencia de ella no cantaba. Su naturaleza era arcana y montaraz. Tenía un pájaro en el esternón, un batir de alas recién nacidas en el corazón huesudo y frágil. Andaba descalza por el campo, abrazando el viento. Cielo, universo, relámpago, llovizna. Se iba de la casa, se tendía en una mesa alta y helada, se dejaba pinchar y luego: “Tío” aquí y “tío” allá. “Sabio”, le decía porque él había querido fundar un nuevo mundo, otra naturaleza de futuro. Decía que él le arreglaría los ojos, que le plantaría su semillita mejor. A María le vino un escalofrío, se jaló el uniforme hacia abajo. Dañina vos, Arami. Y mala: Quesú. Te fuiste. Me dejaste sola.

María elevó el rostro a los reflectores. “Panambi, déjamelo a mí. Vete a volar como una mariposa: Panambi”. Ya no iban al cine juntas. Ya ni Pedro Infante, ni Agustín Lara ni el propio Jorge Negrete, que se casó con María Félix, le causaban gracia a Arami. “De porá es lindo”, repetía. ¡Lindo nada!, Arami. ¡Ya! Que no ves las manos grandes, la cabeza cuadrada, la quijadita, los dientes de conejo, que no ves que es casado, que no sabe querer, que hasta su propio hijo le dice “tío Fritz”... Nada de eso importaba, María lo sabía, porque cada noche, a la misma hora militar, Fritz venía y sacaba a bailar a su hermana. Daba vueltas con Arami, haciéndola volar un poco, rozar el piso con la punta de sus pies. María cantaba para él y él para Arami, en el oído: “Amorcito, corazón”. Semejante tamaño de hombre, todo el mundo podía verlo, agachaba la cabeza hacia el cuello de Arami, solo para escucharla decir: “Sos lindo, de porá”. “Tu carne no es un mal pasajero, Arami”, le dijo él, la noche antes de su partida.

Marrriiia, la voz del conserje, en ese español basto que la atormentaba... De dónde provenía, cómo era que no lo había visto. Siempre ponía mucho cuidado de estar completamente sola. Sacó la cabeza hacia afuera del ascensor y nada; puso la oreja en el intercomunicador y nada; por un segundo pensó que la voz provenía de la cámara, pero no... Marrriiia, se escuchó nuevamente en el walkie-talkie que había olvidado en el bolsillo de su uniforme. Respondió. Iba a sacar el carrito del ascensor y nuevamente se miró, pero esta vez bajo otra luz. Una mustia y vacilante, en la que Arami se agota en el grito telúrico de un alumbramiento. Un perfecto niño de ojos azules muere a los pocos minutos de nacer. “Añamenby, hijo de diablo”, son las palabras de la partera. A María la aturden como un enjambre bravo las imágenes de la sangre, de la mesa alta y fría, de los brazos púrpuras de Arami, tantas veces ensayados... La lavaza sana, se dijo entonces y refregó a su hermana con el mismo trapo con que se había lavado el cuerpo previamente. Pero a María le tomó mucho sanarse; volver a oler a nuevo. Salirse de su cuerpo. “Voi potá, te quiero, Arami”. “Cielo, universo, relámpago, llovizna”, repetía sin cesar, sentada en la esquina del ascensor, con el carrito atascado en la puerta.


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Magela Baudoin

Empezó escribiendo reportajes hasta llegar a la ficción. Su primer libro de cuentos, "La composición de la sal", obtuvo el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez

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