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Coda

La Paz sobre el papel

Desafíos para narrar una nueva historia

El anhelado paso de las Farc a la vida civil hace necesario replantearse la forma en que ha sido representado nuestro país. Quienes registran este panorama tienen el reto de construir una cartografía y una historia nuevas, más complejas y ecuánimes que las definidas por los hitos del horror.

© Ilustración de Arnau Jujol

 

En tiempos de conflicto, los mapas generan sospechas. Una noche de junio de 1994, un grupo de estudiantes universitarios atravesábamos el extenso valle del Magdalena Medio en una furgoneta blanca de alquiler. Cerca a Puerto Boyacá, un municipio que desde los años setenta da la bienvenida a quienes lo visitan con una enorme valla en la que se declaran como la “capital antisubversiva de Colombia”, un agente de policía se puso demasiado remilgoso por un simple mapa de carretera que llevaba nuestro conductor. Eran tiempos difíciles. La situación parecía plantear la paradoja de que resultaba más conveniente andar sin brújula por territorios complicados, confiados en la orientación de los buenos paisanos. Los mapas hacían parte de las tecnologías para la guerra, de modo que era recomendable mostrar una evidente falta de conciencia de los terrenos que se pisaban como un requisito de la condición de inocencia. Era, quizás, la manera más eficiente para evitar ocupar un sitio en la cartografía de la sospecha, que desde hacía varios años se venía delineando en la nación.

Los prometedores avances de los diálogos y los acuerdos de paz entre el gobierno y las Farc en La Habana deberían hacernos reflexionar sobre la manera como se ha registrado cartográficamente el territorio nacional. Es posible que hayamos entrado en los tiempos en los que se hace necesario que los geógrafos y los cartógrafos del país –pensando en el futuro– se preparen para construir una cartografía menos reduccionista y aterradora de la nación. Sabemos que en la representación territorial el miedo opera como uno de los límites más contundentes. Existe una cartografía medieval y renacentista con mapas de navegación llenos de criaturas sobrecogedoras que aterrorizaban a los marineros. Ballenas enormes como islas que ahogaban a los confundidos navegantes que acampaban en sus lomos; sirenas que dormían a los marinos con sus cantos, abordaban los barcos, abusaban de los tripulantes, y los arrojaban al mar o devoraban sus cuerpos. Nuestro bestiario cartográfico histórico no es inferior. El espacio ha sido habitado por monstruos de muchas especies. Monstruos que hacían cortes de franela y de corbata; monstruos que jugaban fútbol con las cabezas de sus víctimas; monstruos que violaban y empalaban mujeres. Esta orgía de sangre ha reducido la representación de algunos territorios a una estética de la barbarie, y anula, con su avasallante brutalidad, cualquier otra opción de representación.

La guerra reduce. Abusa de unas cuantas palabras y las desgasta. Además de los muertos que genera y la decadencia moral que trae consigo, limita la explicación del mundo a sus lógicas. Secuestra las palabras. La guerra convierte a la sociedad en un perro que da vueltas en el mismo lugar tratando de morderse la cola, y la complejidad de la condición humana queda a expensas de un maniqueísmo empobrecedor. El oponente es un otro, simplificado en su condición de enemigo, desprovisto de virtudes, sobre el que se vierten todos los prejuicios posibles para aniquilarlo sin remordimientos. Absoluta razón tiene el historiador Francisco Ortega cuando dice que “un conflicto es una historia a la que le hacen falta palabras”. Doscientos años atrás, durante las luchas por la independencia, Antonio Nariño se había percatado del juego mezquino de la terminología. En una proclama publicada el 11 de agosto de 1811, en el suplemento del periódico La Bagatela, se lamentaba porque la semántica prejuiciada administrada desde la metrópolis ponía estos territorios en una situación de desventaja, y por el hecho de que los mismos conceptos, en uno y otro lado, tuvieran significados diferentes: “Ya no somos colonos: pero no podemos pronunciar la palabra ‘libertad’, sin ser insurgentes. Advertid que hay un diccionario para la España europea, y otro para la España americana: en aquella las palabras ‘libertad’ e ‘independencia’ son virtud; en esta insurrección y crimen”, decía amargamente. El reto que tienen los historiadores y los cronistas de este país, ante la posibilidad de poner fin a la guerra, es recuperar las palabras para narrar la nación a las próximas generaciones.

La historia tiene la responsabilidad de desterrar el presente continuo que instaura la guerra en la que pierde importancia el análisis reposado del pasado y se extravían “los horizontes de expectativas” hacia el futuro. Hace ya bastante tiempo que los investigadores del país no se meten en empresas académicas de alto vuelo que superen el ruido de la coyuntura o los ensayos apresurados y mediáticos que ven la historia nacional como un devenir continuo de atrocidades sin fijarse en la periodización o en la particularidad de ciertos momentos históricos. Estos análisis perciben la llamada Violencia como una suerte de tranvía incesante que nos arrolla desde el siglo xix, cuyo paso raudo no permite el registro ni del maquinista ni de los pasajeros. Quizá habría que tener presente que normalmente los espacios se enfrentan a la coexistencia de temporalidades y no a una teleología vertiginosa en la que automáticamente una etapa supera a la otra. Es la misma lógica que explica por qué no se puede entender el desarrollo del capitalismo europeo sin la presencia de la esclavitud negra en el Caribe, o que el movimiento de la Ilustración llegara arrastrando la guillotina mientas pregonaba los derechos humanos, o que en los relatos de las Farc no entren en contradicción las gallinas y los marranos que se perdieron en el bombardeo a Marquetalia –a los que tanto hacía referencia Tirofijo–, los planes de vivienda popular y reforma campesina, los vallenatos de Julián Conrado y el baile de música electrónica de la guerrillera holandesa Tanja en plena selva. Este es el mundo complejo y desprovisto de una linealidad simplificadora que es importante comprender.

“El búho de Minerva despliega sus alas al anochecer”, dijo Hegel en el prefacio de la Filosofía del derecho. Se trata de una metáfora que resume bien la idea de que el conocimiento solo podría darse una vez la realidad de los acontecimientos se desarrollara completamente. De acuerdo con Hegel, pero quizá conviene no esperar demasiado a que algunos aspectos de la vida hayan envejecido. “A la historia hay que tomarla con pinzas”, dice uno de los personajes de Alabardas, Alabardas, Espingardas, Espingardas, la novela póstuma e inconclusa de José Saramago –que precisamente aborda el tema de la guerra y las armas–. Aun así, se recomienda no tardar tanto porque la historia suele pasar cuenta de cobro con asombrosa puntualidad. Todavía pesa sobre España la poca reflexión sobre la Guerra Hispanoamericana de 1898 en la que perdieron las colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y expiaron las culpas aferrados a la idea del despojo por la intervención de los Estados Unidos, el malvado enemigo externo –que por supuesto lo fue–, como si el ejército español no se hubiera enfrentado directamente, y de manera encarnizada en algunas ocasiones, con los ejércitos formados en Cuba y Filipinas. El centenario de la guerra en 1998 los sorprendió sin haber hecho los balances históricos necesarios, y el sentido lamento “¡me duele España!” de Miguel de Unamuno, el máximo representante de la Generación del 98, se confundió con el de “España va bien” del presidente José María Aznar.

Con la guerrilla se desmovilizará también una barahúnda de historias y relatos que se atropellarán por decir. Conviene que los cronistas estén a la altura del reto que esto significa para una nación que intenta ponerse al día con la historia. Es preciso afilar muy bien la punta del lápiz, estrenar libreta de notas, asegurarse de que no falle la grabadora. Pero sobre todo, es fundamental agudizar los sentidos para captar en su complejidad el universo de quienes pertenecían a un ejército y ahora pretenden ser ciudadanos del Estado con el que se pasaron más de cincuenta años haciendo la guerra. Sin el conocimiento del otro –que no implica estar de acuerdo– la paz no es posible. Esperanzada la nación confía en que sus narradores estén preparados para poner sobre el papel las nuevas realidades del país. Esa debe ser su contribución en la necesaria tarea de entender a la nación que acaba de dar el paso más importante en la historia para dejar de matarse.

 


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