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El Malpensante

Artículo

Amapolas de guerra

Seis instrumentadoras quirúrgicas se enlistaron como voluntarias para socorrer la estela de heridos que iba dejando el enfrentamiento bélico más lamentable de la historia argentina. Una de las protagonistas recuerda esos días de zozobra y asombro en los que siempre estuvo acompañada por la certeza de la victoria.

• El buque Almirante Irizar

 

 El hospital militar se había convertido en un revuelo. Todas querían ir. La mayoría se había enterado por Radio Colonia: “Se tomaron las Islas Malvinas”. Esa mañana del 2 de abril de 1982, había anotadas treinta mujeres para ir de voluntarias a la guerra.

Pero los días pasaron y los meses también. Silvia Barrera siguió dando clases de instrumentación quirúrgica, esperando el momento de poder ayudar en las islas. El tiempo se dilataba en la espera hasta que la mañana del 3 de junio, dos meses después de que empezara la guerra, llegó el pedido de instrumentadoras para Puerto Argentino. Había que acelerar el trabajo de los cirujanos para atender a los heridos, que aumentaban a gran velocidad.

Los oficiales le dieron un pasaje y una bolsa de soldado de metro y medio, llena de ropa de verano: una chaqueta verde militar, un pantalón tres talles más grandes, y borceguíes talle 40 (el tamaño del soldado más pequeño), y la mandaron para su casa a prepararse.

–Salimos mañana a las seis de la mañana –fueron las palabras del oficial que la reclutó.

No había nadie en casa. Silvia se probó la ropa de lona, se apretó el cinturón y el pantalón quedó fruncido como la falda de una muñeca. Se miró en el espejo con aquella ropa y salió corriendo a la peluquería a cortarse el pelo, que le llegaba hasta la cintura. No había nada que hacer con el pelo así en medio de la guerra. Desde ese día no se lo volvió a dejar crecer más. Pasó por una farmacia y compró desodorante, tampones y algo de maquillaje.

–¿Te llevaste maquillaje a la guerra?

–Por supuesto que sí, no iba a dejar que me vieran sin arreglar.

Una instrumentadora quirúrgica siempre debe tener los ojos bien maquillados, la boca no importa, la tapa el barbijo: así lo dice el protocolo. Cuando su padre –un militar– llegó a casa, le preguntó si sabía lo que estaba a punto de hacer y, luego de recibir una respuesta afirmativa de su parte, le enseñó a ponerse los borceguíes rápidamente. El secreto está en la forma de pasar los cordones, haciendo que las botas se abran y se cierren de un solo tirón.

Hoy Silvia Barrera tiene el pelo cortito, al ras de la nuca. Sigue manteniendo la coquetería que exigía el protocolo de su profesión. Lleva unos hermosos anteojos cuadrados con el marco en dos colores, los ojos maquillados que se agrandan detrás de los lentes y las pestañas duras por el rímel; la boca roja, las uñas cortas y bien pintadas. Silvia parece tímida, desconfiada e insegura. Pero nadie que sea tímido, desconfiado e inseguro se lanza a una guerra.

Le suena el celular. Atiende. Tiene que atender, me dice.

–Hola.

–...

Ahora trabaja en la oficina de ceremonial del Hospital Militar Central Cirujano Mayor Dr. Cosme Argerich. Estamos en su oficina. Corta el teléfono y llama a su jefe.

–Hola, general, ¿cómo está...? Sí, está todo arreglado. La traductora va a ir hasta el hotel, así arrancan desde allá y nos vamos para el anfiteatro.

Corta.

 

–Mañana vienen unos veteranos de guerra de Afganistán, son unos norteamericanos. Vienen a dar una charla sobre su experiencia en la medicina de combate –me explica, y vuelve a sonar su teléfono.

–Hola, ¿cómo estás, Susana?

Susana Maza es una de las mujeres que estuvo con ella en Malvinas; todavía trabajan juntas, solo que Susana es la secretaria del departamento quirúrgico. Tenían 23 años cuando se despidieron de sus familias y se subieron a un avión de Aerolíneas Argentinas que aterrizaría en Río Gallegos, para después ser trasladadas al puerto de Punta Quilla donde ella y el resto de sus compañeras abordarían el buque hospital Almirante Irízar rumbo a las Malvinas.

De las treinta voluntarias que se habían enlistado solo seis abordaron el avión: María Marta Leme, Susana Maza, Cecilia Ricchieri, María Angélica Sendes, Norma Navarro y Silvia Barrera. Desde entonces fueron las únicas mujeres en la guerra de Malvinas, por lo menos del lado argentino.

–Fue la mejor decisión que tomé en mi vida –dice Silvia.

 Día 1

Las casas de Río Gallegos tienen las ventanas oscurecidas. Las han tapado con papeles y trapos para que desde sus aviones los ingleses no vean la luz.

Vamos en un jeep, muertas de frío, camino al hospital de la ciudad. Cuando llegamos nos dan un sándwich. Nadie nos cree que vamos a las Malvinas. Pasarán toda la mañana confirmando: “¿Quién pidió mujeres para Malvinas?”, “¿Mujeres?”, “Sí, tengo seis acá”.

Otra vez en el jeep hasta el regimiento. Al fin nos dan a cada una medias, calzoncillos largos, una campera y un pantalón más abrigador. Todo grande. Nos llevan a unos galpones, todavía más alejados del pueblo y cada vez más cerca de la costa: Punta Quilla. Nos dicen que ahí es donde el buque hospital Almirante Irízar se puede acercar a buscarnos.

Si uno se para en la costa lo ve chiquitito entre las líneas del cielo y del mar. Nos viene a buscar un helicóptero, para trasladarnos hasta el buque. Busco mi cámara. Le voy a sacar una foto.

A la tarde

Son las cinco de la tarde y el día de sol es espectacular. Estamos aterrizando sobre la cubierta del buque. Hay unos cuantos hombres esperándonos con ojos asombrados. Tenientes, oficiales, suboficiales, médicos y el comandante. Las puertas se abren. Bajamos emocionadas. Nos recibe el mayor.

–Las mujeres y los curas traen mala suerte –rezonga–, van a hundirnos el barco.

Con bronca, cada una agarra su bolsa. No queremos ni necesitamos ayuda de nadie. Ya lo pactamos entre nosotras: ninguna deja que le carguen la bolsa.

El buque hospital tiene cuatro pisos para arriba y otros cuatro pisos debajo de la línea del mar; un ascensor los comunica todos. Alguien dice que puede alcanzar una velocidad máxima de 17,2 nudos, cinco menos que el Titanic. Los tripulantes nos enseñan cómo transitarlo, y ponen énfasis en los lugares de evacuación. Después de que los ingleses hundieran el crucero General Belgrano, tenemos que estar preparadas. Nos muestran el área de sanidad, la parte de internación, terapia intensiva, terapia intermedia y el área de recepción de pacientes. También hay una sala de recepción de quemados. Mientras la recorremos, un oficial viene a decirnos que se va a hacer un simulacro de bombardeo. Creo que cada una empieza a entender de qué se trata todo esto.

No tenemos donde dormir. Nadie quiere cedernos su camarote. Y esa música de abba no para de sonar. Al fin alguien se ofrece, y otro propone hacernos una cena de bienvenida, y otro dice que nos quiere enseñar a jugar al backgammon y las cosas empiezan a cambiar. Esta noche, aunque nos acostemos, no vamos a poder dormir mucho. Ya nos dijeron que mañana llegaríamos a Malvinas.

• Silvia Barrera acompañada de otra de las instrumentadoras quirúrgicas, de camino a Malvinas en 1982

 

 Día 2

La mañana está fresca, el viento sopla en cubierta. Salimos a fumar un cigarrillo. Susana me comenta que no durmió mucho. Yo nada. Además estoy bastante mareada. El mar no deja de sacudirnos con su insistente bamboleo. Susana me dice que el barco tiene estabilizadores que lo hacen deslizar, para que no se sacuda. Pero yo igual me mareo. A lo lejos vemos otros barcos: buques de guerra ingleses, grandes buques grises que llevan sus tropas para Malvinas. Busco mi cámara. Les voy a sacar una foto.

El nuestro va despacio. Está pintado de blanco con varias cruces rojas en el centro. Por eso no tenemos miedo de que nos disparen o intenten otra cosa porque a un buque hospital no se lo puede hundir. Mi papá me contó que tiene que estar declarado ante las Naciones Unidas. Debe estar pintado de blanco con una cruz roja y debe permanecer a la vista, con las luces prendidas de noche. Esas son las reglas. No podemos llevar alimentos, armamentos, ni tropas. Esas son las reglas. Pero empiezo a entender que algunos hacen trampa. Hay un buque de ellos que está pintado de blanco pero no tiene ninguna cruz roja. Voy a sacarle una foto.

Estamos en la sala de usos múltiples, se llama Pabellón Nacional. Hay una réplica del barco a escala en una maqueta. Y al lado, una caja con tapa de cristal donde guardan la bandera argentina. Ayer un oficial me dijo que en caso de hundimiento lo primero que hacen es romper el cristal y sacar la bandera para que no caiga en manos enemigas. Me está empezando a agarrar calor acá adentro. Todo cerrado, también. Le digo a Susana que sufro de claustrofobia, que necesito salir.

El mar está bastante embravecido. Por los altoparlantes se escucha sobre la llegada del papa Juan Pablo ii a nuestro país. Dicen que va por la calle Rivadavia, en Buenos Aires, que hay mucha gente viéndolo y que después dará una misa en la Basílica de Luján. Acá no se puede hacer otra cosa que caminar de una punta a la otra. O fumar. O caminar otra vez, con estas zapatillas Flecha que tenemos que usar para no dañar el barco. Se me hielan los pies. Susana me dice que los borceguíes estropean el piso del buque con su suela aserruchada y después dice que vayamos a la cafetería. Pero antes de entrar nos detenemos: un buque inglés se acerca.

Han hundido dos barcos ingleses y este buque trae muchos heridos. Se han quedado sin sangre. Pese a toda la experiencia que tienen en guerras marítimas, parece que no hubieran tenido en cuenta que el movimiento del barco hace que se coagulen los sachets de sangre. O sí lo tuvieron en cuenta e igual les pasó. Se quedaron sin sangre y nos vinieron a pedir a nosotros. Les pasamos diez sachets de sangre argentina. Así que, en resumidas cuentas, los soldados ingleses ya no son pura cepa sino que llevan en sus venas esta sangre criolla, mestiza, que tira como cien caballos de fuego.

Ya es de noche. Nos estamos acercando a Malvinas. Se pueden escuchar los bombardeos. Se huele. Malvinas se huele. Los muchachos nos invitan a subir al puente de mando del buque y nos prestan sus binoculares. Nos estamos llevando bien. Miro, y ahí están. Las sombras de los montes. Las luces, como fuegos artificiales. La guerra. Y no puedo evitar pensar que esas luces están hiriendo gente. Y no puedo evitar pensar que, de ahí, van a venir muchos heridos.

***

 Silvia tiene el álbum desordenado sobre la mesa de su escritorio. Las fotos son pequeñas. La primera que me pasa es de un horizonte pintado de naranja por el sol. Se ven los buques grises, un barco de ellos con la cruz roja, el helicóptero con una tripulación de la onu que quiere aterrizar en la pista del Almirante Irízar para llevarse la sangre.

–Yo sacaba fotos porque era lo que me había pedido mi papá.

Su padre le compró a último momento una Minolta Pocket y ella la llevaba en el bolsillo del pantalón junto con otros diez rollos. Tiene fotos del Camberra, el buque inglés que sirvió como transporte militar de tropas y equipos. Ese que no se pintó de gris sino de blanco y que, entre tantos barcos de guerra, visto desde un avión de combate volando a altísima velocidad, fue confundido con un hospital y por lo tanto no fue atacado. De ese barco desembarcaron las tropas inglesas en Puerto Argentino.

Pero luego de que se firmó el cese del fuego, los ingleses tomaron prisionero el buque de Silvia, y le secuestraron los rollos de fotos que le encontraron. Pero ella escondió todos los que pudo.

–¿Dónde ancló el buque de ustedes cuando llegaron?

Entonces agarra una hoja de papel, dibuja una U y explica.

–Esta es la bahía de Puerto Argentino. Nuestro buque estaba anclado en el medio de la U –y detiene la lapicera haciendo un punto de tinta–. Los ingleses utilizaron el Irízar para intentar un desembarco con un bote inflable, y lo usaron de escudo hasta llegar a la costa. Pero la gente del barco los vio, porque el barco estaba todo iluminado como una gran ciudad, y agarraron sus armas y se tirotearon con ellos. Era de noche. Nosotras salimos a fumar. Esa fue la noche de la rendición. Pero para eso falta.

 

 Día 3

Lo único que hacemos es atender heridos. Vienen de Puerto Argentino con un cartón colgado del cuello, atado con un hilo resistente, que dice el tratamiento y la medicación. Algunos llegan sucios, del color del barro. Los lavamos con cepillo. Se los ve flacos, y muchos tienen los pies congelados. Las primeras horas no hablan con nadie y después no paran. Nos cuentan de sus casas, de sus familias, de sus novias. Nos hablan del frío, de la lluvia y de la nieve, que son insoportables. Algunos piden por sus mamás. Los tenemos que dejar hablando solos para seguir atendiendo a otros.

El buque está anclado a unos 600 metros de las islas, en medio del fuego. Desde la cubierta se ven las casitas. Son de diferentes colores, casitas pesqueras que se parecen a las de La Boca. Todavía no hemos pisado Malvinas. Antes traían a los heridos en helicópteros pero desde que empezó a caer aguanieve tuvieron que moverlos en gomones. Los suben a la cubierta como pueden, luchando contra el oleaje. Ese bendito oleaje que nos hace difícil el trabajo. El barco se sacude más cuando está quieto que cuando avanza, porque cuando está parado los estabilizadores no andan y el barco se ladea de uno a otro lado, a 45 grados. Y nosotras, dentro, operando. Los médicos y las instrumentadoras quirúrgicas nos atamos las muñecas a la mesa de operación con vendas y gasas para conseguir algo de estabilidad.

Una de las chicas pasa llorando. Me dice que están pensando en desembarcarnos para reforzar la dotación del Hospital Militar Malvinas. Averiguo, hasta que la decisión es concreta. El comandante del Irízar, el capitán de fragata Luis Prado, dice que no bajaremos. Somos civiles, y desde la Convención de Ginebra, un civil sin actividad registrada es un espía y puede ser fusilado.

 Día 4

Empiezan a pasar más pacientes del hospital al buque. Ahora somos un apéndice del hospital que está en tierra. Funcionamos a la par. Llegan muchos con “pie de trinchera”, nuestros borceguíes no están preparados para este suelo: barro, chocolate líquido y llovizna que penetran el calzado. Hay algunos que tienen los pies húmedos hace cincuenta días, y otros que directamente traen las manos congeladas.

Debe haber alrededor de 350 heridos en el barco. No paramos de hacer cirugías y curaciones. Limpiar la herida con solución fisiológica, siempre desde el centro hacia el exterior, retirando restos orgánicos; luego secar con gasas y colocar nuevamente el apósito. Pero ahí ya intervienen los enfermeros y los médicos, nosotras ayudamos. Hay cuatro cubiertas llenas, pero a las de abajo no llegamos porque decidimos quedarnos cerca de los quirófanos ayudando a Cecilia que es especialista en traumatología. Casi todas las heridas son traumatológicas.

 Día 5

A la mañana pido unos binoculares y miro: los nuestros dejan los cascos y las armas sobre la tierra, vigilados por soldados ingleses que les apuntan con las suyas. Después, los toman prisioneros. Me dicen que se los llevan a unos galpones donde guardan las ovejas y que cuando los galpones se llenen irán en los corralones, a la intemperie, atestados de soldados argentinos.

No sé qué día ni qué hora es. Acá el tiempo se escurre. Entra un nuevo herido a terapia. Es un sargento de 24 años, Villegas es su nombre y fue operado del estómago en el hospital de tierra. Me acerco a verlo, yo en general no pregunto qué les pasó, solo los escucho, y él tiene ganas de hablar.

–Uno de mis soldados me sacó de en medio del fuego, herido –dice tocándose la panza–. No sabe la sangre que salía. Y me ardía como si me hubieran tirado encima dos brasas de carbón. Mientras me llevaba yo le dije: “Meteme un tiro. Son ocho kilómetros hasta el pueblo. Yo ya estoy listo”. Pero no, el muy turro me cargó hasta el hospital de Puerto Argentino y ahí me operaron, señorita, para sacarme las esquirlas de las bombas, pedazos de metal que se me habían incrustado.

El hombre ríe. Todavía tiene ganas.

–¿Sabe lo que me contestó el soldado? Tries era su nombre. Me dijo: “De ninguna manera, usted me debe un asado”.

Después me da el teléfono de su mujer.

–¿Le puedo pedir un favor? ¿Sería usted tan amable de llamarla y decirle que yo estoy bien?

Le digo que sí. Lo haré después. Salgo, tengo que preparar el material y esterilizarlo para la próxima cirugía.

 

***

En la computadora tiene una presentación en PowerPoint que armó para dar las charlas en colegios de primaria y secundaria. Algunas de estas fotos las sacó ella, otras se las fueron dando. Pasa una: el sol pega en el agua oscura. Se ve un faro cuando entran a la bahía. Pasa otra: se la ve a Susana tostada, siempre estaba tostada, y a Silvia, de todas la única que se agarra a una cartera negra que le cuelga del hombro. Ese detalle contrasta con los borceguíes, las chaquetas y pantalones verde militar. Pasa otra y aparece gente: médicos con camisas celestes, corbatas azules y bigotes tupidos. Y sus compañeras. Pero ella no sale en casi ninguna foto.

–Yo era la que las sacaba –aclara.

Tiene guardado un billete de las islas.

–Esto me lo dio un soldado. Me dijo: “Qué te puedo dar, qué te puedo dar”, y me dio el billete.

Sigue pasando fotos. Se ven montes tapados por la neblina. Pasa otra. Cambia la perspectiva. Es una imagen sacada desde tierra, desde Malvinas. La ha sacado un marinero. Se ve el Irízar. Varios hombres vestidos de verde puestos a lo largo del barco como pequeñas manchitas. Y Silvia. Se nota que es ella. Ahí está su pelo, se la logra distinguir por su estatura más baja. No se ven sus ojos pero sí la dirección de su cara, mirando a la costa. Debe ser una de las pocas fotos en donde aparece. Pasa otra. Una ambulancia encallada en el barro; por eso los heridos terminaban siendo trasladados en moto o en bicicleta hasta el hospital de Puerto Argentino.

 Día 6

Creo que hace días no duermo. Ayer o antes de ayer me quedé dormida en el piso de la sala de cirugías. Susana estaba instrumentando y me venció el sueño. Tal vez ahí me habré doblado la muñeca. No siento dolor, o no me doy cuenta de mi dolor. Todo se bambolea. Solo puedo comer papa y pan. Hace días que como solo eso. Escucho las bombas.

Sé que es 13 de junio. Y de noche. Sigo viendo los vuelos rasantes y la artillería de un lado y del otro. Subo al puente de mando, un marinero me presta el visor nocturno y veo las casitas y las montañas bajas, el interminable bombardeo, y filas de soldados bajando desde las montañas hacia Puerto Argentino, hombres de los nuestros moviéndose en silencio por los montes, replegándose. Hace frío, pero pienso que es gracioso: al principio el cantinero cobraba cada cosa que se consumía en este barco; ahora nos regala los cigarrillos.

***

Silvia sigue pasando fotos en la computadora.

–Esto es un pozo de zorro– dice.

–¿Y qué es eso?

–El lugar donde nuestros soldados se escondían –y describe la imagen–. Este es un soldado inglés y estos son soldados nuestros.

–¿Están muertos?

–Congelados.

***

Más de noche

Son las diez de la noche del 13 de junio (los días a modo de diario son arbitrarios las fechas son precisas) y estamos cenando. La voz por altoparlante del comandante se escucha clarita: “Habrá un cese de hostilidades”. Y después un silencio. Cuatro médicos se levantan y salen. Tres de mis compañeras y yo los seguimos.

Estamos todos en cubierta mirando hacia las islas, fumando apoyados en la baranda del barco, en el completo silencio del mar. Los médicos lloran. Nosotras nos contenemos. Siempre nos contenemos. Los abrazamos, les damos la mano, las palabras acá no tienen salida. Silencio y después ellos empiezan a viva voz: “¡La puta madre!”.

***

–Hubo un solo soldado que dijo “menos mal” –está recordando ella–. El resto lloraba y maldecía, porque querían seguir peleando. A pesar del frío, a pesar del hambre.

Silvia tiene la mano apoyada en la cara y se detiene pensativa. Ese hombre del que habla era un oficial que, cuando intentó huir, sus propios soldados le dispararon por la espalda y fue a parar al buque hospital.

–Hubo que dejarlo en el casino de oficiales durmiendo en un sillón porque todo el mundo afuera sabía lo que había hecho. La bronca es que va a las cenas como si fuera un veterano más.

–¿Y en realidad qué es?

–Un cobarde.

La mañana está fresca, se ha puesto una nube oscura sobre el sol, y ahí, en la Plaza de Armas del Hospital Militar, hace frío.

–Cuando volvimos de Malvinas al hospital, todo el mundo se había olvidado –los ojos se le ponen rojos–, no existía Malvinas. Nunca más nadie se acordó de Malvinas.

El viento sopla frío. Su nariz está roja.

–Es más doloroso volver que haber estado allá –dice–. La gente prefiere no saber.

–¿Por qué?

–Porque es hacerse cargo de que hubo una guerra, y de que estuvo mal preparada. La gente es muy crítica de las Fuerzas Armadas pero en realidad la falta de preparación fue culpa de la sociedad que siempre lo vio mal. Las Fuerzas Armadas son las que fueron a defendernos.

Yo asiento sin decir nada. Hoy hay en total alrededor de 2.000 muertos por las secuelas de la guerra, de los cuales al menos unos 400 son suicidios. Algunas actas pueden decir: “Desbarrancó en un camino de montaña” o “se ahogó en el mar”, “se le escapó un tiro”. La estadística real no existe. Lo que sí se sabe es que entre el 2 de abril y el 14 de junio el riesgo latente es más grande.

Silvia arranca a decir algo que no se le entiende y corta. Vuelve a hacer el intento. El nudo en la garganta no la deja.

Es la primera vez que Silvia Barrera se quiebra en el relato.

–Vos podes decir: “A las Fuerzas Armadas hay que sacarles presupuesto” –dice frunciendo la boca como una nena–, y abajo hay gente que trabaja día a día para defender un montón de cosas que a un montón de gente no le importan. Eso es doloroso, pero a la gente no le importa.

Frena. Algunas lágrimas se le escapan por los costados de los grandes anteojos. Otras quedan sostenidas en el marco, agrandándose con la lupa del lente. Una lágrima gorda barre con capas y capas de maquillaje dejando un surco en el camino.

–No entendíamos por qué nos rendíamos –dice Silvia–. Yo creo que si hubieran peleado un día más... Nos adelantamos por unas horas, porque ellos se iban a rendir.

Piensa, y agrega:

–Ellos tenían la tecnología. Pero los nuestros tenían el espíritu.

Los sachets de sangre argentina recorriendo los cuerpos de los soldados ingleses.

 

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