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El Malpensante

Ficción

Dos cuentos

.

 


El odio también envejece

 

© CSA Images • Getty

DESPUÉS DE ABANDONAR LOS INTENTOS de adopción de un niño jordano, era la decisión más difícil que había tomado en su vida.

Brigitte regresó destrozada del viaje a Ammán. ¿Cómo podía la gente vivir de aquella manera? De vuelta se fue al Caribe de vacaciones. Necesitaba descansar. Desde el hotel telefoneó a su esposo y le dijo que no tendría hijos que no fueran suyos.

Brigitte era estéril. Lo sentía por Eliot.

Cuando llegó trajeron a Froda.

De eso hacía cinco años.

Eliot fue el primero en levantarse. Coló el café y se sentó en el comedor. Los tomates comenzaban a madurar en los canteros del patio. Vio caer una manzana sobre la hierba húmeda y el sol asomando por detrás del garaje.

Terminó el café. Se sirvió un vaso de vino blanco. El pozuelo de la comida y la vasija del agua de Froda estaban vacíos. Había pedido el día libre. El alumno asistente dictaría la conferencia.

Subió la escalera y se asomó a la habitación de su mujer.

Brigitte seguía en la cama. Sabía que no dormía. Sus piernas y sus pies blancos estaban destapados. Bebió contemplándola.

No se deseaban.

La mujer se dio vuelta, tenía los ojos enrojecidos. En la madrugada la había sentido sollozar. Brigitte lo miró de arriba abajo.

Volvió a beber. El vino sabía mejor que la realidad, pero no importaba.

Cada uno supo cómo sería el aliento del otro en ese instante.

 –¿Quieres café? –preguntó Eliot.

Brigitte negó con la cabeza. Se sentó apoyando su espalda a la cabecera. Se echó hacia adelante y rodeó sus rodillas con los brazos. El pelo le llegó casi a los tobillos. Nuevos sollozos hicieron que su espalda se moviera acompasada.

La tarde anterior el veterinario había llamado. Ellos prefirieron no discutirlo por teléfono. Eliot estaba en casa y su mujer con su amante. Se encontraron en la clínica.

Froda era la sombra de Brigitte.

Las dos eran estériles.

Las dos se tendían enroscadas en el sofá frente a la televisión.

Las dos se movían por la casa en silencio.

El veterinario les mostró los resultados de las pruebas en la pantalla del ordenador.

Froda agonizaba en la otra habitación.

Hacía dos días Eliot había seguido el rastro de vómito escaleras abajo. La encontró echada en medio de la sala. Con asco pasó su mano por el costillar y la gata vomitó otra vez. Brigitte tampoco estaba en casa.

–La peritonitis infecciosa felina es irreversible –les dijo.

Nada podía hacerse.

La mujer se arañó la frente. Eliot estaba sentado lejos de ella. Se alegró de no sentir por Froda lo mismo que su esposa, de no tener que consolarla.

El veterinario los miró.

–Sé que es duro... –reconoció.

En las paredes había fotos de gatos por todas partes. En algunas los dueños posaban con sus mascotas. Eliot distinguió a Brigitte y Froda. Era una foto de cumpleaños. La gata llevaba un vestido y un gorrito atado a la cabeza. La había tomado él mismo. Una en brazos de la otra.

Brigitte fijó la mirada en su esposo, que observaba los cuadros de las paredes.

–En estos casos lo único aconsejable y humano es la eutanasia...

Eliot cruzó su mirada con la de su mujer. Su cuerpo estaba allí. En su mente bebía cervezas en el estadio. Los Blue Jays habían contratado a un segunda base cubano por tres temporadas. Un negro poderoso con el madero, un guante privilegiado. Apartó su vista de Brigitte. En la foto una besaba el hocico de la otra.

Brigitte rompió a llorar.

El veterinario intentó consolarla y habló de la Declaración Universal de los Derechos del Animal. Ellos no sabían que existía tal declaración.

A Eliot le hizo gracia. ¿Quién diablos la habría escrito? Alguien como Brigitte, estaba seguro.

–Muerte instantánea, indolora...

Eliot le alcanzó una toalla de papel. Ella se secó las lágrimas.

El veterinario siguió con la letanía. Dirigirse así a los clientes pagaba sus rentas.

–...no genera angustia y todo se hace lo más rápido posible...

 

Brigitte sabía que todo dependía de una palabra de ella. Después del fracaso de la aventura de la adopción, la decisión más difícil de su vida consistía en una palabra llena de compasión. En el salón contiguo el suero goteaba y los aparatos parpadeaban alrededor de Froda.

Eliot todavía pensaba en la Declaración de los Derechos del Animal.

Universal...

–Está bien... –dijo Brigitte, se puso de pie, encaró al veterinario.

Eliot la contempló llorar en la misma posición. Su pelo conservaba el brillo natural. Cualquiera podía querer a una mujer así... En otro tiempo. En otro lugar. Bajó y llenó su vaso con el resto del vino que quedaba en la botella. Los pájaros revoloteaban de rama en rama en el manzano. Escuchó los pasos de Brigitte arriba. Después el chorro de la ducha. Una ardilla saltó desde la cerca al arbusto. Los pájaros echaron a volar.

Brigitte bajó vestida.

Eliot quiso acompañarla, para eso había cambiado su clase. Ella se negó. Lo discutieron brevemente, sin mucho interés. Al final su esposa aceptó.

Él le ofreció un vaso de jugo. Brigitte no tenía hambre.

Eliot se vistió y salieron.

La mujer iba al timón.

En la clínica el veterinario los esperaba en su oficina. Les informó que Froda permanecía estable, asistida por los aparatos que la rodeaban.

Todo estaba listo para el procedimiento.

El acto clínico tenía un nombre evasivo. El veterinario pondría a “dormir” a Froda.

–¿Desean entrar o prefieren esperar aquí? –preguntó.

Estuvieron de acuerdo en ser testigos de los últimos momentos de Froda. La secretaria les trajo unas batas y le oprimió muy suave el hombro a Brigitte.

Pasaron al salón. Las ventanas tenían cortinas y todo era de una perfecta pulcritud. El único animal que había allí era Froda.

La gata estaba adormilada dentro de una cuna de plástico. Su respiración era tranquila. Su dueña le acarició la cabeza. No pudo evitar un sollozo. El veterinario preparó la jeringuilla.

–Embutramida, mebezonio, tetracaína... –explicó como si se sintiera culpable–, no sentirá nada...

Miró a sus clientes. Le pidió a la dueña que se apartara para no transmitirle su estrés al animal. No importaba que estuviera sedada. Brigitte se apartó de Froda. El veterinario le tomó una de las patas delanteras. Palpó hasta encontrar la vena apropiada e introdujo la aguja.

–Pronto dejará de respirar y de moverse...

Brigitte cerró sus puños, se los llevó a sus labios y se mordió los nudillos.

La solución se abrió paso en la arteria del animal fundiéndose con el torrente sanguíneo.

En ese instante Froda soñaba que estaba encaramada encima del manzano. Abajo su dueña la esperaba con los brazos abiertos.

–Sabes que eres una buena chica –le dijo Brigitte sonriente.

La gata contrajo su cuerpo, saltó y en ese instante el sol la cegó de un fucilazo.

Apenas habían pasado unos segundos.

Brigitte cerró sus ojos inundados de lágrimas.

Froda dormía...

Era tan simple.

El veterinario retiró el suero. El cuerpo de Froda se sacudió entre leves espasmos y temblores.

–Es normal tras la muerte –informó.

Eliot y el veterinario regresaron a la oficina.

Brigitte se quedó a solas con el cadáver. Cargó a Froda. La sostuvo unos segundos y luego la volvió a dejar dentro de la cuna. Sacó su teléfono. Marcó un número. Del otro lado de la línea escuchó palabras de aliento.

–Todo va a estar bien, gatita...

Su garganta se contrajo. No pudo responder. Guardó el teléfono.

Cuando salió, Eliot le entregaba el cheque al veterinario.

La secretaria abrió la puerta. Miró a los dueños. Todo estaba listo para la incineración. El veterinario dio la orden.

Los tres quedaron solos otra vez.

–Ahora deben ser sinceros con sus hijos...

Eliot evitó mirar a Brigitte.

Ninguno de los dos habló.

–Posiblemente esta sea su primera experiencia con la muerte.

“Todo eso debe estar escrito en la Declaración Universal de los Derechos del Animal”, pensó Eliot.

Ahora era su esposa quien miraba la foto suya con Froda.

–Recuérdenles los buenos tiempos, permítanles participar en el enterramiento de las cenizas, vean juntos sus fotos con la mascota...

 La secretaria volvió a entrar con el servicio de té.

Eliot probó el té y sintió un deseo atroz de beberse una cerveza. Después recordó que debían recoger la lápida. Su esposa había escrito las palabras.

“Oh, Dios...”, había dicho Eliot al leerlas.

Brigitte quiso volver a marcar el número, escuchar cómo del otro lado la llamaban gatita.

De regreso Brigitte salió al patio.

Abrió el hoyo junto al manzano. Desde el comedor Eliot la vio inclinada. Sus muslos desnudos.

Brigitte puso la caja dentro del hueco. Apisonó bien la tierra. Luego repitió la operación con la lápida.

Se separó unos metros. Contempló la pequeña placa de granito rojo.

–No soplen con tanta fuerza vientecillos, que aquí duerme mi niña –leyó en voz alta.

Miró hacia el comedor. Vio la cabeza calva de Eliot, mientras bebía cerveza, y sintió compasión por él.

 

Un deseo coherente

 

© CSA Images • Getty

A PESAR DE SER SU LENGUA MATERNA, John Anderson tenía problemas con el inglés.

Su incursión en la red se debía a la necesidad que tenía de un trabajador. Por eso había colgado el anuncio. Le escribí interesado y, como no usaba su computadora más de una vez al día, llamó a mi teléfono.

El pragmatismo anglosajón.

En lugar de saludos y dilaciones fue directo a lo que necesitaba que supiera. Su voz, más que del otro lado de la línea, sonaba a otra dimensión. En su conversación entrecortada pude distinguir las palabras “screws”, “hold”, “wood board”...

“H-a-m-m-e-r”, deletreó con voz pausada e incomprensible.

Después me hizo una descripción de la herramienta.

No podía creerlo.

Un hombre le preguntaba a otro si sabía qué era y para qué servía un martillo.

“¿Alguna vez has usado uno?”, insistió.

Mierda...

De dónde pensaba que venía.

Pasamos la página del martillo.

Mi crónica escasez de dinero me llevó a decirle que aceptaba, pero antes tenía que probar. Él estuvo de acuerdo. Una mañana sería suficiente.

No importaba la lluvia.

Encontré la reja con el número de su casa en la calle Bouillon.

Cerré el paraguas.

Me presenté y él abrió la reja sin saludarme.

Usaba gafas redondas de armadura dorada. Llevaba una camisa ancha de mangas largas y sombrero de pajilla. Por debajo caía su melena encanecida.

Las manos de John Anderson.

Sus uñas largas, cuidadas, la piel translúcida y surcada por delicadas venas azules, no delataban la práctica de ningún oficio. Al menos ninguno que pudiera imaginarme.

Agradecí no tener que estrecharle la mano.

Llegamos al patio.

Delante tuve el paisaje más íntimo, y posible, en relación con el hombre que necesitaba de alguien que supiera el funcionamiento de un martillo.

John, sospeché, había vivido muchos naufragios. Los precisos hasta alcanzar el desvarío sobre el uso de los objetos más simples.

El patio estaba lleno de hoyos que sugerían alguna empresa de construcción o remodelación abandonada desde hacía mucho.

Los vestigios de una vida olvidada, caótica, se acumulaban por todas partes.

Velocípedos, maletines, pedazos de juguetes, esqueletos de sombrillas, una tostadora de pan, botellas vacías, cajas...

Pero nada de esto daba la imagen de quién, o qué cosa, era John Anderson. Excepto la cantidad de zapatos.

Impares.

De tacón alto.

Fuera de moda.

Arruinados por el tiempo y la intemperie.

No había dudas: se trataba de un tipo singular.

Un sobreviviente.

¿A qué había sobrevivido?

Ni idea.

La lluvia arreció.

El agua escurría por las ramas, se acumulaba en los huecos.

La casa de dos pisos estaba situada junto a los árboles y exhibía el mismo estado de deterioro que el patio.

John me mostró el reloj: había llegado diez minutos tarde.

Algo imperdonable aun para un espécimen como él.

Intenté explicarle las razones...

“Dame la mochila”, me interrumpió.

La puso encima de una caja y me mostró una herramienta de la que no habíamos hablado.

Lo había pensado mejor. El martillo iba en detrimento de la velocidad y la calidad.

 

Le di la razón.

Para él lo más llamativo del funcionamiento del taladro era que la barrena podía moverse hacia ambos lados. Sus ojos centellearon en el instante en que me hacía la demostración. Como si la herramienta tuviera un don de flexibilidad imposible para los seres humanos.

Me entregó el instrumento. Comprobé el milagro. Accioné el gatillo y luego oprimí el botón situado a ambos lados del taladro. La barrena giró a la izquierda y a la derecha.

John miró el reloj y me explicó qué debía hacer.

Para provenir de sus deseos, el trabajo era bastante sencillo: colocar planchas de aluminio de una tabla a otra, de manera que cubrieran la pared. Las maderas estaban clavadas a lo largo de las paredes de la habitación de los bajos.

La previsión era una enfermedad contagiosa en mi nuevo país, y el inquilino, aunque pasara de raro, se preparaba para el invierno o alguna tormenta.

“O quizás el temor a una epidemia de zombis”, le comenté en broma.

“¿Puedes trabajar bajo la lluvia?”, preguntó.

Su apremio no andaba para chistes de un inmigrante desconocido.

El paisaje y la atmósfera a mi alrededor eran asfixiantes.

Necesitaba el dinero.

Estuve de acuerdo.

La dificultad era el largo de las piezas metálicas, la distancia entre las tablas y el suelo cubierto de accidentes y charcos.

Me paré encima de la pequeña trinchera. Tomé la primera plancha. El metal cimbró imposible de asir. Batallé y empujé con mi cuerpo, hasta que logré aprisionarlo contra la pared. Finalmente pude poner el primer tornillo con el taladro en el borde inferior de la tabla.

La lluvia no cesaba.

Repetí la operación en la otra tabla.

El resto fue muy fácil.

Tocó el turno de la segunda plancha.

En menos de media hora la pared quedó cubierta.

John Anderson seguía de lejos mi trabajo, pendiente del reloj.

Su distancia y actitud me hacían sentir algo que no era: un hombre práctico.

El agua repiqueteaba sobre el asiento del velocípedo. La otra pared tenía una ventana. Eso requería cortar la plancha, algo para lo que no estaba preparado. O dejar libre el espacio. Se lo dije al dueño y me indicó que también tapiara la ventana.

Miré dentro de la sala. No había muebles ni una escalera que comunicara ambas plantas. La puerta interior que daba a las habitaciones estaba clausurada con gruesas vigas.

Ejecuté la orden saltando entre los agujeros y el resultado fue el mismo: dos paredes cubiertas de metal.

El agua chorreaba por mi espalda.

Llegamos a la tercera pared, la de la puerta.

“¿Y ahora...?”, pregunté.

Vino hacia mí.

Debía sellarla igual que las dos anteriores.

John Anderson quería una habitación cerrada por dentro y por fuera.

“¡Por Dios, hombre!”.

Lo observé de arriba abajo con discreción. Luego observé el cementerio de zapatos, los despojos de cosas disímiles, y me pareció un deseo coherente.

Entró en la sala.

“Necesito que salgas”, dije y me dispuse a fijar la plancha.

Movió su cabeza.

Él se quedaba adentro.

“Qué vas hacer ahí, sal”, insistí.

Volvió a negarse.

“Sella la pared”, dijo tajante, “no es asunto tuyo, tengo un plan”.

John Anderson tenía un plan.

No supe qué hacer. Si largarme o llamar al 911.

Entonces me entregó dos billetes de cien dólares.

Era demasiado.

No pude evitar que mis dedos rozaran los suyos.

Las manos de John Anderson.

Cerré la puerta y comencé a clausurar la pared de acuerdo con su plan, hasta que la oscuridad me impidió verlo.

Dejé de poner los últimos tornillos por si se arrepentía y así fuera más cómodo despegar la plancha. El muy meticuloso los había contado.

Exigió que acabara.

Él no pagaba por un trabajo incompleto.

Terminé y puse las herramientas en la caja.

Contemplé mi faena y me sentí orgulloso.

Había construido un gran cubo de aluminio. Reluciente, difícil de deshacer.

Golpeé varias veces, con el cabo del martillo, la plancha que cubría el espacio de la puerta.

No obtuve respuesta.

Abandoné la calle Bouillon.

Bajé las escaleras del metro.

En el pasillo hacia la línea del metro un hombre cantaba la peor versión de “Lágrimas negras” que había escuchado en mi vida.

A sus pies tenía un sombrero con varias monedas.

El tráfico era considerable a esa hora. Algunos le dejaban dinero sin reparar ni en la música ni en el cantante.

Me detuve a escucharlo.

“Linda canción”, dije.

Iba justo por la estrofa que dice “el llanto mío tiene lágrimas negras como mi vida”...

“Es una canción cubana”, explicó sin dejar de aporrear la guitarra.

“Seguro a la gente le gusta”.

“Sí, hermano, hay que luchar, la cosa está dura”, dijo con seguridad, y caí en cuenta de que todos tenían planes.

Las cosas funcionaban aquel día.

Retomó la canción.

Le dejé un dólar en el sombrero y bajé la escalera.

 

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Francisco García González

Es narrador, periodista y guionista de cine, licenciado en historia de América de la Universidad de La Habana. Su última cuento, publicado en 2015, se titula "The Walking Immigrant".

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