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Secretos y voces de Nueva York

Joseph Mitchell y Joe Gould

Después de escribir el clásico del periodismo narrativo El secreto de Joe Gould, Joseph Mitchell siguió asistiendo religiosamente a la sala de redacción del New Yorker, donde tecleaba durante horas sin llegar a publicar nada nuevo. Más de treinta años de silencio periodístico rodean el misterio de una obra desconocida o inexistente que acabó por convertirlo en un reflejo de su personaje predilecto, un vagabundo entregado al hermoso y desmesurado proyecto de descifrar la historia oral de nuestro tiempo.

© Intervención fotográfica de PathosFormel


Cuando Joseph Mitchell se topó por primera vez con Joe Gould, en el invierno de 1932, todavía no era el gran cronista del New Yorker que llegaría a ser años más tarde. De hecho, ni siquiera trabajaba en la revista. Cubría información de sucesos en un periódico local. Ese primer encuentro se produjo en el bar Atenas de Greenwich Village, donde Mitchell se dejaba caer de vez en cuando para hacer un alto en su trabajo. Aquel personaje “que difícilmente debía de pesar más de cuarenta kilos” no pasó desapercibido para el reportero. “Llevaba la cabeza descubierta y ladeada, como las alondras inglesas. El pelo era largo y la barba enmarañada. Unas rayas de suciedad le cruzaban la frente, sin duda de frotársela con los dedos. El abrigo le quedaba varias tallas grande; le llegaba casi al suelo. Se frotaba las manos buscando calor –era un día de frío terrible– y se las tapaba con las mangas formando una especie de manguito. Pese a la barba, había algo infantil en aquel hombre sucio y sin sombrero que arrastraba el abrigo, algo de niño que ha estado en un desván probándose ropa vieja de mayores y que de pronto, cansado, sale a la calle sin quitársela”.

 Fue el dueño del bar, Harry Panagakos, quien le dijo a Mitchell cómo se llamaba aquella criatura del subsuelo y a qué dedicaba su vida:

–Supuestamente, está escribiendo el libro más largo de la historia.

Diez años después de aquel encuentro en el bar Atenas, y tras haberse cruzado con Gould en varias ocasiones más, Mitchell decidió escribir para el New Yorker un perfil de ese poeta callejero que aseguraba estar escribiendo la historia oral de Manhattan. El reportero llevaba ya cuatro años publicando textos sobre la vida cotidiana en la ciudad y sintió que había encontrado al personaje de su vida, un vagabundo culto con un proyecto literario fuera de lo común: una historia de las distintas voces de Nueva York. Si Mitchell tenía un autor fetiche, ese era James Joyce, el escritor que mejor supo captar las voces de una ciudad. Finnegans Wake era su libro ...

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Claudia Bueno

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César G. Calero

Autor de Cuba a cámara lenta, Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes en 2010. Es corresponsal de El Mundo en Buenos Aires.

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