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Reseñas

Una civilización extenuada

A propósito de Sumisión, la novela de Michel Houellebecq

Xenófoba, delirante, islamófoba, así fue calificada la última obra del provocador escritor francés, quien suele causar tanto entusiasmo como encono. Una relectura, poco más de un año después de su lanzamiento, deja entrever los miedos y vacilaciones (los del autor y los de una Francia agotada) que Houellebecq plasmó en su distopía.

© Miguel Medina • AFP

 

El atentado terrorista en la redacción de la revista Charlie Hebdo, ocurrido el 7 de enero de 2015, le sucedió, como la réplica de un terremoto, un evento verdaderamente polémico: la publicación de Sumisión, la más reciente novela de Michel Houellebecq.

Con una sincronía inquietante, los ataques terroristas de la noche del 13 de noviembre de ese mismo año, perpetrados por el Daesh en distintos puntos de París, fueron seguidos por la publicación casi simultánea de otro libro que debió causar una polémica aún mayor que la de la novela de Houellebecq y, sin embargo, parece haber pasado desapercibido. Me refiero a Violence et islam, de Adonis, un libro de conversaciones entre el reconocido poeta sirio y la psicoanalista Houria Abdelouahed.

En pocas palabras, el libro de Adonis es una demostración, basada en un conocimiento riguroso del Corán y de la historia de los países árabes, de que “la violencia es intrínseca al islam”.            

Ignoro las cifras de venta del libro de Adonis, pero no tengo ninguna duda de que están a años luz de los 155.000 ejemplares de Sumisión que se vendieron nada más durante la primera semana de distribución. Y si nos guiamos por las reseñas en los medios franceses, tampoco encontraremos mayores testimonios de un impacto que, evidentemente, no se produjo.

¿Por qué estas reacciones tan distintas?

Se podría comenzar por argumentar lo obvio. Las diferencias, en términos de popularidad, entre una novela y un libro de conversaciones; o entre la presencia mediática de un narrador como Houellebecq y el reconocimiento innegable pero circunscrito de un poeta como Adonis, que harían impertinente cualquier comparación al respecto.

En el caso de Houellebecq, se puede agregar que existen antecedentes para explicar el revuelo ocasionado cada vez que dice algo en materia religiosa. Desde la escena final de la novela Plataforma, donde un atentado islamista hace de deus ex machina que acaba con la trama, hasta la escandalosa entrevista donde declaró que “de las religiones, la más idiota es el islam”, Houellebecq ha hecho méritos para sumar a los motes de “misógino”, “provocador” y “decadente”, que ya le endilgaban, el de “islamófobo”.

Quiso el destino que el mismo día de los atentados, el 7 de enero, Charlie Hebdo publicara en portada una caricatura de Michel Houellebecq con las siguientes predicciones: “Para 2015, perderé toda mi dentadura. Para 2022, haré el Ramadán”. Mientras un cigarrillo electrónico ha sustituido las cuatro cajas de tabaco que Houellebecq fumaba diariamente, dando algo de esperanzas a sus dientes, las probabilidades de que se cumpla la segunda de las profecías no parecen del todo descartables. De hecho, la novela se tituló originalmente La conversión, pues en un primer esbozo, el narrador, un profesor universitario de cuarenta años llamado François, ante la oferta de convertirse al islam (con un salario exorbitante y el incentivo de la poligamia), optaba por devolverse al catolicismo.

Este boceto, del cual Sumisión conserva no pocos elementos, refleja las propias vacilaciones del autor, quien en una entrevista previa al lanzamiento de su novela confesó que antes tenía la impresión de ser ateo y que ahora “ya no lo sé verdaderamente”. Esta duda espiritual, junto al impacto por la transformación de Francia y Occidente en los últimos años, lo llevó a escribir la novela.

Alguien, después de leerla, pudiera poner en duda la honestidad de estas motivaciones. Lo que llama la atención es que se la haya puesto en duda incluso antes de que la novela saliera publicada. Edwy Plenel, periodista francés de larga trayectoria, se preguntaba con justeza lo siguiente: “¿Por qué Michel Houellebecq, que es un novelista, debe ser considerado como un acontecimiento político? ¿Por qué debe ser tratado como el vocero de una idea política? Él debería estar simplemente en el rubro de la literatura. Son los medios los que han hecho de esto un acontecimiento político, antes, incluso, de haber leído el libro”.

En efecto, días antes del lanzamiento de la novela, Houellebecq ya respondía a un periodista que no se trataba de una provocación, sino que él creía que el escenario planteado por su novela sí podía ocurrir. Es decir, que algún día Francia fuera gobernada por un partido político musulmán. En esa misma entrevista, Houellebecq agregó algo que revela la plena conciencia de los recursos utilizados: “Yo procedo a una aceleración de la historia y condenso una evolución que a mi parecer es verosímil”.

Parte de las críticas que ha recibido la novela tienen que ver con este efecto de condensación. A algunos les parece que la fecha, año 2022, es demasiado cercana. A otros, apuntando a la estructura del relato, que la docilidad con que esa ficticia sociedad francesa acepta la claudicación es caricaturesca. Otros rechazan de plano que la poligamia sea el anzuelo que muerdan los personajes, todos hombres pertenecientes al mundo universitario, para aceptar la sumisión. “Es reducir al hombre occidental a su lubricidad o al menos a su machismo”, se queja Christian Barbier en una incongruente reseña titulada “Houellebecq: mal escritor pero buen sociólogo”, donde critica al narrador precisamente por lo que considera una lectura completamente errada de la sociedad.

 

Este problema de aceleración se percibe claramente en el desfase entre la primera y la segunda parte de la novela. Hay un décalage entre la envergadura de las transformaciones que se narran y el modo, casi inmediato y sin fisuras, en que estas se hacen efectivas.

A partir de lo que pareciera ser el error más evidente de Sumisión, Mario Vargas Llosa, en su lectura, hace un análisis que pudiera responder a la pregunta sobre el porqué de la reacción, tanto entusiasta como airada, a esta novela. En un artículo publicado en El País, Vargas Llosa dice lo siguiente:

Aunque la trama está muy bien montada y se lee con un interés que no decae, a ratos se tiene la impresión no de estar enfrascado en una novela sino en un testimonio psicoanalítico sobre los fantasmas macabros de un inconsciente colectivo que se tortura a sí mismo infligiéndose humillaciones, fracasos y una lenta decadencia que lo llevará a la extinción. Como este libro ha sido leído con avidez en Francia por un enorme público, cabe suponer que en él se expresan unos sentimientos, miedos y prejuicios de que es víctima un importante sector de la sociedad francesa.

El análisis me parece acertado pues conduce a una pregunta que solo ciertos libros que son fenómenos de ventas permiten plantear: ¿cómo lee una sociedad un libro?

Algunos lectores han rechazado de plano el contenido de la novela. Ven como demasiado remota o inverosímil la posibilidad de que un partido político musulmán asuma algún día, por vía electoral, el poder en Francia.

Otros han rechazado, como vimos, no tanto el contenido sino el mecanismo narrativo. La súbita sumisión, que se produce en apenas un mes y en unas cuantas páginas, pareciera espantar a estos lectores que de pronto se encuentran en medio de la más secreta de sus pesadillas.

 Bien sea prestando atención a la forma o al fondo, lo cierto es que ambos tipos de lectores alimentan la creciente bibliografía sobre el tema, pues, como lo ha señalado la Universidad John Hopkins, en Francia la refutación del islam se ha convertido en un género literario.

Por su parte, Alain Gresh afirma que existen dos tipos de intelectual “orientalista”: los que revelan un verdadero conocimiento del mundo musulmán, como por ejemplo Bernard Lewis; y los que son solo unos ideólogos cuyos trabajos buscan aupar “la guerra de civilizaciones”. Entre estos últimos Gresh ubica a Bat Ye’or, autora de un libro titulado Eurabia: el eje euroárabe.

Eurabia es, en palabras de Bat Ye’or, “este continente del miedo, del silencio, del disimulo y de la difamación, y que ya no es más Europa”. Entre los fantasmas que la autora trata de conjurar está el de la fusión de las dos orillas del Mediterráneo, que llevaría a la inclusión de los países árabes en la comunidad europea.

 “En un sentido, la vieja Bat Ye’or no se equivocó con su fantasía del complot de Eurabia”, dice Alain Tanneur, oficial del servicio secreto francés, quien es el personaje que en la novela pone a François al tanto de la gravedad de la situación.

Por este tipo de filiaciones, Edwy Plenel no duda en insertar a Sumisión, de Houellebecq, en la misma línea de libros como El suicidio francés, de Eric Zemmour, y El gran reemplazo, de Renaud Camus, obras reaccionarias que abiertamente se afirman como advertencias ante lo que consideran una nueva invasión bárbara y que han sido también éxitos de ventas.

El mismo Plenel ha contribuido a engrosar las estanterías sobre el islam en Francia con un libro titulado Para los musulmanes. Publicado por primera vez en 2014, fue reeditado en 2016, con la incorporación de sendos artículos que Plenel escribió en enero y noviembre de 2015, después de cada atentado.

 

 

Uno de estos artículos se titula “Contra el odio”, haciendo referencia y homenaje a un texto de Romain Rolland, de 1915, que finalmente se tituló Más allá de la contienda, y que fue un alegato pacifista de gran importancia para la época. El título del volumen a su vez remite al “Para los judíos”, de Émile Zola, pues la tesis central del libro es que la islamofobia cumple actualmente la misma función que el antisemitismo tuvo durante el período de entreguerras.

Con estos guiños referenciales, Plenel parece querer construir una tradición alternativa que, en lugar de refutar el islam, lo acepta. Una tradición de tolerancia hacia las diferencias raciales, religiosas y sociales en la que, además de figuras como Émile Zola, Romain Rolland, Jean Jaurès y Charles Péguy, estaría, por supuesto, el propio Edwy Plenel.

El problema con el libro de Plenel no es solo esta especie de autolegitimación enmascarada, sino la identificación de esa tradición de la diferencia con unos valores de tolerancia, respeto y convivencia que serían “el retrato verídico de Francia”. Como si este país hubiera sido solo el que proclamó los derechos universales del hombre y no hubiera inventado también la guillotina.

En esta y muchas otras lecturas críticas a Houellebecq, que son la mayoría, no he encontrado ninguna que se plantee la posibilidad de que Sumisión no sea solamente una elaborada provocación islamófoba de trescientas páginas, sino también un relato que expresa exactamente lo que narra: la posibilidad de una Francia gobernada por un líder musulmán y la final aceptación de ese cambio por parte de un ex renegado, ex ateo y decadente académico francés del siglo xxi.

Pues, ¿qué mueve, a fin de cuentas, a François a aceptar la conversión al islam? Lo que impulsa a sus otros colegas hombres: el dinero y la santificación de la poligamia. No obstante, por ser el narrador y protagonista de la novela, en su caso tenemos acceso a una razón más íntima: François se siente solo, irremediablemente solo. Y como causa y agravante de esta soledad está el hecho de que François no cuenta con el impulso vital para buscar el amor.

Desde el mismo proceso de la Conquista de América, como uno de sus gastados resortes, se viene hablando del cansancio de la vieja Europa. Y de manera paralela, del ocaso del cristianismo. A propósito de este último, es significativo ver que el narrador hace suya la visión de Nietzsche, para quien “el cristianismo era en el fondo una religión femenina”.

Esta novela es, en ese sentido, uno de los últimos testimonios narrativos de este largo agotamiento continental. Podríamos decir, incluso, que la conversión de François es un gesto comparable con la abdicación del rey Juan Carlos de España o con la renuncia del papa Benedicto xvi: son los gestos de una civilización extenuada.

La sumisión de la que nos habla Michel Houellebecq es, finalmente, la renuncia al erotismo y la aceptación de un hondo cansancio. Un cansancio cultural y también biológico, donde el sexo es el último puente que conecta a los hombres (y solo a ellos) con las matrices de la vida.

 

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Rodrigo Blanco Calderón

Actualmente realiza estudios de doctorales de lingüística y literatura en la Universidad de París XIII. En 2016 recibió el Premio Rive Gauche à Paris al libro extranjero por su primera novela The Night.

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