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El Malpensante

El último de la fila

Álbum de la literatura colombiana

Hernando Téllez en su biblioteca

Entre la gran cantidad de material gráfico que recabamos para el libro Bogotá en un café, una publicación del idpc editada por Libros Malpensante, se encontraban algunas fotos de Hernando Téllez a quien confundimos con su homónimo pero muy distinto Hernando Téllez Blanco. Esta rectificación es la oportunidad de compartir otro retrato del intelectual colombiano y de acercarnos, a través de unas líneas firmadas por su hijo, a descifrar la respuesta a una pregunta con la cual no solo nosotros hemos tropezado. 

¿Quién fue Hernando Téllez?

En 2009, para El Libro de las Celebraciones (Asociación Lengua Franca), escribí: “...en plena calle, se acercó a mi padre un personaje a quien no conocía, el cual exclamó repentinamente: ‘¡Ah, dichosos los ojos que lo ven, don Francisco González!’. Mi padre contestó rápidamente: ‘Buenas tardes, don Nicasio Trujillo’. El hombre se sorprendió: ‘¡No, yo no soy Trujillo!’. Mi padre anotó entonces: ‘¡Yo tampoco soy Francisco González!’, y añadió en tono reflexivo: ‘Hmm... entonces, ¿quiénes somos?’. Quizá este extraordinario diálogo permita contestar en parte la pregunta sobre quién era Hernando Téllez. Días más tarde, su amigo Nicolás Gómez Dávila le dijo: ‘Buena pregunta la tuya, Hernando. Sigo pensando en eso. No hay mucho que decir pero sí bastante que pensar sobre quiénes somos...’ ”.

La adicción de mi padre fue la lectura. La escritura, un don maravilloso. Un amigo, poeta aficionado, le decía: “No deberías leer tanto y escribir más...”. ¿Qué era “leer tanto”? Ese interlocutor no percibía que para Hernando Téllez lo uno era la razón de ser profunda y vital de lo otro. La lectura y la escritura fueron para él facetas indivisibles de su mundo intelectual. De ahí que su límite con el mundo exterior fuese su biblioteca, esa “barricada de libros”, como la llamó Alberto Lleras Camargo. Ante mi escepticismo juvenil me dijo en alguna ocasión: “No te preocupes si ahora te aburre leer a Proust o te fastidia Cervantes o Montaigne. Ya llegarás a la edad en la cual no podrás apartarte de ellos. La lectura es como las mujeres, hay que llegar a cierta edad para gozar plenamente de ellas”.

La lectura en voz alta fue otra dimensión estupenda de la relación de mi padre con la palabra. Su voz, distorsionada y casi irreconocible, quedó grabada en discos de acetato en los archivos de la Radiodifusora Nacional; pero esas grabaciones poco tienen que ver con la vivencia intensa de la lectura de sus propios textos o de sus autores favoritos. En los años cuarenta del siglo pasado Hernando Téllez escribió sobre la lectura, la escritur...

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