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Lo que me enseñaron mis hijos

Hay circunstancias que forjan nuestro carácter más de lo que podríamos prever. La paternidad es una de ellas. El testimonio de este ensayista francés da cuenta de los desafíos y lecciones que este rol le ha impuesto.

El azar de las circunstancias –divorcio, ausencia…– ha determinado que, en términos de educación, me sienta menos en deuda con mis padres que con mis tres hijos. De hecho, han sido estos últimos quienes me han educado, y en verdad lo necesitaba. Mi primer hijo nació cuando yo tenía 25 años. Había terminado mis estudios, había leído mucho, pero mi aprendizaje sobre la vida era aún balbuceante. La espera de un hijo, en ese preciso momento, no me enseñó a ser particularmente paciente, pero sí me hizo comprender hasta qué punto estamos en manos de la naturaleza. A medida que nos movemos en el territorio de las teorías abstractas, nos sumergimos en la ilusión de la rapidez. Porque las ideas nacen en un abrir y cerrar de ojos. Un bebé, en cambio, crece nueve meses en el vientre de su madre, y lleva su insolencia al extremo de esperar un año antes de caminar y dos años antes de aprender a ser limpio. Así, nos reinscribe en el tempo testarudo de la materia: nos recuerda que la vida no está tallada por relámpagos sino que progresa a su propio ritmo y no podemos precipitarla, o corremos el riesgo de crear desequilibrios. La espera de un hijo nos muestra que estamos obligados a navegar siguiendo el curso del tiempo biológico.

Esta experiencia destruyó en mí esa mentalidad característica de los jóvenes que yo llamaría el “solipsismo de la inmadurez”. Aunque sepamos que el solipsismo –es decir, la doctrina filosófica que afirma que nada existe por fuera de mí mismo y que el mundo se desvanecerá en el momento de mi muerte– es una posición insostenible desde una perspectiva metafísica, no deja de ser una disposición sentimental de la cual es difícil deshacerse. ¿Por qué, en la práctica, no habríamos de reducir el mundo a mi mundo? ¿Qué habrá después de mí sino la nada? Tener un hijo es darse cuenta instantáneamente de que existe otro ser por el cual podríamos dar nuestra propia vida sin vacilar y sin esperar nada a cambio –ni redención, ni gratitud post mórtem, ni homenaje a nuestra valentía–. Esta sencilla toma de conciencia descentra brutalmente la perspectiva; causa el advenimiento del futuro, le confiere a este una importancia tangible.

Ahora, no seamos tan angelicales: los hijos también me han enseñado la ira. Antes de ser padre, yo no conseguía subir la voz sin tener la impresión de que cantaba desafinado, ni lograba lanzar puñetazos al aire sin sentirme como un actor mediocre tratando de dar la entrada a alguien en una película de serie B, tipo drama policíaco o western. Pero los hijos saben atormentarnos ahí donde somos particularmente irritables –en la noche, al oído, por los caprichos, las brusquedades y los desafíos–, hasta hacernos literalmente explotar. Sin embargo, la ira es una adquisición que no es nada desdeñable. Ayuda a que uno no se deje pisotear más. Y con este tipo de cambio los hijos dan los últimos retoques a la metamorfosis que les imponen a sus padres: son ellos quienes nos revelan la autoridad de la que somos capaces.

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(poitiers, Francia, 1975). Actualmente es el director de "Philosophie Magazine".

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