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Poesía

Jaime Manrique Ardila

El poeta como lector

Un periplo entre el Caribe, Bogotá y Estados Unidos, y la inmersión en los anaqueles de una biblioteca dispar, han hecho que la del barranquillero sea una escritura bífida. Entre sus epígonos y traducciones se encuentran las bases de una patria flotante.

Sus fantasmas y el recuerdo de los primeros años se descubren en la poesía de Jaime Manrique Ardila como un gesto de gratitud o desconcierto con la infancia y su memoria. Una vida que empezó en Barranquilla –donde nació en 1949–, avanzó hacia el altiplano bogotano a 2.600 metros del mar, y continuó por el paisaje de Estados Unidos. Un largo recorrido que nutrió su escritura con dos tradiciones a las que se debe en español y en inglés.

Por un lado está el lirismo heredado de Federico García Lorca y Luis Cernuda –imagino a Manrique leyendo conmovido “Los marineros son las alas del amor” o escribiendo su poema “A Luis Cernuda en South Hadley”–, además de honrar al otro Manrique, Jorge, que escribió en el siglo xv las Coplas a la muerte de su padre. Por el otro lado está el legado de poetas narrativos como Walt Whitman o metafóricos a la manera de Emily Dickinson y Elizabeth Bishop –las dos tan delicadas y leves, en distintos tiempos de la joven y agitada nación norteamericana, que permiten suponer una coherencia, no de estilo, pero sí de reflexión ante el arte ineludible de la poesía–.

En la presentación de su libro inédito Matrimonios e infidelidades, una antología de poetas anglosajones del siglo xx traducidos por Manrique al español, el poeta barranquillero recuerda sus versiones juveniles como traductor debutante, incluidas junto a cinco cuentos en la primera edición de El cadáver de papá (1978), la nouvelle que definió su lugar en la escritura doméstica.

“Tendría 21 años”, dice Manrique, “cuando empecé a traducir con asiduidad poemas del inglés al castellano, una labor a la cual me entregué por unos diez años. Empecé a traducir porque quería aprender a escribir poemas de los cuales me sintiera orgulloso, y se me ocurrió que traducir poesía era una forma excelente de adentrarme en el proceso creador de los poetas que admiraba. Así traduje poemas que me fascinaban, especialmente cuando me parecía que se podían verter al castellano sin que perdieran su musicalidad”.

La antología no obedece a criterios académicos sino a la sabiduría del placer. Manrique eligió a los poetas por el significado que tienen para su historia como lector y por la influencia creativa que han ejercido sobre su obra. También porque se trata de poemas que le hubiera gustado escribir: “A pesar de las diferencias generacionales, y nacionales, estos poetas tienen en común cierta sensibilidad estética. Por eso es posible que a veces parezca que estos bardos han unido sus voces para crear una sola historia”.

Algunos de los 26 elegidos: Weldon Kees, un poeta que vivió oficialmente 41 años, cuando desapareció, probablemente saltando desde el Golden Gate; Sylvia Plath, nuestra señora de los tormentos en términos de lucidez poética; Anne Sexton, otra poeta suicida de la que Manrique tradujo “Riding the Elevator into the Sky” (“Tomando el ascensor al cielo”), un hermoso y absurdo poema donde un bombero aconseja que nadie se aloje más allá del quinto piso en los hoteles de Nueva York, pues aunque hay escaleras de escape nadie las sube, hasta que la narradora contradice su consejo y llega al piso seis mil donde encuentra una llave, “una llave gigantesca / que abre algo / una puerta necesaria / en algún lugar / allá arriba”; John Ashbery, elogioso al describir los poemas de Manrique como “hechizantes y exquisitos”; Kenneth Koch, quien aprovecha su experiencia como poeta para aconsejar en “Algunas instrucciones generales”: “No te / apresures demasiado para imitar aquello / que admiras. / Algunas veces toma muchos años / antes de que estés listo, pero ahí está, construyendo / dentro de ti, un huevo en la incubadora”; James Merrill, “un artista del verso comparable a Milton, Tennyson y Pope, y que será recordado como el Mozart de la poesía estadounidense”, según la admiración hiperbólica pero justa de Harold Bloom.

Manrique es un poeta lírico en sus novelas y ensayos,  y es un narrador en sus poemas. En sus obras de ficción –Latin Moon in Manhattan (1992), Nuestras vidas son los ríos (2006) y El callejón de Cervantes (2011)– los hechos se describen con el lirismo y la melancolía que revelan un estado emocional recurrente en su escritura mientras reflexiona sobre el destino de sus personajes. Manrique es coherente con este estilo en los ensayos Notas de cine (1979) y Maricones eminentes (1999). En el primero, sus “confesiones de un crítico amateur” pueden leerse como una inspirada excepción en medio de la frialdad rutinaria de la crítica. En el segundo, las semblanzas de Reinaldo Arenas, Federico García Lorca, Manuel Puig y el mismo Manrique son retratos apasionados sobre el acto de escribir y el coraje que manifestó cada autor para asumir su homosexualidad en un mundo que los persiguió sin tregua. 

La poesía narrativa de Manrique revela la influencia de una tradición de tramas épicas de aliento infatigable, provenientes de Homero y Ovidio, que se transformó cuando Walt Whitman publicó Hojas de hierba en 1855. En Making Your Own Days, un libro sobre los placeres de leer y escribir poesía, el poeta Kenneth Koch asegura que “Song of Myself” (“Canto a mí mismo”) revolucionó la poesía épica centrada en el individuo, “abandonando el aspecto narrativo de los poemas extensos a cambio de una amplia recopilación de experiencias individuales relacionadas con unas cuantas ideas centrales: que todas las personas son una sola en relación con los demás y con la naturaleza, y que la vida en cualquier instante es valiosamente significativa y emocionante; que lo físico y lo espiritual son lo mismo”.

El sentido poético de Whitman sirvió de orientación para el futuro y el destino de sus hijos literarios. Hizo de la escritura una forma de comprender el mundo a través de la experiencia individual considerada como un fragmento en el rompecabezas de la multitud. Manrique no es ajeno a su lección. Se trata de un aplicado alumno en términos formales. En las confesiones de su intimidad física y espiritual, sus versos libres reflexionan de manera coloquial sobre su experiencia personal, acercándose a la vitalidad oral de Whitman.

Es posible descubrir el rastro de otros poetas en Manrique. Su publicación más reciente, El libro de los muertos (Artepoética Press, 2016), una antología de su poesía escrita desde 1973 hasta 2015, nos permite conocer otras referencias, literarias y sensuales, cuando afirma en “Mi autobiografía” que se habría entregado “a Cavafis, Barba Jacob, Rimbaud, Melville, y sobre todo a Walt Whitman”. Manrique agrega a su lista de héroes culturales otros nombres de su galería imaginaria cuando en “Memorias fantasmas” afirma que ya no siente la compulsión de escribir poemas y prefiere releer a Szymborska, Bishop, Góngora, Quevedo y Emily Dickinson.

Celebra a los poetas del Siglo de Oro, pero no sigue sus proezas retóricas. Traduce como ejercicios de aprendizaje y estilo a los poetas ingleses y norteamericanos del siglo xx, y su influencia revela una poesía que acepta el legado reinventando la tradición. Escribe en inglés y en español, y aprovecha las virtudes de su diversidad geográfica entre el Caribe y Estados Unidos. Su visión de la muerte lo acerca emocionalmente a los siglos xvi y xvii de Góngora y Quevedo, expresándola con el tono oral heredado de Whitman cuando “el poeta de la democracia y el progreso” parece hablar como un orador a sus lectores.

A salvo de las imposiciones que definen el carácter parroquial de los nacionalismos, su evocación de la infancia es el punto de partida hacia otros territorios que nos descubren el itinerario de sus viajes alrededor de la escritura. Desde las calles 57 y 58, a las que regresa para revivir sus primeros años en Barranquilla, cuando jugaba con su hermana María Elisa bajo la lluvia y “el tiempo borraba el pasado / sin descifrar el futuro”, como recuerda en su poema “Crepúsculo”, hasta el futuro descifrado en el transcurso académico por las universidades de Estados Unidos donde ha enseñado literatura, su historia demuestra que la geografía y las fronteras no interesan mientras la Diosa Blanca que tanto veneraba Robert Graves, la luna, ilumine el conocimiento absoluto del arte de la poesía y su práctica sin tregua. “[La Diosa] exige un servicio de jornada completa o ninguno absolutamente”, afirmaba Graves con devoción categórica.

Manrique hizo del inglés un hermano de su idioma materno para formar parte de esa tribu, mencionada en el título de su primer libro de poemas Los adoradores de la luna. Pertenece a la tradición de los autores que escriben en inglés como una respiración natural paralela a su origen. Es inspirador imaginar a un joven Joseph Brodsky –antes de que su poesía fuera condenada como “pornográfica y antisoviética”, lo cual lo obligaría a exiliarse en Estados Unidos a principios de los años setenta–, acompañado por los diccionarios con los que se aventuró a traducir la delicadeza proverbial de John Donne, un poeta contemporáneo del Siglo de Oro español, honrado por Hemingway en el epígrafe de Por quién doblan las campanas: un poema en el que Donne advierte que ningún hombre es una isla y que cuando las campanas doblan con aire fúnebre en la iglesia lo hacen por todos nosotros, pues una muerte compromete a cualquier ser humano.

“Leía, traducía, me aproximaba más que traducía... hasta que por fin llegué acá para estar cerca de los originales, bastante cerca de los originales”, enfatizó Brodsky en una entrevista concedida en Nueva York en diciembre de 1979 (Sven Birkerts, “The Art of Poetry”, en The Paris Review, No 28). Manrique también hizo el viaje para estar cerca de los originales y escribir su poesía como testimonio de un largo aprendizaje, y de aquello tan incierto para un artista sincero cuando se pregunta acerca de la madurez de su obra.

El libro de los muertos es una evidencia. Allí están sus fantasmas, sus invocaciones, las tradiciones multiplicadas por el paisaje literario, el origen y el desarrollo de una poesía que regresa por temporadas como una expresión que confirma el lugar común de una idea legítima: hacer del lenguaje la única patria de un escritor. Descubrimos el lugar en el cual el don de las palabras se manifiesta como una salvación respecto al tiempo y la distancia, cuando Manrique escribe en su poema “El patio de la calle 58”: “Una noche oscura y helada / en Nueva York, yo me instalo / frente a la ventana del tiempo / para ver lo que ya / no puede ver mi madre”. 

 Luis Cernuda en South Hadley

Para Manuel Ulacia

Una noche de pavor nocturno

termina. Afuera

en el amanecer yankee

todo está congelado

y la oscuridad no cederá

por horas. Afuera

todo está

en tinieblas y pienso

llamar a un amigo

en otro continente

donde ya es de día,

donde las horas

en que somos

ventrílocuos de los muertos

han cedido a la claridad del día.

Pienso llamar a un lugar

donde los seres despiertos

hayan sacudido

los sueños en los cuales

todavía estoy inmerso.

Todo lo que tengo que hacer

es levantar la bocina

y marcar a París, Madrid, Londres

–ciudades oscuras donde el sol

brilla ahora– hasta que recuerdo

que Sally, Severo y Luis Roberto

están muertos,

que sus voces

ya no podrán aliviar

la angustia de estas noches

cuando pertenezco

a mis fantasmas.

Entonces pienso

no en los muertos lejanos,

sus cenizas diluidas;

pienso en Luis Cernuda,

solitario,

amargado

por un sueño

destruido.

Cernuda, aquí en South Hadley,

hasta que finalmente

puedo verlo

caminando por la calle blanca.

Había terminado la Segunda Guerra Mundial.

Al principio le extrañaba

que los cielos cenicientos de Europa

y los ríos sangrientos

de España no existieran aquí

donde la naturaleza era prístina.

Y lo veo también en las noches

de invierno sentado cerca a un fuego,

leyendo, ensimismado,

mientras nevadas masivas sellaban

los caminos a Northampton, a Amherst,

donde posiblemente vivía otro poeta

exiliado, pero especialmente

la ruta de Amherst, donde Emily Dickinson

había vivido una vida

en la cual la poesía

era la vida.

En esas noches mudas de South Hadley

en las cuales solo eran audibles

las pisadas de los fantasmas

lejos, muy lejos

de todo calor humano,

Cernuda aprendió a domar su terror,

a desnudarse completamente,

hasta que solo su alma

hablaba; hasta que un día,

como Lázaro, intuyó un calor de luz,

sintió su corazón latir

por la tristeza del perfume de las lilas

fluyendo en sus venas

y decidió regresar al sol,

al colorido del México

que lo llamaba como una sirena.

Con sus ojos

apagados tanto tiempo

por las tinieblas de la historia,

por la frígidas noches

invernales de South Hadley

donde el mundo era un purgatorio

de fuego blanco,

Luis Cernuda levantó vuelo.

Entonces, en su edad otoñal,

por un instante breve,

pero eterno, encontró

por primera vez el amor,

escribió sus mejores poemas de pasión

y murió la muerte

triunfal de los grandes poetas.

 

 

Memorias fantasmas

A Jimmy Luna

 

Los poemas todavía contienen

imágenes a colores, pero las estrofas

–películas cortas en cámara lenta– cuentan

historias con actores desconocidos.

Ya no siento esa compulsión de escribir poemas;

prefiero releer a Szymborska,

Cavafis, Bishop, Góngora,

Quevedo, Emily Dickinson.

 

Hoy los poemas que no plasmo

en la página me importan tanto,

–no ¡más!– que mis torpes

y repetitivas palabras, y la melancolía

permanente de mis notas.

 

También canjearía todos mis versos

por ese beso cuando tu lengua

me arrancó hasta el alma

y, por un instante infinito,

nos entregamos todo.

 

Hoy nada es más sagrado

que ese instante cuando dos seres

se reconocen, sin defensas, y heredan

el fantasma de la memoria.

 

 

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Hugo Chaparro Valderrama

Es director de los Laboratorios Frankestein, donde dedica sus días a la escritura poética, narrativa y ensayística, en especial sobre cine, música y literatura.

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