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El Malpensante

Crónica

El vuelo de un Pterodáctilo

La única forma de llegar a muchas poblaciones de nuestra fragmentada geografía es por aire. Tal es el caso de Acaricuara en Vaupés. A las compañías aeronáuticas no les resulta atractivo el panorama de pistas de tierra y fleteos a último minuto. Por ello, unas pocas empresas pequeñas, una flota de aviones octogenarios y un conjunto de pilotos osados se han convertido en la alternativa para llegar a rincones donde el Estado brilla por su ausencia.

 

© Fotografías de Alejandra Gómez

A 8.500 pies sobre algún lugar de la selva del Guaviare un mecánico pierde su sonrisa. Los motores de un viejo dc-3 fabricado en 1942 corcovean, y el hombre, que hasta hace un segundo charlaba, ahora aprieta los labios en una delgada línea horizontal. Máquina y pasajeros se sacuden. El avión baja de golpe y vuelve a ascender, con una violencia seca, repetitiva, angustiosa. Una mujer en medio de ese breve zarandeo epiléptico hace lo posible para persignarse y hay un par de grititos cortos y agudos, de miedo contenido. Afuera, las nubes envuelven la nave y las gotas de una tormenta que se avecina trazan diagonales. Piloto y copiloto se aferran a los mandos, hablan entre ellos, pero el zumbido del avión solo deja escuchar la palabra “motores”. El aparato tose de nuevo como un anciano con pulmonía. En la cabina el capitán da instrucciones y empuja gradualmente una palanca, el aparato entero vibra en un esfuerzo mecánico, luego hay un silencio de algunos segundos. El resplandor azuloso de los relámpagos empieza a quedar atrás. Piloto, copiloto y mecánico resoplan aliviados. Las nubes desaparecen. Rutina.

Son las cuatro de la tarde de un viernes de mayo y la pista del Aeropuerto Vanguardia, en Villavicencio, se cubre de humedad y brilla como el lomo de una serpiente. Joaquín Sanclemente, el capitán, acaba de sumar otras tres horas de vuelo a sus más de 28.000, en las que hacer aterrizar una máquina vetusta en las condiciones más precarias no ha sido una hazaña, sino apenas un asunto cotidiano. Por eso, después de un viaje que tuvo su cuota de agonía, él permanece sentado frente a los mandos con una calma zen y mira en la pantalla de su celular una imagen satelital de la tormenta que acaba de superar. Tiene el pelo revuelto y mojado de sudor, y explica la situación: “La temperatura de los motores bajó a 90 grados cuando debía estar en 170, y si hubieran continuado enfriándose, se habrían apagado y no hubiéramos tenido otra opción que intentar un aterrizaje sobre la jungla”. Si eso hubiese sucedido, esta historia sería otra, tal vez un corto titular acompañado de la foto de un dc-3 –otro dc-3, como los 65 que se han visto involucrados en accidentes e incidentes en el país en los últimos cincuenta años&...

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Julián Isaza

En 2009 ganó el Premio Rey de España con la crónica "Atlas es chocoano". En 2017 ganó un Premio Simón Bolívar de periodismo por su crónica "El vuelo del pterodáctilo". Dirige la revista "Directo Bogotá".

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