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Despertar del sueño americano

El fin de la infancia en la literatura de John Fante

Uno de los representantes del llamado realismo sucio reúne en su obra el desencanto de su generación y la herencia de una tradición literaria norteamericana en la cual la infancia es protagonista. ¿Cómo resuelven estos personajes el choque entre sus fantasías y una realidad poco promisoria?

© Ilustración de Juan Gaviria

Hijo de humildes inmigrantes italianos, John Fante nació en 1909 y vivió hasta su temprana adolescencia en Denver, Colorado. Allí descubrió su verdadera vocación: Knut Hamsun, Theodore Dreiser, Thomas Wolfe, Ernest Hemingway, John Steinbeck, Scott Fitzgerald, Fedor Dostoievski. La literatura lo absorbió, tiró de él como los hilos de una marioneta. Por eso su vida no podía ser aquella que el destino le tenía predestinada: transformarse en un albañil como su padre, jugar al billar y al póquer para luego caer en un amargo letargo de cerveza y televisión. John Fante conocía lugares muy lejanos a Denver. Había atravesado el solitario valle de la oscuridad y había escuchado una voz en lo alto de la colina del silencio. Su viaje en busca de convertirse en sí mismo es también el de muchos autores y personajes de la literatura norteamericana, una tradición de la que Fante bebe y que recrea desde cierta distancia en su obra.

Autores como Hemingway, Steinbeck y Fitzgerald hablaban del fracaso, las decepciones, la tristeza, la locura o la pobreza; en el entorno de la guerra o del ascenso social. John Fante enfrentaba los mismos demonios, pero a la sombra de otros escenarios:

 ¿Por qué me habían rechazado? ¿Por mi ropa? ¿Por mi cara? Me miraba en los escaparates, veía la negra película de la barba, el aspecto demacrado, el aire de la derrota. ¿Repugnaba a la gente? ¿Despertaba algún misterioso antagonismo, la ira del mundo? Llegó un momento en que me daba miedo hablar con jefes y capataces. Recorría las calles. Iba a la biblioteca pública, leía unas horas y volvía a cenar a la Misión del Espíritu Santo. Me pasó por la cabeza la idea de mendigar, había visto pedigüeños recibiendo monedas y parecía fácil. Pero me faltaba valor. Me daba demasiada vergüenza. En aquellos momentos me parecía insufrible incluso el período febril en que me había ganado la vida fregando platos en Los Ángeles.

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Juan Arabia

Es director de la revista Buenos Aires Poetry y de la editorial homónima

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