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Ficción

Su lugar en el norte

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Mi mujer dice que soy un tipo distraído. Pasé la mañana en el balcón de mi apartamento sin darme cuenta. Quería leer el periódico pero fue imposible porque el del C puso música a lo que da el equipo de sonido en el quiosco de la piscina. Hace lo mismo cada domingo, sin falta. Viene, se exhibe, y espera que una mujer se le ofrezca para llevársela a su penthouse.

Sé que ha pasado la mañana porque mi mujer me da un plato y unos cubiertos para que almorcemos en el balcón. Renuncio al periódico y lo dejo en el piso para recibir el plato. Es pollo asado, todos los domingos pedimos lo mismo al kfc. Preferiría comer en el apartamento, pero hace demasiado calor y no tenemos aire acondicionado. Se dañó la semana pasada. Mi mujer me pidió que lo arreglara. Le dije que era mejor que lo hiciera alguien que supiera de esos aparatos y quedé en conseguirlo. Pero la verdad siempre se me olvida llamar al técnico. Incluso pensé en comprar un aire acondicionado nuevo, pero mi mujer me pidió la plata para mandársela a su mamá, que está enferma, a San Salvador, y me dijo que no quería que compráramos un aire nuevo, ni que contratara a nadie para que lo reparara, que tenía que hacerlo yo, a ver si con eso me convierto, al fin, en el hombre de la casa.

Desde aquí se puede ver la piscina del conjunto. Hay una mancha aceitosa, quizás de bronceador, quizás de bloqueador, que se expande, burbujeante, en el agua. Es probable que por el calor todos los vecinos estén en la piscina. Todos, menos mi mujer y yo que no soporto a los hijos de los vecinos, ni a los vecinos. Cuando me los encuentro en los malls, por ejemplo, mi mujer es la que los saluda. Yo no, yo sigo de largo, yo la sigo a ella con los paquetes, con la tarjeta de crédito. En realidad no me sé el nombre de ninguno de los vecinos. Tampoco me sé el nombre del tipo de la música, para mí siempre ha sido el tipo del C.

Un día, creo que hace como tres meses, trajo mariachis. La piscina estaba cerrada pero él la volvió a abrir. Se tiró al agua con ropa, y tres mujeres lo siguieron, desnudas. El del C echaba tiros al aire mientras las mujeres se turnaban para hundirse en el agua, cerca de sus piernas. La policía llegó al rato y sacaron al del C de la piscina. Tuvieron que sujetarlo entre tres, estaba tan ebrio que no sentía los golpes en su espalda, y mientras lo arrastraban no dejaba de gritar el nombre de las mujeres: Irene, Rita, y otro, que no recuerdo. Hasta que paró. Pensé que se había rendido pero volvió con más fuerza. Se soltó de los policías y caminó hacia mí, hacia aquí, hacia este balcón. “Salúdame a Paulina”, dijo. Uno de los policías tuvo que ponerle un taser en la espalda para someterlo, y el del C se desplomó. Yo me metí en el apartamento antes de que uno de los vecinos me viera.

Mi mujer me dice: “Vamos al mall”. “¿No quiere quedarse viendo una película?”, le contesto. “Necesito comprar unas cosas, Yoine”, me responde. Me gusta la forma en la que mi mujer dice mi nombre. “Yoiner”, igual la corrijo para demostrarle que en mi país hablamos mejor que en el suyo, que en España. “Yoiner”, dice ella, “como sea, estoy aburrida, quiero salir”.

En lugar de mirar a mi mujer busco al del C en el mosaico de cuerpos de la piscina. Lo encuentro porque sigo su voz que ahora canta un corrido sobre la vida de un narco que comenzó siendo jefe de escoltas, que trabajó en la frontera como coyote hasta que se atrevió a cruzar para convertirse, luego de mucho esfuerzo, “de vencer la pobreza con balas”, en un macho con hembras, con su propio imperio de aviones, en “el señor de los cielos”.

Mi mujer insiste. Me amenaza con irse sola. Pero a la vez me ruega, me mira con su cara de gata. La siento sobándose entre mis piernas a pesar de que está sentada en la otra silla de plástico. Ese carácter cabreado, embotellado en ese cuerpo de niña, fue lo que me hizo fijarme en Paulina. Pienso en los días en el desierto. ¿Y si ese, el del corrido que canta el del C, es el mismo coyote que nos ayudó a cruzar a nosotros? Una sensación como de nostalgia me invade. ¿De qué? No sé. ¿De los días en los que encontré a Paulina en la frontera?

 “Pues vamos”, le digo a mi mujer, aunque preferiría pasar la tarde viendo fútbol.

“¿Qué hora es?”, pregunto. Mi mujer me muestra la pantalla de su celular. En una esquina, más clara que la foto que tiene de salvapantallas, está la hora. Falta un cuarto para las dos. “Acabamos el pollo y salimos”, le digo.

El del C ya no canta. Ahora salta como un niño, como una bola, más bien como una piedra que saca agua de la piscina. Sale del agua para respirar, para pegarse de una botella de ron. Y entonces vuelve a sumergirse.

Mi mujer recoge los platos del almuerzo.

Son las dos y media y el del C sigue en la piscina con su equipo de sonido a lo que da. Las tres y sigue ahí pegado de otra botella de ron. Las tres y cuarto y mi mujer se molesta: repite que está aburrida. “Ya voy, ya voy”, le digo, “esperemos a que baje el sol”. Ella se sienta en la sala a ver televisión. Una película de Netflix, supongo. Casi las cuatro y no puedo dejar de verlo, me doy cuenta de que lo odio, al del C.

Entonces la veo a ella, a mi mujer (no sé en qué momento salió, son casi las cinco), caminando por el caminito de piedra que rodea la piscina. El del C la examina de lejos, le dice algo que no escucho, que finjo no escuchar. Mi mujer me grita, caprichosa. Me llama, me expone. Me meto en el apartamento sin responderle. “¡Yoiner, vamos!, ¡Yoiner!”, es ella, su acento que cumple la amenaza de irse sola. No sé si el del C me vio. Da igual, supongo. Después de apagar el televisor, salgo del apartamento en sandalias, unos shorts y la camisa de los Lakers, corriendo para no darle tiempo a mi mujer de que siga gritando.

Alcanzo a mi mujer en el carro. Ella está al volante. Arranca.

Le bajo el volumen al radio del carro.

 “Anoche tuve un sueño muy raro”, le digo, “soñé que yo era el tipo del C”, le invento a mi mujer para provocarla. “¿Sí?”, responde ella sin interés. “Y no es la primera vez”, le digo como si se tratara de una fantasía con otra mujer, “ridículo, ¿no te parece?, ¿yo ser él?”. Ella se ríe entre dientes, lo que siento como un escupitajo en la cara, un golpe. “Yo andando en esa camioneta”, me burlo, “yo viviendo en el último piso del bloque C”, continúo, “yo con esos tatuajes, el adicto al gimnasio, con esos relojes de oro”. Ella conduce, dobla a la izquierda, frena en un semáforo. “Si fuera él, tendría otra mujer, la que quisiera”, la reto. Ella me mira de frente. Su gesto es mudo, indiferente.

En el mall mi mujer compra cosas que no necesita: ropa de niños, de hombre, que luego le manda a su familia. Ella me pide que le tenga un cono de chocolate, que le lleve las bolsas. Yo la espero en el pasillo. Mientras vuelve, tengo que lamerme la mano en la que sostengo el cono para limpiarme el helado que se derrite. Lo que me deja una sensación acaramelada en la piel.

La sigo hasta una tienda en la que están redecorando la vitrina. Una mujer acomoda los miembros en los cuerpos de tres maniquís. A uno lo sienta en una silla de plástico. A los otros dos los deja en una esquina de la vitrina mientras les encuentra un lugar. Me acerco al vidrio. ¿Así nos veremos nosotros en el balcón? La mujer me mira con un rencor que no asimilo. Sale del almacén con un trapo. No sé en qué momento apoyé la mano en el cristal. Mi mujer sale de la tienda. La otra mujer, igual de joven que la mía, las dos igual de duras como los maniquís, se queda limpiando mi huella de chocolate con un pedazo de periódico, y aunque no me volteo para comprobarlo, sé que se nos queda viendo, como todos, cuando ven a mi mujer con un hombre como yo.

Mi mujer sonríe después de que le cuento en el carro lo de la vitrina, cuando ya vamos de vuelta al apartamento. Sus labios, abundantes, se estiran y ese gesto me eriza. Le pongo la mano en uno de sus muslos. Siento la piel lisa, morena. Me caliento pero ella sigue concentrada en el celular, le manda fotos a no sé quién. Ya no ríe. La necesidad de adelantar otro carro me da la oportunidad de cambiar su pierna por la palanca de cambios, de disimular el rechazo. “Mañana reviso lo del aire”, le digo como si eso fuera suficiente para emocionarla, aunque no lo vaya a hacer, aunque mi mujer no me crea.

El reflejo de las luces en el retrovisor me obliga a mover el espejo. El sonido de las sirenas se hace más fuerte. Por un momento me da la impresión de que la ambulancia y las patrullas de la policía nos siguen. Me orillo para dejarlos pasar. Los veo desaparecer en una curva, pero el sonido de las sirenas persiste. Siguen ahí, en algún lado. Acelero. Ahora somos nosotros los que, en lugar de huir como en el desierto, seguimos el rastro de las sirenas; son ellos los que escapan de nosotros, los que nos llevan hasta nuestra cueva, hasta el complex.

Dejamos el carro en el parqueadero y corremos hasta donde están todos. Una cinta amarilla rodea la piscina.

Mi mujer habla con unos vecinos, una pareja de cubanos que vive encima de nosotros. Su cara se descompone, se horroriza, y compruebo todo. La tomo de un brazo. “¿Qué pasó?”, le pregunto. Me dice: “Se murió Joel”. “¿Quién?”, disimulo. “Joel”, repite ella, “el tipo del C”, dice, “se quedó dormido en la piscina de lo tomado”, y como no digo nada, como no reacciono, ella se pierde entre la gente.

Me acerco hasta la cinta amarilla. “Sir, do not cross the line, please”, me dice un policía.

Desde aquí puedo ver al del C que flota en la piscina. Con los brazos abiertos como el cristo que tiene tatuado en la espalda. Dos policías se meten en la piscina para sacar el cuerpo. Cada uno lo jala de un brazo como si se tratara de un tronco, una hoja.

El tipo del C no puede estar muerto, me digo. Tengo la impresión de que cuando lo saquen de la piscina se va a resistir, que no se va a dejar llevar así de fácil, que va a amenazar a los policías, que de algún lado va a sacar un arma y va a echar tiros al aire como el otro día. Y entonces se va a burlar de nosotros, va a cantar otro corrido, va a poner su música a todo lo que da el equipo, otra vez va a mirar a mi mujer, a todas las mujeres, le va a decir algo que no voy a alcanzar a escuchar, que voy a fingir no escuchar.

 Pero cuando el cuerpo sale del agua sigue quieto, morado. Los policías lo arrastran por el borde de la piscina. Lo acuestan cerca de mí. Puedo verle la cara. Los ojos abiertos, la boca abierta, rogando por aire.

“Sir, please”, dice el policía y acaricia su arma. Le muestro mis manos para que compruebe que solo escondo un pegote de chocolate en la palma izquierda. Camino de espaldas, viéndolo a él, no me atrevo a voltearme hasta que me camuflo entre la gente de acá, entre los cheles, como diría mi mujer, y entre otros que, como yo, también han venido del sur.

Encuentro a mi mujer hablando de nuevo con los cubanos. “Qué morbo el de la gente”, digo, hipócrita, como si no me hubiera emocionado ver el cuerpo del tipo del C. Como si esa forma de morir, ridícula, me pareciera suficiente para ese tipo.

“Pensé que te habías ido”, dice ella, mi mujer.

Me acerco, intento besarla pero me ofrece la mejilla.

“Te veo en el apartamento”, le digo, y me voy sin despedirme de los cubanos.

Vuelvo al balcón después de lavarme las manos en el baño. Desde aquí puedo ver todo. El cuerpo que meten en una bolsa plástica. Los policías que toman fotos, que recolectan cosas, que parecen más un equipo de limpieza, los que recogen los desperdicios del espectáculo de su muerte. A mi mujer hablando con más gente. A mi mujer que se queda hasta que apagan los reflectores que iluminan la piscina. A mi mujer que se decide a volver con los últimos curiosos. A mi mujer que entra al apartamento con los paquetes de las compras y que se encierra en el cuarto.

La sigo hasta la puerta. Acerco mi oreja a la madera para escuchar con más detalle. La imagino desvistiéndose, poniéndose la pijama. Me parece oír su respiración agitada, que solloza, que maldice, su pulso acelerado. Y luego las voces, los diálogos incompletos, las escenas interrumpidas, me confirman que mi mujer ya está acostada en la cama, que ahora hace zapping en el televisor.

En lugar de entrar al cuarto prefiero volver al balcón. Ese espacio de dos por tres que mi mujer llenó de maticas.

Intento dormir pero el calor no me deja. No llega ni un soplo de brisa. Sudo, me deslizo en la silla, siento como si me estuviera disolviendo, como si me estuviera pegando en el plástico. Cierro los ojos pero solo puedo pensar en la cara del tipo del C, su cuerpo en una nevera.

Voy al baño. Me doy una ducha para bajar el calor.

Dejo que el agua me baje por la nuca, que se pierda por el sifón. Canto lo que recuerdo del corrido del tipo del C, “poderoso y también muy alegre, como el diablo se le conocía”, y las partes que olvido las tarareo, sigo el ritmo, la música imaginaria del acordeón.

Salgo de la ducha y me quedo al frente del espejo. Estoy mojado, desnudo. Las gotas de agua recorren la forma de mi cuerpo, la grasa que por años se viene acumulando en el pecho, alrededor del ombligo, en mi cuello que parece la barbilla de un gallo. Me pongo de lado. Mi tronco parece la falda de una montaña. Un camino de pequeños picos y curvas, y una cabeza calva, rociada por el agua, manchada por el acné de una época que comienza a verse lejana, que aparece en lo más alto, y otra cabeza, la de un gusano que me cuelga entre las piernas. Doy asco aunque apenas le lleve el doble de años a Paulina. La gran vida en el norte, supongo. Esa que le prometí a mi mujer. Y que seguramente también le prometió el del C, y que no pudo cumplirle, como tampoco les cumplió a las otras, las mujeres del día de los mariachis, las que coleccionaba en su penthouse.

Salgo del baño. Voy al cuarto.

Mi mujer duerme sin cobija, con una camiseta que le deja ver el ombligo, y un panty blanco, de algodón, con encajes en la parte de adelante. La luz del televisor se proyecta en su piel, la hace cambiar de color: ser verde, roja, todos los colores. Alien vs. Depredador.

Varias gotas de sudor se acumulan debajo de su nariz como un bigote transparente. Dormida, Paulina se ve más joven. Vuelve a ser la niña que conocí en el techo de la bestia, el tren que nos pasó por México; la niña que convencí de que, si la veían conmigo en el camino, los hombres no le iban a hacer nada. La que hice mi mujer, su lugar en el norte.

Me acuesto a su lado. La abrazo, me pego, rozo sus nalgas.

“Déjame quieta, Yoine”, dice ella.

“Yoiner no, mi amor”, vuelvo a corregirla, “hoy soy Joel. Tu Joel”, le digo. Y deslizo la mano, los dedos, como un pulpo, por debajo de los encajes.

Ella se sienta en la cama. Me mira con repulsión, con los ojos encendidos, rebosados.

Ahora soy yo el que la mira con indiferencia. El hombre de la casa.

“¿Pensaba irse con él, Paulina?”, le pregunto, “¿se le olvidó lo que hice por usted?”.

Se queda en silencio. Por un momento parece que va a salir corriendo del cuarto. Me mira con desconfianza, pero vuelve a acostarse en la cama. Sabe que soy lo único que tiene. Se acomoda mirando hacia un lado, y yo hacia el otro. Estamos sin cobija, como en el desierto, pero ardiendo de fiebre en el verano de Los Ángeles. Como aún tengo la piel húmeda, el calor es soportable.

Por lo menos mientras me seco.

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Sofia Nieto

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Harold Muñoz

Estudia literatura en la Universidad Javeriana. En 2015, ganó el Primer Concurso de Cuento del Instituto Caro y Cuervo

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