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La avispa y la higuera

Traducción de Karim Ganem Maloof

Entre memorias de infancia, momentos de brillantez poética y otros de teoría política, un músico y escritor recuerda el iskokotsha. Ese baile expresó el furor sexual de la guerrilla zimbabuense, represado por una década en el monte, y conjugó tanto un afán de vida como la peligrosa cercanía con una enfermedad desconocida.

Era 1979 y yo acababa de entrar a la escuela primaria. Ese verano fui testigo por primera vez de aquello que luego llamarían iskokotsha, una moda que, en medio de la euforia de la recién independizada Zimbabue, pondría a serpentear hacia arriba el eje del movimiento en el baile popular, de forma decisiva, seductora, ascendiendo por el cuerpo desde los pies a la cadera. Una pantomima sexual de movimientos escandalosamente sugestivos que cautivaría a nuestra joven nación durante la siguiente década.

“Iskokotsha” es una onomatopeya que proviene en parte del golpeteo sobre el borde de un redoblante y de la contorsión corporal al son de ese ritmo. Es un baile que adquiere todo su carácter cuando se le llama por su otro nombre, kongonya, que alude a la cadencia despreocupada, si no deliberadamente altanera, con que camina un animal grande y testarudo.

La primera vez que vi a alguien bailarlo fue el día que terminaría, o eso pensábamos, con la ejecución de mi abuelo.

A lo largo del país y en Monde –el pueblo natal de mi madre, a diez kilómetros de Victoria Falls– la guerra se acercaba a su fin y los ideales y principios de la guerrilla iban en deterioro. Donde antes pedían comida, ahora la exigían; donde antes habían buscado operar por consenso, ahora despachaban ultimátums. En el frente, el ejército de Rodesia torturaba y mataba gente para sacar información; la respuesta de la guerrilla vino bajo la forma de un torbellino de retaliaciones que buscaba silenciar a las comunidades. Muy pronto, poblaciones enteras vivirían aterrorizadas tanto por el ejército como por la guerrilla. Sus órdenes y exigencias ya no podían ser cuestionadas. Al menos así lo entendía todo el mundo. Todos excepto mi abuelo.

Apenas llevaba una semana fuera de la cárcel luego de estar preso durante diez años por colaborar con la guerrilla, y debía ignorar el nuevo orden, genuina o intencionalmente. O tal vez aún estaba lleno de la terquedad inútil de un recluso. Así que cuando nos vinieron a avisar que había llegado el turno de la familia Mnkandla y de algunas otras para ofrecer comida en el pungwe (el mitin nocturno convocado por “los muchachos”), y mi abuelo envió disculpas diciendo que la familia no podía permitirse dar nada en esta ocasión, el escenario estaba montado para que asumiera e...

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Brian Chikwaka

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