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Sangre en el podio

Rutas paralelas de la vuelta a España

Mientras en las cumbres españolas Nairo, Froome, Chaves y Contador se rasguñan las almas tras el podio, cuatro apostadores imaginarios se baten en un duelo mundano en Manizales. Una reseña real de la Vuelta, en clave de ficción.

© Gaby Selby

193Km

Cuatro hombres entran a una habitación de un motel barato después de nadar a través de la luz azul blanquecina que se posa sobre el centro de Manizales a las cinco de la mañana. Cada uno pone dos fajos de billetes sobre la mesa y, sometiéndose a las reglas del club aunque el frío les congele los cojones, se quitan las ropas y las guardan bajo la cama. Sentados en torno al botín, ya con las copas aguardienteras servidas, uno de los hombres prende el Philips de 29 pulgadas y 44 kilos que cuelga milagrosamente del techo. Antes de que la imagen se aclare, los gritos del locutor salen en tropel por los altavoces del aparato. Esa voz desgañitada, que entre cantos y alabanzas recuerda los nombres de los protagonistas de la batalla, sirve de bálsamo para los cuatro apostadores que en el acto se curan del frío, del sueño y del guayabo. Hasta hace tres semanas les era indiferente la pugna pedalística; hoy, tras haber soportado 19 etapas de suplicio, sintiendo en sus propias carnes el sufrimiento y la dicha de los ciclistas, los cuatro novatos se enfrentarán al ritual supremo de iniciación: 193 kilómetros de la última etapa de montaña donde los candidatos al podio final se batirán por la victoria o el fracaso. Hoy se define la Vuelta a España.

Solo cuatro ciclistas, entre los 198 que tomaron la línea de partida en Orense hace más de veinte días, desembarcaron hoy en la costa de Benidorm con la clara posibilidad de subir a uno de los tres escalones que mañana encumbrarán en el cielo de Madrid al campeón y a sus dos escoltas. Por fin aparecen en pantalla, impecables, uno al lado del otro, Nairo Quintana, Chris Froome, Alberto Contador y Esteban Chaves. Como si fueran ideales platónicos, los cuatro ciclistas encuentran sus copias defectuosas más inmediatas en los cuatro apostadores que los contemplan eufóricos desde la habitación de este motelucho en Manizales.

Facundo Cabral dijo que hay un momento en la vida después del cual toda perspectiva de triunfo material sobre el prójimo resulta, además de accesoria, obscena. Si cualquiera de los presentes soportara dos minutos de un sermón del profeta de La Plata –que no de la plata– sin caer en el bostezo, sería sencillo explicar el desinterés que los apostadores manifiestan ahora por el dinero. Se han convertido en testigos atónitos de cada despliegue táctico de la competencia, han brindado por cada ataque fulminante en el que uno de los protagonistas escapó en soledad, quizá balbuceando entre dientes: “Soy ciclista, todo lo humano me es ajeno”.

 114 km

Eddy Merckx, quien voló como pocos sobre las cabezas de los hombres, nunca encontró rivales capaces de derrocar su reinado ciclístico. La primera vez que corrió el Tour de Francia, en 1969, se proclamó campeón con casi 18 minutos de ventaja sobre el segundo, Roger Pingeon, cuando este pasaba por su mejor año como profesional. Solo el español Luis Ocaña amenazó la racha victoriosa del belga en un duelo que talló en piedra la ley según la cual ni el mayor de los ciclistas puede librarse de la derrota, y si la evita y triunfa, el dolor de las heridas lo privará del gozo. Sucedió en el Tour de 1971, cuando Ocaña lanzó un ataque faltando 114 kilómetros para alcanzar la meta en un arranque que Merckx no esperaba y ante el cual no supo responder. El saldo fue una ventaja de casi diez minutos a favor de Ocaña.

Un ataque, aclaro, es el momento en que un ciclista se arroja hacia delante, con las piernas y el alma inyectadas en brío, para escapar de sus rivales y luchar en solitario contra viento, sol y lluvia, hasta poner tanta tierra entre él y sus adversarios que cuando estos levanten la mirada no alcancen a ver ni su estela. Pero, ¿por qué Merckx, el mayor ciclista de la historia, no pudo responder de inmediato al ataque de su rival? Al final de una etapa inhumana, agonizando aún sobre su bicicleta, cuando le preguntaron por un compatriota que perdió el título del Giro de Italia al no poder reaccionar ante un ataque en la última escalada,  el colombiano Rigoberto Urán improvisó una respuesta que apunta al centro de este asunto: “Esta güevonada es muy difícil de explicar, hermano. A veces la cabeza quiere pero las patas no. Y si las patas dicen que no, es no”.

Cuando a Ocaña las patas le decían que sí, podía encarar a Merckx, el invencible, y destrozarlo en el ascenso a cualquier cumbre nevada. Pero además del sí de las patas, Ocaña recibió un sí perpetuo del infortunio. Teniendo casi asegurado el título de esa edición del Tour, a punto de convertirse en el segundo español en ganar la prueba máxima del ciclismo después de Federico Bahamontes –en 1959, Bahamontes coronó un puerto con tanto tiempo a favor que alcanzó a bajarse de la bicicleta para esperar asistencia mecánica por una avería insignificante, caminó hasta un carro de helados cercano y pidió uno de vainilla, se lo comió como pudo entre los empujones de la multitud que lo asediaba, pidió que pusieran al borde de la carretera un barril con agua y catorce minutos después, cuando llegó el pelotón, bañó a los ciclistas a cubetadas, montó en su bicicleta reparada y sobrepasó a cada uno de los contrincantes hasta llegar al puerto siguiente nuevamente como líder de etapa–, Ocaña se lanzó monte abajo para impedir que Merckx se escapara bajo una tormenta granizada que convirtió la ruta en un lodazal. En una curva cayeron los dos líderes. Merckx se incorporó y volvió a la carretera. Ocaña intentó levantarse pero otro ciclista perdió el control y le cayó por la espalda. El público lo auxilió. Ocaña quedó inmóvil. Un helicóptero lo llevó al hospital. Perdió el Tour. Volvió a competir en la temporada siguiente sin superar nunca más al belga. Se retiró del ciclismo y se instaló en una hacienda de sesenta hectáreas en la que cosechaba uvas de exportación. Las tempestades arrasaron los cultivos y la tierra nunca volvió a ser productiva. Fracasó en sus negocios. Se disparó en la cabeza pero quedó vivo. Agonizó tres horas y murió. En la película La tierra tiembla de Luchino Visconti, ante la mala fortuna de un pescador caído –espejo de la suerte de Ocaña–, un trabajador sentenció: “Todos los vientos son malos para un barco hundido”.

Mientras ciclistas como Poulidor, Gimondi y Thévenet se resignaron a luchar por el segundo puesto en tiempos de Merckx, Ocaña mostró que un duelo ciclístico es un choque puro de estilos y que al campeón lo hace la fuerza, pero que toda fuerza es inútil si no está guiada por la dureza del carácter y si no es tocada por la fortuna. A pesar de ignorar por completo la existencia de Merckx, de Ocaña y de casi cualquier ciclista de élite cuyo nombre no hayan escuchado alguna vez en titulares de noticiarios –“Herrera campeón”, “Viva Parra”, “Botero inmarcesible”–, los borrachos apostadores que no le quitan los ojos de encima al Philips no solo intuyeron la lección de Ocaña, sino que encarnaron en el juego las personalidades competitivas de sus jinetes.

75 km

Al comienzo de la carrera eran veinte apostadores, pero a medida que los ciclistas que se les asignaron por sorteo iban perdiendo toda posibilidad de terminar en el podio, el número se fue reduciendo hasta llegar a los cuatro que quedan ahora. Las reglas del club, garabateadas en papel roñoso, cuelgan de un clavo en la desconchada pared que se ve justo al entrar a la habitación, advirtiendo la severidad del trato: “1) Nadie entra sin una botella de cualquier licor. 2) Nadie sale sin terminarse su botella. 3) Solo se pagará el premio al que, además de ganarlo, pruebe sobradamente su embriaguez. 4) No se admiten riñas. 5) Si hay riñas, no se admiten armas. 6) Si hay armas, no se admiten quejas. 7) Y al que se queje lo rompemos a patadas”. Solo faltó una disposición para impedir un acontecimiento que nadie vaticinó: en una etapa llana, cuando un ciclista resbaló en la última curva tras una fuga de 75 kilómetros, un borracho que hasta ese final inesperado se sintió triunfador, aprovechó el enredo de la celebración, agarró el dinero del premio y acometió la fuga. Ninguno de los presentes se habría enterado del intento de robo si no hubiera sido porque un cuarto de hora después, cuando los jugadores encabezados por el ganador del día fueron en busca del dinero para convertirlo en trago y putas, encontraron al perdedor en el suelo, sobre un charco de vómito, con boca y nariz ensangrentadas por un tropezón que en su escape lo mandó contra la puerta. También él perdió la fuga en la última curva. Ese mismo día, después de tirar a la calle al criminal, se agregó una última regla a la lista: “8) Todo apostador deberá quitarse la ropa al entrar a la habitación, meterla bajo la cama y ponérsela solo antes de salir, después de repartir la plata. Y el que se quiera robar la plata y salir corriendo con las güevas al aire, bien pueda, pero se le recuerda que afuera le espera Puerto Plomo. Buena suerte y que mi Dios lo tenga en gracia, sarna hijueputa”.

Después del episodio, se hizo más clara la correspondencia entre el temperamento de los corredores y el de quienes les confiaron sus fortunas. En la etapa 11, cuando Froome pasó por delante de Quintana y llegó a Peña Cabarga, su apostador se levantó altivo, cobró su monto y desapareció por la puerta caminando con ese aire británico tan sobrio que trasluce la más honda de las embriagueces. En la etapa 15, cuando Quintana y Contador se amangualaron para huir del grupo desde el comienzo de la etapa, sacando más de un minuto y medio a Froome y a Chaves, los dos apostadores de los forajidos bebieron abrazados mientras mascullaban burlas contra las dos víctimas de la artimaña. Y en la contrarreloj de la etapa 19, cuando Chaves recibió un nocaut obteniendo el peor tiempo entre los cuatro favoritos, su delegado en la mesa de apuestas se desmayó por la borrachera y pudo salir de la habitación solo tres horas después que los demás, cuando logró ponerse en pie.

53 km

Si la carrera terminara en ese punto, la foto de portada mostraría a Nairo Quintana en posición central, con Chris Froome y Alberto Contador en sus flancos; y Esteban Chaves tendría que conformarse con mirarlos desde el cuarto puesto. Bernard Hinault dijo una vez que Contador era el último guerrero, y con eso se refería a que, aparte de él, todos los ciclistas corren el mayor tramo de las etapas como si atravesaran una colina tomados de la mano y solo se atacan en los últimos kilómetros, si es que se atacan. Los ciclistas modernos fundan sus triunfos en la defensa pasmosa mientras Contador, hundiendo sus raíces en el ciclismo clásico, forja sus victorias en el ataque frenético, en carne viva. En el Tour de Francia de 2011, cuando el madrileño estaba en una posición adversa, atacó faltando 92 kilómetros para la llegada, dispuesto a reventar la carrera o reventarse las piernas en el intento. Tras ganar dos veces el Giro de Italia y el Tour de Francia, y coronarse tres veces campeón de la Vuelta a España, el tercer puesto en la actual edición de la carrera española resulta un premio honorable, si tenemos en cuenta que le tocó pedalear a rótula ardiente para recuperar el tiempo perdido en las primeras etapas, que lo tomaron fuera de forma. El único rival que puede desafiarlo es Esteban Chaves, pero Contador lo ve como un corredor joven, defensivo, moderno. A 53 kilómetros de la meta, Contador pedalea sereno.

48 km

Sintiendo el cuarto puesto como una derrota, Chaves levanta sus 54 kilos sobre la bicicleta y en arranque súbito se fuga del grupo de favoritos, donde Contador sonríe ante la escapada con la convicción de que el intento será en vano. Pero en esta habitación, en Puerto Plomo, el borracho que le apostó al bogotano salta de su silla con fuerza renovada y su celebración recuerda el episodio en que Dayro Moreno– ídolo de las masas oncecaldistas–, tras anotar contra el Huila, corrió hacia un inflable publicitario con forma de botella gigante de Aguardiente Cristal y lo abrazó en un gesto marcado para siempre en la memoria de los manizaleños. Besos y abrazos a una botella celebraron también la escapada de Chaves.

Tuvieron que pasar 40 kilómetros para que Contador se decidiera a salir en contraataque a cazar al bogotano, pero la brecha era ya insalvable. Contador perdió su puesto en el podio por el ataque de un pedalista que se había mostrado defensivo durante toda la carrera.

5 km

Chris Froome ganó todas las grandes competencias en las que combatió contra la resistencia de Nairo Quintana. El británico, a un minuto y medio de despojar del primer puesto al colombiano y fiel a su estilo de esperar hasta los últimos cinco kilómetros para lanzar la embestida buscando el triunfo, somete a su rival a una seguidilla de ataques que Quintana resiste imperturbable, prendido por fuerza magnética a la rueda trasera de su rival. Mientras tanto, los dos borrachos en pugna rompen la tensión del remate agarrándose a puño seco sobre la mesa de apuestas. Faltando cien metros para cruzar la meta y después de soportar los embates, Quintana acelera con el propósito de pasar la línea final por delante de Froome para cobrarle las viejas derrotas y propinarle un golpe final como venganza; justo entonces, el borracho victorioso, con el oponente en el suelo, ya rendido, mete la mano a tientas bajo la cama, buscando el arma oculta para dar la estocada.

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Felipe Cárdenas

Redactor del blog Suicidio a Pedalazos. Actualmente trabaja en un libro sobre ciclismo con la editorial Libros Malpensante.

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