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La terquedad de las cosas al caer

El autor de esta invectiva libra una batalla perdida contra el conjunto irrefutable de las leyes físicas. Objetos casi animados, cintas que se enredan solas y la nariz de Pepe Mujica se cruzan en este manifiesto.

Mil veces me ha pasado. En el colmo de la estupidez esputo, maldigo y exclamo improperios al cielo, por la terquedad de las cosas al caer, por la manera en que se sueltan rabiosas de la mano y vuelan dando giros gimnásticos improbables, por su propensión a la defenestración. Es una queja inusual, este arrebato mío por la forma en que las cosas caen, una rabia única. Lo primero que aprendemos en la infancia es que los objetos se estrellan contra el piso, vuelan hacia la cara... vivir es simplemente así, una suerte de resignación sin palabras ante la furia inexorable del mundo. Con el tiempo se nos olvida esa indignación originaria. Pero yo no la olvido. En mi madurez siento la misma ira; la he ido alimentando como una inmadura y absurda resistencia a la vida, una anarquía física, una inconformidad fenomenológica. He visto cucharas girar en el aire con una pericia que envidiaría el más aventado de los clavadistas, monedas bailar con giros que no podrían reproducir los derviches. Las cosas sueltas y libres de la voluntad humana se resuelven en todo su primitivo esplendor.

No se crea que mi furia discrimina. Peleo contra la inercia, contra la segunda ley de Newton y contra la termodinámica por igual. No entiendo por qué las cosas tienen esta persistente terquedad que las obliga a caer en el sitio más lejano debajo del escritorio, a rodar sueltas hasta la alcantarilla, deteniendo su paso en el último instante antes de sumergirse de manera suicida en la inmundicia insalvable. A menudo tomo un objeto que se me ha caído y lo lanzo más lejos, para que en su desaparición haya una voluntad. En mi mente recorro transcursos irritados e imposibles, le pregunto al lápiz con estulta ironía si no se puede haber ido más lejos, por qué diablos no decidió estallar en llamas como un automóvil accidentado.

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Roberto Palacio F.

Es filósofo y autor de Sin pene no hay gloria(2008) y de Pecar como Dios manda. Historia sexual de los colombianos (2010)

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