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El Malpensante

Iceberg

Vicisitudes de un nobel

Los temerarios años sesenta prometieron tiempos cambiantes y mejores. “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, decía un grafiti de Mayo del 68. Hasta se ventiló la noción del “hombre nuevo”, que luego fue anegada en sangre. Eran promesas muy difíciles de sostener, tanto, que la marea pronto empezó a fluir en el sentido contrario, llevándose sin piedad muchas ilusiones. Al día de hoy nadie se atreve a proclamar revoluciones como se hacía entonces.

El Premio Nobel de Literatura, con su inmenso prestigio, casi siempre corona la vida del afortunado que se lo gana, pero muy de tarde en tarde cae mal. Es lo que puede estar pasando con Bob Dylan, el profeta de esos tiempos que iban a darnos un mundo mejor. Él sabe y todos sabemos que el premio se lo dan por las canciones que escribió entre 1960 y 1976, las cuales tuvieron un impacto inconmensurable en la cultura popular de la época, hasta el punto de que ya después no hubo regreso a las dulzuras y meloserías de Pat Boone y de Paul Anka. El propio Frank Sinatra se vio obligado a reinventarse pues corría el riesgo de pasar de la gloria a una dramática y prematura obsolescencia.

La musa, para recurrir a la vieja metáfora de los griegos, iba con Dylan a todas partes. Por órdenes suyas se vestía de rayo y de centella, según el poeta se lo pidiera. Pese a su fama de intratable, le obedecía con una docilidad que raramente se ha visto en alguien tan dura y tan fría. La musa no dormía. Si Dylan la citaba a las tres de la mañana después de una fiesta peligrosa, ella estaba allí. Juntos pusieron patas arriba la poesía de la época.

Aquel affaire duró, como decimos, más o menos 16 años, pasados los cuales la chica empezó a tomarse vacaciones cada vez más largas. Y un día no volvió. Para mayor escarnio, se fugó con los más brillantes discípulos de Bob, quienes, hay que decirlo, nunca han dejado de agradecer su legado. Ante los ocasionales llamados de su viejo amante, ella le enviaba a una prima segunda, una muchacha normal, sin carisma, rupestre, hasta crédula. Incluso Dios llegó a la vida del poeta a poner orden, es decir, a cauterizar las heridas.

Tal vez entendamos algo más preciso examinando “Like a Rolling Stone”, calificada por la revista homónima como la canción más importante de la historia del rock. Dylan no es el protagonista de esta pieza de ritmo endemoniado, sino una mujer a la que solo conocemos como “Miss Lonely”. Ella...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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